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El terruqueo como dispositivo electoral




El terruqueo electoral ya empezó de forma inequívoca. Esto se hace evidente en la serie de malabares que los conocidos terruqueadores empiezan a realizar para intentar desdecirse de lo que sí dijeron.


Por un lado, vimos unas pobres e impostadas disculpas a los peruanos del sur andino por parte de un pretencioso candidato presidencial como Rafael Belaúnde. Por otro lado, otro candidato que busca ubicarse en la “centroizquierda” ya fue terruqueado por un texto que publicó en los años ochenta —hace casi 40 años—. Otro exprecandidato presidencial hoy cumple una sentencia por terrorismo en primera instancia; y, a su vez, todo se enmarca en el devenir y la reconfiguración del panorama político de hace dos meses, que, según algunos medios, podría haberse modificado al punto de provocar un cambio en la figura presidencial. Esto, gracias a la exigencia de desagravio que realizó la ciudad de Puno frente a la verborrea de un excandidato presidencial, conocido y reconocido por su constante terruqueo, en especial durante las protestas de 2022-2023.


De acuerdo con este tipo de comentarios, la coalición que sostenía a Boluarte en el poder se dio cuenta de que, para tener posibilidades de ganar las elecciones, tenían que cambiarla, pues el rechazo del sur peruano podría ser determinante para que no llegara ninguna de las alternativas que ellos buscan proponer (o imponer, si lo consideran necesario). Lo sucedido con Butters era solo una muestra de lo que podría esperarles también. Así de decisivo puede ser el rol preponderante de las dinámicas emanadas del terruqueo.


Adicionalmente, más recientemente, hemos visto a un candidato presidencial que parece haber perdido adeptos en el sur por sumar a su lista al Senado a un terruqueador y acérrimo defensor de quienes, desde las Fuerzas Armadas, perpetraron graves violaciones de derechos humanos, como es Jorge Montoya. La práctica terruqueadora es ahora un factor que el electorado toma en cuenta, un punto que quizás antes no recibía la misma atención.


Ahora bien, el terruqueo es ese señalamiento o acusación de ser terrorista contra el interlocutor o el adversario político para descalificarlo, deslegitimarlo, deshumanizarlo, perseguirlo o anularlo. Parte de dos premisas fundamentales para sostener tal señalamiento: apelar constantemente al pasado de la violencia política y asumir la esencialidad del sujeto terrorista como paradigma[1], relegando por completo la praxis o los actos. Aunque el terruqueo como práctica ya recibe cuestionamientos —a diferencia de hace algunos años—, sigue siendo altamente eficiente como instrumento de control social y, sobre todo, de disciplinamiento ideológico.


Es en este contexto que el terruqueo vuelve al centro de la discusión en los medios (aunque está presente constantemente, como un ente casi corpóreo en la política y la vida peruana cotidiana), y vemos cómo se repite esta dinámica entre terruqueadores y terruqueados entre los actores del proceso electoral: los que se disculpan y los que se indignan por la falsa acusación; los que señalan y los que, disimuladamente, sugieren, etc. Sin embargo, y pese a lo reiterado de esto en, por lo menos, los últimos diez años, nadie parece pensar en proponer medidas o planteamientos que realmente puedan contrarrestar el terruqueo.


Por el contrario, solo se reproduce la vieja dinámica de indignarse, negar las acusaciones y, en algunos casos, pasar la culpa a alguien más que pueda calzar con mayor facilidad como objeto de sospecha… alguien que “quizás sí sea un terruco o terruca”. Pues ese ejercicio de señalar a otro se vuelve un rito de higienización que puede permitir no solo el desplazamiento de la acusación, sino, además, la reafirmación de que “uno no es terrorista”[2].


Se responde el terruqueo con exigencias de enmienda para uno mismo o quienes resulten afines (como en una entrevista de Sigrid Bazán sobre el caso de Bermejo), pero no se tiene la capacidad de sostener que el terruqueo es absolutamente incompatible con los tiempos actuales, pues los exgrupos subversivos no tienen actividad vigente[3] [4], ni hay en la realidad algo que amerite constantes aperturas de investigaciones penales, como sucede en la actualidad. Ese es el trasfondo que se suele omitir, probablemente por este viejo temor heredado de la imposición neoliberal de no ser o no parecer “funcional al terrorismo”.


Tampoco se habla de revisar qué estructuras sostienen el terruqueo, la persecución y la censura. Incluso podemos ver figuras recurrentemente objeto de terruqueo, como lo fue Vladimir Cerrón, sumándose ahora al terruqueo contra alguien como López Chau y su descalificación como opción para la presidencia. Esto reafirma la necesidad que tiene el terruqueado de replicar el rito de higienización. Lejos de haber un proceso de revisión sobre cómo se reprimen las libertades y derechos políticos, especialmente de los sectores populares, el sujeto terruqueado busca ser el nuevo terruqueador, el nuevo sujeto que ostenta alguna cuota de poder que justifique recurrir a la estigmatización.


Es decir, mientras se monta ese grotesco show entre los actores del proceso electoral, son otras personas y sujetos quienes sufren realmente las peores consecuencias, como el encarcelamiento, la persecución e, incluso, la pérdida de vidas humanas; y, a pesar de la gravedad de todo ello, ningún partido —me refiero principalmente a la izquierda— muestra voluntad alguna para desmantelar esta herramienta de control social, como tampoco muestra la claridad para reconocer la preponderancia que ha adquirido esta herramienta de estigmatización[5].


Resulta hasta caricaturesco cómo se puede creer que el terruqueo termina en un señalamiento en Twitter o X, pero se omite el hilo conductor que dirige el mismo sentido hacia la persecución de unos o la ominosa justificación del asesinato de otros. Urge desarrollar la capacidad no para responder de forma reactiva, sino para desmantelar los cimientos del terruqueo. De lo contrario, seguiremos hablando de Sendero Luminoso y/o el MRTA y su eterno retorno —que no se da— por treinta años más, con las consecuencias nefastas que ya hemos experimentado quienes sí hemos tenido que conocer de primera mano las peores consecuencias de la estigmatización.

 


[1] Sosa, M. (2024). La creación del sujeto terrorista en el Perú posconflicto. https://criticaydebate.iep.org.pe/noticias/la-creacion-del-sujeto-terrorista-en-el-peru-posconflicto/

 

 

[3] Salvo la zona focalizada del VRAEM, cuya actividad es reducida al área determinada, y esta se relaciona al narcotráfico. https://idehpucp.pucp.edu.pe/boletin-eventos/nuevo-ciclo-de-violencia-en-el-vraem-la-incapacidad-del-estado-y-de-las-ffaa-para-eliminar-el-narcoterrorismo-17446/

 

[4] Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003). Informe Final. Tomo I, p. 74.

[5] Bolo, O. (2024) Terruqueo y negacionismo histórico: el singular, radical y modélico revisionismo de la ultraderecha peruana. https://doi.org/10.30920/letras.95.141.17

 

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