Miguel de Unamuno en el paraninfo
- Gonzalo Gamio Gehri

- hace 13 horas
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1.- Un incidente en medio de la “Fiesta de la Raza”
Quisiera ocuparme en esta oportunidad de un acontecimiento histórico crucial para el desarrollo de la filosofía política en habla castellana. Se trata de un incidente producido en la universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, durante el entonces denominado “día de la raza”. Miguel de Unamuno -filósofo, novelista y entonces Rector de aquella casa de estudios- se enfrentó con coraje a los exponentes de un discurso excluyente y violento, entonces popular, en los tiempos de la guerra civil y el surgimiento de la dictadura fascista de Francisco Franco. La voz solitaria de Unamuno en el Paraninfo salmantino encarando el fascismo constituye, a mi juicio, un ejemplo de virtud y lucidez hoy, casi noventa años después, cuando una vez más un programa totalitario se cierne sobre nosotros.
Es preciso señalar que no se cuenta con una grabación o registro formal de lo que se dijo exactamente en dicho incidente; solo se tiene a disposición contados testimonios, reseñas de historiadores y algunas brevísimas anotaciones del propio Unamuno. Sobre este peculiar acontecimiento histórico se han escrito numerosos libros que han generado acalorados debates, así como la extraordinaria película Mientras dure la guerra (2019) de Alejandro Amenábar. Aquel 12 de octubre se llevaba a cabo un evento público dentro de la universidad. Estaban presentes la propia esposa de Franco, Carmen Polo, el jefe de la Legión, José Millán Astray -un militar feroz, mutilado de guerra, un personaje muy apreciado entre el bando golpista-, José María Pemán, un intelectual adicto al régimen, el profesor Francisco Maldonado, así como el obispo del lugar, Enrique Piá y Deniel.
Los discursos del día se concentraban en elogiar el proyecto de edificar la unidad española desde el uso del castellano como lengua oficial y la profesión de fe del catolicismo, así como a sindicar a las comunidades vasca y catalana como verdaderos “cánceres en el cuerpo de la nación”, enfermedades letales contra la construcción de una “España una y grande”. Esos alegatos en favor de una identidad supresora de la diversidad motivaron que Unamuno -a la sazón oriundo de Bilbao-, decidiera tomar la palabra, contraviniendo su deseo inicial de no intervenir en lo que era a todas luces un evento de carácter político y propagandístico en favor del franquismo.
Ya sé que estáis esperando mis palabras, porque me conocéis bien y sabéis que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa asentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Había dicho que no quería hablar, porque me conozco.
El filósofo advierte que España estaba sumida en una guerra “incivil” que amenaza desangrar el país. Se rebela ante la sola propuesta de que catalanes y vascos sean excluidos de cualquier perspectiva razonable de sociedad. Una comunidad política libre está siempre habitada por la diversidad, de modo que las diferencias encuentren siempre un lugar en la conversación cívica. Qué contradictorio resulta, a su juicio, festejar el “día de la raza” confundiendo ciertas identidades colectivas con alguna suerte de daño social.
Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo Plá y Deniel, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española.
De acuerdo con los testigos y los historiadores que se han pronunciado sobre este incidente, Millán-Astray exigió tomar la palabra. Al observar al general erguido y dispuesto a intervenir, alguien en el público entonó el grito de la Legión, “¡Viva la muerte!”, a lo que el militar replicado, “¡Viva la muerte!¡Muera la inteligencia! ¡Mueran los intelectuales!”. A ello siguió un bullicioso intercambio de slogans entre Millán-Astray y una buena parte del público que celebraba el discurso político del régimen: a los gritos de “¡España!” el grupo respondía “¡Una!”, “¡Grande!” y “¡Libre!”. Una mayoría de asistentes se plegaba sin reservas a la exaltación de este discurso beligerante y hostil contra Unamuno.
No obstante, el Rector no retrocedió ante esta flagrante manifestación de violencia. Denunció con fuerza la “paradoja ridícula y repelente” que entrañaba aquel grito funesto, “¡Viva la muerte!”, que solo podía traducirse en la aniquilación de personas, de muchos españoles vulnerables e inocentes. Unamuno echaba así mano de la virtud profética de la parrhesía, la capacidad de hablar con sinceridad y coraje, expresando la verdad, incluso ante un público agresivo, en circunstancias de peligro real que implican poner en riesgo su integridad física o su reputación. Como Sócrates o Tomás Moro defendiéndose ante los tribunales hostiles que los condenaron, o Juan el Bautista presentándose cara a cara ante Herodes, el profeta desafía al poder existente o a la masa enardecida proclamando la verdad o el punto de vista de la justicia. Durante aquel evento público Unamuno era un profesor ya anciano, haciendo valer una voz solitaria frente a un público que enarbolaba sin pudor el culto a la fuerza.
2.- Vencer y convencer. La defensa del lógos frente al imperio de la Fuerza
El Rector de Salamanca conocía perfectamente el peligro que corría. Sabía que los partidarios más virulentos de Franco proclamaban la violencia como una suerte de “manifestación del pòder viril” frente a la “pusilanimidad del concepto”; ellos intentaban desacreditar el saber y el discurso de los intelectuales ante el presunto tribunal de la historia. El nuevo régimen había asesinado a García Lorca y esa noticia había consternado profundamente a Unamuno. De hecho, la persecución de artistas y académicos le había llevado a temer por su propia vida.
Nuestro autor estaba tomando la palabra en medio de una guerra interna y en un contexto de “brutalización de la política”. Como se sabe, esta expresión pertenece a la obra del historiador británico de origen alemán George L. Mosse. Se trata de un fenómeno característico de la Europa de los años veinte y treinta del siglo pasado, un extraño movimiento social y político que implicaba la construcción de un enemigo a causa de su etnia, cultura, ideología política u orientación sexual, la exaltación de la fuerza, la glorificación del pasado y la desconfianza frente al pensamiento crítico.
La política brutal promovía, según Mosse, “excitar a los hombres, lanzarlos a la acción contra el enemigo político; insensibilizar a hombres y mujeres frente al espectáculo de la crueldad humana y la pérdida de vidas”. Así, se tachaba de “subhumano” al enemigo público, se alentaba a través del discurso político la persecución por motivos ideológicos e incluso el aniquilamiento de los opositores a la causa. Algunos estudiosos de la sociedad han establecido un paralelo razonable entre los tiempos de la irrupción del fascismo y los tiempos de la consolidación de la ultraderecha en el mundo comtemporáneo.
El incidente del Paraninfo es importante al menos por dos razones. En primer lugar, porque pone de manifiesto el miedo y el profundo desprecio que los proyectos totalitarios hacen explícitos frente al pensamiento independiente, a causa de su potencial reflexivo y por su libertad. El “muera la inteligencia” (o “mueran los intelectuales”) de Millán-Astray pone de manifiesto la manera en que los usuarios y artífices de estos proyectos consideran el trabajo de la crítica como meramente corrosivo. Ante ello, la voz de Unamuno se revela profética y revolucionaria (a pesar de que nuestro autor se consideraba más bien una especie de “reformista liberal”).
En segundo lugar, porque nos previene acerca de lo que podría suceder con los derechos básicos y con las libertades sustanciales de las personas en manos de una ideología -de cualquier origen- que pone la fuerza por delante. Nosotros -personas del siglo XXI- tenemos que estar alertas ante la preocupante glorificación de la violencia y la supresión de las libertades que predican hoy los “nuevos populismos” de diverso cuño.
Unamuno decide confrontar a Millán-Astray, a pesar de que la abrumadora mayoría que lo apoyaba pronunciando a viva voz el oscuro lema de la Legión. Esa facción del público compartía la presuposición del bando sublevado según la cual el pensamiento crítico erosionaba las bases mismas de la “tradición occidental y cristiana”. El filósofo decide hacer respetar el fuero salmantino como casa del saber y del esfuerzo por la virtud cívica. El Rector no puede permitir que el elogio de la mera fuerza prevalezca sobre el venerable ejercicio del lógos.
Éste es el templo del intelecto y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. (…). Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.
El auditorio -en su mayoría suscriptor del “nacionalismo católico” de Franco- estalló en gritos e insultos en contra del Rector salmantino. Se cuenta que la propia Carmen Polo decidió oportunamente ayudar a Unamuno a abandonar la sala, impidiendo que fuera agredido por la muchedumbre. Sin embargo, el régimen castigó severamente el encendido discurso del bilbaíno. Se le despojó inmediatamente del Rectorado, así como se le retiró del cargo de concejal de la ciudad. Se dispuso asimismo su arresto domiciliario, y fue allí, en su casa, que el escritor falleció el último día de ese doloroso año 1936.
En una carta escrita a su buen amigo Quintín de Torre, enviada el 1 de diciembre, Unamuno describió amargamente cómo el ejército sublevado y su aparato político habían decretado finalmente “la muerte de la libertad de conciencia, del libre examen, de la dignidad del hombre. Hay que ver las sandeces de los que descuentan el triunfo. Y aquí me tiene Vd. en esta Salamanca, convertida ahora en la capital castrense de la España anti-marxista, donde se fragua la falsificación de lo que pasa y donde se le encarcela a uno en su casa por decir la verdad”.
Nuestro autor nunca renunció a la defensa del libre pensamiento y del buen juicio frente a quienes alegaban que el precio de alcanzar el “orden” y el “imperio de la tradición” implicaba asfixiar la circulación de las ideas y suprimir el ejercicio de la crítica. El filósofo fue tildado de “liberal”, “masón”, “rojo” y “bolchevique” por cuestionar una ideología que instrumentalizaba la religión y que glorificaba la muerte. No obstante, el escritor no perdió la fe en la vida del intelecto y en el compromiso del ciudadano con la idea de una sociedad sensata y justa. La actitud del pensador vasco resulta así profundamente inspiradora para los espíritus libres en tiempos actuales, en los que el nacionalismo y la religión parecen volver a aliarse en el seno de un proyecto político virulento y autoritario; como en aquel momento, este proyecto posee la fuerza para vencer, pero carece de las razones para convencer.
Lastimosamente, el grito “¡Viva la muerte!” resuena de nuevo, ahora asumiendo nuevas configuraciones, siendo proferido en diferentes lugares en los que se abre paso la política brutal, recurriendo a la prepotencia que la caracteriza. Sucede lo mismo con “¡Muera la inteligencia!”. Hoy, casi noventa años después, los ciudadanos de habla hispana recordamos aquel día en el que, prácticamente solo en el Paraninfo, Unamuno desafió valerosamente a un régimen totalitario. Su actitud firme y lúcida en medio de la adversidad -qué duda cabe- constituye un ejemplo valioso de compromiso intelectual y moral.










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