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Corina, mejor no hables de Bolívar




El reciente gesto de María Corina Machado de entregar la medalla de su Premio Nobel de la Paz a Donald Trump en Washington fue acompañado por un relato que intenta construir una hermandad histórica entre Estados Unidos y Simón Bolívar. Machado afirmó que Lafayette entregó a Bolívar una medalla con el rostro de George Washington como símbolo de “hermandad entre la gente de Estados Unidos y la gente de Venezuela” y que ella devolvía ese gesto entregando su medalla al actual presidente norteamericano.


Esta versión, además de ser utilitaria para un momento político concreto, convierte un gesto personal en una “leyenda fundacional” de vínculos estratégicos profundos entre Washington y las repúblicas hispanoamericanas. Este uso de Bolívar requiere ser contrastado con las posiciones efectivas, las cartas, las estrategias y los comentarios concretos del propio Libertador, quien nunca pensó la política internacional como un asunto sentimental o simbólico descontextualizado, sino como una disputa de poder donde los intereses prevalecen sobre los gestos.



Estados Unidos como espectador y potencia en ascenso


La génesis del pensamiento político de Bolívar respecto a las potencias extranjeras se expresa con claridad en la Carta de Jamaica (1815), escrita durante su exilio en Kingston. En ese texto, el Libertador reflexiona sobre el destino de las nuevas repúblicas americanas y sobre la conducta de los Estados que ya habían alcanzado su independencia. Aunque admiraba ciertos aspectos de la constitución estadounidense, no consideraba a Estados Unidos un aliado natural ni un garante de la libertad continental.


Su mirada hacia el país del Norte no es la de quien espera apoyo, sino la de un observador crítico de su comportamiento político. Cuando afirma que “hasta nuestros hermanos del Norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda”, Bolívar no está solicitando intervención militar ni apoyo externo. Está señalando una actitud de distancia calculada. Estados Unidos, pese a su propio origen revolucionario, optó por no comprometerse con la independencia hispanoamericana, priorizando sus intereses internos y comerciales. El término “hermanos” funciona aquí como una referencia retórica al pasado republicano común, no como expresión de afinidad política real.


Este pasaje revela una convicción temprana de Bolívar: la emancipación latinoamericana no podía depender de potencias extranjeras. La independencia debía sostenerse con recursos propios, sin esperar solidaridad de Estados cuyos intereses seguían otra lógica.


Esa cautela se convierte en advertencia explícita en una carta de 1829 dirigida a Patrick Campbell:

“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad.”

Aquí Bolívar ya no describe pasividad, sino riesgo. Su crítica no apunta a la idea de libertad, sino a su posible instrumentalización por una potencia en expansión. La frase expresa una lectura geopolítica: el discurso liberal podía servir como justificación de nuevas formas de dominación.


Leídas en conjunto, ambas citas muestran una evolución coherente. Primero, la constatación de una distancia política; luego, la conciencia del peligro que representaba una nación que combinaba poder económico, expansión territorial y retórica emancipadora. En ningún momento aparece una visión sentimental de Estados Unidos como aliado natural. Lo que emerge es una lectura realista del poder y de las amenazas que enfrentaba una América Latina fragmentada.


El Congreso de Panamá, ratones y gato


La utilización que hace María Corina Machado del pasado bolivariano no es una simple simplificación: es una relectura interesada de una historia marcada por la desconfianza estratégica. El Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 no fue concebido como un gesto de apertura hacia las grandes potencias, sino como un intento de construir un sistema de defensa continental entre repúblicas recién independizadas, políticamente frágiles y vulnerables a nuevas formas de dominación.


Bolívar pensó este congreso inspirado en la liga anfictiónica de la antigua Grecia, una confederación de ciudades-estado que se reunían para resolver conflictos comunes, coordinar defensa y proteger intereses compartidos sin perder su autonomía. El modelo no buscaba la subordinación a una potencia superior, sino la cooperación entre iguales. En el contexto americano, la idea era articular a las repúblicas hispanoamericanas para enfrentar presiones externas y evitar el aislamiento político.


La inclusión de Estados Unidos no formaba parte del núcleo original del proyecto bolivariano. La iniciativa de invitar a Washington fue impulsada principalmente por Francisco de Paula Santander, entonces vicepresidente de la Gran Colombia, quien veía con mejores ojos un acercamiento diplomático y comercial con la potencia del Norte. Bolívar, en cambio, observaba esa aproximación con cautela. Para él, incorporar a una nación en rápido ascenso dentro de un bloque de países débiles alteraba desde el inicio cualquier equilibrio posible.


Su reserva era geopolítica. Bolívar comprendía que las relaciones internacionales se rigen por la correlación de fuerzas, no por afinidades simbólicas. En un escenario desigual, la sola presencia del actor más poderoso condiciona a los demás. Esa lógica quedó sintetizada en una metáfora atribuida a sus intercambios políticos: invitar a Estados Unidos a deliberar con las repúblicas hispanoamericanas era como invitar al gato a debatir con los ratones. El problema no era la agresión directa, sino el desequilibrio estructural.


La participación estadounidense en el Congreso confirmó esas reservas. Sus delegados llegaron tarde, sin mandato claro, y el Senado norteamericano mostró escaso interés en comprometerse con un proyecto de integración latinoamericana que no encajaba en sus prioridades estratégicas. Para Washington, Panamá no era un espacio de “hermandad continental”, sino un episodio menor dentro de su propia agenda de expansión comercial y territorial.


Bolívar, por tanto, no concebía a Estados Unidos como un aliado natural, sino como una potencia emergente cuyos intereses podían entrar en conflicto con la autonomía de las nuevas repúblicas. Su preferencia por mantener distancia no implicaba aislamiento, sino prudencia estratégica. Incluso cuando consideraba la utilidad de contrapesos externos, lo hacía desde una lógica defensiva, no desde la ilusión de alianzas desinteresadas.


Bolívar frente a la potencia emergente: diplomacia, no adoración


No hay en el pensamiento bolivariano un proyecto donde Estados Unidos sea equiparado a los opositores coloniales europeos como España o Francia, ni un escenario donde se contemple una confianza incondicional en el Norte. Más bien, la perspectiva de Bolívar fue proyectada desde la unidad continental, la mutua defensa y la soberanía de las repúblicas americanas.


A diferencia de Machado, que usa un gesto simbólico para sugerir afinidad, la historia diplomática bolivariana está llena de tensiones, advertencias y lecturas críticas sobre cómo las potencias —incluido Estados Unidos— actuaban en el marco del poder mundial emergente de comienzos del siglo XIX.


El uso político de Bolívar hoy


Presentar a Bolívar como antecedente de una relación sentimental, automática y subordinada con Estados Unidos no es solo una distorsión histórica: es una operación ideológica. Y cuando esa operación es realizada por María Corina Machado, la contradicción alcanza niveles insalvables. No estamos ante una lectura discutible de Bolívar, sino ante su negación frontal.


Machado no solo ha clamado reiteradamente por la intervención extranjera en los asuntos internos de Venezuela; ha legitimado abiertamente la idea de una acción militar externa como vía de resolución política. Ha solicitado sanciones económicas de alto impacto, ha defendido el cerco internacional y ha ofrecido, de manera explícita, los recursos estratégicos del país como moneda de garantía frente a las potencias que intervengan. Ese posicionamiento no es un error de interpretación histórica: es una opción política consciente, alineada con una lógica de tutela imperial.


Eso la coloca exactamente en las antípodas del pensamiento bolivariano. Bolívar jamás concibió la emancipación como un proceso delegable a fuerzas externas. Desconfiaba —y lo escribió— de cualquier potencia que invocara la libertad para expandir su influencia. Consideraba que la independencia no podía nacer del bombardeo extranjero ni de la administración externa de los recursos nacionales, sino de la organización política y militar de los propios pueblos americanos, aun en condiciones adversas.


Mientras Bolívar advertía sobre el peligro de que una potencia “plagara la América de miserias en nombre de la libertad”, Machado invierte la ecuación: convierte esa misma potencia en árbitro, garante y ejecutor del destino nacional. Donde Bolívar veía riesgo estructural, ella ve salvación. Donde Bolívar exigía autonomía, ella propone subordinación. Donde Bolívar pensaba en equilibrio continental, ella acepta abiertamente la asimetría como solución.


El relato de Machado toma elementos reales —una medalla, una referencia diplomática, un gesto simbólico— y los arranca de su contexto para legitimar un proyecto político contemporáneo basado en la intervención, la dependencia y la cesión de soberanía. No es continuidad histórica: es apropiación interesada. No es bolivarianismo liberal: es su negación explícita.


Bolívar la tenía clarita respecto a Estados Unidos. Mucho antes de que Lenin teorizara el imperialismo, el Libertador entendió —desde la experiencia histórica concreta y no desde la especulación doctrinaria— que las potencias, incluso las republicanas, no actuaban por afinidades ideológicas sino por intereses de poder. Por eso trató a Estados Unidos con cautela extrema, con cálculo político y con una desconfianza lúcida. María Corina Machado lo invoca mientras propone exactamente aquello contra lo que Bolívar advirtió: que el destino de América sea decidido desde afuera. No es una diferencia de matiz ni de época. Es una ruptura frontal de principios.


Por todo esto, Corina, mejor no hable del Libertador. Ya ha causado suficiente vergüenza propia y ajena como para, además, arrastrar el nombre de Bolívar a una causa radicalmente incompatible con su pensamiento.


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