La “vieja” Escuela Austriaca de Economía. Un necesario adiós

El armazón conceptual del neoliberalismo, edificado en gran medida sobre las premisas teóricas y metodológicas de la escuela austríaca de economía, ha sido rebasado por la densidad social, cultural, ambiental y política que caracteriza al siglo XXI. Durante décadas, la traslación de estos postulados a la política pública redujo la complejidad de la vida comunitaria a una serie de intercambios contractuales entre agentes formalmente libres, descalificando cualquier intervención distributiva deliberada por considerarla una distorsión del orden espontáneo.
Sin embargo, la agudización de las asimetrías materiales, la crisis ecológica, las fracturas territoriales y la concentración oligopólica de los recursos han puesto en evidencia la insuficiencia de un modelo que niega la interdependencia estructural de las sociedades contemporáneas. Frente a la erosión de la cohesión ciudadana y al repliegue del sentido de lo público, urge situar nuevamente el bienestar social en el centro de la filosofía política y económica. La legitimidad de un orden institucional no radica en la preservación ciega de la mecánica de mercado, sino en su capacidad para garantizar condiciones materiales ciertas que hagan posible la dignidad humana y la continuidad de la convivencia democrática.
Fundada a finales del siglo XIX por Carl Menger y desarrollada por Eugen von Böhm-Bawerk, la escuela austríaca de economía configuró un paradigma singular frente al modelo neoclásico y al colectivismo. Su andamiaje descansa en el individualismo metodológico, el subjetivismo del valor y la concepción del mercado como un proceso dinámico de descubrimiento y coordinación empresarial que nunca alcanza el equilibrio estático. Posteriormente, Ludwig von Mises sistematizó la praxeología y demostró la imposibilidad teórica del cálculo económico en el socialismo por la dispersión inarticulable del conocimiento práctico, perspectiva que luego refinarían autores como Murray Rothbard e Israel Kirzner.
Para esta corriente, las instituciones básicas de la civilización, como el dinero, el derecho y la propiedad, no son construcciones deliberadas del Estado, sino órdenes espontáneos producto de la evolución cultural. Asimismo, rechaza el uso de las matemáticas y la macroeconomía agregada, defendiendo la primacía irrestricta de los precios libres. Sin embargo, su hostilidad hacia el intervencionismo público inspiró la desregulación neoliberal contemporánea. En este artículo vamos a centrarnos en Friedrich A. Hayek, su figura más influyente, quien elevó estos postulados hacia una filosofía social que legitima la desigualdad y desmantela la protección colectiva. Analizaremos cómo su desconfianza hacia la justicia distributiva y su exaltación del orden impersonal del mercado han terminado por erosionar la cohesión social comunitaria.
El malestar generacional y la imposibilidad material del porvenir
Las recurrentes oleadas de protesta ciudadana que en los últimos años han recorrido diversas capitales de Europa occidental y de América Latina responden a un malestar estructural que trasciende las reivindicaciones gremiales convencionales. En ambos márgenes geográficos se constata una fractura profunda entre las instituciones de representación política y amplios sectores de la población, articulada en torno a una experiencia compartida de precarización. Estas movilizaciones encuentran su núcleo más persistente en las cohortes juveniles, marcadas por la conciencia de que las reglas vigentes de la economía han erosionado los pilares básicos sobre los cuales las generaciones previas edificaron su seguridad material.
El ejercicio sistemático de la política económica orientado a la reducción del gasto público y al repliegue de los servicios esenciales ha trasladado las cargas de la educación, la atención médica y las pensiones a las espaldas de las economías domésticas. Lejos de liberar energías emprendedoras, esta progresiva retirada estatal ha coincidido con una carestía sostenida del costo de la vida. El encarecimiento del acceso a la vivienda, el incremento de las tarifas de los bienes de consumo elemental y la proliferación de contrataciones laborales marcadas por la inestabilidad y la remuneración insuficiente impiden la formulación de cualquier proyecto de vida mínimamente previsible. Para un joven profesional o asalariado en Madrid, París, Santiago o Buenos Aires, la independencia habitacional y la autonomía económica han dejado de ser etapas previsibles de la madurez para convertirse en metas postergadas de modo indefinido.
La consecuencia más grave y elocuente de este orden de cosas es el desplome histórico de las tasas de natalidad. La negativa a procrear no obedece a un cambio frívolo en las costumbres o los valores individuales, sino a una evaluación desencantada de las condiciones materiales disponibles. Traer hijos al mundo dentro de un entorno desprovisto de redes de cuidado infantil público, estabilidad salarial y coberturas comunitarias equivale a asumir una insolvencia financiera insuperable. La abstención reproductiva constituye un síntoma tangible de desánimo civil: es como si millones de personas hubiesen llegado al convencimiento de que el futuro ha quedado cancelado y que cualquier compromiso con el porvenir carece de soporte material.
La legitimación del privilegio: Hayek y la función técnica de los ricos
Para comprender la raíz teórica que naturaliza este escenario de privación social, es menester examinar el tratamiento que Friedrich A. Hayek otorgó a la estratificación de la riqueza en Los fundamentos de la libertad (1960). El economista austríaco no consideró la acumulación económica como un fenómeno éticamente problemático ni como un resultado contingente de la historia, sino como una exigencia técnica del dinamismo civilizatorio. En su perspectiva, el progreso material no puede desplegarse de manera simultánea para toda la sociedad; requiere necesariamente que una minoría privilegiada marche a la cabeza, ensayando nuevas formas de consumo e inversión que con el tiempo se abaratarán para el resto de la población.
Bajo este enfoque, los ricos son presentados como pioneros involuntarios cuyo gasto ostentoso sufraga los costes de la innovación tecnológica. Todo adelanto material comienza siendo un lujo privativo que solo puede costearse desde una posición holgada; sin embargo, al ser demandado por las élites, dicho adelanto estimula la reducción de costes y perfecciona los métodos productivos hasta volverlo accesible para las masas trabajadoras. Hayek desestima las demandas redistributivas al afirmar que penalizar la fortuna perjudica a los sectores más vulnerables al privarlos de la vanguardia que abre los senderos del progreso material. En un pasaje central de la referida obra, expone esta convicción:
«La afirmación de que en cualquier fase del progreso los ricos, mediante la experimentación de nuevos estilos de vida todavía inaccesibles para los pobres, realizan un servicio necesario sin el cual el progreso de estos últimos sería mucho más lento, se les antojará a algunos un argumento de cínica apologética traído por los pelos. Sin embargo, una pequeña reflexión mostrará que es plenamente válido y que una sociedad socialista está obligada, a este respecto, a imitar a la sociedad libre» (Hayek, 1960/2008, p. 67).
Esta formulación revela una omisión consciente de las consecuencias sociales que acarrea la concentración desmedida del capital. Al reducir la figura de los sectores opulentos a una función instrumental de experimentación tecnológica, la teoría pasa por alto cómo esa acumulación engendra capturas institucionales, monopolios de facto y una asimetría política insalvable. Al subordinar el destino del conjunto de la sociedad a los hábitos de gasto de una élite, el modelo austríaco renuncia a cualquier noción de equidad distributiva y condena a las mayorías a esperar pasivamente que los frutos del desarrollo económico se decanten, según plazos inciertos, desde las alturas de la pirámide financiera hacia la base desposeída.
Sacrificar el bienestar social en el nombre la libertad del mercado
El segundo argumento con el que Hayek procuró desarticular la legitimidad de las políticas públicas orientadas a la equidad fue desarrollado en Camino de servidumbre (1944). En dicho texto, el autor sostuvo que la pretensión de erigir un estado de bienestar mediante la planificación económica no era compatible con el mantenimiento del orden democrático. Su tesis descansa en la premisa de que no existe un código ético unitario capaz de jerarquizar las diversas necesidades humanas. Al intentar dirigir la economía hacia un fin común, el Estado se vería inevitablemente forzado a suplantar las elecciones individuales por las directivas de una burocracia planificadora, deslizando a la sociedad hacia el autoritarismo institucional. Hayek formuló este juicio con rigor categórico:
«Nuestra afirmación no es, pues, que la dictadura tenga que extirpar inevitablemente la libertad, sino que la planificación conduce a la dictadura, porque la dictadura es el más eficaz instrumento de coerción y de inculcación de ideales, y, como tal, indispensable para hacer posible una planificación central en gran escala. El conflicto entre planificación y democracia surge sencillamente por el hecho de ser ésta un obstáculo para la supresión de la libertad, que la dirección de la actividad económica exige» (Hayek, 1944/2008, pp. 158-159).
El transcurso del tiempo ha demostrado la profunda fragilidad teórica e histórica de esta apreciación. El estado de bienestar europeo de la posguerra no derivó en ninguna dictadura colectivista; por el contrario, consolidó los periodos más prolongados de estabilidad democrática, convivencia civil y vigencia de las garantías individuales. Hayek incurrió en el error de identificar cualquier política pública de protección universal con la absorción totalitaria de los medios de producción.
La democracia no es un procedimiento puramente formal desvinculado de la suerte que corren los ciudadanos; para ser sustantiva y duradera, requiere apoyarse en una sólida base de estabilidad material y protección pública. Un individuo acosado por el desempleo, privado de acceso a la salud y carente de seguridad en su vejez no es libre, sino cautivo de la necesidad inmediata. Lejos de atentar contra la libertad, la intervención del Estado en la garantía de derechos sociales resguarda el pluralismo civil y evita que la precariedad degenere en la desesperación que, paradójicamente, suele alimentar las salidas políticas autoritarias.
Los límites de la “catalaxia” de Hayek ante la dignidad humana
Para comprender la raíz epistemológica de esta desafección institucional, es imperativo interpelar el núcleo mismo de la teoría de los órdenes espontáneos. En la madurez de su pensamiento, expuesta de forma culminante en La fatal arrogancia: Los errores del socialismo (1988), Hayek radicalizó su concepción del orden social extenso —el cosmos— al postular que la civilización ha sido posible no por la razón ni por la deliberación consciente de fines morales, sino por la ciega sumisión evolutiva a reglas abstractas de conducta. En este entramado, la cooperación humana a gran escala exige prescindir de todo propósito común sustantivo y reprimir los instintos atávicos de solidaridad comunitaria. La economía queda subsumida bajo la noción de catalaxia: una red descentralizada de ajustes mutuos donde los precios indican la escasez relativa y los individuos coordinan sus esfuerzos con terceros desconocidos persiguiendo exclusivamente sus propios fines.
La consecuencia directa de esta formulación es la consagración de un mecanismo impersonal que expulsa deliberadamente toda dimensión de justicia intrínseca. En La fatal arrogancia, Hayek declara de modo concluyente la imposibilidad de someter los resultados del orden de mercado a ningún canon ético:
«En un orden tan extenso que la aprehensión de sus detalles supera ampliamente la capacidad de comprensión y control de una sola mente, nadie está en condiciones de establecer el nivel de ingresos que a cada sujeto debe corresponder, ni tampoco es posible abordar dicha cuestión desde la óptica de algún específico módulo de justicia o criterio previamente consensuado» (Hayek, 1988/1990, p. 126).
Esta concepción convierte a la evolución en un proceso axiológicamente mudo:
«Cualquier sistema moral así alcanzado estaría cuajado de una serie de demandas irreconciliables que ningún esquema de convivencia podría resolver, siendo su mera existencia inagotable fuente de insolubles conflictos. El imposible intento de hacer justa una realidad cuyos resultados son por naturaleza independientes de lo que alguien haya hecho e incluso sido capaz de prever conculca, en definitiva, el correcto funcionamiento del propio proceso ordenador. Tales demandas de justicia son sencillamente incompatibles con cualquier proceso natural de carácter evolutivo; incompatibilidad que afecta, no sólo a lo que en el pasado haya acontecido, sino también a lo que en cada momento suceda. Porque es indudable que el funcionamiento de tal tipo de proceso no se detiene jamás. No es sólo que la civilización sea fruto de la evolución, sino que es en sí misma un proceso del tipo descrito, el cual, una vez establecido un marco normativo de carácter general y basándose siempre en la libertad personal, sigue desarrollándose por sí mismo. No puede dicha evolución estar sometida en ningún momento a lo que las gentes puedan considerar sea más oportuno. Si en algunas ocasiones ciertas apetencias antes insatisfechas quedan colmadas, ello acontecerá, por lo general, sobre la base de que otras no lo sean. Aunque adoptando conductas acordes con los dictados de la moral cada actor puede incrementar sus oportunidades de éxito, los resultados finales nunca tendrán por qué coincidir con las valoraciones morales de los sujetos involucrados. La evolución no puede ser justa» (Hayek, 1988/1990, pp. 128-129).
Al declarar que «la evolución no puede ser justa», la catalaxia revela su radical insuficiencia humanista. La catalaxia funciona para tasar, intercambiar y asignar mercancías, pero resulta por completo ciega ante los derechos humanos y los derechos sociales. La lógica de los derechos fundamentales se asienta en la desmercantilización de la existencia: presupone que el alimento, la educación, la salud, la vivienda y una vejez protegida son prerrogativas inalienables consustanciales a la condición de persona. Por el contrario, en la catalaxia los recursos esenciales para la supervivencia quedan arrojados a la dinámica de la oferta y la demanda, sujetos a la capacidad de pago individual y a los vaivenes de un mercado ciego.
En este orden despersonalizado, la persona deja de ser un ciudadano titular de garantías materiales universales y queda reducida a un mero factor productivo, a un calculador de riesgos o a una señal de escasez. La indigencia, la exclusión o la quiebra personal son conceptualizadas como accidentes impersonales comparables a una catástrofe natural. El cosmos hayekiano exige un tributo inadmisible para la conciencia democrática: solicita la resignación pasiva ante el sufrimiento social como precio inexorable para el funcionamiento de un mecanismo abstracto. Una sociedad construida sobre la premisa de que los seres humanos deben amoldarse a los automatismos de los precios, sin importar cuántas vidas queden truncadas en el proceso, confunde los medios con los fines y despoja a la convivencia civil de su sustrato moral fundamental.
La clausura del horizonte vital y el colapso humanidad
Un modelo económico que convierte la subsistencia elemental en una carrera de obstáculos permanentes no puede ofrecer un horizonte creíble para las nuevas generaciones. La demanda incesante de sacrificios a los asalariados —exigiéndoles mayor productividad, flexibilidad contractual indefinida y tolerancia ante el retiro de los servicios del Estado— ha alcanzado un límite social que amenaza con desarticular la estructura comunitaria. Cuando el esfuerzo individual disciplinado deja de garantizar el techo, la salud y el sosiego familiar, las instituciones pierden su sentido ético. La prolongación de este esquema sin reformas profundas solo puede intensificar los niveles de frustración colectiva, abriendo paso a formas de desencanto destructivo y a la polarización civil.
En este contexto de precariedad generalizada, el declive demográfico se erige como el testimonio más contundente de la quiebra de la fe en el porvenir. En la historia de las civilizaciones, el repliegue reproductivo ha constituido de manera reiterada la respuesta de sociedades que han perdido el sentido de su propia continuidad. Cuando la juventud renuncia a fundar una familia por la certidumbre de que sus recursos resultarán insuficientes frente a un mercado implacable, la sociedad entera ingresa en un proceso de envejecimiento no solo biológico, sino espiritual y creativo.
La caída de la natalidad no es un problema técnico de estadísticas ni una preferencia privada neutra; representa la evidencia palmaria de una ruptura con la esperanza. Sin una reconstitución urgente de los deberes solidarios del Estado y una subordinación de la economía a los fines superiores de la convivencia humana, el orden social seguirá deslizándose hacia un desierto demográfico donde la libertad formal no servirá sino para constatar la orfandad de los ciudadanos.
Referencias
Infantino, L. (1998). Individualism in modern thought: From Adam Smith to Hayek. Routledge.
Hayek, F. A. (1990). La fatal arrogancia: Los errores del socialismo (J. Huerta de Soto, Pról.; Vol. I de Obras completas de F. A. Hayek). Unión Editorial. (Obra original publicada en 1988)
Hayek, F. A. (2008). Camino de servidumbre: Textos y documentos. La edición definitiva (B. Caldwell, Ed.; J. Vergara Doncel, Trad.; Vol. II de Obras completas de F. A. Hayek). Unión Editorial. (Obra original publicada en 1944)
Hayek, F. A. (2008). Los fundamentos de la libertad (J. V. Torrente Secorún, Trad.; 8.ª ed.). Unión Editorial. (Obra original publicada en 1960)
Huerta de Soto, J. (2012). La esencia de la Escuela Austriaca. Universidad Francisco Marroquín.











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