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Las últimas seis horas de la Primera Guerra Mundial

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11 de noviembre de 1918. Europa llevaba más de cuatro años sumida en una guerra que había destruido ciudades, derribado imperios y enviado a millones de hombres a morir en los campos de batalla. Aquel día, mientras los representantes de Alemania firmaban el armisticio, los soldados seguían combatiendo. Algunos no llegarían a conocer el final de la guerra.


Cuatro años viviendo bajo tierra


En noviembre de 1918, los soldados que combatían en el frente occidental estaban agotados. Muchos llevaban años entrando y saliendo de las trincheras, habían participado en ofensivas que terminaban con miles de muertos y habían visto cómo pueblos enteros desaparecían bajo los bombardeos. Para ellos, la guerra no tenía nada de las aventuras gloriosas que habían anunciado los gobiernos y los periódicos en 1914. Era una sucesión de jornadas de miedo, frío, hambre y espera, interrumpidas por momentos de violencia extrema.


Las trincheras se extendían desde el mar del Norte hasta la frontera suiza. No eran simples zanjas excavadas en la tierra, sino complejos sistemas defensivos con puestos de vigilancia, refugios subterráneos, depósitos de municiones, puestos de primeros auxilios y vías de comunicación. En muchos sectores, las posiciones estaban separadas por una franja de terreno conocida como tierra de nadie. Allí se acumulaban los cráteres de los proyectiles, las alambradas de púas, los restos de armas y los cadáveres que muchas veces no podían ser recuperados porque cualquier movimiento exponía a los soldados al fuego enemigo.


La vida cotidiana dentro de aquellas posiciones era miserable. Cuando llovía, el agua se filtraba por las paredes y el suelo se convertía en una masa de barro. Los soldados podían pasar horas con los pies sumergidos en agua fría, una situación que favorecía el llamado pie de trinchera, una lesión provocada por la exposición prolongada a la humedad y las bajas temperaturas que, en los casos más graves, podía terminar en gangrena y amputaciones. Las ratas encontraban alimento entre los desperdicios y los cuerpos sin enterrar. Los piojos infestaban los uniformes y transmitían enfermedades como la fiebre de las trincheras.


Los hombres dormían en refugios estrechos, muchas veces sobre tablas de madera o directamente sobre el suelo. El descanso era irregular porque los bombardeos podían comenzar en cualquier momento y los turnos de vigilancia obligaban a permanecer despiertos durante la noche. La comida llegaba desde la retaguardia, pero no siempre en buenas condiciones ni en cantidades suficientes. Las raciones podían consistir en carne en conserva, pan, galletas duras y café. Conseguir agua potable también era una preocupación constante.


Había, además, algo que resultaba especialmente difícil de soportar: la espera. No todos los días se producían grandes ofensivas. Buena parte del tiempo transcurría entre tareas rutinarias, reparaciones de las trincheras, limpieza de armas, vigilancia y mantenimiento de las alambradas. Pero esa aparente tranquilidad podía romperse de golpe. Un disparo de francotirador, una explosión o una descarga de artillería bastaban para convertir una jornada ordinaria en una matanza.


Los soldados también intentaban conservar algún vínculo con la vida que habían dejado atrás. Escribían cartas, recibían fotografías, guardaban pequeños objetos familiares y esperaban noticias de sus casas. Para muchos, aquellas cartas eran la única conexión con un mundo que parecía cada vez más lejano. Otros ya no tenían a quién escribir. Habían perdido a sus compañeros y sabían que, si caían heridos o desaparecían, sus familias podían tardar meses en conocer su destino.


La guerra había transformado incluso la manera de entender el tiempo. Los días se medían por los relevos, las guardias y los bombardeos. La posibilidad de morir no dependía necesariamente de participar en un ataque: un proyectil podía caer sobre un refugio mientras los hombres dormían, comían o conversaban. La muerte no siempre llegaba durante una carga contra las posiciones enemigas. A veces aparecía en medio de una tarea insignificante.


En 1918, sin embargo, la situación militar comenzaba a inclinarse definitivamente contra Alemania. La última gran ofensiva alemana en el frente occidental, iniciada en marzo, había conseguido avances importantes, pero no había logrado derrotar a los aliados. El ejército alemán estaba desgastado y sus reservas se reducían. A partir de agosto, las fuerzas británicas, francesas y estadounidenses emprendieron una serie de ofensivas que obligaron a los alemanes a retroceder. La batalla de Amiens, iniciada el 8 de agosto, marcó el comienzo de una etapa de retrocesos alemanes que el propio mando militar alemán llegó a considerar un punto de inflexión.


El derrumbe de Alemania y las noticias del armisticio


La derrota alemana no se estaba produciendo solamente en los campos de batalla. Dentro del país, la población sufría las consecuencias del bloqueo naval aliado, que había contribuido a provocar una grave escasez de alimentos y materias primas. El hambre, el cansancio de la guerra y el descontento social habían debilitado profundamente al régimen imperial. Las huelgas y las protestas se multiplicaban, mientras una parte de la población reclamaba el fin del conflicto.


La crisis se agravó a finales de octubre, cuando estalló una rebelión de marineros en Kiel. Los tripulantes de varios buques de guerra se negaron a participar en una última operación naval que consideraban una misión suicida. La insurrección se extendió a otras ciudades y se convirtió en una revolución que cuestionó el poder de los militares y de la monarquía. Consejos de obreros y soldados comenzaron a organizarse y el movimiento revolucionario se propagó por Alemania.


Mientras tanto, los aliados de Alemania ya habían abandonado la guerra. Bulgaria había firmado un armisticio el 29 de septiembre; el Imperio otomano, el 30 de octubre; y Austria-Hungría, el 3 de noviembre. Alemania estaba prácticamente aislada. El 9 de noviembre, el canciller Max von Baden anunció la abdicación del káiser Guillermo II, aunque el documento formal de renuncia del monarca no se firmaría hasta finales de ese mes. Guillermo II se refugió en los Países Bajos y el poder pasó a manos de un nuevo gobierno republicano encabezado por los socialdemócratas.


En aquellos días, las noticias sobre el posible final de la guerra circulaban por Europa, pero también había confusión. El 7 de noviembre, algunos periódicos estadounidenses llegaron a anunciar prematuramente que el armisticio ya había sido firmado. Las celebraciones comenzaron en varias ciudades, aunque los combates continuaban. La información era incompleta y las comunicaciones no siempre permitían distinguir entre rumores, decisiones políticas y acontecimientos confirmados.


La delegación alemana, encabezada por el político Matthias Erzberger, había llegado al bosque de Compiègne, en Francia, para reunirse con los representantes aliados. La negociación estuvo dirigida por el mariscal francés Ferdinand Foch. Los alemanes no estaban en condiciones de discutir de igual a igual: sus tropas se retiraban y el país atravesaba una crisis política y económica. Las condiciones aliadas incluían la evacuación de los territorios ocupados, la entrega de una gran cantidad de armamento, la retirada de las fuerzas alemanas de determinadas posiciones y la ocupación aliada de territorios estratégicos en la orilla occidental del Rin.


No se trataba todavía de un tratado de paz definitivo. Era un armisticio, es decir, un acuerdo para suspender las operaciones militares. Sus condiciones eran especialmente severas y Alemania las aceptó sin conseguir modificaciones sustanciales.


A las 5:10 de la madrugada del 11 de noviembre de 1918, en un vagón de ferrocarril acondicionado como sala de reuniones, los representantes alemanes firmaron el documento. El acuerdo establecía que las hostilidades cesarían a las once de la mañana. Entre la firma y el alto el fuego quedaban casi seis horas.


La noticia comenzó a transmitirse a los mandos militares. En los cuarteles y puestos de mando se prepararon las órdenes para detener las operaciones. Pero la información debía llegar a las unidades desplegadas a lo largo de un frente de cientos de kilómetros. Los soldados no podían simplemente abandonar sus posiciones porque alguien hubiera anunciado que la guerra estaba terminando. Hasta que llegara la hora establecida, seguían vigentes las órdenes militares.


En las trincheras, por tanto, la mañana del 11 de noviembre comenzó como tantas otras. Había hombres que preparaban sus armas, otros que vigilaban las posiciones enemigas y algunos que intentaban descansar después de una noche de guardia. Muchos todavía no sabían que el documento que pondría fin a los combates ya estaba firmado.


Las últimas horas: morir cuando la paz estaba a minutos


Lo que ocurrió durante aquellas seis horas constituye uno de los episodios más dramáticos del final de la guerra. Aunque el armisticio ya había sido firmado, los ejércitos continuaron combatiendo. No hubo una suspensión inmediata de las operaciones. En distintos sectores del frente se produjeron ataques, intercambios de artillería y movimientos de tropas. Algunos mandos consideraban necesario aprovechar hasta el último momento para ocupar posiciones que después quedarían bajo su control. Otros continuaban ejecutando operaciones que ya estaban en marcha.


La decisión de seguir atacando cuando se conocía la hora exacta del alto el fuego ha sido objeto de controversia histórica. En algunos casos, los combates respondían a órdenes anteriores y a la necesidad de asegurar posiciones. En otros, los mandos buscaban mejorar su situación militar antes de que entrara en vigor el acuerdo. Para los soldados que debían avanzar bajo el fuego enemigo, aquellas decisiones podían significar la diferencia entre regresar a casa o morir a pocas horas del final.


Entre las víctimas de aquella mañana se encontraba George Edwin Ellison, un soldado británico de 40 años perteneciente al Regimiento de Middlesex. Había combatido durante años y murió aproximadamente a las 9:30 de la mañana, cerca de Mons, en Bélgica. Es considerado el último soldado británico muerto en combate durante la Primera Guerra Mundial.


También murió George Lawrence Price, un soldado canadiense de 25 años. Su unidad avanzaba hacia Ville-sur-Haine, cerca de Mons, cuando recibió disparos desde una casa. Price fue alcanzado aproximadamente a las 10:58, apenas dos minutos antes de que entrara en vigor el armisticio. Es reconocido como el último soldado canadiense muerto en combate durante la guerra.


En el ejército estadounidense, el caso más conocido es el de Henry Gunther, un soldado de 23 años que murió a las 10:59 de la mañana, en Chaumont-devant-Damvillers, Francia. Según los relatos históricos, Gunther avanzó hacia una posición alemana a pesar de que los soldados enemigos intentaron advertirle y dispararon al aire. Finalmente recibió un disparo mortal. Su muerte, un minuto antes del alto el fuego, lo convirtió en el último militar estadounidense muerto en combate durante la Primera Guerra Mundial.


Estos hombres no fueron los únicos que murieron durante aquella mañana. En distintos sectores del frente hubo bajas hasta el último momento. Sus historias permiten comprender hasta qué punto la maquinaria militar había seguido funcionando incluso cuando el desenlace político ya estaba decidido.


A las once de la mañana, finalmente, las armas callaron. Los disparos de artillería cesaron y las ametralladoras dejaron de rugir. Después de cuatro años de bombardeos, ataques y contraataques, el frente occidental quedó en silencio. En algunos lugares, los soldados salieron de las trincheras y observaron las posiciones enemigas. Durante años habían aprendido a reconocer al adversario por el uniforme, la silueta o el sonido de sus armas. Ahora, por primera vez, podían contemplar el terreno sin esperar necesariamente que una bala los alcanzara.


El silencio debió de resultar extraño para hombres que habían pasado tanto tiempo bajo el estruendo de la artillería. Pero no significaba que todo estuviera resuelto. Los heridos seguían necesitando atención, los muertos debían ser enterrados y los prisioneros de guerra todavía esperaban su liberación. Las trincheras continuaban llenas de barro, desperdicios, municiones y restos humanos. Los campos que habían sido escenario de algunas de las batallas más sangrientas de la historia estaban completamente devastados.


La noticia del armisticio provocó celebraciones en París, Londres y otras ciudades aliadas. Las calles se llenaron de personas que salieron a festejar el final de la guerra. Sonaron las campanas, aparecieron las banderas y las multitudes ocuparon las plazas. En Francia, que había soportado buena parte de los combates en su territorio, la alegría estaba acompañada por el recuerdo de los pueblos destruidos y de los millones de hombres que no regresarían.


Para los soldados, sin embargo, el final no significaba recuperar inmediatamente la vida anterior. Muchos estaban heridos, enfermos o profundamente afectados por lo que habían vivido. Otros habían perdido una pierna, un brazo o la capacidad de trabajar. Los hombres que regresaban a sus hogares debían enfrentarse a una sociedad transformada por la guerra y a familias que también habían cambiado durante aquellos cuatro años.


Además, la guerra había dejado consecuencias que no desaparecieron con el silencio de los cañones. La revolución había derribado al Imperio alemán y también habían desaparecido los imperios austrohúngaro, otomano y ruso. Las fronteras europeas estaban siendo redibujadas, mientras millones de personas habían quedado desplazadas. La epidemia de gripe de 1918, que se extendió por numerosos países durante los últimos meses del conflicto, agravó todavía más la catástrofe humana.


El armisticio firmado en Compiègne tenía inicialmente una duración de 36 días y debía renovarse. La paz definitiva se negociaría después en la Conferencia de París y quedaría plasmada en el Tratado de Versalles, firmado el 28 de junio de 1919. Sus condiciones impuestas a Alemania, especialmente las reparaciones económicas y las restricciones militares, alimentarían nuevos conflictos políticos en Europa.


La Primera Guerra Mundial había terminado, pero sus consecuencias apenas comenzaban. Los supervivientes tendrían que aprender a vivir con los recuerdos de las trincheras, las ciudades destruidas y los compañeros que nunca regresaron. Durante años, muchos de ellos soñarían con los bombardeos, escucharían en su memoria el silbido de los proyectiles o recordarían a los hombres con quienes habían compartido el último pedazo de pan.


Aquel 11 de noviembre de 1918, a las once de la mañana, terminó la matanza en el frente occidental. Para quienes habían sobrevivido, la posibilidad de volver a casa era finalmente real. Pero para los que habían muerto durante las últimas horas, la paz había llegado demasiado tarde. Algunos habían resistido cuatro años de guerra para caer cuando solo faltaban unos minutos para que terminara.


Y en los campos de Francia y Bélgica quedaron las trincheras, los cráteres y las alambradas como testimonio de una generación que había sido enviada a combatir en una guerra cuya magnitud nadie había imaginado.

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