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Una lectura personal de “El sentido profético” de Gonzalo Gamio Gehri




En el pensamiento latinoamericano actual, pocos ejercicios filosóficos logran articular con tanta solidez el rigor ético-conceptualmente exigente- y el compromiso con los dilemas concretos de la vida comunitaria como el libro El sentido profético: memoria, justicia y religión (2026). Esta obra del pensador peruano, Gonzalo Gamio Gehri (Lima, 1970), no se presenta como un tratado teórico abstracto ni como un volumen apologético; constituye, más bien, una indagación fenomenológica y programática sobre la capacidad de la tradición profética para interpelar el presente.


A lo largo de sus veinticuatro secciones, el autor nos invita a recorrer una arquitectura de temas convenientemente delimitados, cuyo núcleo articula la memoria moral de las víctimas, la laicidad democrática y el horizonte del florecimiento humano en condiciones de finitud. 


El núcleo profético: razón anamnética, crítica de la violencia y luchas por la memoria


El eje gravitacional y de mayor densidad temática del libro reside en la caracterización de la actitud profética como una forma de pensar y actuar ante la experiencia fáctica del dolor y de la injusticia. Lejos de la apreciación popular que asimila lo profético con la adivinación o la videncia del porvenir, Gamio rescata la matriz bíblica y filosófica de la profecía como una postura crítica e insobornable frente a los abusos del poder. Esta actitud se sostiene sobre tres factores fundamentales: la interpretación de la historia «desde su reverso», la exigencia de una metánoia o cambio de mentalidad, y el ejercicio incondicional de la parrhesía, es decir, el hablar con franqueza y claridad. 


El primer factor presupone una ruptura explícita con la narrativa triunfalista de la historia oficial. Siguiendo la célebre propuesta del filósofo alemán,  Walter Benjamin, el autor sostiene que el pretendido "progreso" de las sociedades se ha edificado sobre el silencio de víctimas inocentes. "El sentido profético", afirma Gamio, es "una interpretación de la historia «desde su reverso»" (2026, p. 12), lo que implica examinar el curso de los acontecimientos no desde las hazañas de los héroes o los éxitos macroeconómicos de las élites, sino desde el predicamento de los colectivos vulnerables: las mujeres, los huérfanos, los extranjeros y los desposeídos. 


Esta operación hermenéutica solo puede sostenerse mediante el cultivo de la razón anamnética. La memoria deja de ser un mero repositorio pasivo de fechas para convertirse en una fuerza moral activa. Como precisa el autor: "Escuchar la voz de las víctimas para restituir su derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación constituye una condición ineludible para edificar relaciones sociales razonables en la comunidad" (Gamio Gehri, 2026, p. 12).


Para profundizar en este punto, el libro incorpora la distinción formulada por Judith Shklar entre fatalidad e injusticia. Mientras la fatalidad alude a eventos destructivos que obedecen a causas no humanas (como los desastres naturales), la injusticia tiene su origen en decisiones y acciones de agentes concretos. La potencia profética radica precisamente en desenmascarar las estrategias del poder que intentan disfrazar actos expresos de crueldad e iniquidad bajo la apariencia de inevitables fatalidades.

 

Esta elaboración teórica encuentra su aplicación más conmovedora en el análisis de la reciente historia peruana. Gamio invoca la lección moral del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) y denuncia el encono de ciertos sectores reaccionarios, políticos, eclesiásticos e ideológicos, empeñados en imponer el olvido.


La renuencia de las cúpulas dirigentes a examinar las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante el conflicto armado interno (1980-2000), así como durante los recientes estallidos sociales de 2022 y 2023, perpetúa la precariedad de nuestra cultura cívica. En esta misma línea, la figura de Primo Levi y su desgarrador testimonio en Si esto es un hombre operan en el libro como un faro ético que nos recuerda el deber ineludible de rememorar para impedir que la deshumanización vuelva a erigirse en método.

 

A este compromiso con la memoria se suma la virtud de la parrhesía: el hablar franco, veraz y valiente ante un público hostil o frente a la amenaza de los poderosos. Evocando figuras contemporáneas como Dietrich Bonhoeffer, Martin Luther King Jr., o la inolvidable protesta de Miguel de Unamuno en Salamanca frente al fascismo en 1936, Gamio muestra cómo el parrhesiastés asume el riesgo del estigma, la marginación o el sacrificio personal con tal de no ser cómplice de la mentira institucionalizada. 


Laicidad, ciudadanía y la articulación del pluralismo en la esfera pública


En un segundo orden de relevancia temática, el libro aborda la articulación política entre el discurso confesional y la democracia liberal en un mundo caracterizado por la secularización. Gamio desarma con lucidez dos malentendidos recurrentes en el debate contemporáneo: la postura del laicismo jacobino, que pretende confinar la fe al fuero estrictamente privado de las personas, y la nostalgia del integrismo, que anhela reconfesionalizar las instituciones estatales. 


A partir de las aportaciones de Mark Lilla, José Casanova y Charles Taylor, el texto define la laicidad o aconfesionalidad del Estado como una garantía de neutralidad doctrinaria. Dado que el Estado democrático tiene la obligación de asignar un trato equitativo e igualitario a todos los ciudadanos, no puede asumir ningún credo ni cosmovisión como oficial, pues de hacerlo discriminaría a quienes profesan otras creencias o han optado libremente por la incredulidad. 


Ahora bien, neutralidad estatal no equivale a exclusión de las religiones de la esfera pública. Gamio distingue con claridad entre el sistema político (el Estado y los partidos) y la sociedad civil. Las iglesias y comunidades de fe forman parte del tejido asociativo de la sociedad civil, al lado de las universidades, los colegios profesionales y los sindicatos. Por lo tanto, tienen el pleno derecho a participar en las deliberaciones cívicas sobre la justicia, la distribución de bienes, la migración o la paz. 


Para que esta intervención sea legítima y fructífera en un entorno pluralista, Gamio recurre al concepto del filósofo estadounidense, John Rawls, de estipulación o traducción. Los creyentes pueden llevar sus convicciones a la arena pública siempre que sean capaces de traducir sus intuiciones doctrinales a un léxico común accesible para todos los ciudadanos: el lenguaje universal de los derechos humanos y de la razón pública. Un claro ejemplo histórico de este procedimiento fue la labor de Martin Luther King Jr., quien, partiendo de la teología bautista y los textos del Éxodo, tradujo su demanda de emancipación al vocabulario constitucional del republicanismo estadounidense y los derechos civiles. 


Asimismo, el autor contrapone al dogmatismo integrista la virtud pragmatista del falibilismo. Formulado por autores como Richard Bernstein y Louis Menand, el falibilismo es la disposición ética e intelectual a defender las propias convicciones con razones argumentadas, pero manteniéndose abiertos a modificar el propio punto de vista si en el diálogo cívico los argumentos ajenos se muestran más sólidos o si los propios revelan inconsistencias. Esta actitud resulta fundamental para desmontar la "ilusión del destino" y las identidades monolíticas denunciadas por Amartya Sen. 


Esta perspectiva pluralista se proyecta también hacia el análisis de las migraciones forzadas. Confrontando la aporofobia y la xenofobia que con frecuencia marcan la recepción de los migrantes —como ha ocurrido con la comunidad venezolana en el Perú—, Gamio invoca la noción griega de xenía (hospitalidad) y las tesis de Judith Butler sobre la cohabitación ineludible. Mediante una educación de los sentimientos fundada en la empatía y en el cultivo de las humanidades, se nos exhorta a ensanchar nuestros círculos morales para reconocer en el extranjero a un semejante titular de derechos. 


Fenomenología de la experiencia religiosa, finitud y el horizonte del florecimiento humano


El tercer nivel en la secuencia del libro —que funciona como el cimiento filosófico-existencial de las dos partes anteriores— se adentra en la fenomenología de la vida cotidiana, la experiencia de Dios y el desarrollo de las capacidades. Gamio inicia este trayecto definiendo la actividad filosófica no como la edificación de un sistema abstracto de certezas, sino como un hábito (héxis) de desaceleración de la mirada, una actitud de asombro (thaumatzein) y epoché que pone entre paréntesis el sentido común para propiciar una metánoia o conversión de la mente y del corazón. 


En el terreno de la filosofía de la religión, el autor establece una distinción vital entre la pístis (la creencia en clave epistémica y doctrinal sobre un objeto) y la emunāh hebrea (la confianza y la fidelidad interpersonal). Apoyándose en las reflexiones de Martin Buber, se argumenta que la fe no se vive en la relación sujeto-objeto (yo-ello), sino en la reciprocidad de la interlocución (yo-Tú). El contacto con lo divino no acontece en la evasión del mundo, sino en el encuentro con el prójimo. La lucha de Jacob contra el desconocido en Génesis 32 ilustra cómo la iluminación espiritual brota del conflicto (agón) y cómo la bendición conquistada deja una huella en el cuerpo —la cojera de Jacob— como signo indeleble de finitud y vulnerabilidad. 


Esta comprensión encarnada de la fe conecta con el enfoque de las capacidades de Amartya Sen y Martha Nussbaum. Gamio demuestra una sorprendente convergencia entre las metáforas evangélicas del Reino de Dios (la semilla de mostaza que se convierte en arbusto, la levadura que hace crecer la masa) y la noción de desarrollo humano como despliegue de las potencialidades o paso de las capacidades a los funcionamientos. Una vida en plenitud no se mide por la acumulación de recursos económicos ni por el PBI per cápita, sino por las oportunidades reales que tienen las personas para elegir y poner en práctica formas de vida valiosas. 


Esta visión crítica permite impugnar la “teoría de la elección racional” y el utilitarismo reduccionista que pretenden someter todas las dimensiones de la existencia al cálculo de costos y beneficios. Dialogando con el sociólogo Hartmut Rosa, el libro contrapone a la aceleración y a la alienación de la sociedad de mercado la búsqueda de experiencias de resonancia: momentos de encuentro responsivo e indisponible con las personas, el arte y la naturaleza. 


El itinerario culmina en la afirmación de la primacía del amor (ágape) sobre el mero merecimiento contractual. Al examinar la parábola del Juicio Final en Mateo 25, Gamio subraya que el criterio para evaluar si una vida ha alcanzado su plenitud no reside en el cumplimiento de la ortodoxia ni en la observancia de ritos, sino en la compasión eficaz ante el sufrimiento del hambriento, el enfermo, el encarcelado y el extranjero. "La novedad del cristianismo", concluye el autor, "parece residir en el hecho de que seremos juzgados por el amor que hemos entregado o no" (Gamio Gehri, 2026, p. 103). 


Una observación sobre la traducción cívica del mensaje profético


El recorrido por El sentido profético evidencia el rigor conceptual y la nobleza con que Gonzalo Gamio ha construido su argumento. La obra representa, como hemos dicho, una contribución de primer orden para la filosofía práctica latinoamericana, al rescatar la fuerza emancipadora de la espiritualidad judeocristiana sin ceder ante las exigencias de la racionalidad secular y los derechos humanos.


Sin embargo, cabe introducir un matiz sobre la viabilidad de su propuesta de "traducción pública". El modelo rawlsiano presupone un consenso básico y un trasfondo institucional estable. En contextos de extrema polarización y erosión democrática —como el peruano—, la exigencia de traducir la motivación profética al lenguaje secular encuentra severos límites. Cabe preguntarse si, al someter la energía subversiva de la profecía a los filtros del vocabulario liberal, no se corre el riesgo de edulcorar la brecha intransigente que el profeta abre ante la injusticia.


La palabra profética suele irrumpir no como una propuesta de consenso, sino como un grito que quiebra la gramática misma del discurso establecido. Esta salvedad no resta valor al volumen. El sentido profético se erige como un texto indispensable para pensar la reconstrucción moral de nuestra comunidad: una invitación a cultivar la memoria, ejercitar la parrhesía y recordar que la justicia solo cobra vida allí donde el amor al prójimo estructura nuestra existencia compartida.


Referencias


Gamio Gehri, G. (2026). El sentido profético: memoria, justicia y religión (1.ª ed.). Fondo Editorial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya; Instituto de Desarrollo Humano de América Latina - Pontificia Universidad Católica del Perú.


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