Una crítica marxista a la viabilidad al modelo socialista cubano
- Ricardo Falla Carrillo

- 20 dic 2025
- 12 Min. de lectura

Habitualmente, la fuerte crítica al modelo socialista cubano se ha elaborado desde orientaciones librecambistas de la economía y liberales de la política. Sin embargo, debido a la furiosa crisis social, económica y cultural, que afecta al país caribeño, resultaría interesante someter a escrutinio al modelo cubano desde la óptica marxista (materialismo histórico), integrando las categorías de Marx, Gramsci, Mariátegui, Schaff y Losurdo. En ese sentido, intentaremos analizar esta “revolución” no como un hecho aislado, sino como un proceso de origen “anticolonial” enfrentada al «dilema de Danielson»: la tensión irresoluta entre la soberanía política y el imperativo del desarrollo de las fuerzas productivas en un mercado mundial hostil.
Nuestro examen y reflexión buscará desentrañar cómo la estatización rígida ha devenido en una traba para la base material, generando nuevas formas de alienación laboral y erosionando la hegemonía política del proyecto ante la escasez crónica. Finalmente, plantearemos la disyuntiva existencial del modelo a corto plazo: su posible extinción por inmovilismo o su necesaria reconfiguración dialéctica para salvar la esencia de su propio proyecto.
La revolución anticolonial y el dilema del desarrollo económico
La crisis del modelo socialista cubano no puede analizarse como un fenómeno aislado o meramente endógeno; desde una perspectiva marxista rigurosa, debe situarse en la intersección dialéctica entre el imperialismo y los movimientos de liberación nacional. La Revolución Cubana, al igual que la china o la vietnamita, surge no en el corazón del capitalismo desarrollado, sino en su periferia, confirmando la tesis de que la lucha de clases en el siglo XX se desplazó hacia el enfrentamiento entre naciones opresoras y oprimidas.
El historiador marxista Doménico Losurdo (1941-2018), en su análisis sobre la fractura del marxismo, señaló que en Oriente y en las colonias, la tarea prioritaria no fue inmediatamente la extinción del Estado, sino la construcción de una independencia real. Losurdo (2019) explicó que, para los líderes de estas revoluciones, el marxismo era la herramienta para resolver un problema de supervivencia nacional: "Gracias a los rusos, los chinos descubrimos el marxismo. Antes de la Revolución de Octubre los chinos no solo desconocíamos a Lenin y Stalin, sino que ni siquiera sabíamos de Marx y Engels.
Los cañonazos de la Revolución de Octubre nos trajeron el marxismo-leninismo" (p. 23). Esta lógica se aplica a Cuba: la adopción del marxismo fue la vía para romper el fatalismo geográfico y el dominio neocolonial. Sin embargo, la viabilidad del modelo ha estado históricamente condicionada por lo que Losurdo denomina el "dilema de Danielson": la tensión entre la necesidad de un desarrollo acelerado de las fuerzas productivas para evitar el neocolonialismo y el riesgo de generar nuevas desigualdades. La crítica marxista debe cuestionar si Cuba, al intentar evitar la desigualdad capitalista, no cayó en un estancamiento que amenaza su soberanía, dado que, como advierte Losurdo (2019), "para lograr una genuina independencia política, un país debe liberarse de la pobreza" (p. 54).
El contexto de asedio imperialista ha forzado a Cuba a operar bajo una lógica de "plaza sitiada", lo cual tiene profundas implicaciones económicas. Marx y Engels, en el Manifiesto del Partido Comunista, ya habían previsto la naturaleza globalizadora del capital que hace imposible la autarquía prolongada. Marx (2012) escribió: "La gran industria ha creado el mercado mundial, que fue preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha impulsado una evolución inconmensurable del comercio, de la navegación, de las comunicaciones terrestres" (p. 583). La inserción de Cuba en este mercado mundial, tras la caída del CAME, se ha dado en condiciones de extrema vulnerabilidad.
La crítica marxista sugiere que el modelo cubano intentó sustraerse de la ley del valor global sin haber desarrollado las fuerzas productivas necesarias para competir o subsistir de manera autónoma. Esto valida la observación de Marx (2012) sobre la interdependencia burguesa: "Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones" (p. 585). La resistencia cubana choca materialmente con esta realidad económica global, generando una contradicción entre la superestructura ideológica socialista y una base material incapaz de reproducirse sin insertarse en los circuitos del capital global, a menudo en condiciones desventajosas (turismo, remesas).
Este estancamiento económico tiene repercusiones directas en la legitimidad política y social del proyecto, un tema que José Carlos Mariátegui abordó al analizar la realidad indoamericana, pero que es extrapolable al Caribe. Mariátegui entendía que el socialismo no es una calca teórica, sino una "creación heroica", pero advertía que la economía es el terreno donde se decide la suerte de la política. Si la revolución anticolonial "solo sale realmente victoriosa si se revela en condiciones de impulsar la construcción económica" (Losurdo, 2019, p. 100), el fracaso en proveer una base material de abundancia pone en riesgo la hegemonía del socialismo.
La crítica marxista debe preguntar si la insistencia en la primacía de la política sobre la economía no ha derivado en una forma de idealismo que ignora las condiciones materiales. Como señaló Marx (2012) en La Ideología Alemana: "No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia" (p. 53). La persistencia de la escasez material en Cuba condiciona la conciencia social, erosionando los valores socialistas y fomentando el individualismo como estrategia de supervivencia.
La viabilidad del modelo depende, en última instancia, de su capacidad para transitar de la fase de la resistencia militar a la fase de la eficiencia económica. Losurdo (2019) critica al "marxismo occidental" por su incapacidad para entender los dilemas de la construcción del Estado en el "marxismo oriental" (donde ubicaríamos a Cuba por su carácter anticolonial), señalando que figuras como Horkheimer o Adorno ignoraron que para los países periféricos el desarrollo de las fuerzas productivas era una cuestión de vida o muerte frente al imperialismo. Losurdo cita a Mao para ilustrar este imperativo: "únicamente la modernización puede salvar a China" (p. 53).
En Cuba, la demora en implementar reformas que liberen las fuerzas productivas (como se hizo en China o Vietnam) bajo el temor de restaurar el capitalismo, ha llevado a una parálisis. La crítica marxista, utilizando a Marx (2012), recordaría que "el desarrollo de las contradicciones de una forma histórica de producción es el único camino de su disolución y nueva configuración" (p. 212). El modelo cubano actual se enfrenta a la necesidad de disolver sus formas osificadas para reconfigurarse, o perecer ante la presión de las fuerzas productivas asfixiadas.
Las contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción
El núcleo de la crítica marxista a la crisis del modelo cubano reside en el análisis de la contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción socialistas establecidas. Marx (2012) estableció en el Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política una idea fundamental: "Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social" (p. 211).
En Cuba, las relaciones de producción estatizadas, diseñadas para evitar la explotación, se han convertido en "trabas" para el desarrollo de las fuerzas productivas. La excesiva centralización y la prohibición de formas de propiedad privada o cooperativa han impedido la innovación y la eficiencia, generando una contradicción que no es capitalista, pero que es igualmente destructiva: la contradicción entre una superestructura que exige socialismo y una base que no produce lo suficiente para sostenerlo.
La Crítica del Programa de Gotha de Marx es esencial para desmantelar las ilusiones distributivas que han caracterizado al modelo cubano. Marx (2012) ataca la noción de "derecho igual" y "distribución equitativa" desconectada de la producción: "El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado" (p. 662). Y añade con contundencia: "La distribución de los medios de consumo es, en todo momento, un corolario de la distribución de las propias condiciones de producción" (p. 663). En Cuba, se ha intentado mantener una distribución comunista (a cada cual según sus necesidades) sobre una base productiva insuficiente, lo que ha llevado a una "igualdad en la pobreza".
Marx advirtió que en la primera fase de la sociedad comunista (socialismo), el derecho sigue siendo "el derecho burgués", porque "la igualdad consiste en que se mide por el mismo rasero, por el trabajo" (p. 661). Al no vincular efectivamente los ingresos a la productividad real del trabajo (debido a la doble moneda, los subsidios indiscriminados y los bajos salarios estatales), se ha roto el vínculo entre esfuerzo y recompensa, desincentivando el trabajo y fomentando la economía sumergida.
Además, la propiedad estatal de los medios de producción en Cuba no ha derivado necesariamente en una apropiación real y efectiva por parte de los trabajadores, generando una nueva forma de alienación. En los Manuscritos de París, Marx (2012) analizó cómo el trabajo enajenado separa al hombre de su producto: "La enajenación del trabajador en su producto significa no solamente que su trabajo se convierte en un objeto, en una existencia exterior, sino que existe fuera de él, independiente, extraño, que se convierte en un poder independiente frente a él" (p. 485).
En el socialismo burocrático, aunque el capitalista privado ha desaparecido, el trabajador a menudo se enfrenta al Estado como un poder ajeno que se apropia del excedente y decide sobre su destino sin su participación real. Esta falta de control obrero directo sobre la producción reproduce la alienación, ya que, como dice Marx, "si el producto del trabajo no me pertenece, si es un poder extraño frente a mí, esto sólo es posible porque pertenece a otro hombre que no soy yo" (p. 492). En este caso, ese "otro hombre" es la burocracia estatal, que actúa como el "capitalista general".
La viabilidad del modelo se ve cuestionada también por la incapacidad de generar una "plusvalía relativa" sostenida a través de la innovación tecnológica. Marx (2012) explicó en El Capital que la producción de plusvalía relativa se logra revolucionando los medios de producción: "Por aumento de la fuerza productiva del trabajo entendemos aquí, en general, una alteración en el proceso de trabajo por virtud de la cual se reduce el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de una mercancía" (p. 270).
El estancamiento tecnológico de Cuba impide esta reducción del tiempo de trabajo necesario, obligando a la sociedad a depender de la extensión de la jornada laboral o de la intensificación del trabajo (plusvalía absoluta) o, peor aún, a vivir de rentas externas o servicios con bajo valor agregado industrial. Sin una revolución constante en los medios técnicos de producción, la sociedad no puede liberar tiempo para el "libre desarrollo de las individualidades", que es el fin último del comunismo según los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política.
El filósofo marxista Adam Schaff (1913-2006), en Historia y Verdad, nos recuerda la importancia de la objetividad en el análisis de estas condiciones. Schaff (1982) argumenta que "el conocimiento histórico objetivo" no es una acumulación de datos, sino la comprensión de las leyes causales que rigen los procesos sociales (p. 100).
Desde esta óptica, la crisis cubana no debe atribuirse subjetivamente a "errores" o "traiciones", sino a la causalidad objetiva del subdesarrollo y el aislamiento. Schaff advierte contra el subjetivismo que ignora las condiciones materiales: "La verdad objetiva no es absoluta en el sentido de que no pueda ser profundizada, pero es absoluta en el sentido de que refleja una realidad objetiva que existe independientemente de la conciencia" (p. 150). La realidad objetiva de la economía cubana es que las relaciones de producción actuales no corresponden al nivel de las fuerzas productivas, y negar este hecho en nombre de la "fidelidad ideológica" es caer en el subjetivismo voluntarista que el marxismo siempre combatió.
Alienación política y el problema de la hegemonía
La viabilidad del modelo cubano debe ser cuestionada desde la perspectiva de la superestructura política y la construcción de hegemonía, utilizando las categorías del intelectual marxista, Antonio Gramsci. Gramsci (2013) entendió al Estado no solo como aparato de coerción, sino como "hegemonía acorazada de coerción" (p. 15). En Cuba, la hegemonía revolucionaria, que fue inmensa en las primeras décadas, se ha ido erosionando. Gramsci advierte que "si la clase dominante ha perdido el consenso, es decir, si ya no es 'dirigente' sino solo 'dominante', detentadora de la pura fuerza coercitiva, esto significa precisamente que las grandes masas se han separado de las ideologías tradicionales, que no creen ya en aquello en lo cual creían antes" (p. 108). La crisis de viabilidad se manifiesta en esta pérdida de consenso activo, especialmente entre las nuevas generaciones que no vivieron la épica revolucionaria y que perciben al Estado más como un límite que como un vehículo de liberación.
Marx (2012) criticó duramente en la Crítica del Programa de Gotha la noción de que el Estado pudiera ser el "educador del pueblo", argumentando por el contrario que "es el Estado el que necesita recibir del pueblo una educación muy severa" (p. 673). En el modelo cubano, la tutela estatal sobre la sociedad civil ha impedido el desarrollo de una autonomía política real de las masas. La identificación total entre Partido, Estado y Sociedad ha llevado a una estatización de la vida política que, si bien fue efectiva para la defensa nacional, ha atrofiado los mecanismos de participación. Marx advirtió contra la "superstición servil en el Estado" (p. 673), señalando que la libertad consiste en "convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella" (p. 669). En Cuba, la persistencia de un Estado omnipresente que regula cada aspecto de la vida económica y social contradice este principio de subordinación del Estado a la sociedad.
La cuestión de la libertad y los derechos políticos no puede ser despachada simplemente como "democracia burguesa". Losurdo (2019) nos recuerda, citando a Palmiro Togliatti (1893-1964), que los comunistas deben apropiarse de los "derechos de libertad" que la burguesía proclamó pero que a menudo niega: "Derechos de libertad y derechos sociales se han convertido y son patrimonio de nuestro movimiento" (p. 64). La crítica marxista al modelo cubano debe abordar la insuficiencia de los mecanismos de "libertad formal", no para restaurar el capitalismo, sino para revitalizar la dialéctica socialista. La falta de espacios para la crítica dentro de la revolución genera lo que Gramsci llama una "crisis orgánica", donde "lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer" (p. 37). Sin una reforma política que permita la expresión del disenso y la construcción de consensos nuevos, el modelo corre el riesgo de caer en una esclerosis irreversible.
La "utopía concreta" de la que hablaba Bloch, citada por Losurdo (2019), requiere no solo la esperanza en un futuro mejor, sino la capacidad de anticiparlo en el presente mediante la expansión de las libertades y la satisfacción de las necesidades. Losurdo critica la tendencia del "marxismo occidental" a refugiarse en un futuro utópico ignorando las tareas del presente, pero también advierte contra un "marxismo oriental" que, en nombre de la defensa del Estado, sacrifica la dialéctica democrática (p. 158). Marx (2012) fue claro al decir que el comunismo es "el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual" (p. 35). La viabilidad del modelo cubano depende, por tanto, de su capacidad para reactivar este "movimiento real", desbloqueando las fuerzas productivas y democratizando las relaciones de poder, para transformar la resistencia en un proyecto de desarrollo integral que recupere la promesa humanista del marxismo: una asociación donde "el libre desarrollo de cada uno sea la condición para el libre desarrollo de todos" (p. 604).
¿Extinción o Reconfiguración? La Continuidad del modelo ante la dialéctica de la historia
La interrogante sobre la continuidad del modelo socialista cubano en el corto plazo no admite respuestas lineales ni fatalistas; desde la dialéctica marxista, el futuro no está predeterminado, sino que es el resultado de la lucha de fuerzas vivas en un contexto de restricciones objetivas. Sin embargo, el análisis materialista histórico nos advierte que ningún modo de producción puede sobrevivir indefinidamente si no garantiza la reproducción ampliada de la vida material de la sociedad. Marx (2012) fue categórico al afirmar que "el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general" (p. 211). Si la base material cubana continúa su deterioro, la superestructura política, por más resiliente que haya demostrado ser, enfrentará una crisis de sustentabilidad orgánica que no podrá resolverse mediante la mera exhortación ideológica o la coerción estatal.
A corto plazo, el modelo enfrenta una disyuntiva crítica: la extinción por implosión —una desintegración interna producto de la anomia social y el colapso de los servicios básicos— o la supervivencia mediante una reconfiguración radical. La primera opción se vuelve probable si se mantiene la rigidez dogmática que confunde la socialización con la estatización total. Losurdo (2019) nos recuerda que la retirada del Estado de ciertas esferas económicas no implica necesariamente la restauración del capitalismo salvaje, sino un reconocimiento táctico de la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas, tal como lo hicieron Lenin con la NEP o el PCCh con las reformas de mercado. Losurdo argumenta que "la política del frente popular antifascista no estaba en contradicción con la lucha anticolonialista" (p. 57), sugiriendo que las alianzas tácticas y las concesiones al mercado pueden ser instrumentos de supervivencia para el proyecto nacional y popular, siempre que el Estado mantenga la capacidad de dirección estratégica ("the commanding heights" de la economía).
Sin embargo, la supervivencia del modelo socialista, entendida como la preservación de la soberanía nacional y la justicia social, requiere abandonar la ilusión de la uniformidad. Mariátegui advertía que "la revolución no es un idilio", sino un proceso agónico y creativo. Para que el modelo cubano sobreviva, debe transitar hacia lo que Gramsci (2013) llamaría una "guerra de posiciones" en el terreno económico, permitiendo la emergencia de un sector cooperativo y privado robusto que alivie la escasez y genere riqueza, mientras el Estado se reconfigura como un regulador y redistribuidor eficiente, en lugar de un administrador omnipresente y paralizante. Si el liderazgo cubano no logra articular este "nuevo bloque histórico", la hegemonía se fracturará irremediablemente, dando paso no a una renovación socialista, sino a una restauración capitalista dependiente o a un estado fallido.
La continuidad biológica y política del modelo cubano depende de su capacidad para negar dialécticamente sus formas actuales. Como señaló Schaff (1982), el conocimiento de las leyes sociales no sirve para contemplar el destino, sino para transformarlo mediante la acción consciente. La supervivencia del socialismo en Cuba exige, paradójicamente, desmantelar el "socialismo de Estado" tal como se ha conocido, para salvar la esencia socialista de la justicia y la soberanía. Si el sistema no se flexibiliza para permitir que las fuerzas productivas respiren, la "necesidad de bronce" de la economía terminará por imponerse sobre la voluntad política, cerrando el ciclo de la revolución no con la victoria del comunismo, sino con el retorno trágico al orden neocolonial que se intentó abolir. ¿Los días del régimen cubano están contados? Es muy probable. El asunto es: ¿Qué pasaría la día siguiente?
Referencias bibliográficas
Gramsci, A. (2013). Antología. (M. Sacristán, Trad.). Akal.
Losurdo, D. (2019). El marxismo occidental: Cómo nació, cómo murió y cómo puede resucitar. Trotta.
Mariátegui, J. C. (s.f.). Antología. (M. Bergel, Ed.). Siglo Veintiuno Editores.
Marx, K. (2012). Textos selectos. (J. Muñoz, Ed.). Gredos.
Schaff, A. (1982). Historia y verdad: Ensayo sobre la objetividad del conocimiento histórico. Grijalbo.













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