De la Doctrina Monroe a la “Doctrina Donroe”
- Ana Claudia Reinoso Monroy
- hace 2 días
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Evolución del “Gran Garrote” y el nuevo orden policial en las Américas (2026).
La reciente intervención militar estadounidense en Venezuela en enero de 2026 y la captura de Nicolás Maduro han resucitado el debate sobre el intervencionismo en las Américas, cristalizado bajo la autodenominada "Doctrina Donroe" del presidente Donald Trump. Este artículo examina si este nuevo enfoque constituye una ruptura o una continuidad histórica de la célebre Doctrina Monroe de 1823. A través de un recorrido analítico, exploraremos la transformación del mensaje original de defensa continental de James Monroe y John Quincy Adams hacia la política imperialista del "Gran Garrote" de Theodore Roosevelt. Finalmente, contrastaremos el actual "Corolario Trump" y su rol de "Policía Hemisférico 2.0" con la resistencia jurídica de la Doctrina Drago, evaluando las implicancias para la soberanía latinoamericana actual.
Mucho se ha hablado en los últimos días de la famosa "Doctrina Monroe” haciendo alusión a que la reciente intervención militar norteamericana en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro. Analistas internacionales sostienen que la reciente intervención norteamericana obedece a los lineamientos trazado por el presidente James Monroe en su famosa “Doctrina” de 1823. Incluso, el propio Donald Trump ha acuñado el término "Doctrina Donroe" (mezclando su nombre con el del presidente James Monroe) para dar una idea de continuidad histórica a las recientes acciones militares sobre la capital venezolana. Pero ¿es este uso del todo correcto?
1. La naturaleza defensiva de 1823
La Doctrina Monroe, históricamente sintetizada en la célebre frase “América para los americanos”, tiene su origen en el mensaje anual enviado al Congreso el 2 de diciembre de 1823 por el quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe. Es fundamental precisar que esta doctrina no nació como un tratado formal ni como un documento legal vinculante, sino como una declaración de principios de política exterior inserta en un discurso administrativo.
En su concepción original, el mensaje de Monroe poseía un carácter predominantemente defensivo y preventivo. Su objetivo principal era trazar una línea diplomática frente a la Europa de la Restauración, advirtiendo que cualquier intento de las potencias monárquicas por reconquistar las nuevas repúblicas independientes de América Latina sería interpretado como una amenaza a la paz y seguridad de los Estados Unidos. De este modo, la doctrina sentó las bases de la "no colonización" y la teoría de las "dos esferas", buscando consolidar la autonomía del continente frente a las injerencias del Viejo Mundo.
Este postulado no surgió en el vacío, sino que fue una respuesta directa al complejo escenario de la Europa post-napoleónica. Tras la caída de Bonaparte, las monarquías de Rusia, Austria y Prusia formaron la Santa Alianza en 1815, un bloque político-militar nacido con el firme propósito de sofocar cualquier brote revolucionario que desafiara a las monarquías absolutistas aún vigentes. Para la joven nación estadounidense, el riesgo de que este espíritu reaccionario monarquista cruzara el Atlántico para restaurar el dominio colonial era una amenaza latente.
Específicamente dos factores críticos precipitaron la proclamación del presidente Monroe:
La amenaza de la reconquista española: El rey Fernando VII de España, incapaz de recuperar sus colonias americanas por sus propios medios, solicitó formalmente el apoyo de la Santa Alianza para restaurar el dominio español sobre los territorios recién independizados.
El expansionismo ruso: Desde el norte, el Imperio Ruso reclamaba derechos territoriales sobre la costa del Pacífico, extendiendo su influencia desde Alaska hacia el territorio de Oregón, una maniobra que Washington percibió como una incursión directa en su esfera de influencia natural.
Fue bajo este asedio geopolítico que el mensaje de 1823 sentenció de forma categórica:
“... que los continentes americanos, por la condición de libres e independientes que han asumido y mantienen, no deben ser considerados en lo sucesivo como sujetos de futura colonización por parte de ninguna potencia europea” (Monroe, 1823).
Advirtiendo seguidamente que cualquier intento de controlar a los nuevos países americanos sería visto como una amenaza: "Debemos, por consiguiente, en aras de las relaciones francas y amistosas que existen entre los Estados Unidos y esas potencias, declarar que consideraremos cualquier intento por su parte de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad."
Es importante notar que Monroe aclaró que no interferiría con las colonias que ya estaban establecidas en ese momento (como Cuba o Puerto Rico bajo España): "Con las colonias o dependencias actuales de cualquier potencia europea no hemos interferido y no interferiremos."
2. El arquitecto intelectual: John Quincy Adams y la tesis de las dos esferas
Para comprender la verdadera dimensión de la Doctrina Monroe, es indispensable realizar dos precisiones históricas fundamentales que cuestionan la narrativa tradicional. En primer lugar, se debe destacar la figura de John Quincy Adams como el auténtico arquitecto intelectual, cuya visión nacionalista buscaba establecer una jurisdicción excepcional en el hemisferio, alejándose de la tutela británica. En segundo lugar, es necesario analizar cómo el término "doctrina" fue una construcción posterior, consolidada décadas después por James K. Polk para justificar el expansionismo y el Destino Manifiesto. Estas puntualizaciones permiten trazar la evolución de una premisa defensiva hacia una estrategia de control continental.
En primer lugar, resulta fundamental señalar que el verdadero arquitecto intelectual y redactor de los principios de la doctrina no fue el propio Monroe, sino su secretario de Estado, el brillante diplomático John Quincy Adams, quien posteriormente se convertiría en el sexto presidente de los Estados Unidos.
La intervención de Adams fue decisiva ante la propuesta de Gran Bretaña de emitir una declaración conjunta para frenar a la Santa Alianza. A pesar de que la oferta británica garantizaba una protección naval inmediata, Adams convenció a Monroe de rechazarla. Su argumento era estratégico y profundamente nacionalista: sostenía que Estados Unidos no debía aparecer como un satélite de la política británica, o como él mismo manifestó en su diario personal el 7 de noviembre de 1823: "Resultaría más honesto y decoroso manifestar nuestros principios de manera explícita a Rusia y Francia, en lugar de aparecer como una pequeña barca subordinada a la estela de un navío de guerra británico".
Al actuar de esta manera, Adams no solo preservó la independencia diplomática de la joven nación, sino que evitó compromisos que hubieran limitado la futura expansión estadounidense, asegurando que el país fuera el único juez y protector de sus propios intereses en el hemisferio. Como señala el historiador norteamericano Greg Grandin (2006) en su obra Empire's Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism (2006) donde analiza la política de John Quincy Adams: "Al insistir en que el Nuevo Mundo era política y moralmente superior al Viejo, Adams estaba reclamando de hecho una jurisdicción excepcional sobre el hemisferio, una que permitiera a los Estados Unidos actuar como el único garante de su libertad" (p. 23).
La base del argumento de Grandin consiste en que, cuando Adams sotiene que el sistema americano era “política y moralmente superior” al del Viejo continente, estaba creando un marco legal donde las leyes internacionales comunes (que regían en Europa) no se aplicaban de la misma forma en América, dejando a EE. UU. como el único árbitro de la política continental.
El autor destaca una ambigüedad en el discurso de Adams cuando utiliza los términos "libertad" e "independencia" ya que ellos servirían de base para lo que Grandin llama un "imperio informal", donde la “libertad” del hemisferio dependería de la protección estadounidense. Dicho sea de paso, Adams creía firmemente que territorios como Cuba o partes de México eventualmente "caerían por gravedad" hacia la órbita de influencia de los Estados Unidos.
En segundo lugar, es importante señalar que en un primer momento la “Doctrina Monroe” no recibió el título de "doctrina"; ese término empezó a usarse décadas después (alrededor de 1850) cuando otros presidentes, como James K. Polk (1845-1849), rescataron ciertos párrafos para justificar la expansión norteamericana hacia el oeste y el control regional. En su Primer Mensaje Anual al Congreso el 2 de diciembre de 1845 el nuevo presidente James K. Polk "rescató" los principios fundamentales de Monroe y Quincy Addams para justificar la premisa del Destino Manifiesto, es decir, la creencia de que Estados Unidos estaba destinado por Dios a extenderse de costa a costa de los territorios de Norteamérica. Así se fue transformando la premisa defensiva en un soporte ofensivo de la política exterior norteamericana.
3. El "Corolario Roosevelt" (1904)
A principios del siglo XX, muchos países latinoamericanos tenían grandes deudas con bancos europeos. Cuando Europa amenazó con intervenir militarmente para cobrar esas deudas, como en el bloqueo naval a Venezuela en 1902 por parte de Alemania, Inglaterra e Italia, el canciller argentino Luis María Drago envió una carta histórica a Washington donde postulaba que la deuda pública no podía justificar la intervención armada de potencias extranjeras. Su postura sostenía que ninguna potencia extranjera (incluida EE. UU.) podía utilizar la fuerza militar contra una nación americana para cobrar deudas públicas. Su fundamento radicaba en que los capitalistas que prestan dinero a un Estado asumen un riesgo, y no pueden pedir a sus gobiernos que declaren la guerra si el país deudor entra en crisis. La “Doctrina Drago” (1902) fue el primer gran intento de América Latina por poner límites legales al intervencionismo norteamericano convirtiéndose en un principio fundamental del derecho internacional.
Sin embargo, la respuesta de Estados Unidos no fue de solidaridad jurídica, sino de tutela hegemónica. El presidente Theodore Roosevelt, a través del Mensaje Anual del presidente al Congreso del 6 de diciembre de 1904, respondió con una reinterpretación de la Doctrina Monroe que transformaba el principio de "no intervención europea" en un derecho de "intervención preventiva" estadounidense. Con ello, la interpretación de la doctrina Monroe cambiaría radicalmente. Esta nueva proclama fue bautizada como el "Corolario Roosevelt". La premisa central consistía en lo siguiente: si un país latinoamericano es "crónicamente inestable" o no paga sus deudas, Estados Unidos tiene el derecho de intervenir como "policía internacional" para evitar que Europa lo haga.
Las palabras literales más famosas de ese mensaje fueron:
"Una falta de rectitud crónica o una impotencia que resulte en un relajamiento general de los lazos de la sociedad civilizada [como el incumplimiento de contratos financieros], puede requerir finalmente, en América como en otras partes, la intervención de alguna nación civilizada; y en el Hemisferio Occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligar a los Estados Unidos, aunque sea contra su voluntad, en casos flagrantes de tales faltas o impotencia, al ejercicio de un poder de policía internacional." (Roosevelt, 1904).
Ante el riesgo de que las potencias europeas utilizaran el cobro de deudas como pretexto para establecer una presencia militar permanente en América — contraviniendo la Doctrina Monroe—, Roosevelt propuso una intervención preventiva. Bajo esta lógica, Estados Unidos asumiría la administración de las aduanas locales para garantizar los pagos a los acreedores extranjeros, desplazando así cualquier justificación para una incursión europea.
Roosevelt temía que el impago de deudas sirviera de excusa para una presencia europea permanente que violara la Doctrina Monroe. Para evitarlo, propuso que Estados Unidos interviniera preventivamente tomando el control de las aduanas de estos países.
Esta lógica sentó las bases de la política del “Big stick” o Diplomacia del Gran Garrote, una política que no solo buscaba cobrar deudas, sino blindar el control estadounidense sobre el futuro Canal de Panamá, expulsar la influencia europea del Caribe y asegurar un entorno estable para las inversiones de las corporaciones norteamericanas. Bajo este pretexto, la Infantería de Marina de EE. UU. ocuparía naciones como Nicaragua, Haití y la República Dominicana, transformando el rol de Washington de simple vecino a 'policía internacional' del hemisferio, lo que dio lugar a las llamadas "Guerras Bananeras" en la zona del Caribe.

4. El ascenso de la "Doctrina Donroe" o el "Policía Hemisférico" 2.0:
A pesar de que, en noviembre de 2013, John Kerry —entonces secretario de Estado bajo la administración de Barack Obama— declaró formalmente ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) que «la era de la Doctrina Monroe ha terminado», un gesto que fue recibido con ovación por las delegaciones de América Latina y el Caribe, el panorama geopolítico actual evidencia una regresión hacia las lógicas intervencionistas del Corolario Roosevelt. Este giro ideológico comenzó a fraguarse en abril de 2019, cuando el entonces asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, desafió el consenso previo al proclamar que la Doctrina Monroe se encontraba «viva y bien», estableciendo una advertencia explícita ante la creciente influencia de potencias extrarregionales como China y Rusia en el eje Venezuela-Cuba.
Sin embargo, lo que inicialmente se presentó como una reinterpretación retórica de la seguridad hemisférica alcanzó su clímax operativo en enero de 2026. Bajo la dirección estratégica del secretario de Estado, Marco Rubio, la administración Trump ha materializado una actualización coercitiva de los principios de 1823. Esta nueva fase, fundamentada en un marco legal y operativo de carácter unilateral, se consolidó el pasado 3 de enero de 2026 con la captura de Nicolás Maduro. Este acto, justificado bajo una versión remozada del “derecho de intervención”, marca el abandono definitivo del derecho internacional en favor de una renovada hegemonía que retoma la figura del «Policía Internacional» del siglo pasado.
Este renovado enfoque ha sido rebautizado coloquialmente como la "Doctrina Donroe". El término - que apareció por primera vez en la portada del New York Post en enero de 2025 para describir la política de "mano dura" hacia América Latina -, ha sido adoptado con entusiasmo por el propio Trump. Tras la operación contra Maduro, el mandatario afirmó haber "superado con creces" el legado de 1823, utilizando el juego de palabras "Donroe" de manera oficial en sus redes sociales el pasado domingo 4 de enero de 2026, consolidando así una nueva era de intervención hemisférica. En una publicación que incluía imágenes de él supervisando la operación junto a su gabinete, escribió:
"La misión 'Resolución Absoluta' ha sido un éxito total. Nuestra 'Doctrina Donroe' persigue la paz en el mundo y asegura que nuestro hemisferio sea libre de dictadores y potencias extranjeras hostiles. ¡América primero, siempre!".
En la misma línea, el término oficial para esta política sería "Corolario Trump". Este término fue acuñado primero como un eslogan de campaña y después de su reelección pasó a ser adoptado tanto por analistas internacionales como oficialmente por la propia administración Trump. En la Estrategia de Seguridad Nacional publicada a finales de 2025, el gobierno de Donald Trump incluyó explícitamente una sección titulada: "El Corolario Trump a la Doctrina Monroe".
Trump sostiene que la seguridad de Estados Unidos es inseparable de la estabilidad del hemisferio. Mientras que la Doctrina Monroe buscaba alejar a las monarquías europeas, Trump afirma que su misión es expulsar las influencias de Rusia, China e Irán en la región, a quienes acusa de utilizar a Venezuela como una plataforma contra Estados Unidos. El presidente ha declarado que ahora EE. UU. está “al mando” (we’re in charge) y ha advertido que lo ocurrido en Caracas es un mensaje para otros líderes de la región —citando específicamente a Colombia y Cuba— que no se alineen con la “arquitectura de seguridad” de Washington.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha sido el encargado de darle un barniz diplomático a esta política. En entrevistas recientes, como en Face the Nation, Rubio ha explicado que este “corolario” implica que el hemisferio occidental es “nuestro” y que no se negociará la preeminencia de Estados Unidos frente a competidores como China, Rusia o Irán.
En su primera rueda de prensa oficial del año, celebrada el lunes 5 de enero de 2026 desde su residencia en Mar-a-Lago, Florida, Trump afirmó:
“Muchos dicen que estamos usando la Doctrina Monroe, y es verdad, es una doctrina fantástica. Pero ahora es mucho más fuerte. Llámenla Doctrina Monroe, llámenla Doctrina Donroe… lo importante es que ahora nosotros mandamos en este hemisferio y no vamos a pedir permiso para proteger nuestras fronteras o nuestros recursos”.
De un tiempo a esta parte, la prensa internacional y los analistas de seguridad han acuñado el término “Policía Hemisférico 2.0” para describir las políticas de “defensa continental” aplicadas por el gobierno de Trump. Lo llaman “2.0” para diferenciarlo del “Policía Internacional” de 1904 de Roosevelt. Mientras que el modelo original se enfocaba en las deudas bancarias, el actual se centra en las redes criminales transnacionales y en el uso de tecnología de vigilancia.
El término se volvió viral tras una influyente portada de The Economist publicada en diciembre de 2025, con el título “The Hemispheric Policeman 2.0: Trump’s New Order in the Americas”, donde se describía cómo la administración Trump utilizaba fuerzas de operaciones especiales y drones de última generación para “patrullar” la región, tratando a los países latinoamericanos ya no solo como aliados soberanos, sino como jurisdicciones bajo tutela norteamericana.
5. Conclusiones: De la autodefensa hemisférica al renovado "Gran Garrote".
Hemos visto cómo, en sus orígenes, la Doctrina Monroe nació en 1823 con un carácter eminentemente defensivo, orientado a proteger la independencia de las jóvenes repúblicas latinoamericanas frente a las ambiciones de la Santa Alianza europea. Bajo el lema “América para los americanos”, se buscaba establecer una coraza defensiva contra el colonialismo.
Sin embargo, esta coraza inicial sufrió una metamorfosis radical a comienzos del siglo XX. Con el Corolario Roosevelt, la doctrina abandonó su espíritu protector para convertirse en una justificación imperialista: Washington ya no solo prohibía la intervención europea, sino que se arrogaba el derecho exclusivo de intervenir a su antojo en la región. Bajo la figura del “Policía Internacional”, Roosevelt institucionalizó la Política del Gran Garrote, transformando la soberanía de los países vecinos en una concesión revocable.
Esta evolución confirma lo que el historiador Leandro Morgenfeld (2023) sostiene al afirmar que:
“A dos siglos de su formulación, la Doctrina Monroe no debe ser vista como un objeto de estudio puramente histórico, sino como una matriz política viva y adaptable. A través de sus diversos corolarios, ha pasado de ser un postulado defensivo contra el colonialismo europeo a una herramienta de hegemonía unilateral que Washington reactiva ante la aparición de competidores globales en lo que considera su esfera de influencia natural. Hoy, esta lógica de ‘protección’ se traduce en una tutela sobre los recursos estratégicos de la región, confirmando que la ‘América’ que pregonaba Monroe sigue siendo, en la visión estratégica estadounidense, una extensión de su propia seguridad nacional” (p. 14).
Precisamente, ese fantasma resurge hoy bajo lo que los analistas denominan la “Doctrina Donroe”. En esta nueva etapa, el despliegue de fuerzas bajo la retórica de la seguridad nacional se manifiesta como un “Policía Hemisférico 2.0”, que reactiva la Doctrina Monroe no para liberar al continente, sino para blindar el control de sus recursos —como el petróleo venezolano— frente a nuevos rivales globales.
Ante esta amenaza de una intervención norteamericana renovada, la Doctrina Drago —nacida hace más de cien años en suelo latinoamericano— recupera una vigencia crítica. No se trata solo de un precepto legal, sino de un escudo de soberanía: la afirmación de que los problemas económicos o políticos de una nación deben resolverse dentro de sus fronteras y no bajo la bota de un “policía” extranjero. Frente al “Gran Garrote” del presente, la unidad continental debe apoyarse en la legalidad internacional para recordar que América Latina no es el “patio trasero” de nadie, sino una región de Estados soberanos que rechazan la fuerza como método de cobro o control político.
Bibliografía
Drago, L. M. (1902, 29 de diciembre). Nota del Ministro de Relaciones Exteriores de la República Argentina a su Representante en Washington sobre el cobro compulsivo de deudas públicas. Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Buenos Aires, Argentina.
Grandin, G. (2006). Empire's Workshop: Latin America, the United States, and the Rise of the New Imperialism. Metropolitan Books.
Monroe, J. (1823, 2 de diciembre). Seventh Annual Message to Congress [Mensaje Anual del Presidente al Congreso]. Records of the United States Senate, Record Group 46. National Archives, Washington D. C., Estados Unidos.
Morgenfeld, L. A. (2023). Nuestra América frente a la Doctrina Monroe: 200 años de disputas. CLACSO.
Roosevelt, T. (1904, 6 de diciembre). Mensaje Anual del Presidente al Congreso. Archivos Nacionales de EE. UU.













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