Volviendo a la Luna: reflexiones sobre nuestra propia fragilidad
- Rafael de la Piedra Seminario

- hace 7 días
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Durante la conferencia de prensa posterior a su histórico recorrido por el espacio, Christina Koch dijo: “Fue impactante ver la Tierra como este bote salvavidas flotando en la inmensa oscuridad del espacio”. La imagen es difícil de sacar de la cabeza. Somos eso: una pequeña esfera azul suspendida en medio de la nada. Y, sin embargo, seguimos actuando como si no lo supiéramos.
Hannah Arendt lo había advertido con lucidez: el ser humano es capaz de logros extraordinarios, pero también de una ceguera inquietante frente a la realidad. En The Human Condition insiste en algo incómodo: el progreso técnico no garantiza ningún progreso moral. Podemos llegar a la Luna… y aun así no saber convivir en este frágil “salvavidas”.
Tal vez el problema empieza en cómo nos miramos a nosotros mismos. Nos hemos acostumbrado a pensarnos como algo más de lo que somos. Y esa ilusión tiene un doble filo: nos impulsa, sí, pero también nos vuelve incapaces de reconocer nuestra fragilidad. Hemos logrado organizarnos mejor que cualquier otra especie, sobrevivir donde parecía imposible, imponernos incluso sobre organismos mejor adaptados. No es poca cosa. Pero en algún punto, ese éxito nos hizo creernos otra cosa… pequeños dioses.
Y mientras tanto, el contraste. Mientras damos vueltas alrededor del lado oscuro de la Luna, seguimos estando al borde de conflictos globales por migajas ridículas de territorio. No hace falta una gran maldad para destruir. A veces basta con no pensar. Basta con seguir inercias, repetir discursos, habitar sistemas de ideas cerrados que nos terminan envolviendo. Y cuando eso pasa, dejamos de ver. Literalmente dejamos de percibir lo que está en juego.
George Orwell lo llevó al extremo en 1984: un mundo donde la realidad puede ser distorsionada hasta hacer de la guerra algo permanente, incluso deseable. “War is peace”. Suena exagerado… hasta que deja de parecerlo. Porque incluso hoy, frente a nuestra propia fragilidad evidente, seguimos construyendo relatos que justifican la confrontación constante, a veces incluso en nombre de Dios.
Entonces la pregunta es inevitable: ¿de verdad no podemos ponernos de acuerdo? Puede sonar ingenuo. Pero cuando uno recuerda esa imagen —la Tierra flotando sola en la oscuridad—, la ingenuidad cambia de lugar. Tal vez lo ingenuo sea pensar que podemos seguir así indefinidamente.
Quizá la verdadera frontera no esté en el espacio exterior, sino en algo mucho más cercano: nuestra propia conciencia. El desafío no es solo tecnológico. Es, sobre todo, ético. Aprender a vernos de otro modo: no como adversarios disputando fragmentos de mundo, sino como habitantes de una misma casa, frágil y compartida.
Al final, puede que todo sea más simple de lo que nos gusta admitir. Tal vez se trate solo de eso: abrir los ojos y reconocernos como lo que somos. Ese “mono desnudo” del que hablaba Desmond Morris. No menos, pero tampoco más. Y desde ahí —sin inflarnos, sin inventarnos grandezas— volver a asombrarnos. Asombrarnos de estar aquí, en esta pequeña y frágil esfera azul que flota en el espacio… y aprender, de una vez, a estar a la altura de eso.
Referencias bibliográficas
Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.
Morris, D. (1967). The Naked Ape: A Zoologist's Study of the Human Animal. McGraw-Hill.
Orwell, G. (1949). 1984. Secker & Warburg.
NASA (2020). Declaraciones de Christina Koch tras su misión en la Estación Espacial Internacional.










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