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Ernesto Laclau: el teórico político

hace 22 horas
8 min de lectura



En el marco de nuestro ciclo dedicado a los «Grandes pensadores latinoamericanos», la obra del teórico argentino Ernesto Laclau destaca como uno de los esfuerzos más lúcidos y fecundos por renovar la comprensión de los vínculos colectivos. Al impugnar la idea de que la economía determina en última instancia el devenir humano, su propuesta evidenció que las identidades políticas se forjan en el terreno contingente del lenguaje, las pasiones y las demandas cotidianas. Este texto examina su itinerario intelectual, detalla sus tesis centrales sobre el discurso, la hegemonía y la configuración de «el pueblo», y pondera la fecundidad de sus categorías para leer el complejo escenario democrático contemporáneo.


Vida e itinerario de un pensador comprometido


Ernesto Laclau nació en Buenos Aires en 1935 y se formó como historiador en la Universidad de Buenos Aires durante los años sesenta, una época marcada por intensas transformaciones políticas en América Latina. Desde muy joven combinó la militancia en la izquierda argentina con una aguda reflexión sobre las realidades de su país y de la región. Esa experiencia temprana le permitió advertir que los esquemas teóricos provenientes de Europa, que pretendían encasillar a todas las sociedades en recetas rígidas, eran insuficientes para entender fenómenos populares tan arraigados como el peronismo.


Hacia fines de esa década viajó a Inglaterra con el respaldo de historiadores destacados como Eric Hobsbawm. En Europa consolidó una trayectoria académica excepcional, estableciéndose en la Universidad de Essex a comienzos de los años setenta. Allí fundó un reconocido programa de posgrado dedicado al análisis del discurso e impulsó, junto a su compañera de vida y pensamiento Chantal Mouffe, una profunda renovación de la teoría política. 


En sus primeros escritos, reunidos en su libro Política e ideología en la teoría marxista (1977), Laclau polemizó de manera frontal contra las explicaciones simplistas que reducían toda la historia social a meros factores económicos. El autor insistió en que los procesos históricos concretos no avanzan en línea recta ni dependen exclusivamente del mercado, sino de relaciones humanas y productivas complejas. Como argumentaba al analizar las formaciones latinoamericanas: 


Por modo de producción designamos, en consecuencia, la articulación lógica y mutuamente condicionada entre: 1) un determinado tipo de propiedad de los medios de producción; 2) una determinada forma de apropiación del excedente del trabajo; 3) un determinado grado de desarrollo de la división del trabajo; 4) un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Y ésta no es una enumeración meramente descriptiva de «factores» aislados, sino una totalidad definida por sus mutuas interconexiones. Dentro de esta totalidad, la propiedad de los medios de producción constituye el elemento decisivo. (Laclau, 1977, pp. 33-34) 


Este temprano interés por evitar los dogmatismos preparó el terreno para sus obras más influyentes: Hegemonía y estrategia socialista (1985, con Mouffe), Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo (1990) y Emancipación y diferencia (1996). En ellas, el pensador argentino dialogó con la filosofía del lenguaje, el psicoanálisis y la historia, convirtiéndose en una de las voces teóricas más respetadas del ámbito internacional hasta su fallecimiento en 2014. 


Cómo entendemos la sociedad: lenguaje, conflicto y hegemonía


Uno de los aportes decisivos de Laclau fue cambiar el modo en que entendemos las relaciones sociales. En lugar de imaginar a la sociedad como un engranaje mecánico ya terminado y gobernado por leyes fijas, planteó que la vida social es un terreno siempre abierto que se construye mediante el discurso. Para Laclau, el discurso no abarca únicamente las palabras escritas o habladas, sino el conjunto de prácticas y significados a través de los cuales las personas damos sentido a nuestras acciones cotidianas. Patear una pelota, votar en una urna o participar en una huelga son acciones materiales, pero cobran sentido dentro de un sistema compartido de reglas y acuerdos. 


Ahora bien, ninguna sociedad logra jamás ser totalmente armónica ni perfecta. Siempre surgen tensiones, exclusiones y desacuerdos. A este límite infranqueable Laclau lo denominó antagonismo social. El antagonismo no es un simple desacuerdo de opiniones ni un conflicto entre dos identidades ya cerradas, sino una experiencia en la que un grupo siente que la presencia de otro le impide realizar plenamente su modo de vida. En Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo, el autor explica con gran claridad este principio: 


En el caso del antagonismo lo que ocurre es algo enteramente distinto: lo que en él se expresa no es la identidad sino la imposibilidad de constituirla; la fuerza que me antagoniza niega mi identidad en el sentido más estricto del término. Y aquí nos volvemos a encontrar con la alternativa que antes señaláramos: podemos describir el desarrollo y el resultado de un proceso antagónico en términos de "transformación" —ya sea causal o dialéctica— y en ese caso es preciso suponer la unidad y positividad del proceso, lo que obliga a reducir la negatividad experimentada por los agentes sociales a "mera apariencia" de un "sentido objetivo" que se les escapa; o bien concebimos la negatividad como constitutiva y fundante, con lo que el dogma de la unicidad y racionalidad de la historia debe ser abandonado. (Laclau, 1990, p. 34) 


Este fragmento muestra con nitidez por qué el conflicto no es una falla accidental ni un error pasajero de la historia, sino un rasgo fundamental de la convivencia humana. La sociedad no es una máquina matemática que se autorregula sola; por el contrario, su orden es precario y contingente. 


Puesto que la sociedad no viene ordenada de fábrica, surge la necesidad de la hegemonía. La hegemonía es la capacidad que tiene un determinado grupo o una causa social de representar las aspiraciones de una mayoría mucho más amplia. Para lograrlo, ese grupo debe trascender sus intereses particulares e identificarse con ideales más amplios, como la justicia, la libertad o el progreso. La política, en la perspectiva de Laclau, consiste precisamente en esa disputa constante por dotar de sentido y dirección al conjunto de la comunidad. 


La construcción del pueblo y la política popular


En su obra cumbre, La razón populista (2005), Laclau abordó un tema que durante muchos años había sido menospreciado por la ciencia política y la sociología: el populismo. Por lo general, se había considerado al populismo como un fenómeno irracional, propio de masas manipuladas por líderes demagógicos o de países poco desarrollados. Laclau propuso una mirada opuesta: el populismo no es una patología ni una ideología concreta, sino una lógica legítima de acción política mediante la cual se construye el actor al que llamamos «pueblo». 


Para explicar cómo surge un pueblo, Laclau parte de la noción más básica de la vida colectiva: las demandas sociales. Cuando los vecinos de un barrio piden una posta médica, mejores escuelas o agua potable, presentan peticiones puntuales a las autoridades. Si el sistema atiende y resuelve cada una de estas demandas por separado, la tranquilidad continúa y cada grupo permanece en su asunto particular (lo que él llama lógica de la diferencia). 


El problema surge cuando el Estado o el gobierno ignora estas demandas de manera reiterada. En ese momento, quienes reclaman salud descubren que comparten una frustración común con quienes reclaman seguridad, educación o trabajo digno. Todas esas quejas dispares empiezan a unirse en una cadena de equivalencias, trazando una frontera que divide el escenario en dos partes: «los de abajo» frente a «los de arriba», el pueblo frente al poder insensible. En el prefacio de La razón populista, Laclau resume de manera certera este proceso: 


La demanda requiere, sin embargo, algún tipo de totalización si es que se va a cristalizar en algo que sea inscribible como reclamo dentro del "sistema". Todos estos movimientos contradictorios y ambiguos implican las diversas formas de articulación entre lógica de la diferencia y lógica de la equivalencia, que discutimos en el capítulo 4. Como explicamos allí, la imposibilidad de fijar la unidad de una formación social en un objeto que sea conceptualmente aprensible conduce a la centralidad de la nominación en la constitución de la unidad de esa formación, en tanto que la necesidad de un cemento social que una los elementos heterogéneos —unidad que no es provista por ninguna lógica articulatoria funcionalista o estructuralista— otorga centralidad al afecto en la constitución social. Freud ya lo había entendido claramente: el lazo social es un lazo libidinal. (Laclau, 2005, pp. 9-10) 


La unión de reclamos tan distintos no se produce mediante un cálculo frío o puramente intelectual. Se necesita un símbolo que agrupe a esa multitud de reclamos bajo un mismo horizonte. A este símbolo Laclau lo llamó significante vacío: una palabra o una consigna (como «justicia», «cambio» o muchas veces el nombre propio de un dirigente) que se vuelve lo suficientemente amplia y flexible para que personas de orígenes muy variados se sientan identificadas con ella. 


Además, este lazo es profundamente afectivo: la gente no se moviliza únicamente por razones lógicas, sino impulsada por lazos de solidaridad, esperanza e indignación compartida. De este modo, el «pueblo» no es un dato biológico o geográfico previo que siempre estuvo allí, sino una identidad política que se forja al calor de las demandas y los compromisos colectivos. 


Relevancia actual de las ideas de Laclau


La perspectiva de Laclau conserva una vigencia extraordinaria para comprender el mundo en el que vivimos. Durante muchos años se nos prometió que la política se convertiría en un asunto de pura administración técnica: bastaría con confiar en expertos financieros, algoritmos y diplomacias neutrales para que las sociedades resolvieran sus diferencias en paz. Sin embargo, la realidad de las últimas décadas ha demostrado que ese modelo tecnocrático genera enormes vacíos de representación, profundiza las desigualdades y deja desatendidas las demandas de amplios sectores de la población. 


Cuando la ciudadanía siente que los partidos tradicionales no la escuchan y que la vida pública se ha vuelto un trámite distante, el conflicto social reaparece con fuerza. En casi todos los continentes hemos visto irrumpir movilizaciones ciudadanas, descontentos masivos y líderes de distinto signo que cuestionan a las élites establecidas. La teoría de Laclau nos ayuda a entender que este malestar no es un arrebato de locura de los votantes, sino la consecuencia lógica de un sistema que cerró sus canales de diálogo y dio la espalda a las demandas populares. 


Asimismo, Laclau nos advirtió que la frontera que divide al pueblo del poder es un terreno disputado. La necesidad de cambio social y de orden colectivo puede ser canalizada tanto por movimientos democráticos y solidarios como por discursos intolerantes y autoritarios. Si los sectores progresistas renuncian a conectar con los sentimientos y anhelos de la gente común, ese vacío suele ser ocupado por opciones extremas que prometen soluciones fáciles culpando a minorías o a extranjeros. Al respecto, en su obra Emancipación y diferencia, el autor nos recuerda la naturaleza siempre abierta de estas disputas: 


La sociedad genera todo un vocabulario de significantes vacíos cuyos significados temporarios son el resultado de una competencia política. Es este fracaso final de la sociedad en constituirse como sociedad —equivalente al fracaso en constituir a la diferencia como diferencia— lo que hace infranqueable la distancia entre lo universal y lo particular y, como resultado, pone a los agentes sociales concretos en cargo de esta tarea irrealizable, que es la que hace posible la interacción democrática. (Laclau, 1996, p. 68) 


El mensaje final de Ernesto Laclau es claramente democrático: la armonía absoluta no existe y la política no puede reducirse a una fría gestión de oficina. Para construir una sociedad más justa no basta con que cada grupo se encierre en sus pequeñas diferencias particulares; es imprescindible construir puentes solidarios entre diversas causas (el trabajo digno, los derechos civiles, la protección de la naturaleza y la igualdad de oportunidades) hasta forjar una voluntad común. Su pensamiento nos deja una lección sobria y duradera: la política viva, con sus emociones y desacuerdos, es el instrumento más noble que tenemos los seres humanos para construir nuestro propio destino. 


Referencias bibliográficas


Laclau, E. (1977). Política e ideología en la teoría marxista: Capitalismo, fascismo, populismo. Siglo XXI Editores. 


Laclau, E. (1990). Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo. Ediciones Nueva Visión. 


Laclau, E. (1996). Emancipación y diferencia. Ariel. 


Laclau, E. (2002). Misticismo, retórica y política. Fondo de Cultura Económica. 


Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica. 


Laclau, E., & Mouffe, C. (1985). Hegemony and socialist strategy: Towards a radical democratic politics. Verso. 


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