Elogio a BTS

BTS consiguió algo que durante décadas pareció reservado a los artistas anglosajones: conquistar el mercado estadounidense cantando en su propia lengua. Millones de jóvenes occidentales comenzaron a escuchar canciones en coreano, aprender expresiones del idioma e interesarse por la cultura surcoreana. Su éxito contribuyó a romper una jerarquía cultural que confundía lo universal con lo anglosajón y obligaba, de hecho, a muchos artistas a adaptar su música a los códigos dominantes para aspirar a una audiencia internacional.
BTS demostró que una lengua no necesita ser comprendida por todos para emocionar a millones y que una cultura puede despertar interés mundial sin renunciar a sus propias referencias. En una industria acostumbrada a exportar los gustos de Estados Unidos y Europa al resto del planeta, el fenómeno surcoreano abrió una brecha por la que también pudieron entrar otras músicas, idiomas y tradiciones.
Por eso resulta demasiado fácil explicar su éxito únicamente por el marketing. Una campaña puede poner un producto delante de millones de personas, pero no basta para explicar por qué tantas permanecen allí durante años. Detrás de BTS hay músicos, bailarines, compositores y productores. Hay disciplina artística y canciones que abordan problemas reconocibles para millones de jóvenes: la presión académica, las expectativas familiares, la desigualdad, la inseguridad y la dificultad de encontrar un lugar propio en una sociedad que parece haber decidido de antemano cómo deben vivir.
La crítica social, además, no apareció cuando el grupo ya había conquistado el mercado internacional. Estaba presente desde sus primeros trabajos. No More Dream cuestionaba una educación que empuja a los jóvenes a perseguir objetivos definidos por otros, mientras que N.O criticaba un sistema que somete a los estudiantes a una competencia permanente.
Más adelante, Baepsae abordó las desigualdades generacionales y las dificultades de quienes carecen de los privilegios que tuvieron sus mayores. En Am I Wrong, el grupo cuestionó comportamientos y contradicciones de la sociedad surcoreana. No estamos ante una banda que haya descubierto la preocupación social como recurso publicitario después de hacerse famosa. Esas inquietudes forman parte de su trayectoria musical.
También hay una dimensión social que va más allá de las canciones. En 2017, BTS y su entonces agencia, Big Hit Entertainment, se asociaron con UNICEF para lanzar la campaña LOVE MYSELF, orientada a prevenir la violencia contra niños y jóvenes, combatir el acoso y promover el bienestar y la autoestima. La iniciativa incluyó aportes económicos, la venta de productos vinculados a la campaña y actividades de sensibilización. En marzo de 2024, UNICEF informó que había recaudado más de 6,6 millones de dólares. Se puede discutir la relación entre estas campañas y la imagen pública de una estrella internacional, pero tanto los aportes como la colaboración institucional están documentados.
El compromiso antirracista también tuvo una expresión concreta. En junio de 2020, en medio de las protestas contra el racismo y la violencia policial en Estados Unidos, BTS y su empresa donaron un millón de dólares a Black Lives Matter. Cuando se conoció la contribución, sus seguidores organizaron una campaña propia y reunieron una cantidad equivalente en aproximadamente un día. El episodio mostró que la influencia del grupo podía movilizar recursos alrededor de una causa que trascendía su música y su mercado. No demuestra que cada una de sus canciones sea política ni que toda su actividad tenga una orientación emancipadora, pero sí permite reconocer una toma de posición pública frente a la discriminación racial.
Y luego está ARMY. Sería un error reducir a sus integrantes a adolescentes que gritan frente a una pantalla o compran discos sin pensar. El fandom se ha convertido en una comunidad internacional capaz de traducir contenidos, producir materiales, organizar campañas y recaudar dinero. Esa capacidad de organización puede ponerse al servicio de la promoción comercial del grupo, pero también de iniciativas solidarias. Ambas cosas pueden coexistir. Lo interesante es que millones de personas encontraron en una afición compartida una forma de relacionarse y actuar colectivamente.
BTS tampoco ha construido su imagen pública alrededor de las drogas o de una vida de excesos, como ha ocurrido con otras figuras de la industria musical. Sus integrantes proyectan una imagen de disciplina profesional y responsabilidad pública. Eso no permite afirmar que estén libres de controversias, ni sería razonable exigirles una conducta perfecta, pero sí constituye un rasgo de su identidad pública. En una industria que a menudo convierte los excesos de sus estrellas en mercancía, la ausencia de esa estética también merece atención.
Por supuesto, nada de esto convierte a BTS en una fuerza revolucionaria. Sus integrantes trabajan dentro de una industria gigantesca, respaldada por una empresa que busca beneficios económicos y que ha sabido aprovechar las posibilidades comerciales de las plataformas digitales. Sus campañas sociales también contribuyen a consolidar su reputación. Sería ingenuo ignorarlo. Pero también sería ingenuo suponer que una acción pierde todo valor porque quien la realiza obtiene algún beneficio de ella. Una donación puede ayudar a una causa y, al mismo tiempo, mejorar la imagen de quien dona. Lo importante es examinar qué se hizo, a quién benefició y qué resultados produjo.
BTS pertenece al sistema comercial que hace posible su éxito. No está fuera del capitalismo ni pretende necesariamente estarlo. Pero dentro de ese sistema ha producido canciones con contenido social, respaldado campañas contra la violencia y la discriminación y contribuido a desplazar las fronteras culturales del pop internacional. Eso no convierte a sus integrantes en héroes ni obliga a considerar extraordinaria cada una de sus acciones. Basta con reconocer que su fenómeno tiene más dimensiones que las ventas, las coreografías y los millones de seguidores.











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