El Perú que nos mostró Nelson Manrique
- Redacción El Salmón

- hace 20 horas
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Leer a Nelson Manrique (Huancayo, 1947 – Lima, 2026) no es un objeto de nostalgia académica ni un simple recorrido por archivos del pasado. Leerlo es comprender por qué el Perú sigue siendo un país estructuralmente fragmentado, socialmente jerarquizado y políticamente inestable. Su obra no se centra en narrar “qué ocurrió”, sino en explicar por qué la república peruana nunca logró concretar lo que prometió: la construcción de una comunidad política integrada y participativa.
Desde sus estudios sobre las sociedades terratenientes andinas hasta sus ensayos sobre memoria, violencia y racismo, Manrique ofreció una lectura histórica que incomoda: la república peruana no fracasó por errores aislados, sino porque fue concebida como un proyecto de dominación social antes que de ciudadanía.
La república serrana: poder sin integración
En Yawar Mayu. Sociedades terratenientes serranas, 1879–1910, Manrique analizó cómo la derrota en la Guerra del Pacífico y la reorganización política facilitaron la consolidación de élites locales que controlaban la tierra, la justicia y la fuerza de trabajo campesina.
El Estado central, débil y con autoridad intermitente, delegó poder sin construir instituciones capaces de garantizar derechos. La ley existía, pero su aplicación estaba atravesada por jerarquías sociales, clientelismo y relaciones personales. Así, la república funcionó como una estructura jurídica sin contenido ciudadano.
La población indígena no fue incorporada como sujeto político, sino administrada como fuerza laboral y objeto de control. La ciudadanía se definió más por la posición social que por la pertenencia nacional. Manrique mostró que el problema no era solo la desigualdad económica, sino la forma en que el poder se organizaba territorialmente: la república no reemplazó el orden colonial, lo adaptó.
El Estado ausente que sí sabía castigar
En El tiempo del miedo. La violencia política en el Perú 1980–1996, Manrique examinó la relación entre el Estado y las zonas rurales durante el conflicto armado interno. Su argumento central fue que el Estado peruano no era inexistente, sino selectivo: ausente en derechos, presente en coerción.
La llegada del Estado a muchas comunidades no se produjo a través de educación, salud o justicia, sino mediante la militarización, los estados de emergencia y la suspensión de garantías. La república aparecía cuando había que controlar, no cuando había que integrar. Este patrón no era nuevo: desde el siglo XIX, el Estado había intervenido en el mundo rural principalmente para recaudar, reprimir o imponer orden. La ciudadanía social nunca se consolidó como experiencia cotidiana.
El conflicto armado reveló una verdad estructural: cuando el orden colapsa, el Estado no negocia integración; impone autoridad.
Manrique abordó también la violencia de Sendero Luminoso, rechazando tanto su romantización como su explicación puramente criminal. Señaló que el senderismo surgió en regiones donde el Estado había fracasado como proveedor de derechos, y que su proyecto no buscó construir ciudadanía, sino imponer obediencia. La violencia fue su lenguaje político central, mientras que la respuesta estatal profundizó la lógica autoritaria existente. El conflicto se convirtió en una guerra sin reglas claras, donde comunidades enteras fueron tratadas como sospechosas. Para Manrique, Sendero no justificaba la exclusión, sino que ilustraba una historia más larga de desigualdad y violencia estructural.
Racismo republicano: una nación con jerarquías
En La piel y la pluma, Manrique analizó cómo el mundo indígena fue representado por las élites letradas y cómo la construcción de la nación peruana se imaginó como mestiza, moderna y urbana, relegando lo indígena al atraso frente al proyecto nacional moderno.
El racismo, en su análisis, no era un fenómeno social aislado, sino un principio organizador del poder: definía quién podía hablar, gobernar y representar al país. El indígena fue incorporado como símbolo cultural, pero excluido como sujeto político. La república celebró la diversidad mientras mantenía jerarquías raciales funcionales al orden social. La modernización no eliminó estas desigualdades, solo las hizo más sofisticadas.
Historia, memoria y disputa por el pasado
En Memorias de la violencia y otros ensayos, Manrique planteó que la memoria histórica no es neutral ni moralizante: es un instrumento político que determina cómo una sociedad comprende su presente. Criticó los discursos que buscaban cerrar el debate sobre la violencia interna sin abordar sus causas estructurales, como la desigualdad, la exclusión rural, el racismo institucionalizado y la fragilidad del Estado. También denunció la idea de reconciliación superficial, que pretendía “cerrar heridas” sin justicia social, reconocimiento histórico ni reparación para las víctimas.
Para Manrique, la historia no debía consolar, sino incomodar al poder, revelar tensiones no resueltas y evidenciar la continuidad de patrones de exclusión y violencia estructural. El pasado no es un archivo cerrado; es un campo de disputa donde se negocian significados, se cuestionan relatos dominantes y se abre espacio para pensar alternativas de ciudadanía y justicia.
La república sin ciudadanía social
Uno de los hilos centrales en la obra de Manrique es que el Perú construyó una república política sin ciudadanía social efectiva. El voto, las constituciones y los discursos democráticos no se tradujeron en igualdad material ni en integración real. La educación siguió siendo desigual, la justicia inaccesible y el Estado, distante. La ciudadanía se convirtió en una formalidad legal, no en una experiencia compartida.
Para Manrique, la república no fracasó por descuidos coyunturales: fue históricamente diseñada para no integrar, privilegiando a sectores urbanos y criollos mientras subordinaba al campesinado indígena y las poblaciones rurales. La exclusión no fue accidental, sino estructural: administrar, jerarquizar y clasificar antes que incluir o igualar.
El Perú como problema histórico
Manrique subraya que los problemas del Perú no son accidentes de coyuntura, sino continuidades históricas que atraviesan siglos de vida republicana: centralidad de Lima, exclusión de los Andes, racismo como principio organizador y subordinación de los sectores rurales.
La fragilidad institucional no se limita a la debilidad formal de las instituciones; es también una condición cultural e histórica, construida sobre la desconfianza crónica hacia el poder central y sobre la incapacidad del Estado para garantizar derechos universales. Esta fragilidad explica la recurrencia de crisis políticas y la dificultad de consolidar autoridad más allá de la coerción o de la delegación a poderes locales, terratenientes o intermediarios sociales.
El fujimorismo como expresión de continuidad histórica
Desde esta perspectiva, fenómenos como el fujimorismo no son anomalías, sino manifestaciones previsibles de un sistema históricamente incapaz de integrar a sus ciudadanos. El autoritarismo surge como respuesta a la falta de confianza en las instituciones, la debilidad de la protección social y la sensación de que el Estado no puede administrar justicia ni desarrollo equitativamente. La concentración de poder se acepta como mecanismo de orden, aun a costa de las libertades democráticas.
Manrique demuestra cómo estas fracturas se reproducen: desigualdad territorial, racismo institucional y autoridad dependiente de la coerción. No son episodios aislados, sino componentes de un problema estructural: la república no ha logrado construir ciudadanía ni consolidar un Estado capaz de integrar a sus mayorías.
¿Por qué leer a Manrique hoy?
Leer a Nelson Manrique implica confrontar un país cuya estructura social y política reproduce las tensiones que él analizó décadas atrás. Las desigualdades territoriales, la persistencia de jerarquías raciales, la concentración de poder en Lima y la fragilidad del Estado no son rezagos del pasado, sino continuidades históricas.
Su aporte no reside en ofrecer soluciones inmediatas, sino en presentar un diagnóstico riguroso que cuestiona la narrativa oficial de progreso. La república no integró a sus ciudadanos; los administró según posición social y geográfica. No igualó derechos ni oportunidades; jerarquizó y clasificó sistemáticamente. Esta lógica sigue vigente y condiciona la política, la sociedad y la memoria histórica contemporánea.
La tesis que atraviesa toda su obra se puede formular así: el Perú no es un país inconcluso ni accidentado, sino coherente con su historia de exclusión. Cada crisis, fractura institucional y desigualdad no son anomalías, sino manifestaciones de patrones históricos profundamente arraigados. Leer a Manrique es comprender que la estructura histórica produce un Estado que no integra, una sociedad que jerarquiza y un sistema que clasifica. Esta lógica persiste y define las posibilidades y limitaciones del país hoy.













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