La culpa y el miedo: dos formas silenciosas de sometimiento
- Rafael de la Piedra Seminario
- hace 1 día
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Hay formas de dominación que no necesitan cadenas. No hacen ruido. A veces basta con sembrar una idea en la conciencia: “me siento culpable”. Y cuando esa idea entra en la conciencia, dejamos de actuar desde la libertad y empezamos a vivir bajo la sospecha de nosotros mismos. La culpa, cuando no conduce a la reparación sino al sometimiento, se vuelve una forma de obediencia interiorizada. Y eso es muy peligroso.
No hablo aquí de la culpa moral que nace de haber hecho daño y abre un camino de reconocimiento y reparación. Esa culpa puede ser saludable, porque nos recuerda que nuestros actos tienen consecuencias. Hablo de otra culpa: la culpa corrosiva, la que no educa sino paraliza; la que no invita a cambiar sino a castigarse o a someterse; la que hace que el ser humano viva permanentemente endeudado con una autoridad externa, religiosa, política, familiar o cultural. El error y la equivocación son inevitables en nuestra fragilidad moral, pero deberían convertirse en aprendizaje, no en condena.
La historia humana está llena de instituciones que aprendieron a usar la culpa como herramienta de control. En algunos contextos religiosos, políticos, familiares o culturales, el miedo al castigo se convirtió en una pedagogía del sometimiento. No se buscaba tanto formar conciencias libres como producir conciencias culpables y, por lo tanto, vulnerables. La persona no se preguntaba: “¿cómo reparo el daño que he causado?”, sino “¿cómo evito el castigo?”. Allí hay una diferencia decisiva. La ética libera cuando ayuda a reconocer la verdad del acto; la culpa somete cuando instala la idea de que la persona vale menos por haber fallado. Así, el ser humano termina viviendo como si estuviera en deuda permanente ante estándares demasiado altos e idealizados.
Epicteto, desde la tradición estoica, recordaba que acusar a los demás de nuestras desgracias revela ignorancia, mientras que el camino de la madurez consiste en asumir lo que depende de nosotros. Pero asumir no significa autodestruirnos. Hay una enorme diferencia entre responsabilidad y culpabilidad. La responsabilidad mira hacia adelante: repara, aprende, transforma y sana. La culpabilidad enfermiza mira hacia atrás y se queda allí, rumiando el daño, como si el ser humano estuviera condenado para siempre por un acto que considera, en sí mismo, una falta imperdonable.
Por eso la culpa puede ser tan conveniente al poder. Una persona culpable es más fácil de conducir. Duda de su criterio, teme equivocarse, busca aprobación, acepta castigos y se siente indigna de reclamar derechos. La culpa se convierte entonces en una suerte de policía interior. Ya no hace falta que alguien vigile desde fuera: el sujeto se vigila a sí mismo. Se autocensura. Se castiga. Se somete. Se desarma.
El miedo funciona de manera parecida, aunque con otra intensidad. El miedo es una emoción primaria y necesaria para sobrevivir. Sin miedo, nuestra especie probablemente habría desaparecido. El problema empieza cuando el miedo deja de proteger la vida y empieza a gobernarla. Si la culpa controla la conciencia, el miedo controla la decisión. La política contemporánea lo ha entendido demasiado bien.
En las últimas elecciones peruanas lo hemos visto con claridad. No se votó únicamente por programas, propuestas o visiones de país. Muchos ciudadanos votaron contra un miedo. Unos votaron para evitar el retorno del fujimorismo; otros, para impedir lo que consideraban una amenaza de izquierda. El voto dejó de ser, en muchos casos, una afirmación esperanzada y se convirtió en un mecanismo de defensa. La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez terminó con un resultado extremadamente estrecho, con Fujimori alrededor del 50,1% y Sánchez cerca del 49,8%, en medio de impugnaciones y acusaciones de fraude.
El miedo no apareció de la nada. El Perú llegó a este proceso con una profunda inseguridad ciudadana, una alta desconfianza institucional y una historia reciente de crisis política. La seguridad fue uno de los temas centrales de la campaña, en un contexto donde el crimen, la extorsión y los homicidios habían aumentado de manera significativa en los años previos. Frente a ese escenario, es comprensible que muchos ciudadanos buscaran una opción que prometiera orden. Pero una cosa es atender legítimamente el miedo social y otra muy distinta es convertirlo en herramienta electoral.
Allí aparece el voto del miedo. No es un voto libre en sentido pleno, porque nace de una amenaza: “si gana el otro, todo se perderá”. Es un voto empujado por el abismo. La persona no elige tanto lo que desea, sino aquello que teme menos. Y cuando una democracia se reduce a escoger entre dos terrores, algo profundo se ha roto. Ya no discutimos proyectos de país: administramos pánicos colectivos.
La política del miedo tiene, además, una ventaja perversa: simplifica y polariza la realidad. Ya no hay ciudadanos con historias, regiones, heridas y esperanzas distintas. Hay enemigos. Hay culpables. Hay traidores. Hay salvadores. El miedo necesita caricaturas y estereotipos para funcionar. Por eso polariza. Por eso impide conversar. Por eso vuelve sospechoso al que duda y peligroso al que piensa distinto.
Martha Nussbaum ha trabajado precisamente esta relación entre emociones y vida pública. En sus reflexiones sobre el miedo, advierte que las sociedades inseguras y polarizadas son más vulnerables a respuestas defensivas, agresivas y excluyentes. Su propuesta no consiste en negar las emociones, sino en educarlas mediante la empatía, las artes, las humanidades y vínculos sociales más sólidos. Esta idea es fundamental: no se trata de eliminar el miedo, sino de impedir que el miedo decida por nosotros.
Lo mismo ocurre con la culpa. Una sociedad madura no es una sociedad sin culpa, sino una sociedad capaz de distinguir entre culpa reparadora y culpa manipulada. La primera nos humaniza, porque nos recuerda que podemos dañar y que debemos reparar. La segunda nos esclaviza, porque nos hace vivir bajo sospecha permanente. La primera abre un camino ético; la segunda clausura la libertad.
El Perú necesita salir de esa doble trampa: la culpa que paraliza y el miedo que polariza. Necesitamos una ciudadanía que no vote desde el espanto, sino desde la deliberación; que no busque culpables absolutos, sino responsabilidades concretas; que no se deje conducir por quienes administran nuestros temores, sino por quienes son capaces de ofrecer razones, horizonte y cuidado de lo común.
El desafío que tenemos por delante es profundamente ético: pasar de la culpa a la responsabilidad, del miedo a la esperanza crítica, del sometimiento interior a la libertad madura. No se trata de vivir sin temor ni sin conciencia del error. Se trata de no entregarles a otros el derecho de gobernarnos desde nuestras heridas.
Referencias bibliográficas
Epicteto. Manual de vida.
Nussbaum, M. The Monarchy of Fear.
Nussbaum, M. Political Emotions.
Fromm, E. El miedo a la libertad.





