Bartolomé de las Casas: consciencia crítica y moral ante la conquista de América

A comienzos del siglo XVI, la llegada de las expediciones conquistadoras europeas a las Antillas, Mesoamérica y los Andes desarticuló las estructuras de las sociedades originarias mediante la guerra y el trabajo forzado. Ante la violencia de estos hechos, teólogos y juristas reunidos en torno a la Universidad de Salamanca exigieron examinar la justicia de la ocupación imperial. En este debate destacó fray Bartolomé de las Casas, antiguo colono que renunció a sus encomiendas para asumir la defensa de las poblaciones sometidas, enfrentando en Valladolid la tesis de Juan Ginés de Sepúlveda sobre la servidumbre natural de la población originaria. Aunque nacido en España, su juicio ético fundó una tradición crítica que mantiene vigencia ante las presiones geopolíticas que hoy buscan tutelar a América Latina.
La conquista como hecho real y la desarticulación del mundo indígena
La irrupción occidental en el continente americano a partir de 1492 fue un acontecimiento material y político que alteró de forma irreversible la vida de millones de seres humanos. Más allá de los relatos que reducen el proceso a una gesta puramente civilizadora o a una sucesión abstracta de excesos individuales, los testimonios documentales y los estudios históricos demuestran que las expediciones armadas quebraron las bases organizativas de las sociedades autóctonas. La ocupación territorial no se limitó al enfrentamiento militar en las playas caribeñas, los valles centrales de México o los señoríos andinos; implicó la imposición deliberada de un nuevo orden institucional que transformó a los pobladores originarios en mano de obra servil.
El impacto inicial de la invasión se manifestó en un repliegue forzado y en la fragmentación del tejido social. Pueblos que mantenían formas complejas de convivencia, autoridades tradicionales y sistemas de parentesco vieron trastocada su cotidianidad cuando los conquistadores establecieron los primeros repartimientos de personas y tierras. La ruptura de los calendarios agrícolas para obligar a los indígenas al lavado de oro en los ríos de La Española o al cultivo intensivo alteró la subsistencia alimentaria. A este trastorno se sumó la introducción de enfermedades desconocidas en el hemisferio, que encontraron organismos sin defensas biológicas y provocaron una mortandad sin precedentes en las islas caribeñas.
La desestructuración abarcó tanto las actividades materiales como el orden simbólico. En los señoríos mesoamericanos y en el espacio andino, la administración española suplantó los lazos de redistribución y reciprocidad comunal por un régimen de tributos orientado hacia el enriquecimiento personal y las arcas metropolitanas. Los templos fueron asolados, las imágenes de culto derribadas de las pirámides y las autoridades locales reducidas a intermediarias de las exigencias coloniales. El sistema de la encomienda formalizó este despojo: confiaba grupos de familias a un colono bajo el compromiso teórico de instruirlos en la fe católica, pero en la práctica funcionó como un dispositivo de extracción forzada de recursos y servicios personales que diezmó a las comunidades.
Este colapso no fue una consecuencia accesoria o accidental, sino el resultado directo de la lógica de ocupación. Los pueblos indígenas padecieron la pérdida de su soberanía territorial, la dispersión de sus familias y el cuestionamiento de su condición racional. La conquista se erigió de este modo como una cesura histórica: sobre los cimientos de civilizaciones urbanas y agrícolas avanzadas se levantó un régimen colonial fundamentado en la asimetría del poder militar. Fue precisamente la evidencia palpable de esta desolación la que suscitó una crisis de conciencia en algunos sectores religiosos y obligó a la Corona a interrogarse sobre la legitimidad de sus acciones.
La matriz salmantina: Francisco de Vitoria y la fundamentación moral del debate
La discusión sobre la licitud de las campañas bélicas en América tuvo su centro intelectual en la Escuela de Salamanca. Durante el primer tercio del siglo XVI, los profesores dominicos de esa universidad renovaron la teología escolástica incorporando los aportes del humanismo renacentista y del derecho natural. El fraile Francisco de Vitoria, catedrático de prima de teología desde 1526, comprendió que las noticias procedentes del Nuevo Mundo no constituían simples anécdotas de ultramar, sino un desafío ético y jurídico que ponía en entredicho las categorías políticas heredadas de la Edad Media.
En sus célebres lecciones universitarias, en particular la reelección De Indis recenter inventis de 1539, Vitoria examinó los argumentos invocados por la Corona para justificar la servidumbre de las poblaciones descubiertas. Hasta entonces, la ocupación solía ampararse en dos títulos de origen teocrático: la condición del Emperador como soberano universal de la tierra y la potestad del Sumo Pontífice para otorgar el dominio de los territorios de infieles a los reyes católicos, consignada en las bulas emitidas por Alejandro VI en 1493. Vitoria rechazó ambos presupuestos con rigor analítico. Demostró que el Pontífice carecía de jurisdicción civil sobre los gentiles y que el monarca castellano no poseía derecho de propiedad natural sobre el orbe.
La tesis central de Vitoria radicó en el reconocimiento del estatuto humano de los indígenas. Apoyándose en Santo Tomás de Aquino, sostuvo que la gracia divina no destruye la naturaleza, de modo que la condición de pecador o la ignorancia de la doctrina cristiana no privaban a una persona de su condición de dueño de sí mismo ni de sus posesiones. Los naturales americanos eran verdaderos señores (veri domini) de sus tierras y gobernantes de sus repúblicas. Su estatuto antropológico los situaba como seres dotados de libre albedrío y uso de razón, capaces de organizarse políticamente conforme a la ley natural. Por consiguiente, la falta de fe no constituía causa justa de guerra ni autorizaba a despojarlos de sus bienes.
A partir de esta afirmación, Vitoria sentó las bases del moderno derecho de gentes (ius gentium). Para el teólogo salmantino, la humanidad constituía una comunidad universal articulada por deberes de reciprocidad, libre comunicación y tránsito pacífico. Si bien Vitoria concedió que los españoles tenían derecho a viajar y comerciar en aquellas regiones sin causar perjuicio, condicionó estrictamente el uso de la fuerza a una agresión armada injustificada por parte de los nativos o a la protección de víctimas inocentes sometidas a tiranías extremas. Con este razonamiento, Vitoria recuperó la antigua tensión presente en el pensamiento del filósofo romano, Cicerón, entre la conveniencia del imperio y las exigencias de la justicia, subordinando el poder de la Corona al dictamen de la moral universal. Su doctrina estableció el marco teórico sobre el cual se librarían las controversias jurídicas posteriores.
Fray Bartolomé de las Casas: itinerario vital y biografía intelectual
Bartolomé de las Casas nació en Sevilla hacia 1484, en el seno de una familia de mercaderes vinculada tempranamente a las empresas marítimas hacia el Atlántico. En su juventud cursó estudios de latinidad y leyes, disciplina que le otorgó una sólida destreza en el manejo del derecho canónico y civil. En 1502 se embarcó con destino a La Española en la expedición del gobernador Nicolás de Ovando. En las Antillas actuó durante sus primeros años como un colono ordinario: participó en operaciones de sometimiento contra los cacicazgos locales, administró tierras y gestionó repartimientos de indios en la isla. Incluso después de recibir las órdenes sacerdotales en 1507 en Roma —convirtiéndose en el primer clérigo ordenado en el Nuevo Mundo— continuó beneficiándose del trabajo forzado indígena al marchar a la pacificación de Cuba como capellán de tropas bajo las órdenes de Diego Velázquez.
El punto de quiebre en su trayectoria intelectual ocurrió en 1514. Tres años antes, en diciembre de 1511, la comunidad de frailes dominicos de Santo Domingo, encabezada por Pedro de Córdoba y fray Antonio de Montesinos, había lanzado un sermón dominical en el que denunciaba la servidumbre impuesta a los indígenas, negando la absolución a los encomenderos. Aunque Las Casas se resistió inicialmente a la amonestación, la meditación de un pasaje del libro del Eclesiástico sobre el sacrificio impío de los bienes de los pobres produjo una transformación radical en su conciencia. El clérigo sevillano renunció a sus repartimientos de esclavos, liberó a los trabajadores a su cargo e inició una intensa labor de denuncia ante la corte de Fernando el Católico y, posteriormente, ante el joven Carlos V.
La evolución doctrinaria de Las Casas se consolidó con su ingreso a la Orden de Predicadores en 1522. Durante su retiro de estudio en el convento dominicano de La Española, se familiarizó con la tradición patrística, la filosofía aristotélica, el tomismo y los debates salmantinos inaugurados por Vitoria. A partir de entonces, su acción combinó la práctica pastoral, la diplomacia cortesana y una vasta producción escrita. En tratados como De unico vocationis modo omnium gentium ad veram religionem (1537), formuló el principio de que la predicación de la fe cristiana sólo puede realizarse mediante la persuasión racional y el afecto pacífico. Llevó esta convicción a la práctica en la región de Tezulutlán (Guatemala), logrando el asentamiento pacífico de comunidades mayas en la zona rebautizada como Verapaz.
Elegido obispo de Chiapas en 1543, Las Casas regresó a América para aplicar las Leyes Nuevas de 1542, normatividad imperial que buscaba la paulatina extinción de las encomiendas bajo su propio influjo directo. El violento desacato de los colonos y la amenaza armada de los encomenderos en Chiapas y Centroamérica lo empujaron a elaborar su Avisos y reglas para confesores, donde condicionaba el perdón sacramental a la restitución plena de los bienes despojados a los indígenas. Convencido de que la defensa de los pueblos autóctonos debía librarse en los centros de decisión jurídica de Castilla, renunció al episcopado y retornó definitivamente a la península en 1547. Instalado en el Convento de San Gregorio de Valladolid, consagró sus últimas dos décadas a redactar monumentales obras históricas y jurídicas —como la Historia de las Indias y la Apologética historia sumaria—, consolidándose como el más severo crítico moral de las instituciones coloniales de su época.
La controversia de Valladolid: confrontación jurídica entre Sepúlveda y Las Casas
En 1550, ante las reiteradas denuncias sobre la mortandad indígena y las dudas acerca de la legalidad de los descubrimientos, el Consejo Real de Castilla suspendió las expediciones armadas hacia el Nuevo Mundo. Carlos V ordenó convocar a una junta extraordinaria de teólogos y letrados en el Colegio de San Gregorio de Valladolid para examinar una cuestión precisa: si era lícito declarar la guerra a las poblaciones paganas de América antes de anunciarles el Evangelio, a fin de sujetarlas al dominio de la Corona y facilitar su conversión. En este escenario se enfrentaron dos interpretaciones opuestas sobre la condición humana y la soberanía política: el cronista imperial Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) y fray Bartolomé de las Casas.
Sepúlveda, acreditado humanista y traductor de la Política de Aristóteles, presentó los argumentos de su tratado Democrates secundus y de su Apologia pro libro de iustis belli causis. Apoyándose en una interpretación de la tesis aristotélica de la servidumbre natural, Sepúlveda sostuvo que aquellos pueblos que carecen de prudencia, letras y leyes escritas deben, por ley de la naturaleza, someterse al gobierno de quienes poseen mayor cultura y virtud moral. En su alegato ante los jueces reunidos en Valladolid, Sepúlveda (1550/1988) resumió su premisa fundamental en los siguientes términos textuales:
“Primero porque son o eran ciertamente, antes de venir a dominio cristiano, bárbaros por costumbres, la mayoría por naturaleza, sin escritura, sin ciencia y manchados con vicios salvajes. Y pueblos de ese jaez deben obedecer a los superiores para ser gobernados.”
A este principio añadió tres causas suplementarias: la obligación de extirpar el delito de la idolatría como pecado contra la ley natural, el deber de rescatar a las víctimas inocentes sacrificadas a los ídolos o consumidas en ritos antropofágicos, y la conveniencia de asegurar mediante la presencia militar el trabajo evangelizador de los misioneros. Para el cronista, el sometimiento pacífico o forzado era el camino más breve y prudente para librar a los naturales de su propia decadencia moral.
Bartolomé de las Casas rebatió sistemáticamente cada uno de estos puntos durante cinco sesiones de lectura. Asistido por el protocolo de confrontación elaborado por Domingo de Soto, el dominico leyó su extensa Apologia en latín, desarticulando el uso que su oponente hacía de la autoridad aristotélica. Las Casas explicó que la noción de barbarie admitía cuatro acepciones distintas y que los indígenas americanos no encajaban en la categoría de los salvajes irracionales o carentes de gobierno. Al describir la complejidad de las comunidades descubiertas, Las Casas (1550/1988) declaró textualmente frente a la comisión:
“La nación de los indios no es bárbara. No son incultos, crueles o feroces, sino que tenían repúblicas rectamente establecidas, ordenadas prudentemente con óptimas leyes, religión e instituciones. Cultivaban la amistad y administraban con sabiduría los negocios de la paz y de la guerra”.
El obispo demostró que los señoríos indígenas contaban con ciudades organizadas, sistemas normativos funcionales, oficios mecánicos y artes admirables que superaban a muchas costumbres del Viejo Mundo. Respecto a los sacrificios humanos, acudió al principio del mal menor, señalando que emprender la guerra para salvar a un puñado de inocentes provocaba la muerte indiscriminada de millares y sembraba en los sobrevivientes un odio imperecedero hacia el cristianismo. Asimismo, negó que la Iglesia o los reyes poseyeran jurisdicción punitiva sobre infieles que jamás habían conocido el mensaje evangélico. La Controversia de Valladolid culminó sin un fallo oficial concluyente, pero produjo consecuencias institucionales inmediatas: los tratados de Sepúlveda fueron retirados de circulación y se prohibió su impresión en España y en las Indias, sentando las bases para las Ordenanzas de 1573, que sustituyeron legalmente el vocablo «conquista» por el de «pacificación».
La gravitación del pensamiento de Las Casas y las nuevas formas de dominación en América Latina
La figura de Bartolomé de las Casas ocupa un lugar central en la historia de las ideas sobre el continente. Aunque el fraile no fue latinoamericano —condición cronológica y geográfica imposible para un sevillano del siglo XVI—, su obra estructuró el horizonte conceptual dentro del cual se han interpretado las consecuencias de la ocupación europea en la historia posterior. Al colocar en el centro de su indagación el problema de la justicia y la necesidad de restituir lo arrebatado, Las Casas introdujo una ruptura ética que impidió naturalizar la sujeción de los pueblos.
Como advirtió Augusto Salazar Bondy en su diálogo Bartolomé o de la dominación, la crítica lascasiana constituye el primer testimonio riguroso de una conciencia que se rehúsa a convalidar la alienación y cosificación de los seres humanos. Salazar Bondy analizó cómo la experiencia de la servidumbre instaurada en las Indias configuró una estructura asimétrica de poder donde el centro metropolitano se reserva la facultad de decisión sobre las sociedades dominadas, reduciéndolas a meros instrumentos de acumulación material. En esta línea, el pensamiento de Las Casas no sólo anticipó las reflexiones de los patriotas hispanoamericanos del siglo XIX que buscaron fundamentar su independencia política cuestionando el orden colonial, sino que inspiró las corrientes filosóficas de la liberación que, a partir de la década de 1970, postularon la urgencia de desarticular los mecanismos culturales e ideológicos que perpetúan la marginalidad.
Esta herencia crítica recobra actualidad en el escenario político contemporáneo. Hacia el presente año 2026, la región asiste a una renovada presión hegemónica desplegada por el gobierno de los Estados Unidos, caracterizada por la adopción de medidas coercitivas directas y discursos que reviven las doctrinas de tutela hemisférica. La imposición unilateral de aranceles, las amenazas de incursión o bloqueo en áreas estratégicas, el hostigamiento a gobiernos soberanos y la exigencia de control preferente sobre recursos naturales críticos —como el litio, los yacimientos de hidrocarburos, las tierras raras y los puertos comerciales— configuran un modelo de colonialismo económico que prescinde de las formalidades diplomáticas tradicionales.
En estos modos de operar subyace una lógica análoga a la argumentada por Sepúlveda en 1550: la presunción de que el centro dominante ostenta la legitimidad necesaria para intervenir y disciplinar a las naciones periféricas invocando razones de seguridad o estabilidad regional. Frente a estas pretensiones de vasallaje, la postura moral de Bartolomé de las Casas preserva su filo crítico. Su legado recuerda que ninguna apelación a la superioridad técnica, al orden internacional o a la fuerza armada puede prevalecer sobre el derecho inalienable de las comunidades a su propia soberanía e integridad. Pensar con Las Casas hoy implica desmitificar los argumentos que pretenden encubrir el despojo material bajo el velo de la conveniencia geopolítica, defendiendo la dignidad colectiva frente a toda tentativa de dominación imperial.
Referencias
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