Cuba en un nuevo Período Especial: más cruel y deliberado
- Redacción El Salmón
- hace 1 día
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Este año, Cuba atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente, comparado en seriedad con el Período Especial que siguió a la caída de la Unión Soviética —cuando el país perdió casi el 80 % de sus importaciones y sufrió hambre masiva y apagones prolongados—. En 2026, la isla enfrenta una combinación de recesión económica, escasez energética, y deterioro de servicios públicos, marcados por sanciones estadounidenses que han reducido casi por completo el envío de petróleo desde aliados como Venezuela y México. Esta crisis, según datos oficiales y análisis independientes, es resultado de años sin suficiente combustible, falta de inversiones y bloqueo externo —que muchos expertos describen como una forma de guerra económica que impacta directamente a la población civil.
Desde 2020, la economía se ha encogido más de un 15 %, y solo en 2025 la caída ronda el 5 %. Traducido a la vida diaria, eso significa que hay menos alimentos en circulación, menos transporte, menos electricidad, menos medicinas y menos servicios básicos funcionando con regularidad. El país produce menos y compra menos, pero las necesidades siguen siendo las mismas.
A esa contracción se suma una inflación oficial que supera el 14 %, una cifra que se queda corta cuando se la contrasta con la experiencia real. Basta entrar a una bodega, recorrer un mercado informal o intentar completar una comida básica para entenderlo: los precios suben más rápido que los ingresos y el salario pierde valor semana a semana. Para muchas familias, la canasta básica ya no es un derecho garantizado, sino una cuenta diaria de renuncias: qué comida se salta, qué medicamento se posterga, qué gasto simplemente no se puede hacer.
El impacto de ese deterioro es visible en las calles. En apenas cuatro años, el país ha perdido hasta una cuarta parte de su población. No se trata de una migración voluntaria, sino de un éxodo forzado por la escasez prolongada. Barrios enteros han quedado sin jóvenes, sin trabajadores, sin relevo generacional. Las escuelas funcionan con aulas semivacías; los hospitales, con menos personal del necesario; las familias, partidas entre quienes se quedan resistiendo y quienes se van buscando condiciones mínimas de supervivencia. La economía se contrae, pero con ella también se encoge la vida social, el movimiento cotidiano y la idea misma de futuro.
Más crítico aún, el sector del turismo —fundamental para captar divisas— ha caído a su peor nivel desde 2002, con apenas 1,8 millones de visitantes en 2025, muy por debajo del récord de 4,7 millones de 2018. Esto ha reducido drásticamente los ingresos de divisas y empujado al cierre temporal de hoteles y la reubicación de turistas internacionales como parte de las medidas de austeridad.
Medidas concretas del gobierno cubano para enfrentar la crisis
Ante este escenario, las autoridades han implementado varias acciones que afectan directamente la vida cotidiana:
• Racionamiento y cambios en la distribución de combustible: El gobierno ha adoptado un sistema digital de turnos (“Ticket”) para la gasolina, limitando la cantidad de combustible que cada conductor puede adquirir y generando largas esperas que pueden durar semanas. Además, se ha dejado de subsidiar la gasolina, lo que eleva el precio en dólares a niveles inasequibles para la mayoría de los cubanos.
• Reducción de servicios y energía para sectores no esenciales: Para conservar el poco combustible disponible, el Estado ha reducido el funcionamiento de oficinas públicas, promovido el teletrabajo y aplicado horarios reducidos de energía, priorizando hospitales y sectores que generan ingresos en divisas.
• Suspensión de distribución de gas licuado: En varias provincias orientales del país, la distribución de gas para cocinar fue suspendida indefinidamente, obligando a miles de familias a cocinar con leña o carbón, inclusive en áreas urbanas.
• Cierre y reubicación en el turismo: Hoteles en zonas como Varadero han sido cerrados temporalmente o compactados para ahorrar energía, y turistas trasladados entre instalaciones para concentrar recursos limitados, afectando directamente la industria que tradicionalmente sustentaba la economía.
Efectos palpables en la vida cotidiana
La escasez de combustible y energía ha transformado la vida diaria:
Transporte público prácticamente paralizado. No hay combustible para las rutas urbanas, lo que obliga a trabajadores y estudiantes a buscar alternativas de transporte —cuando es posible— o trabajar desde casa para evitar viajes largos y costosos.
Acumulación de basura en las calles. Solo 44 de 106 camiones recolectores operan en La Habana, provocando montones de basura y graves riesgos sanitarios, un impacto visible de la escasez energética.
Apagones crónicos. Se anticipa que casi la mitad del país volverá a quedarse sin luz durante los horarios de alta demanda, debido a una brecha entre oferta y demanda de energía de más del 40 %.
Servicios de salud en emergencia. Hospitales han tenido que suspender cirugías y dependen de generadores, afectando especialmente la atención materna, infantil y tratamientos crónicos.
Colapso de sectores productivos y escuelas cerradas. El acceso limitado a energía y transporte ha causado interrupciones en la producción agrícola, dificultades para acceder a alimentos y cierre temporal de escuelas y universidades.
Comparación con el Período Especial
La referencia inevitable es el Período Especial de los años noventa, cuando Cuba perdió de golpe cerca del 80 % de su comercio exterior tras la desaparición de la Unión Soviética. Entonces, el colapso fue abrupto: apagones de más de 12 horas diarias, transporte prácticamente inexistente, una caída del PIB cercana al 35 % entre 1990 y 1993, desnutrición generalizada y una economía obligada a reinventarse sin tiempo ni margen. Aquella crisis fue el resultado de un derrumbe sistémico internacional que dejó a la isla aislada de un día para otro.
Lo que ocurre hoy es distinto en la forma, pero comparable —e incluso más cruel— en sus efectos acumulados. En 2026, Cuba vuelve a vivir apagones prolongados, paralización del transporte público, reducción de horarios escolares y hospitales funcionando al límite, con servicios racionados y personal insuficiente. La diferencia central es que esta vez no se trata de un colapso súbito, sino de un estrangulamiento progresivo y deliberado. La economía no cayó por la desaparición de un aliado, sino por una política sostenida de sanciones, persecución financiera y bloqueo energético impulsada desde Estados Unidos.
A diferencia de los años noventa, cuando Cuba aún podía comerciar con relativa libertad con terceros países, hoy cualquier intento de importación de combustible, alimentos o insumos médicos enfrenta amenazas de sanciones secundarias, multas millonarias y bloqueo de pagos internacionales. Empresas navieras, bancos y aseguradoras evitan operar con la isla por temor a represalias. El resultado es un país que, aun queriendo comprar, no puede pagar ni transportar lo que necesita. En términos prácticos, el impacto cotidiano se parece al del Período Especial, pero con una desventaja adicional: el cerco actual reduce de antemano las posibilidades de salida.
En los noventa, la crisis fue un shock histórico; hoy es una presión constante. Entonces, el apagón era consecuencia de la falta de petróleo tras la caída soviética; ahora lo es del bloqueo al suministro energético y a los sistemas financieros que permitirían adquirirlo. Entonces, el hambre fue el efecto de un colapso externo inesperado; hoy, la escasez es el resultado de una política diseñada para asfixiar lentamente a la población y provocar desgaste social. Por eso, para muchos cubanos, la sensación es incluso más dura: no la de una tragedia repentina, sino la de una resistencia prolongada frente a un castigo económico que no da tregua.








