top of page

Luis Villoro: el filósofo integral

hace 13 horas
9 min de lectura



Luis Villoro (1922-2014) es una de las cumbres reflexivas de nuestro continente. Su itinerario no se dispersó en especialidades aisladas; por el contrario, trazó un arco continuo donde la teoría del conocimiento, la historia de las ideas, la ética política y el misterio de lo sagrado convivieron en fecunda armonía. Sin complejos de inferioridad frente a Occidente, Villoro dialogó de igual a igual con las corrientes europeas para pensar con rigor universal la realidad americana. Su quehacer encarnó un compromiso lúcido con la emancipación del hombre y la revelación de la alteridad.


Itinerario de una conciencia vigilante: biografía intelectual


Nacido en Barcelona en 1922 de padres mexicanos y radicado tempranamente en México, Luis Villoro inició su labor formativa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) bajo el magisterio decisivo de José Gaos. Hacia finales de la década de 1940 formó parte del célebre Grupo Hiperión, al lado de figuras como Leopoldo Zea, Emilio Uranga y Jorge Portilla. Con ellos compartió la inquietud por desentrañar la circunstancia de «lo mexicano» y la condición histórica hispanoamericana mediante las herramientas del existencialismo y la fenomenología. Sin embargo, mientras otros contemporáneos quedaron atrapados en la psicología del carácter o la ontología del accidente, Villoro fijó su mirada en los fundamentos éticos e ideológicos que dieron forma a la nación. 


De esa etapa fundacional brotó su tesis sobre el indigenismo, plasmada en Los grandes momentos del indigenismo en México (1950), obra en la que analizó cómo la conciencia dominante construyó la imagen del indígena a lo largo de tres momentos históricos clave: la justificación providencialista en la Conquista, el rescate erudito de la razón ilustrada criolla y la acción integradora del siglo XX. Tres años después publicó El proceso ideológico de la revolución de independencia (1953), donde desmenuzó la dialéctica de las ideas emancipadoras novohispanas. Lejos de estudiar las ideas como entidades abstractas, Villoro las abordó como expresiones e instrumentos forjados por sujetos situados en estructuras de poder concretas. 


Hacia mediados de los años sesenta, Villoro tomó distancia de los abordajes históricos intuitivos para emprender un aprendizaje exhaustivo de la fenomenología husserliana y, posteriormente, de la filosofía analítica. En colaboración con filósofos como Fernando Salmerón y Alejandro Rossi, impulsó un estilo de pensamiento caracterizado por la claridad argumentativa, la precisión conceptual y el rigor lógico. Su labor en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y su posterior labor como fundador de la División de Humanidades y Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM-Iztapalapa) consolidaron este perfil institucional y reflexivo. 


Sin embargo, ese rigor metodológico analítico no fue en él un fin en sí mismo. Cuando en 1978 ingresó a El Colegio Nacional, en su discurso titulado Filosofía y dominación, dejó en claro que la filosofía constituye ante todo una actividad crítica y disruptiva frente a cualquier forma de poder injusto. La culminación de su teoría del conocimiento en Creer, saber, conocer (1982) no fue una meta aislada, sino el suelo firme que le permitió regresar a las cuestiones éticas, políticas e históricas con renovado instrumental analítico. 


En la madurez de su vida, Villoro no dudó en articular su pensamiento con la praxis. El levantamiento zapatista de 1994 en Chiapas conmovió sus cimientos intelectuales. Lejos de observar los acontecimientos desde la distancia aséptica del cubículo universitario, colaboró activamente en la Comisión de Concordia y Pacificación (COCOPA), participó en los diálogos de San Andrés y entabló una memorable correspondencia con el movimiento indígena. En obras como El poder y el valor (1997), Estado plural, pluralidad de culturas (1998) y Los retos de la sociedad por venir (2007), sintetizó una vida de estudio, ofreciendo un legado de pensamiento descolonizador y libertario. 


El saber, la creencia y la crítica de la ciencia moderna


La preocupación epistemológica de Luis Villoro tuvo como eje medular la relación entre el sujeto cognoscente y la realidad. Su clásico tratado Creer, saber, conocer abordó el conocimiento no como un acontecimiento meramente contemplativo y aislado, sino como una disposición íntimamente arraigada en la acción humana. Apoyándose en el diálogo platónico Menón, Villoro recordó que la verdadera virtud del conocimiento frente a la conjetura afortunada radica en constituir una atadura que ancla firmemente nuestras creencias a la realidad, asegurando el acierto y la coherencia de nuestras prácticas cotidianas. 


Para Villoro, una creencia es un estado disposicional adquirido que guía nuestra conducta y se halla delimitado por un objeto o situación objetiva aprehendida. Saber, en su definición estricta, implica una creencia verdadera fundada en razones objetivamente suficientes, es decir, incontrovertibles para cualquier miembro de una comunidad epistémica en condiciones de contrastarlas. Sin embargo, el filósofo previno con firmeza contra el dogmatismo y el reduccionismo cientificista, aquel prejuicio que descalifica cualquier conocimiento que no se amolde al canon de las ciencias naturales empíricas: 


La ciencia, con ser la más segura de las formas de conocimiento, es sólo una de ellas. Por una parte, el discurso científico supone un conocimiento anterior a cualquier teoría sistemática: se levanta sobre la base de un conocimiento natural, previo a la ciencia, compartido por todos los hombres. La frontera entre ese conocimiento y el saber científico es, a menudo, artificial, porque las operaciones de conocimiento de uno y otro no son esencialmente heterogéneas. 


Esta comprensión de la epistemología dialogó directamente con sus investigaciones sobre los orígenes de la época moderna, condensadas en El pensamiento moderno: Filosofía del Renacimiento (1992). En dicho libro, Villoro rastreó cómo la ciencia moderna nació vinculada a un cambio de figura del mundo: el abandono del cosmos cerrado y jerarquizado del medioevo en favor de un espacio infinito y homogéneo. En ese tránsito, el ser humano dejó de ocupar un lugar fijo y comenzó a concebirse como un artífice libre que reconstruye la naturaleza a través del conocimiento racional y la técnica instrumental. 


La modernidad científica colocó al sujeto en el centro de toda objetivación. Leonardo da Vinci, recordaba Villoro, simbolizó este giro en el ojo que contempla intelectualmente y la mano que transforma mediante el trabajo. Sin embargo, esa racionalidad instrumental conllevó también el peligro del desencanto radical y la depredación del entorno al reducir la naturaleza a simple masa inerte cuantificable y dominable. Frente a la razón calculadora, Villoro reivindicó la necesidad de una sabiduría integral, capaz de admitir que el conocimiento no sólo sirve para dominar técnicamente el mundo, sino primordialmente para descubrir el sentido y el valor de nuestra propia existencia. 


El poder, la política y la promesa del Estado plural


El pensamiento político de Villoro constituye una de las reflexiones más lúcidas contra la fetichización del poder. En El poder y el valor, el filósofo distinguió entre dos concepciones antagónicas del quehacer político: aquella que lo concibe como una pura técnica orientada a la conquista y conservación del poder a cualquier costo (la vertiente descarnada de Nicolás Maquiavelo o Thomas Hobbes), y aquella que concibe la política como la búsqueda y realización del bien común.


El poder entendido en sentido estricto consiste en la imposición de una voluntad ajena sobre los otros mediante el monopolio legítimo de la fuerza, una relación asimétrica que inevitablemente restringe la libertad y engendra violencia. A este poder impositivo, Villoro opuso la potencia ética del contrapoder: la capacidad autónoma de una colectividad para resistir el dominio, autogobernarse y proponer la concordia en un espacio no violento de diálogo. Así lo formuló: 


El poder implica la dominación de un individuo o grupo sobre los demás; es siempre particular. Si entendemos por «pueblo» el conjunto de personas que componen una asociación política, el poder es siempre sobre o para el pueblo, pero no del pueblo. El contrapoder, en cambio, puesto que no pretende imponer una voluntad sobre ningún grupo de la sociedad, puede ser general. Puede comprender entonces el poder del pueblo; pero «poder» tendría, en esta expresión, un sentido contrario al impositivo: significaría una situación en la que ninguna persona o grupo estuviera sometido a un dominio particular y cada quien tuviera la capacidad de determinar su vida por sí mismo. 


A partir de esta confrontación, Villoro emprendió una crítica profunda del modelo tradicional del Estado-nación moderno en Estado plural, pluralidad de culturas. Dicho modelo, heredero de la Ilustración y las revoluciones liberales del siglo XIX, descansó sobre la falacia de imponer una homogeneidad jurídica y cultural sobre sociedades históricamente complejas y heterogéneas. Para unificar los mercados y centralizar la administración burocrática, el Estado moderno suprimió las autonomías comunitarias, atomizó a los sujetos en «ciudadanos abstractos» e impuso la lengua, las instituciones y los valores de una nacionalidad hegemónica sobre los pueblos originarios. 


En países como México y las naciones de nuestra América, ese liberalismo decimonónico resultó una ficción trágica que marginó sistemáticamente a las comunidades indígenas. Frente al colapso del Estado homogéneo —cuestionado desde arriba por los poderes transnacionales de la globalización económica y desde abajo por las justas reivindicaciones étnicas—, Villoro propuso la refundación hacia un Estado plural. 


En este nuevo diseño institucional, la soberanía se comparte y el derecho de autodeterminación de los pueblos no se interpreta como una amenaza de secesión, sino como el pacto libre y federal de comunidades autónomas que deciden convivir equitativamente bajo un marco legal común. La verdadera igualdad política no reside en la uniformidad burocrática, sino en el reconocimiento y garantía irrestricta del derecho a la diferencia.


La cultura, el arte y el asombro ante lo sagrado


La reflexión de Villoro sobre la cultura parte de un rechazo simultáneo del universalismo abstracto y del relativismo inconsecuente. El universalismo etnocéntrico ha servido con frecuencia para justificar la dominación colonial, presentando los valores particulares de Occidente como las únicas normas racionales. Por su parte, el relativismo absoluto resulta incapaz de fundamentar la crítica de la dominación, pues termina aceptando cualquier régimen de opresión como legítimo dentro de su propia esfera. 


Villoro resolvió este aparente contraste distinguiendo entre los contenidos sustantivos de cada cultura y cuatro principios normativos formales que posibilitan su florecimiento: autonomía (la facultad de una comunidad para autodeterminarse libremente), autenticidad (la coherencia entre sus prácticas y sus necesidades y aspiraciones reales), finalidad (su capacidad para proyectar valores que den sentido a la vida) y eficacia (la adopción racional de los medios técnicos idóneos para cumplir sus propósitos). La identidad de un pueblo no radica en un conjunto cerrado de rasgos esenciales e inmutables transmitidos por la inercia del pasado (la vía de la singularidad), sino en un proyecto dinámico y abierto de emancipación elegido libremente (la vía de la autenticidad).


En este marco, el arte y la religión ocupan un espacio supremo en el pensamiento de Villoro, pues ambos dan testimonio de lo que escapa a la lógica del cálculo y la dominación. En sus ensayos recopilados en Vislumbres de lo otro y La significación del silencio, el filósofo reflexionó sobre las dimensiones inefables de la existencia. La palabra discursiva es imprescindible para nombrar las cosas y operar en el mundo cotidiano, pero al conceptualizar los objetos, los abstrae y despoja de su presencia viva inmediata. El arte y la poesía, por el contrario, quiebran la rigidez del discurso habitual para sugerir lo insólito. Y en el límite de todo lenguaje se encuentra el silencio, no como mera ausencia o mutismo, sino como la forma más elevada de acogida ante el misterio de ser: 


El silencio no puede ampliar el ámbito del mundo que el hombre puede proyectar en un lenguaje objetivo. Sólo puede mostrar los límites de ese lenguaje y la existencia de algo que por todas partes lo rebasa. Así muestra el silencio que —por más que las significaciones verbales se enriquezcan— siempre en el mundo habrá algo de que el hombre no puede dar cuenta con su vano discurso: la presencia misma del mundo en torno. 


Apoyándose en Ludwig Wittgenstein, para quien lo místico no consiste en cómo sea el mundo sino en que el mundo sea, Villoro definió la experiencia religiosa originaria como el puro estupor ante la existencia. Frente a las religiones dogmáticas que cosifican lo divino convirtiéndolo en un ente particular y manipulable entre otros entes —profanación conceptual que conduce tarde o temprano a la muerte de los dioses—, Villoro rescató la vía de la teología negativa: aquella tradición que abarca tanto el pensamiento místico de la India antigua (donde Brahman se expresa en el silencio del desasimiento) como a pensadores de la talla del Maestro Eckhart. Para el filósofo, Dios no es un objeto que habite un trasmundo imaginario, sino el sentido de la totalidad. Y acceder a ese sentido exige una conversión interior: despojarse del orgullo individualista y abrirse con reverencia al amor y a la comunión con el todo. 


En el equilibrio de sus páginas, Luis Villoro construyó una filosofía verdaderamente integral. Fue analítico en la argumentación, pero sin ceder al formalismo vacuo; crítico de la modernidad, pero sin caer en el irracionalismo; profundamente arraigado en los dolores de México, pero con un horizonte rigurosamente universal. Su obra continúa siendo hoy una invitación a ejercer el pensamiento como un acto de justicia, lucidez y libertad.


Bibliografía


Gómez Palacio, German David (2025). «El sentido de las ideas: En la filosofía de Luis Villoro». Ibero Ciencias: Revista Científica y Académica, 4(3), pp. 54-76.


Velasco Gómez, Ambrosio (2022). «Conversaciones filosóficas con Luis Villoro sobre democracia, republicanismo, diversidad cultural y bien común». Tla-Melaua: Revista de Ciencias Sociales, 16(52), pp. 19-31.


Villoro, Luis (1982). Creer, saber, conocer. México: Siglo XXI Editores.


Villoro, Luis (1992). El pensamiento moderno: Filosofía del Renacimiento. México: El Colegio Nacional / Fondo de Cultura Económica. 


Villoro, Luis (1997). El poder y el valor: Fundamentos de una ética política. México: Fondo de Cultura Económica / El Colegio Nacional. 


Villoro, Luis (1998). Estado plural, pluralidad de culturas. México: Editorial Paidós / Universidad Nacional Autónoma de México.


Villoro, Luis (2006). Vislumbres de lo otro: Ensayos de filosofía de la religión. México: Editorial Verdehalago / El Colegio Nacional.


Villoro, Luis (2016). La significación del silencio y otros ensayos. Prólogo de Raúl Trejo Villalobos. México: Fondo de Cultura Económica. 


Comentarios


Noticias

bottom of page