Imperialismo tecnofeudalista
- Roger Merino

- hace 6 horas
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Gaza, Caracas y, en la mira, Groenlandia. Genocidio, invasión, sanciones económicas y amenazas bélicas abiertas. Muchos analistas consideran que todo esto constituye la ruptura del orden internacional post segunda guerra mundial; otros, como el Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, consideran que la verdadera ruptura es a la imagen de un orden internacional democrático simulado, falsamente sustentado en los derechos humanos y la soberanía.
En cualquier caso, ¿cuál es el régimen normativo-político que sostiene el ejercicio ilimitado del poder de Donald Trump? Para algunos, estamos ante el retorno a la soberanía pre-constitucional y fascista, según la cual la ley es creación y ejercicio del poder del líder, sin más control que su voluntad. Sin embargo, podemos ir más allá y ver aquí el ejercicio de una soberanía pre-Westfalia, imperial y colonial, en esencia. Allí, en donde se engarzan los albores de la acumulación capitalista, el colonialismo y el racismo global.
Y este es, en corto, el argumento de este breve ensayo: así como el régimen económico dominante hoy, en palabras de Yanis Varoufakis, es la tecnofeudalismo, donde las Big Tech, propietarias de la nube y los algoritmos, acumulan ganancias y poder con cada interacción digital; el régimen normativo-político dominante hoy es el imperialismo tecnofeudalista. Ambos se sostienen en un ethos que es colonial y distópico a la vez: la acumulación primitiva o “acumulación por desposesión” sobre bienes materiales e inmateriales, incluyendo el territorio, los recursos naturales y la información.
Petróleo sangriento
Como en el viejo imperialismo, el nuevo patrón imperial de poder no se sustenta en razones civilizatorias o humanitarias. Su objetivo es recalibrar el acceso a los recursos dado un nuevo escenario de competencia geopolítica global, incluyendo a China como actor central. De allí que la cuestión Venezolana es fundamentalmente una inversión para apalancar el negocio petrolero. La apropiación de Groenlandia se plantea como una operación financiera que permitirá acceder a ingentes reservas de petróleo y minerales raros, así como dominar las emergentes rutas de comercio en el contexto apocalíptico del deshielo. La desposesión del territorio y el genocidio en Gaza es el primer cimiento para la expansión y especulación inmobiliaria. Todo esto nos indica que la guerra, la invasión y el genocidio se sustentan en la lucha por el dominio de los recursos.
Desde hace ya varios años se consolidó en el campo de la Ecología Política el término “resource wars”, para explicar muchos conflictos en el Sur Global, especialmente en África, entre el Estado, milicias y comunidades en dinámicas de captura de recursos. Pero este tipo de conflictos han existido en diversos contextos, temporalidades y escalas. Las doctrinas de la “guerra justa”, “terra nullius” y otras que surgieron y se consolidaron durante la colonización de América desde el siglo XV justificaron la extracción imperativa e implacable de los recursos naturales. Con la expansión de los Estados Unidos, doctrinas como el “destino manifiesto” en el siglo XIX siguieron la misma trayectoria de superioridad moral, desposesión y dominio sobre otros territorios. Con la formalización del orden internacional post segunda guerra mundial, estas doctrinas imperiales no podían ser formuladas en los mismos términos. Fueron reempaquetadas en discursos de seguridad nacional e internacional dirigidos a “luchar contra el terrorismo”, “aplacar el narco-terrorismo”, “bloquear la expansión del fundamentalismo religioso” y más. Hoy vemos otra recalibración de los discursos, no una ruptura con sus premisas. Sin embargo, hay una diferencia fundamental. Mientras que antes estaban en la vanguardia de la acción bélica, estos discursos hoy, en la era del cinismo y la barbarie, son solo anexos, meros argumentos complementarios al objetivo central formulado abiertamente por Trump: el petróleo, la tierra, los minerales.
La actual competencia por los recursos devela el patrón imperial clásico que ha estado siempre latente. Lo que durante el neoliberalismo se formulaba como integración comercial y libre comercio, se trataba de lo que David Harvey denomina “spatial fix” o la solución espacial. Las contradicciones inherentes del capitalismo, la sobreacumulación y la sobreproducción que no pueden satisfacerse dentro de un territorio nacional, buscan ser resueltas con la expansión de los mercados. La irrupción de China, más eficiente que las potencias globales clásicas, desnudó la fragilidad del discurso liberal que envolvía el “spatial fix” y dio lugar a patear el tablero del libre comercio una vez que este ya no era funcional a los EEUU. Sin embargo, la solución territorial persiste, ya no como libre comercio, sino como acumulación primitiva abierta. Esto implica exprimir los recursos del planeta al máximo, desde el lecho marino hasta el ártico, sin ningún empacho en generar guerras e invasiones de ser necesario. Incluso los más conscientes de los límites planetarios no renuncian a la solución territorial. De allí que Elon Musk y otros tecnofeudalistas plantean colonizar el espacio exterior como si fuera un bien de acceso abierto apropiable por cualquiera con capital y poder.
Más que arquitectos de un nuevo orden internacional, Trump, Netanyahu y los líderes internacionales que los apoyan o avalan actúan como brokers del capital transnacional y los tecnofeudalistas. Con sus políticas imperialistas consolidan la acumulación primitiva de los recursos naturales. Esta materialidad, al mismo tiempo, sostiene las plataformas digitales y los dispositivos vinculados que todos los días, en un ciclo extractivo incesante, acumulan nuestra información y manufacturan nuestras necesidades.
I am afraid of Americans
La acumulación por desposesión siempre ha requerido la deshumanización del otro. Desde el indio Mapuche o Amazónico asumido como salvaje e impío, el gazatí considerado potencial terrorista por existir, o los pescadores caribeños aniquilados en sus lanchas con acusaciones de ser “narco-terroristas” – acusaciones que nunca se van a corroborar. La deshumanización se sustenta en discursos racistas y se concreta con políticas de securitización. Para estos seres sub-humanos no existen garantías ni derechos, todo es estado de excepción permanente.
Esta deshumanización que en principio y en esencia se dirige a sectores racializados, explotables, desposeídos y prescindibles, también alcanza a cualquier disidente. Porque el imperialismo necesita erigirse hacia fuera y hacia adentro. Así, el apartheid antinmigrante en el que se está convirtiendo los EEUU evoca una forma de deshumanización racista, pero no es la única. Cualquier opositor puede ser un terrorista doméstico. El progresismo woke, de alguna forma, es tratado como la amenaza comunista en la Alemania Nazi. Como los herejes de la España imperial católica. En estos proyectos imperiales algunos son aplastados meramente por sus cuerpos; pero otros como Renee Good o Alex Pretti, son aplastados por sus ideas, por ser disidentes.
El tecnofeudalismo es fundamental en la expansión imperialista hacia fuera y hacia adentro. Los ataques a los inmigrantes se basan en una aplicación proporcionada por la empresa Palantir, cuyos algoritmos definen los lugares en donde deben hacerse las redadas. La responsabilidad deja de ser del burócrata y pasa a la plataforma tecnológica, a priori infalible y amoral. Igualmente, la violencia interna y externa se justifica con una maquinaria de post-verdad atrincherada en plataformas digitales como X. Estas redes son, a su vez, herramientas de vigilancia y persecución. Tu caracterización de amigo o enemigo del régimen imperial depende de tu actividad digital.
¿Hasta dónde puede llegar este imperialismo tecno-feudalista? Podría decirse que Mineápolis (hacia adentro), Gaza y Venezuela (hacia fuera) han sido experimentos para testear los límites de la brutalidad, la capacidad de resistencia y el nivel de resignación y normalización de la ciudadanía. Por desgracia, todo indica que, dada la tremenda impunidad con la que los poderosos vienen actuando, la expansión imperialista va a continuar. Y es que, al final, el imperialismo se sustenta en la gente que lo sostiene.
Por ello, lo que más me atemoriza de Trump no es su ambición delirante, sus discursos de odio, sus guerras e invasiones. Lo que más me atemoriza es que, a pesar de todo, mantenga el respaldo de una buena parte de la población estadounidense y global. Porque los tiranos más sanguinarios hicieron las peores aberraciones gracias a sociedades en gran medida deshumanizadas, que normalizaron y banalizaron la maldad.













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