Uyariy: escuchar la herida
- Redacción El Salmón

- hace 4 días
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Uyariy (2025), la más reciente película de Javier Corcuera, se inscribe con claridad en un cine documental que asume que la forma es inseparable de la política. Desde el título —“escuchar” en quechua— hasta la manera en que la cámara y el sonido se aproximan a los cuerpos, a los territorios y a la memoria, la película propone una ética precisa: no apropiarse del dolor, no acelerarlo, no convertirlo en espectáculo. En ese marco, tanto la fotografía de Mariano Agudo como el trabajo musical, a cargo de Edith Ramos, cumplen un rol decisivo para convertir la escucha en experiencia sensible y política.
El documental aborda la masacre ocurrida el 9 de enero de 2023 en Juliaca, uno de los episodios más graves del estallido social que siguió a la caída del gobierno de Pedro Castillo. Frente a la narrativa oficial que redujo los hechos a “enfrentamientos” o “excesos”, Uyariy restituye humanidad a las víctimas y densidad histórica a un conflicto que no nace en 2023. Corcuera no propone una crónica cerrada, sino un espacio donde la memoria reciente dialoga con luchas más antiguas del sur andino, particularmente en Puno, construyendo una continuidad política que atraviesa generaciones.
Juliaca: del hecho político a la herida humana
Corcuera entiende que el problema central no es la falta de información, sino la distancia emocional y moral que separa al país oficial de las víctimas. Por eso, el documental no parte de cronologías ni de balances institucionales, sino de los cuerpos ausentes y de quienes siguen viviendo alrededor de esa ausencia. Madres, padres, hermanos y familiares reconstruyen no solo lo que ocurrió ese día, sino lo que ocurrió después: la espera, la indiferencia, la estigmatización, el cansancio de pedir justicia en un país que parece haber normalizado la muerte cuando esta ocurre lejos de Lima y en cuerpos indígenas.
La cámara no interroga ni dirige. Acompaña. El tiempo del relato no es el del noticiero ni el del expediente fiscal, sino el del duelo. Esa elección formal es profundamente política: obliga al espectador a habitar el ritmo del dolor, a permanecer allí donde normalmente se pasa de largo. Uyariy convierte la masacre de Juliaca en algo que el Perú urbano y centralista no puede seguir tratando como un “episodio lamentable”, sino como una fractura abierta.
El trabajo de Mariano Agudo como director de fotografía es uno de los soportes fundamentales de Uyariy. Su cámara evita el impacto inmediato y rehúye la espectacularización del sufrimiento, optando por una imagen contenida y paciente, atenta a los tiempos del testimonio. Los encuadres respetan la distancia emocional de quienes hablan, los planos se sostienen sin apuro y la cámara se retira cuando el dolor se vuelve irreductible a la imagen. Juliaca y los territorios del sur andino aparecen así como espacios habitados por memoria y conflicto, no como paisajes periféricos ni escenarios exotizados: rostros, cuerpos en reposo y espacios cotidianos —casas, calles, plazas, cementerios— componen una geografía cargada de historia. El uso predominante de la luz natural, trabajado con sobriedad, refuerza esta apuesta por una visualidad que acompaña la palabra sin imponerse, aceptando incluso la opacidad y el silencio cuando el relato lo exige.
Música, canto y memoria política
Uno de los ejes más potentes del documental es la forma en que integra la música y el canto como lenguajes de memoria. Las canciones interpretadas por familiares de las víctimas no son un recurso emotivo ni un adorno cultural: son una manera de narrar cuando las palabras ya no alcanzan. En el mundo andino, el canto cumple una función social y política: sostiene la memoria, transforma el dolor en relato colectivo, impide que la pérdida se vuelva silencio.
Uyariy entiende esa lógica y la respeta. La música no subraya la emoción del espectador; emerge de la experiencia misma de quienes han sido golpeados por la violencia estatal. Allí, el documental alcanza uno de sus momentos más hondos: cuando deja claro que escuchar no es solo oír testimonios, sino reconocer otras formas de decir la verdad.
Historia, estallido y una pregunta abierta
Uno de los mayores méritos del documental es inscribir la masacre de Juliaca dentro de una historia más larga de luchas y represiones en el sur andino. Corcuera establece un diálogo entre el estallido social reciente y conflictos anteriores ocurridos en la región, como la represión de 1965 contra pobladores que reclamaban acceso al agua potable y la rebelión de Huancho Lima en 1923, protagonizada por comunidades aimaras que exigían el derecho a la educación. Al trazar estas continuidades, Uyariy sugiere una matriz persistente en la relación entre el Estado y estas poblaciones, devolviendo densidad histórica y peso político a las protestas actuales, no como un episodio coyuntural, sino como parte de una lucha prolongada por reconocimiento, dignidad y ciudadanía.
El énfasis en el duelo y en la injusticia sufrida define con claridad la posición ética de Uyariy. Al centrar el relato en el dolor, la película opta por restituir humanidad allí donde el discurso público la negó. Al mismo tiempo, ese encuadre puede dejar en segundo plano la dimensión más explícitamente política de quienes participaron del estallido social, no como una carencia del filme, sino como una elección narrativa.
En el equilibrio entre memoria, duelo, imagen, música y conflicto, Uyariy se afirma como un documental necesario. No solo por lo que muestra, sino por lo que obliga a pensar. Escuchar, en este caso, no es un gesto pasivo: es una forma de asumir que la historia sigue abierta.













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