Fuimos colonia, y no nos compadezcan

En los últimos años, una ola de revisionismo histórico ha inundado las redes sociales. Este neohispanismo está muy interesado en convencer que no fuimos colonias, sino reinos.
Como todo revisionismo busca alterar el consenso histórico establecido. Pero en sus objetivos hay más de convicciones ideológicas con intereses políticos que una seria investigación histórica con descubrimientos tales que permitirían cuestionar la verdad vigente. Es en realidad negacionismo pues pretende borrar la violencia del proceso colonial y, más bien, reemplazarla por una narrativa de "obra civilizadora". Omite sistemáticamente el colapso demográfico indígena y su sometimiento forzado, así como la esclavitud de las poblaciones de origen africano.
De los exponentes del neohispanismo, especialmente provocadores son los latinoamericanos, entre los que hay de todo, desde profesionales en humanidades, pasando por abogados e ingenieros, hasta quienes se creen héroes, con traje incluido; una mise en scène que, paradójicamente, nos envía el mensaje de que todo su discurso disfraza los verdaderos deseos ideológicos. Con una mezcla de nostalgia imperial y vulgarización (nunca mejor utilizada la palabra) digital, insisten en una tesis que presentan como "revolucionaria": que América nunca tuvo colonias, sino "reinos autónomos" integrados en igualdad de condiciones a la Monarquía Hispánica. Según esta corriente, las Leyes de Indias y los privilegios de la nobleza indígena probarían que el Perú o México eran tan España como Castilla o Andalucía.
Aunque en su momento se abusó mucho de las implicancias del concepto "herencia colonial", basta apenas repasar los inicios del Perú republicano, o las relaciones entre latifundistas y campesinos, o la discriminación que vimos tan presente en el conflicto armado interno, y que volvimos a padecer en la represión a las movilizaciones sociales de diciembre 2022 y enero 2023, para concluir que resulta innegable la presencia de una herencia. ¿Este Perú racista y "cruel" —al decir de Basadre— que vivimos es sólo producto del pasado colonial? Claro que no: en la República pusimos nuestra cuota para explicar lo que somos hoy, también negamos la heterogeneidad, la diversidad que nos era constitutiva, a veces de modo aún más discriminador ¿No será, en parte, porque aquel presente mostraba claras huellas de un pasado colonial?
Para desnudar al negacionismo no basta con indignarse ni apelar al sentido común; hay que recurrir a la historia conceptual. Reinhart Koselleck (1993) explicaba que los conceptos poseen una profunda historicidad. No son fijos, son estructuras dinámicas cuya carga semántica depende de su época, actuando como horizontes que concentran la experiencia vivida y configuran la realidad: registran el cambio social a la vez que lo impulsan.
El negacionismo comete un anacronismo al desvincular las palabras de su tiempo. Un análisis riguroso de la trayectoria y mutación de los conceptos "colonia" y "reino" bajo el examen de sus estructuras materiales demuestra que, en la práctica semántica y política de la época, el Perú operó como una colonia. Durante los siglos XVI y XVII, la burocracia de Madrid prefirió el término "reino" en su sentido teológico para dotar al Rey de una legitimidad providencial ante sus súbditos y, en especial, ante la Iglesia Católica
Asumir que fuimos colonia no es un acto de autocompasión, sino un ejercicio de madurez que acepta la historicidad de nuestra propia historia. No se trata tampoco de negar nuestra realidad occidental actual. Pero ello es parte de nuestra riqueza, no el único ingrediente.
El Perú es producto, sin duda, del contacto de esas tres grandes culturas que fueron la andina, la occidental y la africana. Pero eso no niega, ni la violencia inicial (o prolongada) ni el estatus de facto de colonia, aunque nos llamaran reino, ni las huellas de una mentalidad que se creía superior a las poblaciones originarias. La fecha de nacimiento del Perú debe hacernos reconocer el innegable aporte hispánico a nuestra cultura: idioma, universidades, iglesias, pinturas; y también dominación, extracción y organización social en repúblicas supuestamente sin contacto, o en una sociedad de castas. Por si acaso, para los negacionistas, nuestro concepto actual de república no tiene mucho que ver con aquel de república de españoles y república de indios.
El andamiaje de este hispanismo pop se tambalea cuando es confrontado por la academia seria. En su tan magnífica como demoledora reseña, el historiador peruano José Carlos de la Puente Luna expone las falacias metodológicas de Rafael Aita en Los Incas hispanos. De la Puente Luna (2025) equipara los argumentos de ese negacionismo con un truco de magia infantil donde se le pide al espectador "creer para ver". Muestra cómo se descontextualizan las fuentes, o se las toma descuidadamente de internet, siendo que el neohispanismo termina reduciendo el pasado a un absurdo. La asimilación de ciertos nobles incas al orden virreinal no fue una muestra de igualdad democrática avant-la-lettre, sino una estrategia colonial de cooptación. Presentar a los "incas hispanos" como el centro de una idílica fusión espiritual es de una profunda deshonestidad intelectual que inventa una fantasía, que manipula una media verdad, antes que estudiar a los actores históricos con sus tragedias, contradicciones y también agencias y logros.
Aunque hayan existido incas católicos, ello no alcanza para negar la situación colonial del tiempo virreinal. En el Perú, fuimos un Virreinato, es imposible negarlo; pero no fuimos un reino, más allá de lo que podamos leer en algún testamento, decreto o real cédula. El neohispanismo da cuenta de una enorme ingenuidad (en el peor sentido de la palabra) a la hora de leer las fuentes primarias. Las cree a pie juntillas, cuando eso conviene a sus intereses. No hay una mínima crítica heurística, si el documento afirma una cuestión, se la da por verdadera, sin siquiera preguntarse si se trata de una fuente oficial o de las que se llaman voluntarias. Si una ordenanza del siglo XVII hablaba del reino del Perú, se lo cree en la definición que se le da hoy al término; si a los curacas se los nombra como "nobles vasallos", se asume que eran iguales en derechos, ignorando el contexto de conquista y de subordinación colonial.
La metodología y teoría histórica enseña desde hace mucho que no podemos -ni debemos- conformarnos con descubrir lo que está en la superficie del texto. Ya Johann Gustav Droysen advertía, desde mediados del siglo XIX, que el conocimiento histórico exige ir más allá del documento, pues los hechos no habitan pasivamente en las fuentes, obligando al historiador a reconstruir interpretativamente el pasado (Dager, 2004). Es sobre esa base que adquiere pleno sentido acudir al enorme hermeneuta que fue Hans Georg Gadamer:
“Ahora veo que no es sólo cuestión de criterio como creí en Verdad y Método. La historia no es mera filología a escala mayor. (…) El texto y especialmente el texto literario es para el filólogo una magnitud fija. El historiador en cambio ha de reconstruir su texto fundamental: la realidad histórica” (Gadamer, 2000, p. 26).
Justamente esa realidad es la que nos indica que no fuimos un reino como entendemos ahora el concepto y, lo que es más, tampoco tuvimos la misma situación política y económica de los reinos europeos en el Imperio hispánico. La historiografía clásica define a este tejido estatal bajo la categoría de monarquía compuesta o de agregación (Elliott, 1992), un sistema donde una sola corona gobernaba diversos territorios que conservaban sus leyes e instituciones contractuales, como sucedía en Aragón, Navarra o Nápoles.
Sin embargo, como el propio Elliott (2006) analiza al examinar la configuración de los imperios atlánticos, el propósito material y el trato político dado a Europa fue diametralmente distinto al de América. Mientras en el viejo continente los monarcas estaban obligados a convocar a las Cortes o Parlamentos territoriales para negociar los tributos con capacidad de veto local, en los más de tres siglos de dominio virreinal americano jamás se convocaron Cortes.
El Perú no poseía parlamentos soberanos; estaba gobernado de forma vertical desde Madrid por el Consejo de Indias con un diseño enfocado en la extracción de recursos y la movilización de mano de obra forzada a través de la mita. Incluso la naturaleza jurídica de los cargos marcaba la asimetría: en los reinos europeos las leyes exigían el nombramiento de naturales, mientras que en América estuvo expresamente prohibido nombrar a los "hijos de la tierra" en el cargo de Virrey. Hubo sí muchos criollos como Oidores o Corregidores, es decir, los descendientes de quienes expropiaron el poder a las élites originarias. Con ellas, la Monarquía hispánica no sostuvo un pacto horizontal.
El mayor equívoco del hispanismo de redes es sostener que la prueba de que no fuimos colonia es el acceso de los indígenas a derechos y tribunales. No es un error inocente; es vaciar de contenido la capacidad de acción de la población andina para atribuir fraudulentamente sus logros a una supuesta Corona generosa. No es casual que varios de estos hispanistas sean creyentes convencidos de las bondades actuales de la monarquía como sistema de gobierno.
Historiadores fundamentales de la etnohistoria, como Franklin Pease G.Y. (1992), mostraron que la población andina no estuvo conformada por víctimas pasivas. Los curacas y las comunidades reconfiguraron sus propias estructuras y utilizaron activamente los tribunales de justicia para resistir los abusos y defender sus tierras comunales. Pero Pease (2012) destacó precisamente la existencia de esos abusos, y cómo la instauración del Virreinato significó una transformación, no exenta de violencia, de los patrones andinos; no fue una asimilación pacífica. Esta inmensa capacidad de agencia ha sido profundizada recientemente por Jorge Cañizares-Esguerra y Adrian Masters (2026). Su tesis de la "movilización constitucional desde abajo" no es una celebración de la benevolencia de la Corona, aunque el hispanismo digital intente distorsionarla de ese modo.
Lo que Cañizares-Esguerra y Masters demuestran es que el derecho indiano fue una conquista que los indígenas, plebeyos y esclavos le disputaron al Imperio a través de un litigio masivo. La población andina inundó las audiencias con millones de peticiones escritas no porque viviera en un paraíso de igualdad jurídica, sino porque operaba dentro de una estructura colonial, asimétrica y de castas que la amenazaba constantemente.
La agencia indígena consistió en apropiarse del lenguaje burocrático de la Corona para “hackear” el sistema desde adentro, convirtiendo el papeleo en un escudo de resistencia. Este asedio legal masivo no valida la justicia del orden virreinal; por el contrario, demuestra que los subalternos obligaban al aparato colonial a negociar para evitar su propio colapso.
Como ha señalado la historiadora Gabriela Ramos (2010), la integración de las poblaciones originarias al sistema legal y religioso católico fue, en última instancia, un mecanismo de dominación colonial sumamente efectivo que buscaba asimilar las conciencias al nuevo orden. Ello operó sobre una base económica concreta: la Corona respetó algunos privilegios de clase de las élites nativas a cambio de que sirvieran como intermediarios para un fin estrictamente colonial, que consistía en asegurar de manera eficiente el cobro del tributo y el envío de miles de mitayos a los socavones de Potosí, un entramado mercantil y legal que José Carlos de la Puente Luna (2016) ha desnudado con rigor. La romantización de los nobles incas como engranajes de una fusión espiritual se estrella contra esta dura realidad material.
Y volviendo a las herramientas de la historia conceptual, en el siglo XVIII ocurre un giro semántico definitivo, cuando el propio Imperio español abandonó el uso eufemístico de "reinos" para América. Con el ascenso de la dinastía borbónica, las Indias fueron claramente entendidas como un territorio subordinado políticamente y explotado económicamente, es decir, con la carga semántica del concepto "colonia".
Los propios ministros de la Corona española, como José del Campillo y Cosío en su obra Nuevo sistema de gobierno económico para la América, empezaron a hablar abiertamente de "las colonias" y de la urgencia de extraer de ellas el máximo rendimiento (Campillo, 1789). En ese mismo sentido, el notable historiador británico John Lynch (1976) llamó con justa razón a las reformas borbónicas la "segunda conquista de América".
No deja de ser sintomático que los monarquistas neohispanistas de hoy, idealicen y reivindiquen un supuesto estilo de gobierno que no puede asimilarse en nada al que mostró la familia dinástica que actualmente ejerce la Corona española. No son sólo conservadores, sino reaccionarios. Este fenómeno no es un mero pasatiempo digital, sino un síntoma preocupante de nuestra época, tan dada al autoritarismo. Como explica Jason Stanley (2025), las corrientes neofascistas de alcance global operan bajo un patrón metodológico común: asaltan los consensos académicos para desmantelar la memoria de las luchas sociales. El negacionismo histórico es, en esencia, la herramienta predilecta del autoritarismo contemporáneo, del neofascismo. Neutralizar un pasado asimétrico y colonial pretende suprimir la capacidad crítica de los ciudadanos, preparando el camino para el control político del futuro, nada democrático, por cierto.
Aceptar que fuimos una colonia no significa abrazar el papel de víctimas, sino el de agentes de nuestra propia historia. La riqueza cultural, legal y social de América brotó a pesar de las estructuras de dominación y gracias a la creatividad política de criollos, mestizos, indígenas y afrodescendientes, no por una supuesta hermandad institucional transatlántica. Hay, en efecto, evidencia de millones de documentos de los sectores subalternos que con enorme esfuerzo se iban adaptando al sistema, para sobrevivir y mantener, en contra de la corriente, algunas tradiciones originarias. Y hubo, también, millones que no lo lograron.
El hispanismo digital quiere vendernos píldoras de un supuesto orgullo, pero el laboratorio en el que las produce es artificial, y sus técnicos no tienen bata, sino disfraz. Fuimos el "corazón de un imperio global". Y, antes, la única civilización al sur del globo. Pero, la historia no está para hacernos vivir de la nostalgia ni para absolver responsabilidades, sino para ayudarnos a comprender las huellas de un pasado que debemos superar. Está para entender por qué existen rastros de un racismo estructural en nuestra mentalidad, dependencia económica y modernización desigual. ¿Es todo "culpa" únicamente de nuestro pasado colonial? No, ya lo dije. Y, sin embargo, esas huellas indican que fuimos colonia. Aceptarlo es el camino para construir una mirada verdaderamente soberana sobre nuestro pasado.
"Ni hispanismo ni indigenismo", solía sentenciar el gran José Antonio del Busto (1998); él optaba firmemente por el peruanismo. Mientras las otras tendencias son fuerzas ideológicas que dividen, el peruanismo une y cicatriza. Es decir, si cicatriza es porque se acepta que hay heridas, entonces cura esas heridas que a la comunidad imaginada que somos le ha dejado tanta violencia, colonial y republicana; deudas históricas que aún hoy, en pleno siglo XXI, nos corresponde seguir saldando.
Referencias
Campillo, J. del. (1789). Nuevo sistema de gobierno económico para la América. Imprenta de Benito Cano.
Cañizares-Esguerra, J., & Masters, A. (2026). The Radical Spanish Empire: How Paperwork Politics Remade the New World. Harvard University Press.
Dager, J. (2004) “La Historik de J.G. Droysen: un puente entre la investigación empírica y la fundamentación teórica del conocimiento histórico”. En: Memoria y Civilización (Navarra), número 7, p. 197-242.
De la Puente, J. C. (2016). Andinos entre dos mundos: Curacas, litigantes y el tribunal del rey. Instituto de Estudios Peruanos.
De la Puente, J. C. (2025, 2 de agosto). “Creer para ver: a propósito de Los incas hispanos”. Trama Crítica. (tramacritica.pe).
Del Busto, J. A. (1998). Tres Ensayos Peruanistas. Lima: Instituto Riva-Agüero
Elliott, J. H. (1992). “A Europe of composite monarchies”. Past & Present, (137), 48–71.
Elliott, J. H. (2006). Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830). Taurus.
Gadamer, H. G. (2000) Verdad y método II. Salamanca. 2000. Ediciones Sígueme
Koselleck, R. (1993). Futuro pasado: Para una semántica de los tiempos históricos. Paidós.
Lynch, J. (1976). Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Ariel.
Pease G.Y., F. (1992). Curacas, reciprocidad y riqueza. Pontificia Universidad Católica del Perú.
Pease G.Y., F. (2012). Los Incas en la Colonia: Estudios sobre los siglos XVI, XVII y XVIII en los Andes (N. Domínguez, Comp.). Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú.
Ramos, G. (2010). Muerte y conversión en los Andes: Lima y Cusco, 1532-1670. Instituto de Estudios Peruanos.
Stanley, J. (2025). Borrar la historia: Cómo los fascistas reescriben el pasado para controlar el futuro. Blackie Books.











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