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Lo que vi en Venezuela




Caracas y La Guaira son ciudades con muchos más edificios altos que casas, algo en lo que, poco a poco, se está convirtiendo Lima. No puedo evitar mirar el desastre que he visto en Venezuela con ojos de limeña y preguntarme cómo sería un terremoto de semejante magnitud en nuestra ciudad.


No soy especialista en sismos ni en ingeniería estructural. Lo que sigue no pretende ser un análisis técnico, sino algunas reflexiones nacidas de lo que he visto y escuchado durante estos días. Y, sobre todo, de la inevitable comparación con Lima.


Lo primero que llama la atención es que el terremoto no ha distinguido entre casas y edificios: ambos han sufrido daños y colapsos. Sin embargo, al recorrer las zonas afectadas da la impresión de que el riesgo de morir atrapado en un edificio que se desploma es mucho mayor que el de una casa que colapsa. En una vivienda de uno o dos pisos todavía puede existir alguna posibilidad de escapar; en un edificio que cae sobre sí mismo, quienes quedan en los primeros niveles prácticamente no tienen ninguna oportunidad.


También me ha sorprendido la cantidad de edificios modernos que se han convertido en verdaderas tumbas colectivas. He visto edificios de sectores acomodados completamente destruidos. También algunos conjuntos de vivienda social construidos por la Misión Vivienda. Sin embargo, por lo menos en lo que he podido observar, gran parte de los edificios colapsados parecían construcciones privadas levantadas mucho antes del gobierno de Hugo Chávez. Algunos se desplomaron como castillos de naipes y de ellos solo quedó en pie la puerta de ingreso con el nombre del edificio.


El gobierno venezolano sostiene que alrededor del 80 % de los edificios colapsados fueron construidos por el sector privado y el 20 % por el Estado. No sé si esa cifra será exacta, pero, después de recorrer varias zonas afectadas, no me resulta difícil creerla.


Otro aspecto que me impresionó fue la forma en que cedieron muchas edificaciones. En varios casos parecía que los pisos se habían ido aplastando unos sobre otros. Las personas que vivían en los primeros niveles quedaron atrapadas sin posibilidad de escapar. Según explicaban algunos especialistas, los edificios con un "primer piso blando", es decir, aquellos cuyo primer nivel tiene menos paredes y columnas porque está destinado a garajes o halls de ingreso, presentaron un mayor riesgo de colapso.


Hay otra observación que debería preocupar especialmente a Lima. En Caracas se derrumbaron edificios que ya habían resistido el terremoto de 1967 y que posteriormente habían sido reforzados con asesoría de expertos japoneses. Aun así, algunos no soportaron un segundo gran sismo. Esto debería hacernos reflexionar sobre los edificios limeños que ya presentan grietas o daños acumulados después de décadas de temblores. Haber sobrevivido a un terremoto no garantiza que resistirán el siguiente.


Todo indica, además, que el comportamiento del suelo y las características específicas del movimiento sísmico fueron determinantes en la magnitud de los daños. Venezuela cuenta con normas antisísmicas reconocidas. La gran pregunta es otra: ¿qué tan rigurosamente fueron supervisadas? ¿Quién autorizó la construcción de edificios en determinadas zonas? Vale recordar que muchos de los inmuebles colapsados fueron construidos décadas antes del chavismo.


Regreso a Lima profundamente preocupada. Sabemos que tarde o temprano tendremos un gran terremoto. Sin embargo, mientras la ciudad sigue creciendo hacia arriba, pocas veces nos preguntamos si ese crecimiento está siendo realmente seguro.


¿Podemos confiar en que los municipios revisan con el rigor necesario los estudios de suelo y los proyectos estructurales antes de otorgar una licencia de construcción? ¿Podemos confiar en que todas las constructoras cumplen las normas antisísmicas más allá del papel?

Estamos, además, en un contexto de elecciones municipales. La forma en que se otorgan las licencias de construcción y, sobre todo, la fiscalización del cumplimiento de las normas antisísmicas deberían convertirse en un tema central del debate público. Porque cuando llegue el próximo gran sismo, ya será demasiado tarde para descubrir que la ciudad no estaba preparada.


 
 
 

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