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La vejez que traiciona

hace 14 horas
6 min de lectura



Simone de Beauvoir encontró en la vejez de Georges Clemenceau una paradoja política que merece atención. No era exactamente la historia del revolucionario que un día reniega de sus ideas para abrazar las de sus antiguos adversarios. Era algo más inquietante: Clemenceau había permanecido fiel, en buena medida, a la concepción de la democracia que defendió durante su juventud. Lo que había cambiado era el mundo alrededor suyo.


De joven estuvo ligado al republicanismo radical francés. Escribió en periódicos considerados subversivos, conoció la cárcel, defendió la amnistía de los comuneros y llegó a ocupar un lugar prominente en el radicalismo socialista. Combatió el colonialismo, defendió libertades públicas, la organización sindical y reformas favorables a los trabajadores. Para los parámetros políticos de su tiempo, se situaba en la izquierda y, por momentos, en la extrema izquierda.


Décadas después, desde el gobierno, contemplaba las huelgas desde otro lugar. Cuando consideró amenazado el orden, recurrió al ejército. Las tropas dispararon contra trabajadores, reprimió conflictos sociales y llegó a llamarse a sí mismo «el primer policía de Francia». La ruptura con los socialistas terminó siendo completa.


¿Qué había ocurrido?


Beauvoir evita la respuesta fácil. No dice simplemente que Clemenceau envejeció y se volvió conservador. Advierte que un hombre puede mantener durante décadas la línea política que considera propia y descubrir que esa fidelidad lo ha colocado en otro lugar de la historia. Permanecer apegado a determinada forma de democracia había desplazado a Clemenceau, en términos históricos, desde la extrema izquierda hacia la reacción.


La pregunta puede trasladarse al Perú contemporáneo.


Fernando Rospigliosi militó durante su juventud en Vanguardia Revolucionaria, una de las organizaciones marxistas de la llamada nueva izquierda peruana. Pertenecía a una generación para la cual revolución, imperialismo y transformación del orden social formaban parte del vocabulario con el que se discutía el futuro. Décadas después, aquel militante terminaría sentado en una curul de Fuerza Popular, defendiendo posiciones difícilmente conciliables con el universo político de su juventud.


La contradicción resulta mayor porque durante los años noventa Rospigliosi fue un crítico persistente del régimen de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Tampoco estamos, por tanto, ante alguien que haya mantenido siempre una misma ubicación política.


Entre ambos extremos transcurrieron varias décadas. Hubo derrota de proyectos revolucionarios, conflicto armado interno, autoritarismo, caída del fujimorismo y experiencia gubernamental. Rospigliosi ingresó al Estado y llegó a dirigir uno de sus aparatos más sensibles como ministro del Interior durante el gobierno de Alejandro Toledo.


Desde ese despacho, el poder deja de ser una abstracción contra la cual se protesta. Tiene policías, servicios de inteligencia, conflictos que resolver y un orden que preservar. Quien alguna vez contempló al Estado desde fuera comienza a observar la sociedad desde una institución encargada de protegerlo.


En noviembre de 2005 aparece una señal más clara. Rospigliosi y Rubén Vargas se reunieron con funcionarios de la Embajada de Estados Unidos en Lima. Un cable diplomático divulgado años después por WikiLeaks registró su preocupación por el crecimiento electoral de Ollanta Humala y la posibilidad de desarrollar acciones comunicacionales que contrarrestaran su avance. Los propios funcionarios estadounidenses consideraron que una campaña contra Humala no correspondía a la embajada y debía quedar en manos de los partidos políticos peruanos.


Cuando el documento se hizo público, Rospigliosi no negó la reunión. Explicó que consideraba a Humala un peligro para la democracia y justificó recurrir a Estados Unidos ante lo que interpretaba como intervención de Venezuela y Cuba en favor del candidato nacionalista.


El episodio es revelador porque muestra cuánto había cambiado el mapa con el que interpretaba la política. Para la tradición marxista en la que se formó, Estados Unidos había ocupado el lugar del imperialismo y la intervención en América Latina. En 2005 podía convertirse en interlocutor frente a una amenaza considerada más próxima. Había cambiado el adversario.


Esa lógica ayuda a entender su apoyo a Keiko Fujimori frente a Humala en la segunda vuelta de 2011. No significa que Rospigliosi se hubiera convertido entonces en fujimorista. Durante los años siguientes continuó cuestionando a Fuerza Popular y a su lideresa. Su transformación fue menos lineal: avanzó entre coincidencias, distancias y redefiniciones de aquello que consideraba peligroso para la democracia.


El acercamiento definitivo se produjo años después. En septiembre de 2020, Fuerza Popular contrató a FRC Consultores, empresa vinculada a Rospigliosi, para realizar una investigación sobre inseguridad ciudadana por 180 mil soles provenientes del financiamiento público destinado a los partidos. Poco después, Rospigliosi apareció como integrante del equipo de Keiko Fujimori y posteriormente postuló al Congreso por Fuerza Popular.


La proximidad temporal provocó cuestionamientos, pero sería apresurado convertirla en una explicación causal. Rospigliosi sostuvo que se trató de una consultoría profesional y que su acercamiento político al fujimorismo tenía antecedentes mucho más antiguos. La cronología confirma, al menos, esto último: su desplazamiento había comenzado bastante antes de 2020.


Hay un contraste todavía más difícil de ignorar. En 1983, Rospigliosi participó en la fundación de la Asociación Pro Derechos Humanos, APRODEH. Más de cuarenta años después, desde el Congreso, defendió una amnistía para militares, policías y miembros de comités de autodefensa investigados, procesados o condenados por hechos vinculados al conflicto armado interno. Entre esas dos imágenes transcurre una vida política completa.


No sabemos si corresponde llamarla traición. Hacerlo demasiado pronto cerraría la pregunta que interesa plantear. Las convicciones pueden desgastarse, reorganizarse o quedar subordinadas a otras preocupaciones. También puede ocurrir que alguien conserve la certeza íntima de estar defendiendo los mismos valores mientras ha cambiado profundamente aquello que está dispuesto a hacer en nombre de ellos.


Pero volvamos a Rospigliosi y a Beauvoir.


En La vejez, la experiencia acumulada no es necesariamente una carga. Puede proporcionar perspectiva y ayudar a comprender procesos que un joven apenas empieza a conocer. El problema surge cuando el tiempo individual y el tiempo histórico dejan de avanzar juntos. En una sociedad que cambia rápidamente, el pasado puede convertirse en un repertorio de respuestas construidas para circunstancias que ya no existen.


Con los años tampoco se acumulan solamente ideas. Se acumulan relaciones, reconocimiento, bienes, rutinas y formas de seguridad. El joven que quiere transformar el mundo suele tener menos que preservar que quien ha construido durante décadas un lugar dentro de él. Beauvoir observa que la resistencia al cambio puede intensificarse cuando las transformaciones amenazan intereses, hábitos o posiciones adquiridas.


Esto no significa que la vejez vuelva reaccionarias a las personas. José Mujica abandonó la lucha armada y llegó a la presidencia de Uruguay sin renunciar por ello a sus preocupaciones centrales por la desigualdad y la justicia social. Nelson Mandela llegó al poder después de veintisiete años de prisión sin convertir la experiencia del encierro en una defensa del régimen que lo había encarcelado. Envejecer no obliga a reconciliarse con aquello que se combatió.


Por eso el problema de Rospigliosi no puede reducirse a su edad. Lo significativo es la magnitud y la dirección de su desplazamiento. Cada decisión pudo parecer razonable dentro de las circunstancias en que fue tomada: combatir a Fujimori en los noventa no impedía considerar a Humala un peligro mayor en 2011; denunciar a Montesinos tampoco obligaba a rechazar para siempre cualquier coincidencia con Fuerza Popular. Las transformaciones profundas no necesitan producirse mediante una renuncia espectacular. Pueden avanzar mediante decisiones sucesivas que, consideradas aisladamente, encuentran una justificación.


Una amenaza se vuelve más urgente que otra. Una alianza antes impensable parece necesaria. Una institución cuestionada comienza a considerarse indispensable. El adversario de ayer se convierte en aliado circunstancial y, con los años, la circunstancia deja de serlo.


También existe una dimensión menos cómoda. Las personas envejecen materialmente. El tiempo disponible disminuye y la seguridad adquiere otro significado. Sería tentador vincular esta cuestión con los ingresos que Rospigliosi recibió por la consultoría contratada por Fuerza Popular, pero no existe documentación suficiente para afirmar que una necesidad económica haya determinado su incorporación al partido. Presentarlo de ese modo convertiría una sospecha en certeza.


La pregunta general, sin embargo, permanece: ¿cambia nuestra relación con las convicciones cuando aparece el temor a envejecer sin seguridad, perder reconocimiento o quedar fuera del mundo que hemos construido? Quizá sea aquí donde el título de este ensayo deba volverse contra sí mismo.


La vejez que traiciona parece sugerir que es la edad la que traiciona las convicciones. Beauvoir obliga a desconfiar de esa explicación. La vejez no actúa desde fuera ni sustituye unas ideas por otras. Enfrenta a una persona con todo lo que ha acumulado mientras la sociedad continúa cambiando: experiencia y prejuicios, derrotas y logros, memoria, posición social, necesidades y temores.


Clemenceau creyó permanecer fiel a cierta concepción de la democracia y terminó históricamente situado en un lugar distinto. Rospigliosi añade otra dimensión: no solo cambió el mundo a su alrededor. Cambiaron sus adversarios, sus alianzas y su propia relación con el poder.


Quizá él no considere haber traicionado sus convicciones. Puede reconocerse todavía en la defensa de la democracia que ha invocado durante décadas. Esa posibilidad vuelve su trayectoria más interesante, porque las personas rara vez experimentan sus transformaciones como una sucesión de renuncias. Necesitan reconocerse en quien fueron y en quien son, aunque entre ambos exista una distancia que desde fuera resulte difícil ignorar.


La vejez no traiciona. Lo que hace el tiempo es volver más compleja nuestra relación con aquello que alguna vez creímos.


Y quizá la traición más difícil de reconocer no sea abandonar una antigua convicción, sino seguir llamándola del mismo modo cuando ya estamos dispuestos a defender, en su nombre, aquello que alguna vez combatimos.


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