Paolo Benza: “El periodismo escrito va a morir en cinco o diez años”
- Gerardo Saravia
- 11 dic 2025
- 21 Min. de lectura
Actualizado: 12 dic 2025

Entrevistar a un exalumno siempre es un placer, sobre todo cuando ha logrado hacerse un nombre por méritos propios. Conocí a Paolo Benza en la PUCP: un estudiante que, como docente, me obligaba a dar lo mejor de mí, curioso y políticamente incorrecto desde siempre. Hoy su voz, directa y original, ocupa un lugar destacado en el nuevo periodismo. No siempre coincidimos —el exalumno a la derecha, el exdocente a la izquierda—, como se verá en esta entrevista, pero es importante que su perspectiva sea escuchada.
¿Estamos viviendo los últimos tiempos del periodismo escrito?
Lo que pasa es que los periodistas solemos mirar el mundo desde cómo queremos publicar, desde lo que a nosotros nos acomoda, y no desde el hábito real de consumo de la gente. Hace unos tres o cuatro años entendí que lo que importa no es cómo queremos comunicar, sino cómo las personas consumen contenido. Y la verdad es que hoy la gente ya no lee. Lee pequeños fragmentos, frases, anuncios; como mucho, 240 caracteres. El patrón dominante de consumo es audiovisual: más fácil, más rápido, menos demandante.
Claro, hay nichos que sí leen. Si eres ingeniero aeronáutico, te interesa un libro sobre la tragedia de Aeroperú; si eres fanático de la ficción, lees 20,000 leguas de viaje submarino. La lectura para profundizar existe. Pero la lectura de generalidades —el corazón del periodismo diario— es casi inviable. Nadie lee generalismos, y retener la atención más de tres o cuatro párrafos es casi imposible. Es un tema generacional: ese hábito se irá extinguiendo conforme desaparezcan las generaciones que crecieron leyendo diarios. ¿Conoces a alguien menor de 30 —o incluso de 40— que lea un periódico de papel? Es rarísimo. Y cuando ocurre, hasta sorprende.
Pero por nuestro trabajo siempre estamos buscando información. ¿No te resulta más fácil buscar un párrafo en internet que soplarte una videos de 5 minutos para encontrar la frase exacta?
Mi caso es particular, porque cuando busco información lo hago para producir otra pieza informativa. El común de la gente no está enterado de nada y, cuando se acerca a una noticia, necesita todo el contexto. Por eso es más fácil ver un video de dos minutos que leerse una nota de veinte párrafos.
Y ahora incluso hay otro patrón: tomas un video, se lo pasas a ChatGPT y le dices “resúmemelo en dos párrafos”. Te hace el resumen, ya sabes lo básico y recién, si quieres, ves el video. Ese es el nivel de automatización del consumo.
La lectura exige un proceso mental participativo, y a mucha gente le da flojera. Si trabajas ocho, nueve, diez horas al día, más las tareas de la casa, más tu vida personal, más tu ocio, más que te fumas un porro en la noche… ¿a qué hora lees? Ver un video, en cambio, es sencillo; casi no demanda esfuerzo. No hablo de la vieja teoría de la aguja hipodérmica —que decía que el público era pasivo—, pero sí creo que en el audiovisual las barreras están bajísimas. Entras a TikTok para “apagar tu cabeza”: te puede aparecer una chica bailando o yo explicando que la banca es un oligopolio. Ninguno de los dos te exige pensar demasiado si no quieres. El consumo hoy es más sensorial que reflexivo. Y la gente busca las noticias dentro de ese espacio de desconexión del final del día.
¿Y cómo entender entonces que la Feria del Libro cada año bate récords de ventas? Algo se lee.
Claro, porque la gente sí lee lo que le interesa particularmente. Separa un momento del día para esa lectura participativa. Lo que digo es que ese momento no está reservado para leer noticias. Puedes leer la historia del accidente de Aeroperú si te apasiona el tema, o una novela. Pero las noticias… no. Es muy difícil enganchar a alguien para que lea noticias en texto. Así lo veo.
Y esa teoría la confirmé con una anécdota. Cuando trabajaba con Tafur en Sudaca hacíamos investigaciones larguísimas, de 2 500 palabras. Él escribía una columna diaria que leía unas 5 000 personas. Un día le propuse: “Juan Carlos, tienes buena voz, locuta tu columna”. La grabó con un micrófono simple. Pasó de 5,000 a 25,000 vistas. Llegó molesto a una reunión porque la gente le escribía diciéndole que era la primera vez que consumían sus columnas… porque ya no leían. Y lo decían sin vergüenza. En 2021 entendí que ese era el camino.
Por eso creé La Contra. ¿Tú crees que me gusta poner mi cara todos los días en un video? Me incomoda. Pero es la única manera. Cuando solo escribía, tenía un público de 5 000 o 10 000 personas. Ahora los videos llegan a 100,000, 200,000, 300,000. Es brutal la diferencia.
¿Cuál es entonces nuestro futuro?
El periodismo va a seguir existiendo. Obtener información veraz es un conjunto de procesos que siempre serán necesarios: hablar con fuentes, cruzar datos, verificar. Para mí el periodista es el obrero de la información. La forma de publicar es lo menos importante. Puedes escribir como Etiqueta Negra, con adornos; pero si no tienes un buen dato, no sirve. Y si tienes un buen dato, funcionará incluso sin adornos. El periodismo, como la prostitución, existió, existe y existirá. La gente siempre necesitará saber qué pasa fuera de su círculo.
Lo que cambia es el patrón de consumo, y tienes que adaptarte. El futuro es audiovisual digital, sin ninguna duda. El periodismo escrito va a morir en cinco o diez años; desaparecerá con sus lectores. Y la televisión y la radio quedarán relegadas como segunda opción frente a lo digital. El periodista que no aprenda audiovisual digital va a quedar atrás. O vivirá a la sombra de quien sí lo haga. Eso lo aprendí en Sudaca: nosotros hacíamos toda la investigación y venía alguien, la leía frente a cámara, la resumía y hacía diez veces más audiencia… y ganaba dinero con eso.
Así nació La Contra: me di cuenta de que yo escribía, me mataba, y quien monetizaba era otro. La sostenibilidad está en el audiovisual digital. Sobrevivirá quien compita ahí.
¿Y así también nació la bronca con los coleguitas? ¿Por qué te gusta pelear tanto, Paolo?
Lo que pasa, Gerardo, es que muy poca gente identifica el poder de la argolla de los coleguitas. Yo les llamaba la “Manchita Usaid”, aunque ya no existe Usaid en ese rol, pero allí fue cuando entendí cómo funcionaba. Es un ecosistema creado para recibir fondos de cooperación internacional. Si logras entrar, todo te llega: te reseñan el libro aunque sea malo, te celebran, te invitan a becas para estudiar dos años en Alemania, para investigar… Tu carrera se vuelve un camino mucho más seguro y acompañado. Y eso les da poder a quienes lideran ese ecosistema. Y el periodismo, al final, tiene que cuestionar el poder. Ese es el punto.
Resúmeme tu posición sobre la franja publicitaria.
A ver. Dejando de lado el “efecto Mandela” de la gente que cree que antes critiqué la franja y ahora la acepto, me concentro solo en el punto de fondo: la idea de no aceptar publicidad me parece totalmente inviable. Se lo decía hace poco a Eloy Marchán. Él no acepta publicidad —salvo de algunas ONG—, pero a cambio tiene gente trabajando gratis. Y para mí eso es explotación.
Yo no creo en precarizar el oficio periodístico. A todos nos ha pasado que una redacción te diga: “No te puedo pagar a fin de mes”. Yo no quiero eso para mi gente; a mí me daría vergüenza decirle a alguien que trabaja conmigo que no puedo pagarle por mantener una postura romántica de no aceptar auspicios.
Y luego está el otro grupo: quienes rechazan la franja porque aparece un partido que no les gusta. Ahí sí creo que hay un principio antidemocrático. Yo vengo diciendo esto hace más de un año: el fujimorismo puede ser, desde mi perspectiva, uno de los grandes males de la patria, pero no puedes borrar a casi dos millones de personas que votan por ellos regularmente. No puedes negarles representación porque a ti te parece.
Si salen en la franja, saldrán. Y si sale Ronald Gamarra o quien sea —aunque piense lo opuesto a mí—, también tiene derecho. De eso se trata la democracia. Yo jamás le voy a decir a la gente por quién votar. Puedo decir “me parece mal”, “me parece bien”, pero no voy a decir “no votes por este”.
Yo siempre bromeo diciendo: “En El Salmón no aceptamos franja electoral… porque nadie nos ha ofrecido”.
Vivimos en un mundo que funciona con dinero. Con eso pagas comida, renta, todo. Si no te sostienes financieramente, ¿de dónde sale el dinero? Normalmente de trabajo gratuito, de la fortuna familiar, o de amigos que te financian. Pero de algún lado sale.
Al inicio pensaba que cuando aludías a La Encerrona era para quitarle audiencia de centro-derecha o marcar diferencia. Pero veo que es una diferencia más de fondo.
Claro. Y yo siempre he hecho críticas con nombre y apellido, porque es lo correcto. Cuando allá lo hacen, lo dicen en genérico, pero igual se entiende a quién se refieren. A Marco Sifuentes lo conocí en el aniversario de La Encerrona, hablamos treinta segundos, me dijo que estaba armando un grupo de periodistas para defenderse de demandas y me preguntó si quería ingresar. Le dije que sí, porque un día me podrían demandar a mí. También conozco a Jonathan Castro, que me parece muy buen profesional.
Hay también una sobredimensión del tema. Yo tengo un año y medio haciendo esto; serían unos 360 programas, y debo haberlos criticado en cinco, quizás seis. Si quieres exagerar: en diez. Pero no son más que eso. Solo que a la gente le encanta esa parte.
Yo iba a empezar la entrevista diciendo: “Vamos a comenzar por lo más aburrido: periodismo de periodistas”. En sorna porque a todos les encanta. Por otro lado, tú mencionas mucho tu alma mater, “la vida no es la PUCP ni La Noche de Barranco”.
Claro, porque la PUCP forma parte del ecosistema. No solo son medios: también son lugares con fondos, cátedras, espacios de investigación donde contratas a alguien para investigar mientras tú vives tranquilo. Es un ecosistema donde entras sabiendo que tienes un futuro relativamente seguro: si no tienes chamba, te llaman para ser profesor aunque no hayas ejercido en lo que enseñas hace treinta años. Es cómodo.
Yo he visto —no sé si te pasó como profesor— que la política en mi facultad, Comunicaciones de la Católica, se maneja peor que en el Congreso. Gente de adentro me lo ha dicho: “Esto es peor que el fujimorismo”. El nivel de argollas, maniobras, llamadas para hacer campaña interna, etc. Por eso digo que el “tontódromo” no representa la realidad. Te paseas y todo parece perfecto: arte, política, pensamiento crítico. Pero afuera no es así. Y tampoco es así dentro de las estructuras de poder de tu propia universidad.
Entonces no es una burbuja real.
Es una burbuja mentirosa. La gente se la cree, pero no es.
Pero sobre los papers: a veces siento que te vas un poco al extremo. Dices “esto no es un paper” como una crítica, pero en realidad lo que nos falta son papers. Toda política pública debería estar respaldada en uno. A veces suena parecido a López Aliaga cuando dice “expedientes técnicos de caviares”.
Es distinto un paper de un expediente técnico. El expediente técnico se hace para una obra específica, de manera inmediata. El paper es otra cosa. Lo que yo he dicho es que no puedes interpretar la realidad del Perú con papers hechos sobre realidades del Reino Unido, por ejemplo. Y también he dicho algo vinculado a la inseguridad: la tranquilidad de quien escribe un paper desde su escritorio no es comparable a la intranquilidad de una señora que sale a vender emolientes y teme que la maten porque no pudo pagar un cupo de veinte soles porque el Yape no le funcionó. La realidad exige soluciones urgentes. Eso no es populismo: es salvar vidas. Son siete personas asesinadas al día. Yo no he dicho que no se diseñen soluciones de largo plazo basadas en evidencia académica. Claro que deben hacerse. Solo que —como dice mi primo, que es académico— en un paper puedes sostener lo que quieras si sabes cómo trabajar la data.
¿Eres partidario de una mano dura tipo Nayib Bukele?
Nayib Bukele ha transformado la vida del salvadoreño. Lo ha hecho de una manera tan radical que, incluso medios críticos como El Faro, una de las voces más influyentes de la oposición en El Salvador, reconocen que su gobierno logró erradicar, en términos generales, la amenaza de las maras. No al cien por ciento, pero lo suficiente como para reconfigurar la seguridad en el país.
Los testimonios de los ciudadanos reflejan un cambio palpable: antes, caminar por las calles de ciertos barrios era una sentencia de muerte. Comerciantes no podían ejercer su oficio, porque las maras controlaban las ventas en la calle y, quienes se oponían, enfrentaban la violencia extrema. El Faro documentó un episodio estremecedor: en represalia por la captura de miembros de las maras, incendiaron un autobús con pasajeros adentro. Los sobrevivientes, quemados y aterrados, fueron asesinados a tiros por los agresores, que, según los testigos, se reían mientras disparaban.
Este tipo de violencia ha sido erradicado en gran medida. Para muchos salvadoreños, esto significa un cambio de vida radical: poder caminar por su barrio sin temor a ser asesinado, ir a la escuela o al trabajo con la tranquilidad de que su vida no corre peligro, incluso poder velar a sus muertos sin que el miedo se convierta en una constante. Un avance, sin duda, significativo.
Sin embargo, la transformación de Bukele tiene su lado oscuro. Como advirtió un periodista que escuché recientemente, el papel del periodismo es poner los hechos en su debida perspectiva. En su lucha contra las maras, Bukele ha encarcelado a personas inocentes. Aunque sean una minoría, sus casos no deben ser ignorados. Además, lo más preocupante de todo: la acumulación de poder. El poder, en su forma más pura, genera dependencia. Y Bukele, en su afán de permanecer en el gobierno, no parece dispuesto a soltarlo. Su permanencia en el poder, más allá de lo que dictan los límites democráticos, es una amenaza latente para la estabilidad política del país.
¿Cuál es tu principal crítica al sector progresista, incluida la PUCP?
Sobre los progresistas, mira: de todas las críticas posibles, la principal es que el progresismo global se ha convertido en un ejercicio de ego personal. Ese ego termina volviendo a su principal fuerza política profundamente sectaria. Sectaria en serio.
Hay un sketch de comedia británica que lo ilustra bien. En el ala conservadora, por ejemplo, el mensaje es: “Únete”. Te abren la puerta a un proyecto común. Entonces tú dices: “Estoy en contra del aborto”, y te responden: “Perfecto”. “En contra de los musulmanes”, “Perfecto”. “En contra del matrimonio igualitario”, “No”. “Bueno, no importa, ya aprenderás”. Es una lógica incluyente.
En el progresismo la lógica es la contraria: “Ah, no eres exactamente igual de progresista que yo, entonces eres una mierda. Eres un facho, un maldito, no deberías pertenecer a nada. Anda, deconstrúyete, reflexiona, no sirves”. Esa actitud, al final, es un ejercicio de ego: la persona no está interesada en un proyecto político compartido, sino en reafirmar su pureza moral, en demostrar que es superior.
Ese sectarismo impide construir cualquier proyecto político real, incluso cuando los objetivos del progresismo son, en muchos casos, nobles. Terminan peleándose por tonterías, por demostrar quién es “más bueno”.
Pongo un ejemplo: Macla Yamada, panelista de OUKE. Es lo más cercano al progresismo que puedes encontrar en el streaming peruano; ella es progresista. Pero los progresistas de Twitter, en su afán de “virtue signaling”—ese “mírenme, yo soy mejor persona”—la atacan solo porque comparte un panel con alguien que no piensa exactamente igual. Si dos personas coinciden en el 90% y discrepan en el 10%, deberían estar en el mismo bando, remando hacia el mismo lado, no destruyéndose entre sí.
También sueles mantenerse al margen de etiquetas tipo “pacto mafioso”.
Sí. Y es por una razón simple: todavía hay periodistas mayores que siguen mirando la política como un cuento de buenos y malos. En su versión del mundo, los buenos siempre son ellos y los malos son los que ellos deciden señalar. Esa mirada maniquea me resulta imposible hoy. El periodismo —el oficio, la fricción diaria con la política— me ha vuelto más cínico.
Piensa en las últimas elecciones. Llevamos tres ciclos votando por lo que sea con tal de no elegir a Fujimori. Fujimori es un gran mal, sí, nadie discute eso. Pero el punto es que, al evitar ese mal, terminamos eligiendo otros. Y la evidencia está ahí: todos los presidentes que elegimos para evitar a Fujimori terminaron presos o con arresto domiciliario. No hace falta seguir con la lista; la idea se entiende.
Por eso me alejo de esas etiquetas grandilocuentes. Me parecen categorías infantiles, y digo infantiles en serio: nacen de la ilusión de que la política es una lucha moral y no un sistema lleno de contradicciones, intereses y zonas grises.
En el periodismo político y económico uno termina viendo las entrañas del poder, y ahí esas fronteras se derrumban. Mira el caso de Susana: durante años fue el símbolo de las “manos limpias” y terminó repitiendo el mismo libreto que Keiko Fujimori: “sí recibí plata, pero no sé a dónde fue, no me la quedé”. Cuando el discurso de dos figuras supuestamente opuestas se vuelve idéntico, el cuento moral se cae. Así que sí: mantengo distancia por eso. Por cinismo. Por un cinismo aprendido y, creo, justificado.
¿Tienes referentes dentro del periodismo o prefieres no parecerte a nadie?
A mí me gustaría terminar mis días como César Hildebrandt, en el sentido de tener un espacio que, al final de mi vida, se sostenga solo por la confianza de los lectores. Pero, como me decía un colega hace un tiempo, Hildebrandt a nuestra edad —a los treinta y tantos— publicaba al costado de un anuncio de betunes en Caretas. Para llegar a ser Hildebrandt tienes que haber pasado por todas las batallas, y ver si llegas. Esa es una referencia para mí. Yo creo que con lo de la ONPE, por ejemplo, Hildebrandt me partiría, pero así es la vida.
¿Y Gustavo Gorriti, no sería un referente?
Yo trabajé con Gorriti en IDL durante dos meses. Le entregué tres artículos y él los editó. Tengo un gran respeto por sus investigaciones de años anteriores; ha dado batallas importantes y su trayectoria es innegable. Pero cuando lo conocí, ya ocupaba una posición más estable y protegida, con recursos de cooperación y sin la presión de una publicación semanal. Esa distancia puede generar una dinámica distinta frente a la urgencia del día a día. En los últimos años, una parte significativa de la agenda de IDL Reporteros ha estado marcada por investigar a quienes lo atacan. Eso también es alejarse de la realidad. Si eres experto en inseguridad, en bandas criminales, si tienes décadas de investigación dura, no puedes emplear toda tu experiencia solo para cubrir eso cuando el país está ardiendo. Ojo, no lo desmerezco y no quiero que se me malinterprete: respeto muchísimo su trayectoria. Solo digo que esa última etapa de su carrera no es un referente para mí.
¿Esta democracia no es una democracia?
Claro, hace tiempo que dejó de serlo. Yo me amparo en el V-Dem Institute, que me parece completo: clasifica a los países en democracias liberales, electorales, autocracias, autocracias cerradas. Y lo que dice V-Dem es que el Perú es un régimen híbrido en acelerado proceso de autocratización. Ahí me respaldo: hay grados del mal. El Perú ya no es democracia desde hace rato, es un régimen híbrido que está avanzando rápido hacia una dictadura plena.
¿Cómo te defines políticamente? ¿De centroderecha?
No, soy de derecha. Me molesta la gente que tiene vergüenza de decir que es de derecha. Ser de derecha es creer en el modelo de mercado, que —al menos en países como el nuestro— nos ha hecho vivir mejor que otros modelos. Cada vez que intentamos el estatismo, el control de precios, el control cambiario, nos fuimos al desastre. Y cuando liberamos el mercado y dejamos que la mayor parte de la riqueza la genere el sector privado, no es perfecto, claro que no. Tenemos problemas derivados del modelo, pero estamos mejor.
La derecha debería sincerarse (nunca lo hará porque no gana votos) y decir: “Lo que ofrecemos no es el paraíso, es lo mejor que hemos encontrado hasta ahora”. Pero nadie dice eso porque no es rentable electoralmente.
Pero tú perteneces a una derecha que políticamente no existe en el Perú. Comprendes la importancia de las instituciones, los derechos humanos , criticas los monopolios.
La crítica a los monopolios parte de un principio básico. Estados Unidos fundó y exportó la democracia liberal sobre la base de romper monopolios. Lleva más de cien años haciéndolo y ahora está intentando romper el monopolio de Google. Y podrías decir: “¿Por qué romper a Google si tienes a China con TikTok compitiendo?” Porque se comprobó que la libertad de competencia y la libertad de mercado funcionan mejor a la larga. Es el principio fundacional. Por eso hay que combatir los monopolios. Y luego está el respeto a los derechos humanos. En el tema de la autoidentificación, por ejemplo, es simple: ¿a mí qué me importa? En derechos humanos, somos humanos. Si tú me preguntas, yo quisiera que a los sicarios los maten en combate. Y tú dirás: “Eso no es respeto a los derechos humanos”. De repente sí, de repente no, no lo sé. Pero si me preguntas si quiero que el Perú salga de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la respuesta es no. Porque al final hay gente inocente que necesita ese último grado de justicia que el país no le da. Es sencillo: que las personas puedan acceder a lo mejor que puedan para que su vida sea justa. Nada más.
Pero justamente por eso es una derecha que políticamente no existe en el Perú.
Sí. Y sobre eso, mi amigo Javier Albán me decía el otro día: “Estas posiciones pueden llamarse derecha liberal”. Pero ni suena bien ahora, porque ha sido ocupada por una derecha que es falsamente liberal. Igual, la derecha liberal siempre ha sido minoritaria en los sistemas democráticos del mundo. Siempre ha inclinado la balanza en algunas cosas, pero es minoritaria. No sé si en el Perú no existe, pero definitivamente es minoritaria.
Háblame de la familia Benza. Cuando vi la lista de alumnos pensé: “Ah, Paolo Benza… debe ser de izquierda”, por lo que conocía de otros.
Mi abuelo era marino y mi abuela fue política de izquierdas. Tenían una casa en el malecón de Miraflores que fue conocida por albergar refugiados de guerrillas de otros países, perseguidos políticos.
Algunos les llamarían “terroristas”.
Llámales como quieras; ellos se consideraban perseguidos. Mi familia era de izquierda. Mis abuelos ayudaron a fundar el PSR y ambos fueron exiliados a México. Mi tío Manano y mi abuelo, también Manuel, firmaron un pronunciamiento contra Morales Bermúdez y por eso expulsaron a mi abuelo, que era marino. Aunque la rama de mi padre es más de derecha, a los Benza se les conoce por su tradición izquierdista. De todos, mi tío Manano es el único que mantuvo sus principios sin esperar nada a cambio; solo enfrentó dificultades.
Muchos otros renunciaron a sus convicciones y terminaron en una izquierda acomodada y promercado. Yo creo que, si te dices de izquierda, actúa como tal. Y si no, sé sincero: admite que eres de derecha, promercado, y que defiendes determinadas posiciones. Eso es válido, siempre que seas transparente.
¿Y por qué ese interés en promocionar Chavín de Huántar?
Porque siempre he creído que esa operación mostró que al terrorismo se le derrota con estrategia, no con abusos. Es de los pocos episodios que el país puede mirar con orgullo. Además, considero importante el componente comercial del cine. No es lo único, pero sin taquilla no hay industria. Tondero pudo hacer películas menos rentables porque antes tuvo un éxito masivo con ¡Asu Mare!; así funciona. Si debo incluir una película comercial entre las mejores de la década, prefiero una que haya funcionado en taquilla y tenga cierto nivel. Y, frente al ranking de éxitos en el Perú —donde abundan películas muy débiles— Chavín de Huántar destaca claramente. No es la mejor de la década, pero sí una de las más sólidas entre las comerciales.
¿No estás de acuerdo con los incentivos?
Sí creo en los incentivos: permiten producir películas que no serían viables comercialmente pero son necesarias para el país. Lo cuestionable es que siempre favorezcan a los mismos grupos. El Estado debe apoyar el cine, pero también debe valorarse el éxito comercial. Si 1’ 200,000 personas disfrutan una película, ¿por qué descalificarla? Conectar con el público también es un mérito.
Usas mucho la frase ‘la democracia no puede ser boba’, algo que también dice Sifuentes, ahí sí coinciden. ¿Qué significa exactamente? Porque suele emplearse para advertir sobre un peligro —terroristas, senderistas, Movadef—, pero ¿no crees que es más un bluff? Al final, quienes quedan de Sendero solo buscan participar en elecciones, como ha ocurrido en otros lugares.
A ver, para mí la frase “la democracia no puede ser tonta” es la premisa de otra: el espectro del debate democrático tiene que ser muy amplio. Si solo aceptas lo que te gusta o lo que no te incomoda, eso no es democracia. Entonces, para sostener esa premisa, lo que queda fuera de la democracia tiene que ser lo realmente extremo. Y lo que queda dentro, por más incómodo que sea, debe mantenerse dentro.
Lo explico con un ejemplo simple: si estás jugando una pichanga y uno de los jugadores ha dicho que quiere matar a tres de tu equipo o que quiere llevarse la pelota para que no haya más partido, no lo dejas jugar. Es ilógico: atentaría contra la propia pichanga. Entonces, aunque acá no estemos propiamente en una democracia —yo hablo más bien de una pantomima de democracia—, si igual hacemos la performance democrática, no tiene sentido dejar entrar a alguien que quiere destruir el juego.
Sobre el Movadef: para mí queda claramente fuera. Creo que no debe participar en política, lo cual no significa perseguirlo penalmente. Son cosas distintas. Pero no renunciaron nunca a la amnistía para Guzmán, y eso me parece inaceptable. Es un grupo experto en llenar vacíos de poder: entró al magisterio porque vio que el Sutep había abandonado las bases. Si tienes un grupo que busca amnistiar al principal responsable del mayor daño que ha sufrido este país, no veo cómo podría entrar al juego democrático.
Pero pedir amnistía no es, por sí mismo, un atentado contra el sistema. Los pedidos de amnistía suelen darse después de un conflicto o una derrota. Puedes no estar de acuerdo, pero no tiene por qué socavar la democracia.
Permitir que salga de la cárcel alguien como Abimael Guzmán envía un mensaje terrible: que puedes atentar contra el sistema y el sistema igual te va a perdonar. Eso sí me parece un atentado. Es cierto que ellos no han llamado a retomar las armas; coincido. Pero el riesgo de que, una vez empoderados, lo intenten de nuevo es demasiado alto.
Pero también podría ser un prejuicio. Mira casos como el presidente sirio, exmiembro de Al Qaeda, o un presidente colombiano exguerrillero.
Creo que si van que por la vía democrática no llegan, intentarían lo otro. Y es un riesgo que, creo yo, la democracia no debe asumir. Para mí, el peor mal que le pasó al país fue Abimael y Sendero, y por eso no veo forma de dejarlos entrar.
Pero consiguieron 500,000 firmas. ¿No es más peligroso excluirlos? En la lógica democrática, dejarlos participar permitiría fiscalizarlos.
Medio millón de firmas que hoy todos niegan haber firmado. En cambio, el fujimorismo tiene dos millones de votos que se reafirman elección tras elección. Hay una diferencia. Respeto a lo de la fiscalización, puede ser, me parece un argumento atendible.
Claro, los votos del fujimorismo se mantienen porque nunca enfrentan consecuencias, mientras que basta detectar a un firmante del Movadef para que lo persigan. No pierdo la esperanza de convencerte de la injusticia de casos como el de Perseo.
Está bien, jaja.
¿Qué opinas de la censura del libro de Polay?
No se debe censurar su venta, pero institucionalizar su presentación —darle un estrado en la Feria del Libro— me parece problemático. Eso le da una validación extraordinaria. Su prólogo dice que lo que hizo el MRTA tuvo “muy buenas intenciones” y una “consistencia moral”. Que se venda, sí; que se eleve institucionalmente, no.
¿Tienes algún referente en política, aunque sea antiguo?
Lo antiguo siempre se idealiza. Pensé en Haya de la Torre, pero justo por eso no. Aun así, creo que el APRA ha sido la derecha popular del país, aunque ellos mismos renieguen del término. Mulder me dijo una vez que su postura era crear riqueza para quien no la tiene, en lugar de quitársela al rico; eso después de su alianza con el fujimorismo. Para mí, eso los define como de derecha. El “pan con libertad” no era estatista: buscaba dar a quienes no podían construir su proyecto de vida en libertad. Ese germen existía hace décadas; solo que entonces se expresaba en antiimperialismo y canal de Panamá, porque era la vía “moral” de la política en ese tiempo. No me parece casual que el segundo gobierno de Alan fuera de derechas y, aunque imperfecto, lograra sacar a mucha gente de la pobreza.
¿Cómo nació La Contra?
Primero, porque llevaba año y medio desempleado. Vivía de frilos y ya casi no salían; me había quemado todos los ahorros y varios puentes. Ya no podía volver al Grupo El Comercio, había criticado a Latina, el 2 y el 9 casi no tienen contenido periodístico, el 5 paga muy poco, y La República también. No había muchas opciones.
Y, además, desde Sudaca —el primer medio puramente digital en el que trabajé— descubrí dos cosas: que un medio puede ser verdaderamente digital (sin oficina, sin imprenta) y que el periodismo tiene que adaptarse a los patrones de consumo de la gente. Eso significa hacer periodismo audiovisual digital. Nadie lo estaba viendo. Había periodistas que renunciaban, prendían una cámara y leían el periódico. Eso no es digital. Entonces diseñé un formato. Y sí, es verdad que vi que Sifuentes probó que un formato audiovisual podía funcionar; yo quise hacer algo como La Encerrona, pero mejorado.
¿Cuál es tu público objetivo?
La derecha. No centroderecha: derecha. Aunque también me escuchan personas de izquierda para entender qué piensa ‘el otro lado’. Es una derecha que puedo entender lo que piensa, no la que se limita a repetir ‘caviares, caviares’. Mientras que la competencia apunta a estudiantes de ciencias sociales haciendo maestrías en Europa —políticas de género en Barcelona, sociología en Alemania, economía keynesiana en Bruselas—, mi público son pequeños empresarios, mandos medios que aspiran a ser gerentes, y funcionarios del MEF o del BCR que necesitan información para sus reuniones. Más masculino, más enfocado en economía que en sociología. Ese es mi público.
¿Qué lugar tiene hoy la inteligencia artificial en tu trabajo periodístico? ¿La usas tú o tu equipo?
Cada vez la usamos más. Al inicio casi nada; ahora ya forma parte de la rutina. Incluso pagamos ChatGPT Premium para sacarle mayor provecho. La empleamos para generar imágenes sin copyright —sobre todo portadas— y para resolver cuestiones técnicas. Cuando nos desmonetizaron la cuenta de YouTube, por ejemplo, la IA nos guió paso a paso para recuperarla. Mantengo, eso sí, una regla: no usarla para el trabajo periodístico en sí, porque la IA no verifica. Pero sí acelera tareas que rodean el oficio. Si necesito hallar una cita dentro de un video de dos horas, le paso el archivo y me indica el minuto exacto en segundos; luego verifico yo.
También nos sirve para revisar contratos y detectar cláusulas problemáticas. Para esas tareas funciona muy bien. Para hacer periodismo: todavía no. Y creo que su impacto irá creciendo. La gente empezará a pedirle a la IA respuestas que antes buscaba en los medios, aunque ese cambio aún tomará algunos años.
Casi siempre te escucho. No coincido en todo, pero me interesa. Eso sí, siempre me dan ganas de apagar el programa cuando mencionas a la U. Y tú eres el típico hincha crema Paolo, de esos que te enrostran las derrotas.
Dejar a tu equipo es como dejar de querer a tu madre, Gerardo. No puedes. Y trato de ponerlo al final del podcast para que, si quieres, lo apagues.
Hasta ahora recuerdo tu trabajo final del curso de redacción: era sobre la U, algo sobre un penal y el estadio. Consideré en jalarte, pero no era ético, estaba muy bien escrito, aunque ganas no me faltaron.
Ja, ja, siempre del lado correcto de la historia.
Para mí es un gusto entrevistar a un exalumno por sus méritos, no por hacerle un cherry.
Gracias, Gerardo. Yo guardo con cariño esa clase de redacción periodística.













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