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Diatriba contra Lima

Actualizado: hace 2 días




Se equivocó el poeta: Lima no es el Jirón de la Unión ni mucho menos el Palais Concert. Lima no es una ciudad. Es una idea equivocada. La idea de que el Perú cabe en una sola avenida. La idea de que el poder necesita mar. La idea de que todo lo importante ocurre cerca del Malecón.


Lima insiste en llamarse “Ciudad de los Reyes”, como si ese título fuera motivo de orgullo y no de vergüenza histórica. ¿De qué se jacta exactamente? ¿De haber sido capital de un virreinato gobernado por funcionarios corruptos, obsesionados con el saqueo, la jerarquía y el privilegio? ¿De haber sido una ciudad construida sobre la explotación indígena, el trabajo forzado y la esclavitud africana? La triple corona no simboliza grandeza: simboliza dominación. Lima celebra un pasado de virreyes como si no hubiera sido un laboratorio de desigualdad, racismo y abuso de poder. Se envuelve en nostalgia colonial para no mirar de frente que su “gloria” nació del sometimiento de otros.


Lima no solo concentra personas: concentra decisiones, recursos, oportunidades, discursos. Lima no administra el país: lo absorbe. Y en esa absorción, lo distorsiona. Desde Lima se gobierna un territorio que Lima no conoce. Se legisla sobre regiones que Lima no pisa. Se opina sobre realidades que Lima no vive. Y cuando algo falla, Lima mira hacia otro lado, como quien observa un incendio desde un edificio con vista al mar.


Lima es una capital desconectada de su propio país. Aquí se habla de “las regiones” como si fueran una categoría abstracta, una nota al pie, un paisaje lejano. Aquí se discute la minería, la educación rural, la agricultura andina, la Amazonía, sin haber salido nunca del circuito Miraflores–San Isidro–Barranco.


No es solo una desconexión cultural o económica: es también política. En Lima se concentra la reacción, el miedo al cambio, la defensa del orden establecido. Aquí se vota, una y otra vez, por los candidatos más conservadores, más centralistas, más ajenos al país profundo. Desde la capital se desprecia la protesta, se caricaturiza a las regiones, se criminaliza el descontento. Lima no solo concentra el poder: lo protege. Y al protegerlo, le da la espalda a un país que ya no se siente representado por su propia capital.


Lima produce opinión, pero no escucha. Produce titulares, pero no contextos. Produce centralismo, pero no soluciones. Y mientras tanto, crece. Crece mal. Crece sin planificación, sin transporte digno, sin espacios públicos suficientes, sin agua para todos, sin seguridad para la mayoría. Crece hacia arriba, hacia los cerros, hacia la precariedad.


Lima se expande como una herida gangrenada. Es una ciudad donde la desigualdad no se esconde: se exhibe. Donde la distancia entre un distrito y otro no se mide en kilómetros, sino en años de vida. Donde hay zonas que viven en el siglo XXI y otras que siguen esperando el siglo XX. Lima no integra: separa.


Separó al país entre “capital” y “provincia”.Separó a la ciudadanía entre “formales” e “informales”.Separó el poder de la gente. Y lo más grave: Lima se acostumbró. Se acostumbró al tráfico como condena diaria.Se acostumbró a la corrupción como ruido de fondo.Se acostumbró a la desigualdad como paisaje.


Lima ya no se indigna: administra el caos. La capital que debía ser motor se volvió filtro. La ciudad que debía unir se volvió frontera. Lima no es el problema.Pero es el lugar donde los problemas se acumulan, se concentran y se normalizan.


Mientras Lima siga creyendo que es el país, el país seguirá sintiendo que no le pertenece.

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