Inglaterra versus Argentina: el imperio que saqueó y el libertario que remata
- Redacción El Salmón
- hace 22 horas
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Ningún cruce de este Mundial carga tanto peso extradeportivo como este. De un lado, la potencia que construyó su riqueza sobre el saqueo colonial y que hoy sigue ocupando por la fuerza un archipiélago que no le pertenece. Del otro, un gobierno que se presenta como la ruptura salvadora contra el "populismo" y que en realidad aplica el manual más ortodoxo del ajuste neoliberal, con el costo social que eso siempre implica. Ninguno de los dos merece indulgencia.
Un clásico que nunca fue solo fútbol
Inglaterra y Argentina se enfrentan en semifinales del Mundial, en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta. Argentina llega de eliminar a Suiza 3-1 en tiempo suplementario; Inglaterra, de superar 2-1 a Noruega. El historial mundialista está empatado en dos victorias por lado, pero lo que de verdad pesa no es la estadística: es México 1986, con el Gol del Siglo y la Mano de Dios de Maradona —la revancha simbólica de un pueblo que cuatro años antes había sido derrotado militarmente por la misma potencia—, y es la guerra real de 1982, que todavía no termina.
Inglaterra: la potencia que nunca pagó lo que debe
El Reino Unido no llegó a ser una de las economías más ricas del planeta por mérito propio ni por "libre mercado". Llegó ahí financiando su revolución industrial con el saqueo colonial de India, el comercio de esclavos y la extracción sistemática de materias primas de medio mundo.
Cuando el imperio formal se volvió insostenible, sostuvo ese mismo esquema de extracción mediante lo que la historiografía llama "imperio informal". El caso argentino es el manual de texto: el capital británico construyó y controló los ferrocarriles argentinos, dominó la exportación de carne y granos y convirtió al país en una economía agroexportadora funcional a las fábricas de Manchester, sin necesidad de izar una sola bandera británica en Buenos Aires.
Fue explotación colonial disfrazada de "inversión extranjera", y ese patrón sigue siendo el molde de cómo el capital financiero de los países centrales opera en el sur global hoy mismo.
Ese mismo país, que se jacta de su "civilización" y su "Estado de derecho", mantiene hoy bajo ocupación militar un archipiélago —las Malvinas— que le arrebató a Argentina en 1833 y que retuvo por la fuerza en 1982, cuando el gobierno de Margaret Thatcher envió una flota a recuperar unas islas a 13.000 kilómetros de Londres y a apenas 500 de las costas argentinas.
La guerra dejó 649 muertos argentinos, 255 británicos y 3 isleños. En ambos países, el conflicto tuvo un enorme impacto político interno. La junta militar argentina, que atravesaba una profunda crisis económica y de legitimidad, buscó recuperar las Malvinas para reavivar el nacionalismo, unificar a la población detrás del régimen y desplazar del centro del debate el creciente rechazo a la dictadura, responsable de miles de desapariciones forzadas, torturas y asesinatos. El resultado fue exactamente el contrario: la derrota destruyó la legitimidad de la junta, precipitó la caída de Leopoldo Galtieri y aceleró el fin de la dictadura, abriendo el camino al retorno de la democracia en 1983. En el Reino Unido ocurrió lo opuesto: la victoria fortaleció decisivamente el liderazgo de Margaret Thatcher, cuya popularidad se disparó y le permitió consolidar el poder necesario para profundizar durante la década siguiente su programa neoliberal, basado en la desregulación financiera, las privatizaciones masivas y la derrota de los grandes sindicatos.
La guerra de Malvinas no defendió ninguna "autodeterminación": salvó el proyecto político que terminaría por producir, cuarenta años después, un Reino Unido con uno de los coeficientes de desigualdad más altos de Europa occidental y una red de bancos de alimentos —Trussell— que en 2025 repartió 2,6 millones de paquetes de emergencia, 900.000 de ellos para niños, en uno de los países más ricos del planeta. Esa es la herencia real del thatcherismo que la guerra de 1982 ayudó a blindar: no hay forma de separar el triunfalismo militar de sus consecuencias económicas internas.
Argentina: el ajuste libertario que se presenta como milagro
Del otro lado está Javier Milei, que llegó al poder prometiendo dinamitar "la casta" y terminó aplicando, con motosierra literal como símbolo de campaña, el mismo ajuste ortodoxo que el FMI receta hace medio siglo a los países del sur global: recortes del gasto público, reforma laboral que debilita derechos conquistados, y una apuesta a que el sufrimiento social de corto plazo se traduzca en estabilidad de largo plazo, sin que nunca quede claro quién paga la factura mientras tanto. El propio gobierno celebra la caída de la inflación de picos de 200-211% a comienzos de su gestión hasta rondar el 32-33% en 2026 como si fuera un milagro económico, pero omite sistemáticamente que esa desinflación se logró mediante un ajuste fiscal brutal, no mediante ninguna mejora estructural de la economía productiva argentina.
La cifra que el gobierno más repite —la baja de la pobreza a 28,2% según el INDEC en el segundo semestre de 2025— ya empezó a desmoronarse antes de que la tinta se secara: mediciones privadas más recientes, entre ellas el propio "Nowcast" que Milei usa como referencia informal, muestran que la pobreza volvió a subir hasta rondar el 30-32% entre abril y mayo de 2026, arrastrada por el rebrote inflacionario y una economía que perdió impulso apenas dejó de recibir el impulso artificial del ajuste inicial.
Es decir: el "éxito" libertario tiene fecha de vencimiento, y ese vencimiento ya llegó. Mientras tanto, trabajadores del sector cárnico marcharon el 30 de abril de 2026 hacia la Plaza de Mayo contra la reforma laboral del gobierno, en vísperas del Día del Trabajador —la respuesta social más elemental frente a un modelo que exige sacrificio de quienes menos tienen para financiar la estabilidad cambiaria que piden los mercados financieros internacionales—. El propio Fondo Monetario Internacional, que en enero de 2026 aprobó un nuevo programa de 20.000 millones de dólares para sostener el esquema de Milei, es el mismo organismo que durante décadas impuso en América Latina las políticas de ajuste estructural que profundizaron la desigualdad y la dependencia externa de la región: su respaldo no es un gesto de confianza neutral, es la extensión de la misma lógica que mantiene a países como Argentina atados a condicionalidades externas en lugar de a un proyecto económico soberano.
A esto se suma que el propio gobierno libertario, que hizo bandera de su rechazo absoluto a cualquier intervención estatal en los mercados, tuvo que recurrir al control de precios de los combustibles a través de YPF —la petrolera estatal que en su discurso debería privatizarse— para contener el impacto de la guerra en Medio Oriente sobre los precios internos: una contradicción que desnuda el mito del "libre mercado puro" incluso en boca de quienes más lo predican. Y mientras la pobreza vuelve a subir, el gobierno de Milei arrastra un escándalo de corrupción que salpica a su jefe de Gabinete y vocero, Manuel Adorni, actualmente bajo investigación judicial: la misma "casta" que Milei juró combatir reaparece, con otro nombre, dentro de su propio gabinete.
No hay aquí ningún empate moral que valga. Inglaterra construyó su riqueza sobre el saqueo colonial, sostuvo ese mismo esquema de extracción disfrazado de comercio "libre" en países como Argentina, y libró una guerra en 1982 que no defendió ningún principio democrático sino que blindó políticamente el proyecto neoliberal que hoy tiene a millones de británicos dependiendo de bancos de alimentos.
Argentina, bajo Milei, atraviesa su propio experimento de ajuste ortodoxo bajo la promesa de que el sacrificio presente garantiza el bienestar futuro —la misma promesa que el FMI y el Consenso de Washington vienen repitiendo en la región desde los años ochenta sin que nunca termine de cumplirse para las mayorías—, mientras la pobreza vuelve a subir, la corrupción reaparece en su propio gabinete y la resistencia sindical se multiplica en las calles. Un país cosechó durante dos siglos los frutos del colonialismo y hoy administra su propia crisis social sin cuestionar jamás el modelo que la produjo. El otro se entrega, bajo la bandera de la libertad individual, al mismo libreto de ajuste que el capital financiero internacional siempre exige a los países periféricos. Ninguno de los dos merece la benevolencia del análisis "equilibrado": ambos son, hoy, expresiones distintas del mismo poder del capital sobre la vida de la gente.





