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Cuando falla el Tercero: Liceo Naval y Cornell

hace 13 horas
3 min de lectura



Cada cierto tiempo, un caso estalla en los medios y se vuelve munición para el reclamo de siempre: más penas, más cárceles, más Bukeles. Pero detrás del ruido hay una pregunta que casi nunca nos hacemos: ¿qué falló antes de que ocurriera lo que hoy queremos castigar?


¿Qué falló con los chicos del Liceo Naval y con los de la Universidad de Cornell?


Falló el Tercero de la Ley: esa Ley con mayúscula que se interpone entre un cuerpo y otro, entre un deseo y otro.  Sin ella, la relación entre dos queda librada a la fuerza o al deseo del más poderoso. Es un orden simbólico que las familias, la escuela, el Estado y las instituciones deben sostener, regular y hacer cumplir, y que solo existe donde el poder está limitado, rinde cuentas y no se confunde con la voluntad de quien lo ejerce.


La familia abdica


La función del tercero opera desde temprano en la familia. Allí se aprende, o no, que el deseo propio encuentra un tope. Cuando ese tope no existe, o cuando lo que se transmite es que todo se puede, que es en el otro, en el prójimo, donde se puede descargar la agresividad, explotar su trabajo, usar su cuerpo sexualmente sin consentimiento o humillarlo, se llega a la adolescencia y a la adultez sin haber hecho el duelo por ese "no todo". 


La deriva de  transgresión y violencia de los jóvenes que hoy tratamos de entender sería, entonces, consecuencia de una transmisión perversa. Recalcati señala que nuestra época hipermoderna promueve una herencia perversa colectiva: el imperativo del consumo y de la satisfacción sin límite ("¡Disfruta a toda costa!").


La institución funciona como grupo


Dos casos, en hemisferios distintos, muestran que la institución llamada a mediar se volvió parte del problema: la adhesión al grupo reemplazó a la Ley. En el Liceo Naval, la lógica del cuerpo, la jerarquía y la lealtad al uniforme ocuparon su lugar. En la universidad norteamericana operó algo similar: pertenecer exigía complicidad y pacto de silencio como prueba de lealtad.


La falla no terminó ahí. En Cornell, la fiscalía local concluyó que los hechos no constituían delito, y el caso se reabrió solo por la visibilidad de la demanda civil y la presión mediática. Ni el Liceo ni Cornell necesitaban penas más duras para evitar lo ocurrido, sino instituciones que supervisaran y procesaran las denuncias protegiendo a las víctimas y no a sí mismas.


La autoridad que se coloca por fuera de la ley


Freud imaginó en el origen de la cultura una horda gobernada por un padre que se reservaba todo el goce. Solo cuando los hermanos lo mataron y pactaron que ninguno ocuparía su lugar, nació la Ley. Claude Lefort llamó a esto el lugar vacío del poder y lo vio como la marca de la democracia: los gobernantes representan el poder, pero no lo encarnan. En una democracia, quien gobierna ocupa ese lugar de manera provisional, sometido a la ley y al escrutinio público.


Cuando el presidente de Estados Unidos, denunciado por violación y declarado responsable de abuso sexual en un juicio civil, se solidariza con los acusados de una violación grupal y denigra a la fiscal que decide reabrir la investigación, actúa como el padre de la horda: exceptuado de la Ley, gozando sin consecuencias y ofreciéndose como modelo de identificación. No debería sorprendernos que las fraternidades y las "manadas" encuentren en esas figuras de poder un ideal y no una conducta digna de condena.


Restituir el tercero


La respuesta no es más penas ni más cárcel. Es restaurar el rol preventivo de las instituciones antes de que estallen las tragedias o los escándalos mediáticos. Eso exige un sistema capaz de acoger y procesar las denuncias, aunque desafíen el statu quo, y de hacer que el engranaje judicial opere por procedimiento regular y no por presión. Exige también blindar a jueces y periodistas contra toda persecución, para que ejerzan su labor con verdadera independencia.


Pedirle a una institución que rinda cuentas por lo que omitió es más difícil que pedir una pena mayor para un individuo o un grupo de jóvenes, porque toca jerarquías y reputaciones. Por eso resulta tan tentador el discurso populista punitivo: promete orden sin tocar a nadie con poder. Defender la democracia es defender que exista un tercero ante el cual todos, empezando por el poder, deban responder.


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