¿Necesitaremos gimnasios para la mente? La IA y la gente joven
- Susana Aldana Rivera

- hace 2 días
- 5 min de lectura

La IA está de moda y, peor aún, su uso es indiscriminado entre los jóvenes. Esto resulta totalmente visible cuando la utilizan para elaborar sus trabajos universitarios. Se nota por la cadencia del discurso escrito: suele ser demasiado coherente para estudiantes que, como no leen, no saben escribir ni hablar con soltura. Un profesor detecta fácilmente su uso, particularmente entre quienes recién ingresan a la universidad.
Además, cuando exponen —que es la forma de comprobar si realmente leyeron y comprendieron el texto—, olvidan lo que iban a decir, pese a que intentan memorizar el resultado que arroja la IA, tal como hacían en el colegio. Sin embargo, en la universidad la repetición tiene mucho menos espacio, sobre todo en los cursos de letras, cuya misión es enseñar a pensar. Les resulta muy difícil memorizar tanta información y, más aún, cuando no han investigado el tema ni construido por sí mismos un discurso coherente.
Por supuesto, uno, como profesor y con mayor experiencia, les señala el problema que implica el uso acrítico de la IA. Antes se hablaba de analfabetismo funcional, especialmente durante la década de 2010; luego se comenzó a hablar de cretinismo funcional en los años 2020. Hoy algunos plantean que estamos ante una involución del pensamiento. Lo cierto es que este es un problema que los estudiantes tienen que afrontar por cuenta propia. Los profesores no podemos resolver una cuestión tan personal; apenas podemos acompañarlos en el desarrollo de una auténtica construcción epistemológica.
Podemos explicarles cómo se construye el pensamiento, ofrecerles el contexto histórico e incluso mostrarles las implicancias políticas de este fenómeno. Podemos explicarles, por ejemplo, cómo las imágenes impactan directamente en el subconsciente y por qué los reels resultan tan adictivos. Sin embargo, existe un componente de disciplina y constancia personal necesario para apartarse del teléfono móvil que buena parte de la llamada generación de cristal no tiene o no ha logrado desarrollar.
Hay que reconocer que muchos lo intentan, pero la dependencia es demasiado fuerte. Necesitan quedar bien consigo mismos, con su grupo, con el profesor o la profesora y, además, cumplir con una carga académica que los presiona por la cantidad de cursos que llevan. El problema se vuelve aún más evidente en disciplinas como la historia, donde lo esencial es leer y volver a leer. En la práctica, muchos solo pasan los ojos sobre las palabras, pero no comprenden aquello que creen haber leído.
Es verdad que la IA es una herramienta interesante. El volumen de información que circula por las redes es inmanejable y esta tecnología sirve para navegar en ese mar oleado, con crestas y profundidades insondables. Es una ayuda para llegar a buen puerto, aunque no ofrece ninguna garantía. Un adulto con formación se da cuenta rápidamente de que la información debe ser contrastada, evaluada y refrendada. La IA apenas propone posibles rutas para esa navegación. De inmediato es necesario revisar la bibliografía citada, verificar las fuentes y evaluar la veracidad de las afirmaciones, así como la seriedad del material consultado. Sin embargo, los más jóvenes suelen asumir como verdadera la primera respuesta que ofrece la IA y les resulta ajena la comparación documental.
Cuando se trata de tareas repetitivas, de formatos, de cartas comerciales o de cualquier otro procedimiento estandarizado, la IA resulta una herramienta muy útil porque agiliza el trabajo. Sin embargo, la creatividad propia de la investigación exige pensamiento crítico y va mucho más allá de la repetición. No estoy seguro de que esa capacidad pueda adquirirse únicamente en un curso, como ocurre en varias universidades; debería formar parte de la profesionalización misma. Pensar supone disponer de herramientas conceptuales, modelos, fórmulas —matemáticas o de cualquier otra disciplina—, pero también de información social e histórica para procesarla mediante esas herramientas y producir conocimiento nuevo.
Si antes las máquinas ayudaban y facilitaban la vida, ahora también la complejizan. Utilizar la IA para repetir procedimientos es muy sencillo; usarla verdaderamente como una herramienta intelectual es algo muy distinto. Vivimos rodeados de publicidad que nos sugiere que, si no sabemos cómo vestirnos, basta con proporcionar algunos datos para que la IA nos diga qué ponernos; si no sabemos qué cocinar, basta con introducir los ingredientes disponibles para que la máquina decida el menú. Es una forma de sometimiento cotidiano a la tecnología. Si incluso las decisiones más simples quedan delegadas en una máquina, ¿para qué pensar? Muchos jóvenes terminan naturalizando el pensamiento producido por la IA y aceptándolo sin mayor cuestionamiento porque, sencillamente, les facilita la vida.
Sin embargo, utilizar la IA como un instrumento que libere del trabajo mecánico para ampliar las posibilidades de la creatividad exige algo más. Exige saber preguntar, construir buenos prompts. No es tan sencillo interactuar con sistemas que operan mediante modelos matemáticos complejos. Formular una buena pregunta requiere conocimientos previos, capacidad de reflexión crítica y un conjunto de información ya procesada. Esa información debe permanecer en la memoria de trabajo y, poco a poco, consolidarse en la memoria de largo plazo hasta convertirse en conocimiento propio, construido mediante el esfuerzo intelectual. Allí reside la diferencia entre entender una respuesta y comprender realmente un problema.
Los jóvenes suelen limitarse a copiar lo que les ofrece la IA y a leerlo sin mayor elaboración. Como nos ocurre a todos cuando utilizamos esta herramienta sin contrastar la información ni investigar por cuenta propia, olvidamos rápidamente aquello que nos ayudó a construir. En ellos sucede con mayor facilidad porque han sido educados en una cultura donde predominan las imágenes antes que la lectura profunda. No las procesan críticamente: simplemente las incorporan. Conviene recordar, además, que los estudiantes universitarios de hoy son los mismos que hace pocos años vivieron la pandemia y cursaron una parte importante de su formación escolar frente a una pantalla.
El profesor representa mucho más que una fuente de conocimientos; constituye un modelo de cómo construirlos desde una perspectiva intelectual y moral. Detrás de la IA no existe un principio de moralidad, porque las matemáticas que sostienen su funcionamiento carecen, por sí mismas, de una dimensión ética. Es cierto que, ante determinadas consultas, recomienda acudir a un médico o buscar ayuda profesional, lo cual constituye una salvaguarda importante. Sin embargo, preocupa que muchos adolescentes y jóvenes, en plena etapa de desarrollo emocional, recurran a la IA como si fuera una psicóloga y le confíen sus problemas más íntimos. Hay un aspecto positivo en ello: al menos encuentran un espacio para expresar sus emociones. Pero también existe un límite evidente: una máquina puede ofrecer palabras, nunca un abrazo.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la mecanización transformó profundamente la vida cotidiana. Prácticamente toda actividad repetitiva terminó contando con una máquina que facilitaba su ejecución. Como consecuencia, hacia la segunda mitad del siglo XX la existencia se volvió mucho más cómoda y el esfuerzo físico comenzó a perder centralidad. El mundo cambió: la fuerza corporal dejó de ser un factor determinante en buena parte de las actividades productivas y, gracias a las máquinas, hombres y mujeres adoptaron estilos de vida cada vez más sedentarios.
El aumento de la obesidad impulsó el crecimiento de los gimnasios y la expansión de una cultura orientada al sport life y al fitness. Se volvió habitual salir a correr a las seis de la mañana para, pocas horas después, permanecer sentado frente a una computadora durante toda la jornada laboral y regresar al gimnasio al final del día para intentar recuperar, mediante ejercicio planificado, el esfuerzo físico que las máquinas habían eliminado de la vida cotidiana.
Nadie niega que la vida contemporánea sea mucho más cómoda. Sin embargo, esa comodidad encierra contradicciones profundas. A veces me pregunto si mis estudiantes, dentro de algunos años, cuando el uso de la IA forme parte de su vida con absoluta naturalidad, necesitarán también una especie de gimnasio mental para ejercitar el pensamiento. Así como hoy hablamos de fitness, mindset o good life, quizá llegue el momento en que debamos hablar de un mental fitness: un entrenamiento deliberado para conservar la capacidad de leer con atención, reflexionar con autonomía y construir un pensamiento propio en una época en la que las máquinas ya no solo alivian el esfuerzo físico, sino también el intelectual.










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