Inglaterra versus Noruega, dos caminos frente al mismo petróleo
- Redacción El Salmón

- hace 2 días
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Dos potencias del Mar del Norte, un mismo recurso natural y dos destinos radicalmente distintos. La comparación entre el Reino Unido y Noruega es una lección sobre lo que ocurre cuando el capital decide quién se queda con la renta de un país.
El mismo mar, dos modelos
A finales de los años sesenta, tanto el Reino Unido como Noruega descubrieron enormes reservas de petróleo y gas bajo el Mar del Norte. Extrajeron del mismo yacimiento geológico, en la misma década, con tecnología comparable. Medio siglo después, los resultados no podrían ser más distintos.
Noruega —un país de apenas 5,5 millones de habitantes— construyó el fondo soberano más grande del planeta, el Government Pension Fund Global (conocido como el "fondo petrolero"), que a mediados de 2026 supera los 2 billones de dólares en activos. Esa cifra equivale a que cada ciudadano noruego posea, sobre el papel, cerca de 390.000 dólares del fondo. El Reino Unido, en cambio, gastó su renta petrolera casi en tiempo real, financiando recortes de impuestos y gasto corriente durante los gobiernos de Margaret Thatcher, sin crear un vehículo de ahorro equivalente. No existe un "fondo petrolero británico" que uno pueda visitar en una página web. La diferencia fue política más que geológica.
Economía: ahorro colectivo contra austeridad financiarizada
El caso noruego suele presentarse como una rareza casi utópica dentro del capitalismo global, y en cierto sentido lo es. Cada corona de renta petrolera del Estado se deposita íntegramente en el fondo, que invierte exclusivamente en el extranjero —para no recalentar la economía doméstica— y que solo permite gastar, cada año, alrededor del 3% de su valor: el retorno real de largo plazo estimado. Es una regla fiscal diseñada explícitamente para que la riqueza no se la coma la generación presente. El resultado: Noruega mantiene un Estado de bienestar universal, baja corrupción y una economía "continental" (no petrolera) que crece de forma relativamente independiente del precio del crudo.
Pero conviene no idealizar el modelo. El propio fondo reconoce que su gobernanza de excelencia no nació del petróleo, sino que lo precedió: Noruega ya era una socialdemocracia próspera, con instituciones sólidas, cuando llegó el hallazgo. Además, hoy el fondo está profundamente expuesto a la volatilidad de los mercados bursátiles globales —cerca del 71% de sus activos están en acciones, con una concentración considerable en tecnológicas estadounidenses—, lo cual no deja de ser una paradoja: la "independencia" energética noruega termina atada al ciclo de Wall Street y al humor especulativo en torno a la inteligencia artificial.
El Reino Unido tomó la ruta opuesta. Con los ingresos del Mar del Norte, Thatcher financió la desregulación financiera de la City de Londres y una desindustrialización acelerada que dejó regiones enteras —el norte de Inglaterra, Gales, Escocia industrial— convertidas en lo que la literatura académica llama "paisajes de la desindustrialización". El excedente no se ahorró para el futuro: se usó para sostener, en el presente, un modelo económico cada vez más centrado en las finanzas y cada vez más desigual.
Las cifras de desigualdad lo confirman. El coeficiente de Gini del Reino Unido se ubica sistemáticamente por encima del de Noruega y de sus vecinos escandinavos, en un rango más cercano —proporcionalmente— al de Estados Unidos que al del resto de Europa occidental. Detrás de ese número hay una realidad muy concreta: en 2025, la red de bancos de alimentos Trussell distribuyó 2,6 millones de paquetes de emergencia en el Reino Unido, de los cuales más de 900.000 fueron destinados a niños.
Según el propio informe "Hunger in the UK" de Trussell, el 27% de los niños británicos vive hoy en hogares con inseguridad alimentaria, y las personas con discapacidad —que representan el 28% de la población— constituyen el 74% de quienes son referidos a un banco de alimentos. Esto no es una anécdota de crisis coyuntural: es la fotografía estructural de una de las seis economías más grandes del mundo.
Bienestar social: universalismo nórdico contra un Estado de bienestar erosionado
Noruega financia salud universal, educación gratuita hasta el nivel universitario y licencias parentales generosas mediante impuestos altos y la renta petrolera acumulada. No es un país sin desigualdad ni sin tensiones —el desempleo juvenil ronda el 15%, cifra alta para el estándar nórdico, y persisten brechas regionales—, pero el piso social sigue siendo comparativamente sólido.
El Reino Unido construyó su propio Estado de bienestar de posguerra —el NHS, la vivienda social, la educación pública— sobre bases que en su momento fueron tan ambiciosas como cualquier proyecto socialdemócrata europeo. Pero cuatro décadas de austeridad, privatizaciones parciales y recortes selectivos, intensificadas tras la crisis financiera de 2008 y profundizadas después del Brexit, erosionaron ese piso. El propio Departamento de Trabajo y Pensiones del gobierno británico ha reconocido públicamente la necesidad de una "estrategia ambiciosa" contra la pobreza infantil, mientras organizaciones como Trussell exigen —hasta ahora sin éxito pleno— la eliminación del llamado "límite de dos hijos" en las prestaciones sociales, una medida que, según sus propios cálculos, empuja a cientos de miles de menores a la pobreza severa.
Historia y relación bilateral: del imperio a la alianza atlántica
La relación entre ambos países está marcada por una asimetría de poder que antecede al petróleo por siglos, y que en realidad se remonta más de mil años atrás, a la era vikinga. Fue precisamente en suelo inglés donde, en el año 793, un grupo de guerreros escandinavos atacó el monasterio de Lindisfarne, un episodio que la historiografía tradicional señala como el inicio simbólico de la Era Vikinga en Europa.
Durante los tres siglos siguientes, colonos y ejércitos procedentes de lo que hoy es Noruega y Dinamarca no solo saquearon el territorio inglés: se asentaron en él, fundaron ciudades como York (la Jorvik vikinga) y llegaron a gobernar buena parte del este y norte de Inglaterra bajo lo que se conoce como el Danelaw, la "ley danesa". El punto culminante de esa presencia escandinava fue el reinado de Canuto el Grande, a comienzos del siglo XI, quien llegó a unificar bajo una misma corona Inglaterra, Dinamarca y Noruega en lo que los historiadores llaman el Imperio del Mar del Norte.
Esa influencia nórdica en Inglaterra terminó recién en 1066, cuando Guillermo el Conquistador —descendiente, a su vez, de vikingos asentados en Normandía— derrotó al último rey anglosajón en la batalla de Hastings, el mismo año en que Inglaterra había repelido, en Stamford Bridge, una última invasión noruega liderada por el rey Harald Hardrada. Es decir: mucho antes de que existiera cualquier imperio británico o cualquier fondo soberano noruego, ya hubo un momento de la historia en el que fue Escandinavia, y no Inglaterra, la que ejerció el poder sobre la isla. Noruega, en cambio, pasó luego a ser durante siglos una periferia relativamente pobre dentro de la órbita danesa y luego sueca, y solo alcanzó la independencia plena en 1905.
La Segunda Guerra Mundial es el punto de inflexión de la relación bilateral moderna: el Reino Unido acogió al gobierno noruego en el exilio tras la invasión nazi de 1940, y esa memoria compartida de resistencia sigue siendo un pilar simbólico del vínculo entre ambos países. Desde entonces, Londres y Oslo son socios dentro de la OTAN —alianza fundada en 1949 en la que ambos son miembros fundadores— y comparten intereses estratégicos en el Mar del Norte y el Ártico, una región cuya importancia geopolítica crece con el deshielo y la disputa por rutas comerciales y recursos.
Aquí también aparece una diferencia de fondo poco comentada: mientras el Reino Unido —potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y protagonista de intervenciones militares desde Irak hasta Libia— sigue actuando como potencia con pretensiones globales, Noruega ha optado por un perfil internacional menos beligerante, aunque no exento de contradicciones: es uno de los principales exportadores de petróleo y gas del mundo —justamente lo que financia su modelo de bienestar— mientras posiciona su fondo soberano con criterios éticos, excluyendo empresas vinculadas a violaciones de derechos humanos, incluyendo, en el último año, la salida de posiciones en Caterpillar y bancos israelíes por su relación con el conflicto en Cisjordania, decisión que generó fricciones con Washington.
Un contraste que también se juega en la cancha
Este sábado 11 de julio de 2026, Inglaterra y Noruega se enfrentan en los cuartos de final del Mundial que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá, en el Hard Rock Stadium de Miami.
Inglaterra llega como una potencia histórica del fútbol que no ha vuelto a levantar una Copa del Mundo desde 1966, pese a acumular generaciones talentosas —hoy encabezadas por Harry Kane, Jude Bellingham y Bukayo Saka— que llegan lejos en cada torneo sin cerrar el capítulo. Noruega, en cambio, disputa unos cuartos de final por primera vez en su historia, tras 28 años sin siquiera clasificar a un Mundial. Llega habiendo dado la sorpresa del torneo: eliminó a Brasil 2-1 en octavos de final gracias a un doblete de Erling Haaland, quien ha marcado en sus últimos catorce partidos con la selección y ya lleva goles en sus primeros cinco encuentros de este Mundial, una racha que no se veía en un europeo desde Gerd Müller en 1970.
Es tentador —y no del todo injusto— leer el paralelismo: la "potencia establecida" que arrastra el peso de sus propias expectativas históricas frente al "país pequeño" que irrumpe sin ese lastre. Pero, como en la economía, conviene no forzar la metáfora: el fútbol noruego de esta generación se apoya, en buena medida, en el mismo capitalismo global que el artículo cuestiona —Haaland es hoy uno de los futbolistas mejor pagados del mundo gracias al Manchester City—, y la Federación Inglesa sigue siendo una de las más ricas del planeta. El deporte, como la economía, no escapa a las estructuras que lo rodean; solo las expresa de otra manera.
El fondo del asunto
La comparación entre el Reino Unido y Noruega no debería leerse como una historia de "buenos" y "malos" —Noruega tiene su propia dependencia estructural de los combustibles fósiles y una exposición financiera considerable al capitalismo especulativo global a través de su fondo—. Pero sí ilustra algo que el discurso liberal sobre el "libre mercado" prefiere no discutir: la riqueza de un recurso natural no determina automáticamente el bienestar de una población. Lo que determina ese bienestar es quién controla la renta y qué decisiones políticas se toman sobre ella.
El Reino Unido decidió, en los años del thatcherismo, que esa renta debía fluir hacia la desregulación financiera y el gasto inmediato. Noruega decidió que debía convertirse en propiedad colectiva de largo plazo. Cuarenta años después, un país tiene el fondo soberano más grande del mundo y una de las tasas de pobreza infantil más bajas de Europa. El otro tiene bancos de alimentos operando cada once segundos.










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