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Cuando todo es socialismo: el delirio del absurdo

hace 2 días
10 min de lectura



De la propaganda digital a la disolución del sentido: cómo el afán revisionista de etiquetar al fascismo, al tradicionalismo ibérico y al Estado moderno como "colectivismo marxista" transforma la historia del siglo XX en una farsa universal donde hasta Pinochet, Franco, Salazar y la OTAN resultan camaradas.


De  la esvástica al comunismo tridentino


En los últimos años, el ecosistema de debates en redes sociales, podcasts de divulgación doctrinaria y tribunas de la ultraderecha contemporánea ha popularizado una consigna que pretende erigirse en revelación definitiva: Hitler era socialista porque su partido se llamaba Nacionalsocialista. Lo que en principio podría descartarse como una ingenuidad etimológica —propia de quien creyese que la República Democrática Popular de Corea es una democracia ejemplar o que el Sacro Imperio Romano Germánico no era ni sacro, ni romano, ni imperio— se ha convertido en una pieza angular de la retórica revisionista.


El argumento subyacente sostiene que cualquier injerencia del Estado en la economía, cualquier política de gasto público, corporativismo orgánico o planificación dirigida constituye, en última instancia, una manifestación del socialismo. La lógica es simple: a la derecha se sitúa la ausencia absoluta de intervención estatal, la sacralización del libre mercado y el individualismo metodológico; a la izquierda, por descarte ontológico, todo lo demás.


Aceptemos por un momento la premisa y llevemos esta tesis hasta sus últimas consecuencias analíticas. No nos detengamos a mitad de camino. Apliquemos con rigor geométrico el canon metodológico de estos publicistas: si intervenir la producción, someter al capital privado a los fines del Estado y apelar a la retórica comunitaria convierte a Adolf Hitler en un émulo de Karl Marx, el mapa político global exige una reescritura total.


Para empezar, Benito Mussolini, quien tras abandonar el Partido Socialista Italiano fundó los Fasci Italiani di Combattimento y formalizó la doctrina del corporativismo («Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado»), se convierte de inmediato en un revolucionario bolchevique de camisa negra. La Carta del Trabajo de 1927 y el intervencionismo masivo a través del Instituto para la Reconstrucción Industrial (IRI) ya no serían la fórmula del régimen italiano para salvar al capitalismo peninsular de la crisis de 1929 subordinándolo a la oligarquía militar, sino una avanzada soviética camuflada con águilas imperiales.


Pero la reducción al absurdo cobra una dimensión aún más sublime en la península ibérica. Siguiendo este mismo rigor analítico, es forzoso sumar a este panteón revolucionario a dos conspicuos líderes de la hoz y el martillo espiritual: el generalísimo Francisco Franco en España y el profesor António de Oliveira Salazar en Portugal.


Franco, militar devoto que encabezó una sangrienta "Cruzada" bendecida por la Iglesia católica, fundó el régimen del nacionalcatolicismo apoyado en Falange Española Tradicionalista y de las JONS. Durante las dos primeras décadas de su dictadura, el caudillo impuso una autarquía económica férrea, fijó precios oficiales, controló el comercio exterior mediante el Instituto Nacional de Industria (INI) y organizó el Sindicato Vertical para someter tanto a patronos como a obreros bajo la tutela del Estado. Bajo la lente de nuestros sabios contemporáneos, Franco no fusilaba comunistas ni clausuraba logias masónicas: era, sin lugar a dudas, un bolchevique con mantilla y escapulario, empeñado en construir un comunismo falangista tutelado por los obispos.


Al otro lado de la frontera, en Portugal, el sobrio y beato Oliveira Salazar erigió el Estado Novo. Inspirado en las encíclicas papales Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, Salazar prohibió la huelga, aborreció el liberalismo burgués, reguló gremios corporativos corporativos y convirtió la moral católica más estricta en ley de la República. Pues bien: como Salazar desconfiaba del libre mercado y del individualismo anglosajón, la conclusión es implacable: el austero profesor de Coímbra fue un camarada radical que lideró un insólito "comunismo tridentino", gestionado con sotana y bendecido por la Virgen de Fátima.


Y si cruzamos los océanos hacia el tercer integrante del Pacto Tripartito de 1940, el cuadro se completa: el Imperio del Japón. La casta militarista de Tokio, educada en el código bushido, subordinada a los grandes monopolios familiares (zaibatsu) y unificada políticamente en la Asociación de Asistencia al Régimen Imperial (Taisei Yokusankai), se convierte por decreto en una dictadura socialista militarizada. En la cúspide de esta colosal impostura teórica encontramos al mismísimo emperador Hirohito, figura sacra y descendiente directo de la diosa solar Amaterasu, transformado de pronto por la pluma de nuestros revisionistas en el líder supremo de un "socialismo sintoísta".


El "socialismo" en las dictaduras del Cono Sur


El verdadero colapso intelectual de este silogismo aparece en la posguerra, concretamente a lo largo de las rutas de evasión (ratlines) que facilitaron la fuga de jerarcas de las SS y agentes de la Gestapo hacia Sudamérica.


Si los nazis eran socialistas, los hombres que desembarcaron en las costas del Río de la Plata y en los puertos brasileños debían de ser abnegados militantes empeñados en continuar la revolución proletaria en tierras americanas. Entre ellos destacaba Adolf Eichmann —responsable logístico de la deportación y asesinato sistemático de seis millones de judíos durante la "Solución Final"—, quien vivió plácidamente bajo el seudónimo de Ricardo Klement en Argentina, prestando sus servicios mecánicos e industriales mientras esperaba la resurrección del Reich. A su lado figuraba el doctor Josef Mengele, el infame "Ángel de la Muerte" de Auschwitz, cuyas atroces torturas y experimentos biológicos en mujeres y gemelos habrían sido, bajo la nueva doctrina, una suerte de programa de vanguardia de la sanidad socialista en los cafetales de São Paulo.


Sin embargo, estos refugiados de la esvástica no se incorporaron a los sindicatos clasistas ni se sumaron a las incipientes guerrillas de liberación nacional. Por el contrario, se integraron con una naturalidad pasmosa en el tejido social, empresarial y de inteligencia de las élites conservadoras y los regímenes militares más acérrimamente anticomunistas de la región.


Tomemos el caso de Klaus Barbie, el brutal jefe de la Gestapo en Lyon, recordado por el asesinato del líder de la resistencia francesa Jean Moulin. Tras escapar a través de la red vaticana con complicidad de los servicios secretos estadounidenses, Barbie se instaló en Bolivia bajo el alias de Klaus Altmann, pasando temporadas en Perú. Allí no alfabetizó campesinos ni leyó El Capital: operó como asesor de seguridad, negociador de armas y colaborador central en el sangriento golpe militar de 1980 perpetrado por Luis García Meza, un régimen vinculado al narcotráfico y a las brigadas de choque ultraderechistas apodadas "los Novios de la Muerte". ¿Era Barbie un agente encubierto de la Internacional Socialista?


La ironía histórica roza el paroxismo en Chile. En 1961, el ex suboficial del ejército alemán y predicador evangelista Paul Schäfer fundó en la precordillera andina la enigmática Colonia Dignidad. Aislada del resto del mundo bajo un régimen de trabajo forzado, pedofilia sistemática y terror psicológico, la colonia se convirtió, a partir de 1973, en un centro clandestino de detención, tortura y exterminio al servicio de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) de Augusto Pinochet.


Si sostenemos que la ideología de Schäfer era germánica y nacionalsocialista —y por ende, "socialista"—, y si consideramos que su complejo colaboró de forma decisiva en la logística del terror de Estado del pinochetismo, la conclusión inevitable de la ultraderecha es cómica: el golpe contra Salvador Allende no habría derrocado al marxismo para instaurar un modelo monetarista tutelado por los Chicago Boys, sino que habría sido la alianza entre un general de la República y un enclave de colonos nacionalsocialistas para imponer... una dictadura socialista.


La misma aberración conceptual aplica a la dictadura de Alfredo Stroessner en Paraguay, quien acogió a prófugos como Josef Mengele y Eduard Roschmann, modernizando la policía política y la persecución implacable al comunismo con técnicas aprendidas de instructores con pasado en el Tercer Reich. Y alcanza también a la Junta Militar de la dictadura argentina (1976-1983), cuya doctrina de Seguridad Nacional, impregnada de antisemitismo visceral en centros de tortura donde colgaban esvásticas, perseguía y desaparecía a militantes de izquierda mientras —según el absurdo imperante— ejecutaba una variante criolla de la barbarie colectivista.


Del New Deal a la OTAN: el planeta entero atrapado en el Leviatán socialista


Pero el alcance de esta lente deformante no se conforma con Sudamérica ni con Europa del Este. Si el socialismo equivale a la presencia de un Estado regulador, obra pública, impuestos progresivos y sistemas de seguridad social, el epicentro del socialismo atlántico estuvo ubicado, nada menos, que en Washington D. C.


En 1933, Franklin Delano Roosevelt asumió la presidencia de los Estados Unidos en medio de la peor debacle económica del sistema capitalista. Su respuesta fue el New Deal: regulación financiera a través de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), seguro federal de depósitos bancarios, inversión pública colosal en represas y carreteras mediante la Works Progress Administration (WPA), reconocimiento del derecho a la huelga y la creación del Seguro Social (Social Security Act). Inspirado teóricamente por las ideas de John Maynard Keynes —quien buscaba salvar al capitalismo de sus propias crisis de subconsumo mediante el estímulo de la demanda agregada—, Roosevelt refundó la economía política occidental.


Para Friedrich Hayek, quien en 1944 publicó Camino de servidumbre, estas concesiones intervencionistas marcaban el inicio de un tobogán irremediable que transformaría a las democracias anglosajonas en Estados totalitarios idénticos a la Alemania nazi o a la Unión Soviética. Visto desde la óptica de los apologistas del libre mercado radical contemporáneo, Roosevelt no salvó al capitalismo norteamericano de la quiebra: fundó el socialismo yanqui.


Y la cadena se vuelve interminable. Dado que los presidentes posteriores —el demócrata Harry S. Truman con su Fair Deal, el republicano Dwight D. Eisenhower consolidando el sistema interestatal de autopistas y manteniendo los tipos marginales del impuesto sobre la renta por encima del 90%, John F. Kennedy impulsando reformas sociales y Lyndon B. Johnson proclamando la Great Society con Medicare y Medicaid— no demolieron el Estado de bienestar, toda la política exterior estadounidense entre 1945 y 1970 fue gestionada por sucesivos regímenes socialistas.


Llegamos así a la paradoja culminante de la Guerra Fría: Bajo esta lógica, el escenario global de la época quedaba reducido a un insólito tablero donde todos compartían el mismo signo: la Unión Soviética como régimen de planificación centralizada, la República Popular China bajo el modelo maoísta, una Europa Occidental administrada por fuerzas socialdemócratas y democristianas comprometidas con el Estado de bienestar keynesiano, el Portugal de Salazar aportando un singular socialismo corporativo y piadoso dentro de la propia OTAN, y los Estados Unidos erigidos en un imperio del gasto militar, el intervencionismo federal y la moneda fiduciaria.


En consecuencia, el Tratado del Atlántico Norte firmado en 1949, que dio origen a la OTAN —financiada por el erario público estadounidense, coordinada con las administraciones laborales británicas y con el régimen corporativista salazarista como socio fundador—, deja de ser la alianza militar del bloque occidental para convertirse en una corporación militar socialista erigida para contener a otra potencia socialista. Para el año 1965, bajo este marco explicativo, el 100% de la superficie terrestre, desde el Pentágono hasta el Kremlin, desde el Palacio de El Pardo hasta la Casa Rosada y el Palacio Imperial de Tokio, estaba bajo la bota del socialismo.


En esta cosmogonía delirante, Karl Marx deja de ser un filósofo renano del siglo XIX que teorizó sobre la plusvalía y la lucha de clases para convertirse en un demiurgo: el creador material de la totalidad de las estructuras institucionales del planeta Tierra, capaz de engendrar tanto a los gulags de Siberia como al cuartel general de la CIA, pasando por las misas de Franco, los desfiles de Núremberg y las reuniones del Fondo Monetario Internacional.


La disolución del significado: anatomía cognitiva de la conspiración doctrinaria


Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿Tiene todo esto algún sentido histórico, sociológico o económico?


La respuesta académica es tajante: ninguno. El nazismo preservó la propiedad privada de los medios de producción, destruyó a los sindicatos independientes, exterminó físicamente a comunistas y socialistas en los campos de concentración y enriqueció a conglomerados industriales capitalistas como Krupp, Thyssen, IG Farben y Deutsche Bank mediante contratos armamentísticos y mano de obra esclava. El corporativismo fascista, falangista o salazarista no fue la abolición del capital por el trabajo, sino la subordinación forzosa del trabajo a las jerarquías tradicionales del capital bajo el mando del partido único y las oligarquías militares o eclesiásticas. Confundir la movilización económica para la guerra o el intervencionismo tutelar con el socialismo es ignorar cinco siglos de historia económica.


Entonces, ¿qué tiene que ocurrir en la cabeza de una persona para creer sinceramente en semejante disparate y sostenerlo en foros públicos? Para comprender este fenómeno cognitivo y comunicacional, es necesario desentrañar tres operaciones psicológicas e ideológicas que operan simultáneamente en la mente del consumidor y productor de propaganda revisionista:


1. El maniqueísmo binario y la hipertrofia categorial


El pensamiento conspirativo y la polarización extrema exigen un universo moral simple, desprovisto de matices históricos. La mente dogmática no tolera la existencia de un continuo político o de múltiples ejes de confrontación (autoritarismo vs. democracia, nacionalismo vs. internacionalismo, libre mercado vs. regulación, laicismo vs. clericalismo). Solo existen dos categorías ontológicas: el Bien (asociado a la libertad individual absoluta y la sacralidad de la propiedad privada sin ataduras) y el Mal (el colectivismo, el Estado, la pérdida de autonomía personal).


Al operar con esta plantilla binaria, cualquier fenómeno que no coincida con el ideal abstracto del libre mercado puro debe arrojarse al saco del Mal. Puesto que el siglo XX fue el siglo de la consolidación del Estado fiscal, del monopolio de la violencia legítima y de la regulación económica, el mundo entero se convierte en una anomalía monstruosa que recibe un solo nombre: socialismo. El término pierde toda precisión analítica para operar como un contenedor semántico del oprobio, un insulto despolitizado donde caben indiferentemente Stalin, Hitler, Franco, Keynes, Pinochet o un inspector de hacienda.


2. El lavado de culpa y la conveniencia de la deshistorización


Para los publicistas de la ultraderecha contemporánea, admitir que el fascismo y el nazismo fueron fenómenos nacidos de la reacción nacionalista, conservadora, racista y anticomunista representa una carga política insoportable. Durante décadas, el espectro de Auschwitz y los horrores del totalitarismo de derechas han funcionado como un límite moral infranqueable para los discursos de odio xenófobos y etnonacionalistas.


Al endosarle la paternidad del nazismo y del fascismo a la izquierda bajo el truco de la palabra "socialista", los ideólogos de la nueva derecha ejecutan una magistral maniobra de prestidigitación: limpian su propio linaje ideológico de toda proximidad con el autoritarismo, proyectan todos los genocidios del siglo XX sobre sus adversarios políticos y se blindan ante cualquier crítica. Si Hitler era socialista y Franco un intervencionista estatal, entonces nadie a la derecha de Murray Rothbard o Milton Friedman puede ser acusado jamás de autoritarismo; cualquier intento de redistribución de la riqueza o regulación ambiental queda inmediatamente asimilado a la antesala del totalitarismo.


3. La conspiración redentora frente a la complejidad moderna


Creer que el mundo entero es socialista ofrece un confort psicológico formidable: convierte al creyente en parte de una vanguardia lúcida y selecta. La realidad contemporánea —marcada por la financiarización desregulada, el cambio climático, la desigualdad estructural y la complejidad burocrática— resulta abrumadora y difícil de aprehender.


Asumir, en cambio, la fábula de que un hilo conductor secreto une a Roosevelt con Mao, a la Virgen de Fátima de Salazar con las SS y a los bancos centrales con el marxismo cultural, transforma el caos en una narrativa inteligible con culpables claros y héroes solitarios. El militante ya no es un ciudadano perplejo ante las crisis del capitalismo tardío; es un cruzado de la verdad que ha descubierto que el general Franco, el emperador Hirohito, Klaus Barbie y la seguridad social británica forman parte del mismo plan orquestado por el demiurgo de Tréveris.


Cuando todo es socialismo, nada es socialismo. La palabra se desintegra en el aire, la historia se reduce a un meme de fácil consumo digital y el debate democrático se transforma en un carnaval donde la ignorancia premeditada desfila con uniforme de gala.


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