top of page

Elecciones de marras




Ideas centrales, a manera de “asociaciones libres”:


Una vez más —igual, pero distinto— se expresa “el fraudismo”.

Voto duro 1: a favor de Keiko Fujimori, a pesar de Keiko.

Voto duro 2: a favor de Sánchez, a pesar de Sánchez y de Pedro Castillo.

Voto duro 3: una gran mayoría que busca alternativas.

El problema de una institucionalidad ineficiente y/o “tomada”.

Eje transversal: ¿qué pasará en la segunda vuelta?


Escribo en un momento del proceso electoral 2026 en el que todo parece indicar que, pese a que se mantienen algunos pedidos absurdos, hasta de “golpe militar democrático” (¿cada uno critica el golpe militar de otros, pero se encariña con el suyo?), habrá una segunda vuelta.


A este balotaje volverá a pasar —por cuarta vez— Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. Este último le gana a López Aliaga por unos 25,000 votos, triunfo que parece irreversible, por más que el exalcalde de Lima sigue con su pataleta y amenaza con acudir a instancias internacionales (¿acudirá a las satanizadas Comisión o Corte Interamericanas de Derechos Humanos?).


“El fraudismo”: llegó para quedarse


Hace tiempo se ha puesto de moda que, si entre los que pierden hay alguien con poder, este grite “¡fraude!” y use el “todo vale” para tratar de tumbarse las elecciones. El (mal) ejemplo de Trump fue espectacular, pues mandó a sus huestes a tomar el Capitolio.


Pero “aquisito no más”, en nuestro querido Perú, en 2021 le tocó a Keiko pegar el grito de fraude apenas vio que perdía frente a Castillo. Nunca pudo presentar ni una sola prueba, pero estuvo cerca de bajarse las elecciones, aunque no por la fuerza del fujimorismo, sino por el miedo que generó en determinados sectores el inminente triunfo de Pedro Castillo (a partir de temores fundados y otros inventados).


De pronto, el fraudismo pasó a estar apoyado por diversas organizaciones políticas, además de importantes medios de comunicación, gremios empresariales y hasta estudios de abogados, mientras que, paralelamente, la ONPE, el Jurado Nacional de Elecciones y varias misiones de observación electoral dijeron que las elecciones habían sido libres y justas.


Si bien los flautistas del 2021 mantuvieron su discurso, lo cierto es que nadie previó —y menos advirtió— que el fraudismo se repetiría en estas elecciones de abril de 2026. Lo ocurrido ahora ha sido “igual, pero distinto”, y en la primera vuelta, sin esperar la segunda.


Ha sido “igual” porque nuevamente se gritó fraude sin ninguna prueba; pero “distinto” porque, como Keiko ganó el primer lugar para pasar a la segunda vuelta, ella no ha dicho ni una sola palabra en contra de las elecciones. Esta vez fue López Aliaga, de Renovación Popular, quien, apenas se percató de que no pasaría, encabezó un movimiento fraudista.


Movimiento que inicialmente parecía prosperar, ya que —nuevamente— estuvo apoyado por diversas organizaciones políticas, importantes medios de comunicación y gremios empresariales (los estudios de abogados esta vez se abstuvieron), mientras que la ONPE, el JNE y las misiones internacionales se han pronunciado por la inexistencia de fraude.


El fraudismo se ha vuelto a desinflar. Creo yo que por lo descabellado de la causa, lo impresentable de su líder y el hecho de que Keiko sí pasó. ¿Sánchez hubiera tenido la fuerza para que la movilización ciudadana impidiera el triunfo de este último fraudismo de abril de 2026? Especulación. Vaya uno a saber.


Pero no olvidemos tan fácilmente que nuevamente llegó a poner en jaque el proceso electoral, pues hasta provocó la renuncia del jefe de la ONPE, Piero Corvetto.


Como corresponde, seré uno más de los que dicen que afirmar que no ha habido fraude (la alteración de resultados con acciones realizadas con esa intención, es decir, con dolo) no significa desconocer ineficiencias e irregularidades, fundamentalmente en torno a la ONPE, que deben ser investigadas.


Sin embargo, cada vez va quedando más claro que los problemas actuales no han sido mayores que los habidos en elecciones anteriores, o han sido muy similares a los que suelen haber en provincias, solo que esta vez se dieron en Lima. Ejemplos: el número de mesas no instaladas en estas elecciones ha sido más o menos igual que en 2016 y 2021 (alrededor de solo un 0.2%); y los retrasos que hubo en el sur de la capital han sido muy parecidos a los que suelen haber en zonas alejadas de los centros urbanos principales.


Lo que ocurre es que en esta oportunidad este tipo de problemas fue levantado y exagerado por todos los que querían que la segunda vuelta fuera entre Keiko y López Aliaga, y jamás con alguien como Sánchez, y tal vez ni siquiera con un Nieto o un López Chau. Mejor para ellos si todo quedaba —por decirlo de alguna manera— “en familia”, “entre gente como uno”, léase en el ámbito de los sectores A y B, y solo de Lima.


La vez pasada, las iras de los fraudistas se dirigieron contra Jorge Luis Salas Arenas, recordado presidente del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), y esta vez el ensañamiento fue con el jefe de la ONPE, Piero Corvetto.


Como se ha dicho, prácticamente se le obligó a renunciar, pese a que se trataba de un cargo “irrenunciable” por mandato de la ley. Sin embargo, lo hizo —creo yo, como otros— tanto para salvar el proceso electoral como para evitar su detención. Objetivos que logró, aunque lo último sigue siendo una posibilidad claramente abusiva e ilegal.


Aunque no se libró de un allanamiento en su domicilio, igualmente abusivo, el cual fue transmitido por redes y medios en tiempo real, con un mensaje evidente: ¿quieres acabar como Corvetto?


Incomprensiblemente, el jefe de la ONPE también fue acusado penalmente —él y otros funcionarios— por el Jurado Nacional de Elecciones, pese a que su presidente, Roberto Burneo, venía también sufriendo los embates de López Aliaga, quien en una manifestación pública llegó a decir: “Si hasta mañana no declara la nulidad de las elecciones, le voy a meter todo mi plan Morrocoy, señor Burneo, bien grandazo para que se haga hombre”.


Volvió a fracasar el fraudismo. Pero la idea de “solo reconozco los resultados si gano” se ha instalado. Advertidos estamos, sobre todo con miras al horizonte muy cercano de la segunda vuelta, a realizarse este 7 de junio.


Keiko ganó a pesar de Keiko


El triunfo de Keiko en primera vuelta es incontrastable: tiene 17% de los votos, mientras que el segundo, Sánchez, obtuvo 12%.


Ahora bien, también es objetivo que su votación ha sido baja. El 17% es de los votos válidos, lo que equivale al 14% de los votos emitidos y al 12% si consideramos el universo de la población hábil para votar.


Solo los votos blancos y nulos superan el 16% de los emitidos, y el ausentismo es más del 25% de la población hábil.


Constatación que mantiene su gravedad, por más que —puntos más o menos— esto ya ocurrió en las elecciones del 2021.


El mérito de Keiko es que mantiene el histórico “voto duro” del fujimorismo, a pesar de ella.

No olvidemos que ella, a través de Fuerza Popular y sus aliados, viene mandando en el Congreso y, desde allí, en los sucesivos gobiernos (de Boluarte a Balcázar), desde que al perder frente a PPK dijo expresamente que “gobernaría desde el Parlamento”.


Este poder del fujimorismo keikista se viene expresando en normas pro crimen y, últimamente, en hechos que dan vergüenza, como cuando Rospigliosi, representante fujimorista y por ello presidente del Congreso, le enmendó la plana al presidente Balcázar, quien quería que fuera el próximo Gobierno el que decidiera la compra de los 16 aviones de guerra a Estados Unidos, pero no le quedó otra que retroceder.


Un Congreso y un Gobierno controlados por el fujimorismo y sus aliados, que hace y deshace, pero que tienen en contra a la gran mayoría de la población. Tanto el Congreso como el Gobierno suelen superar en términos de desaprobación —según las encuestas— el 90%, llegando por momentos a un rango de aprobación del 2% al 5%.


Queda claro entonces que ese 17% obtenido por Keiko es a pesar de ella.


¿Siendo la principal responsable de la nefasta situación que vive el país en varios ámbitos (inseguridad, corrupción), logrará atraer una votación mayor? No lo ha logrado las tres veces anteriores, pero ella espera que a la cuarta vaya la vencida, y está logrando que el antivoto (los que nunca votarían por ella) esté descendiendo.


Voto duro “castillista”, a pesar de Sánchez y de Castillo


Con Sánchez pasa algo —de nuevo— “parecido, pero distinto”.


El 12% que ha obtenido es el 9% de votos emitidos y el 7% de votos de la población electoral hábil.


Es realmente absurdo que, sumando los porcentajes de los dos candidatos que han pasado a la segunda vuelta, no lleguen ni al 20%. Quiere decir que el 80% de los votos válidos no fueron por ninguno de los dos, porcentaje que incluso baja si al universo de votos válidos le sumamos los votos blancos y nulos y el ausentismo.


Esto se ha producido en parte por la fragmentación del voto entre las 36 candidaturas que postularon, lo que fue buscado adrede por este Congreso cuando eliminó las PASO. No se tuvo la fuerza para impedirlo, pero es un punto muy importante en la agenda pendiente.

Roberto Sánchez ha tenido el mérito de pasar al balotaje, ganándole nada menos que a López Aliaga, quien hizo una campaña millonaria y desbocada, y a candidatos como Nieto, Belmont y López Chau, los que poco antes de las elecciones tenían más posibilidades que él.


Ha sido en realidad una “sorpresa” que demuestra que hay un “segundo voto duro”, que cabe describir de la siguiente manera: comprende a quienes desean diferenciarse de Lima, por lo que está más en los lugares distintos a la capital, especialmente en el sur andino, zona del país en la que si bien no tiene mayoría sí una presencia significativa y visible. Voto duro que también se expresa más en las zonas rurales y en los sectores D y E, acá sí incluida Lima. Sí, creo que es un voto antiestablishment, provenientes de población que está en situación de pobreza.


Pero ¿por qué se puede decir que el voto ha sido “a pesar de Sánchez”? Porque él se ha disfrazado de Castillo para que no vean al verdadero Sánchez: congresista de este devaluado Congreso, del que no ha logrado diferenciarse positivamente, sino que es parte de los anónimos, y hasta ha tenido algunos votos cuestionables por diferentes razones (votó a favor de la minería ilegal en la cuestión del REINFO, se abstuvo en la vacancia contra el personaje que ahora encarna, el expresidente Castillo, entre otros).


Poniéndose el sombrero de Castillo y llevando en sus listas a sus familiares, además de mostrarse poco en la campaña, logró que la población viera a Castillo.

Sin embargo, se puede decir que el triunfo de Sánchez al pasar a la segunda vuelta es también a pesar del expresidente Pedro Castillo.


Se hace esta afirmación porque el núcleo duro de lo que representa el “castillismo” se basa en una imagen idealizada de Castillo, que no corresponde a la realidad de su gobierno.

Esa realidad, absolutamente demostrable, se puede resumir: incompetencia; permanencia al lado de Cerrón, pese a que otros sectores de la izquierda ofrecieron apoyo; actos de corrupción en investigación; y, finalmente, el intento de golpe de Estado.


Todo lo dicho respecto a Castillo no niega que los sectores más conservadores del país —comenzando por el fujimorismo— le hicieron siempre la vida imposible y buscaron vacarlo. Pero, al final, Castillo cae por sus propios “méritos”.


El voto duro de la mayoría


De lo dicho se desprende que en la primera vuelta se ha vuelto a expresar —como en 2021— que la gran mayoría de los peruanos y peruanas no ha votado por los dos candidatos que pasan a segunda vuelta.


Quiere decir que una amplia mayoría desea otras opciones, lo que resulta esperanzador para la construcción de nuevas alternativas.


Esta mayoría tendrá que decidir entre Keiko y Sánchez como “mal menor” o inclinarse por el voto blanco, nulo o la abstención.


El gran problema de la institucionalidad democrática


Solo mencionamos (para en otra oportunidad desarrollar) que en estas elecciones se ha expresado una vez más tanto la ineficiencia de nuestras instituciones (la ONPE, en primer lugar, a cargo de organizar las elecciones), como el control de la mayoría de ellas por la alianza que manda en el Congreso y el Gobierno.


Así, por ejemplo, se ha visto a la Junta Nacional de Justicia aceptar la renuncia de Corvetto, pese a que se trata de un cargo irrenunciable, y ya antes le había abierto una investigación con miras a una previsible destitución, cuando la ONPE es, al igual que la JNJ, un órgano constitucional autónomo. En estos días es incierto cómo será el nombramiento del nuevo jefe de la ONPE, proceso que ya se ha iniciado sin las garantías del caso (transparencia y participación ciudadana), y sin claridad sobre si asumirá el cargo antes o después de la segunda vuelta.


Por su parte, la Fiscalía también abrió investigación penal contra Corvetto y otros altos funcionarios, llegando incluso a detener a uno de ellos en pleno proceso electoral, mientras que ha sido totalmente pasiva frente a los posibles delitos cometidos por el exalcalde de Lima, quien llegó a amenazar con una insurgencia.


El Jurado Nacional de Elecciones no se ha prestado a las ilegalidades exigidas violentamente por López Aliaga (nulidad de elecciones o elecciones complementarias), pero denunció penalmente a la ONPE y no reaccionó frente a las amenazas de López Aliaga, lo que favorece el fraudismo.


Estos gravísimos problemas institucionales volverán a jugar en contra en la segunda vuelta, y solo la vigilancia ciudadana logrará que se respete el voto popular, gane quien gane, aunque nos guste más o menos: esencia de la democracia y del Estado de derecho.


*Marras, en el sentido de conocidas, referidas. Pero también en su sentido fonético, de a qué suena.


Comentarios


Noticias

bottom of page