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El vía crucis del procedimiento estatal



1. Ante el muro del Estado


Pocas experiencias resultan tan violentas y, paradójicamente, tan cotidianas como el enfrentamiento contra el aparato burocrático. No se trata solo de un retraso en un expediente; es la sensación física de que nuestra vida, con toda su urgencia y dignidad, se detiene frente a una ventanilla, física o virtual, indiferente. Todos hemos sentido ese peso muerto en el estómago al recibir un "vuelva usted mañana" o al descubrir que un documento nimio bloquea un proyecto de vida entero. Esta impotencia evoca inevitablemente El proceso de Franz Kafka: la figura de Josef K., detenido y juzgado por una instancia que nunca da la cara, es el espejo del ciudadano moderno. Sentir que nuestra vida sucumbe porque un sello no llega o un funcionario se ampara en la literalidad de una norma absurda es una forma de violencia institucional.


En este escenario, la burocracia deja de ser la organización racional que imaginó Weber para convertirse en una maquinaria que expropia el tiempo del ciudadano, ese recurso que no tiene devolución. Esta parálisis no es un detalle técnico, sino una forma de maltrato institucional que fractura la confianza en lo público. Cuando el Estado se vuelve un obstáculo en lugar de un facilitador, la democracia se vacía de contenido y se transforma, para el ciudadano de a pie, en la prepotencia descontrolada del absurdo, donde un papel o proceso técnico vale más que la persona.


2. ¿Sistemas defectuosos o agentes mediocres? El nudo de la ineficiencia


A menudo nos preguntamos si la lentitud estatal es una falla de diseño de las estructuras o si responde a una falta de "chispa" o compromiso de quienes las operan. La realidad es más compleja: el sistema burocrático está diseñado para castigar la iniciativa y premiar el cumplimiento ciego. El funcionario, muchas veces, no es que carezca de inteligencia, sino que sufre una suerte de castración intelectual impuesta por la norma.


El miedo a la sanción administrativa congela cualquier intento de creatividad o de aplicar el sentido común. Sin embargo, no podemos ignorar que el clientelismo político y la falta de una carrera pública meritocrática han llenado oficinas con agentes que carecen de la phronesis —esa sabiduría práctica— necesaria para entender que detrás de un código hay un ser humano. La simbiosis entre una estructura anquilosada y un funcionario desmotivado o insuficientemente formado crea una cultura de la desidia donde el "no se puede" es la respuesta por defecto, paralizando el desarrollo del país.

 

3. La demora como injusticia


La eficiencia en el servicio público no es una meta gerencial; es un imperativo ético. Un Estado que tarda meses en entregar un medicamento o años en reconocer un derecho es, sencillamente, un Estado injusto. La lentitud golpea con saña a quienes menos tienen, a los que no pueden contratar un abogado ni tienen los contactos necesarios para "agilizar" lo que debería ser fluido por derecho. Desde la ética pública contemporánea, la integridad del servidor no se agota en no robar; se manifiesta en la diligencia, en la empatía y en el respeto por el tiempo ajeno. Cuando un proceso se vuelve innecesariamente engorroso, se abre la puerta a la discrecionalidad y, con ella, al peaje de la corrupción. Simplificar no es solo un asunto de modernización es un acto de justicia social que busca devolverle al ciudadano el protagonismo que la estructura le ha arrebatado, situando el bien común por encima de la comodidad del trámite.


4. La asfixia de la energía social


Si analizamos la burocracia desde la ética económica, nos encontramos ante un "impuesto invisible" que drena la vitalidad de la sociedad. Cada hora perdida en una fila inútil o en la búsqueda de un sello redundante es energía que se resta a la innovación, al emprendimiento y al descanso. La ineficiencia estatal genera una pérdida de bienestar que no siempre se mide en los indicadores macroeconómicos, pero que se siente en la mesa de cada hogar. Favorece, además, una suerte de darwinismo institucional donde solo las grandes corporaciones, con sus ejércitos de gestores, logran navegar el laberinto, mientras la pequeña empresa muere asfixiada por la carga administrativa. Respetar el dinero y el esfuerzo del contribuyente implica gestionar con agilidad. Malgastar recursos en sostener aparatos administrativos elefantiásicos es una forma de malversación moral, pues se utiliza el patrimonio común para alimentar una inercia que no genera valor alguno.


5. Más allá del formulario: Hacia una racionalidad con propósito


El gran error de la administración moderna ha sido elevar el procedimiento a la categoría de dogma. Nos hemos obsesionado tanto con el "cómo" se hace el trámite que hemos olvidado el "para qué" existe. Esta desconexión entre la norma y la realidad es la raíz de la esclerosis estatal. Una crítica necesaria nos obliga a pensar en modelos donde el control no sea una barrera previa que asuma la culpa de todos, sino un mecanismo posterior basado en la transparencia y la responsabilidad. Necesitamos agentes que recuperen su capacidad de juicio profesional, que dejen de ser verificadores de documentos para convertirse en solucionadores de problemas. Para que el Estado sea rápido, debemos transitar de la obediencia mecánica a la gestión por resultados claros. Romper con el "siempre se ha hecho así" requiere valentía política para desmantelar ritos administrativos que solo sirven para justificar la existencia de burocracias obsoletas que han perdido el pulso de la calle.


6. La trampa de la digitalización y la necesidad de transparencia real


Existe la ilusión de que la tecnología resolverá por sí sola los vicios del Estado. Sin embargo, digitalizar un proceso absurdo solo produce un "absurdo digital". La verdadera reforma no consiste en poner una pantalla de por medio, sino en repensar el proceso desde cero, eliminando todo lo que no aporte valor. El uso de herramientas tecnológicas actuales debe ir acompañado de una transparencia radical: que el ciudadano pueda ver dónde está su expediente con la misma facilidad con la que sigue un pedido por internet. La agilidad estatal nace de la confianza en la buena fe del administrado y de la sanción ejemplar para quien abusa de ella, no de la sospecha permanente que multiplica los requisitos hasta el infinito. Una arquitectura de respuesta rápida requiere una interoperabilidad real entre instituciones; es inaceptable que el Estado le pida al ciudadano un documento que el mismo Estado ya posee, convirtiendo al administrado en un mensajero gratuito de la ineficiencia pública.


6. Burocracia total en lo público y lo privado


Sería un error de perspectiva suponer que el vía crucis del procedimiento es patrimonio exclusivo de lo público. En las últimas décadas, hemos asistido a lo que David Graeber denominó la "burocracia total": la infiltración de la lógica administrativa en el seno de la empresa privada. Bajo otros fines —la maximización del beneficio o el blindaje legal—, las grandes corporaciones han erigido muros de procedimientos que replican las peores patologías del Estado.


El ciudadano, convertido ahora en "cliente", se enfrenta a laberintos de atención automatizada, contratos de letra pequeña ininteligible y procesos de reclamo que parecen diseñados para el agotamiento. Aquí, la impotencia cambia de rostro, pero mantiene su esencia: la persona se halla ante una instancia inalcanzable donde el gerente privado es tan invisible como el funcionario estatal. Esta burocracia privada ha convertido el consumo en una tarea administrativa tediosa, donde el lenguaje de la eficiencia enmascara una realidad de protocolos asfixiantes que priorizan la seguridad de la corporación sobre la necesidad del ser humano, despojando a la actividad económica de su sentido original de intercambio libre y fluido.


Ante este asedio por ambos flancos, la persona se encuentra en una situación de enorme fragilidad. ¿Qué resquicio de libertad queda cuando el Estado nos ignora y la empresa nos automatiza? La respuesta no reside en una solución técnica, sino en una suerte de "insurgencia de la cotidianidad". Se trata de reivindicar el derecho al trato humano, de forzar la aparición del rostro detrás del proceso y de habitar las grietas de la norma con una ética de la desobediencia civil frente a lo absurdo. El individuo debe dejar de ser un "administrado" o un "usuario" para recuperar su condición de sujeto político y económico, exigiendo que la tecnología sea una herramienta de liberación y no un nuevo calabozo. Esta resistencia comienza por no aceptar el lenguaje de la impotencia y por construir espacios de encuentro donde el tiempo vuelva a ser nuestro, sustrayéndolo de la lógica de la métrica y el sello, sea este público o privado. Es, en última instancia, la lucha por recuperar el nombre propio frente al número de expediente.


7. Hacia un Estado que acompañe: El fin de la dictadura del procedimiento burocrático


El horizonte de una nueva gestión pública debe estar marcado por enfatizar al rostro humano. Superar la burocracia patológica no es solo una tarea técnica de ingenieros de procesos, sino un compromiso ético con la dignidad de las personas. Necesitamos instituciones que se reconozcan como medios y no como fines, cuya eficiencia se mida por lo poco que estorban y lo mucho que protegen. Un Estado que funciona es aquel que se vuelve casi invisible porque sus procesos son naturales, fluidos y lógicos. Al final, la lucha contra la lentitud administrativa es una lucha por la libertad y por la calidad de nuestra democracia. Solo cuando el funcionario vea en el ciudadano  con derechos urgentes, y no a un número molesto, habremos empezado a desmantelar ese laberinto de papel que hoy nos separa. La meta es clara: un servicio público que, en lugar de documentar nuestra parálisis, potencie nuestra capacidad de construir una vida común más justa y eficiente.

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