Fujimorismo a futuro

¿Qué errores de cálculo habrá cometido el fujimorismo para caer tan rápido en las encuestas? ¿Qué escenario imaginó Keiko antes de constatar que no tendría una luna de miel con el pueblo? ¿Emular ‘los 90’ es la única forma de gobierno que conoce nuestra derecha?
Es cierto que el Perú es indescifrable en muchos sentidos, pero hay algunas certezas de manual. Por ejemplo, el peruano puede perdonar muchos defectos, pero nunca la soberbia: eso que Keiko Fujimori destila por los poros, a pesar de las costosas campañas emprendidas por el Ejecutivo para dotarla de cierto carisma.
Keiko está cosechando lo que sembró. Siempre vivió del conflicto y la confabulación. Ahora que le toca gobernar para todos y no solo para sus congresistas y portátiles, resulta que no sabe leer las calles. Durante mucho tiempo creyó que podía vivir de la gratitud que los peruanos, según su percepción, le debemos a su padre. Pero ha constatado –suponemos con amargura– que hasta eso se desvanece y que la realidad no perdona la improvisación ni la impostura.
Es que eso del circo y el miedo reciclado no dura para siempre. La gente en las calles está descontenta, y con razón: la delincuencia no ha retrocedido, la situación económica está estancada y, por supuesto, el Perú no ha entrado a ese estado de bonanza inmediata que nuestra derecha pregona cada cinco años para alejarnos de las propuestas “comunistas”. A Fuerza Popular le faltó poco para ofrecer en campaña una megacárcel por cada cono urbano, la entrega de bonos semanales o que las Fuerzas Armadas controlen los ministerios y los colegios.
Ahora que hemos comprobado –como si hubiese sido necesario– que Fuerza Popular en el gobierno es más de lo mismo, ¿cuál será la coartada para los próximos años, cuando el desgaste se haga más evidente?
Lo curioso y problemático es que el fujimorismo cree que ha llegado al poder porque se lo merecía, asumiendo que era el destino natural por su constancia electoral, sin importar los esqueletos en el armario ni los métodos sucios. Lo cierto es que el fujimorismo llegó al poder porque sacó de carrera a varios de sus potenciales competidores, porque tenía a toda la prensa de su parte y porque capturó a instituciones clave, como el Tribunal Constitucional.
Seamos francos: con una prensa independiente y un Ministerio Público desinfectado, el fujimorismo no habría llegado ni a la segunda vuelta.
Ahora, por experiencia, sabemos que la teoría política del fujimorismo es muy básica –por no decir inexistente– y que, ante la imposibilidad de hacer lo que le dé la gana, recurrirá a la venganza y al sabotaje, al golpe de efecto, a la persecución de sus detractores. El fujimorismo solo puede gobernar en mayoría y, ya que lo ha conseguido, tendrá todo el poder para frenar cualquier reforma positiva o para imponer legislaciones nocivas propuestas por el gobierno.
Por ejemplo, ya se ha dado la primera pincelada para traer de vuelta ‘los 90’. El Senado, de mayoría naranja gracias a tránsfugas poco solapados, le ha otorgado superpoderes a la DINI. Esto, mediante interpretaciones auténticas sobre sus facultades y con el pretexto de la seguridad del país. Lo que quiere decir que una DINI sin la debida fiscalización estará al servicio de los que alguna vez ya visitaron la sala del SIN de Montesinos. Todo un combo noventero para cerrar el año.
Mientras tanto, Keiko y sus asesores viajan a donde puedan. Todo vale con tal de dar la impresión de que se está trabajando, aunque, en el fondo, sean microvacaciones para evadirse de tanta metida de pata. Si fuese por la presidenta, despacharía desde el extranjero o a través de redes sociales.
Sin embargo, conforme pasen los años y las exigencias se hagan mayores, a Keiko le tocará elegir entre complacer a la derecha y sus empresarios o atender al pueblo y sus reclamos. Elegirá a los primeros, no nos cabe duda.










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