El Niño: la historia de cómo un océano puede cambiar el clima del Perú
- Redacción El Salmón

- hace 1 día
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Cada vez que el Perú enfrenta inundaciones, huaicos o lluvias extraordinarias, el fenómeno de El Niño vuelve a ocupar titulares. Sin embargo, detrás de ese nombre no hay un evento aislado, sino uno de los procesos naturales más complejos del planeta, capaz de alterar el clima de regiones enteras. Aunque solemos asociarlo con las lluvias, estas son apenas la consecuencia más visible de un mecanismo que comienza meses antes, en el océano Pacífico, cuando cambian los vientos y la temperatura del mar. Esas variaciones terminan afectando la pesca, la agricultura, la disponibilidad de agua e incluso la economía de numerosos países. En el caso del Perú, comprender cómo funciona El Niño resulta especialmente importante porque el país depende estrechamente del comportamiento del océano y porque sus efectos pueden transformar, en pocos días, extensas zonas normalmente áridas en escenarios de inundaciones y deslizamientos. Conocer este fenómeno, por tanto, no es solo una curiosidad científica, sino una forma de entender por qué nuestro territorio puede cambiar tanto de un año a otro.
Un océano que nunca está quieto
Cuando miramos el mar desde la playa parece una enorme masa de agua tranquila, pero esa imagen es engañosa. El océano está en movimiento permanente. En su interior circulan corrientes de agua fría y caliente, mientras sobre su superficie soplan vientos que empujan millones de toneladas de agua de un lugar a otro.
El océano Pacífico, el más grande del planeta, es un buen ejemplo de ello. Se extiende desde las costas de América hasta Asia y Oceanía y ocupa casi una tercera parte de la superficie terrestre. Aunque parezca uniforme, su temperatura no es igual en todos sus sectores. Cerca del ecuador, la radiación solar calienta constantemente la superficie del mar, pero la forma en que ese calor se distribuye depende, en gran medida, de los vientos.
Esos vientos reciben el nombre de vientos alisios y son fundamentales para entender todo lo que ocurre después.
¿Qué son los vientos alisios?
Los vientos alisios son grandes corrientes de aire que soplan casi todo el año sobre las zonas tropicales del planeta. En el océano Pacífico empujan el aire desde las costas de Sudamérica hacia Indonesia y Australia, como si fueran un enorme ventilador que nunca deja de funcionar.
¿Por qué soplan siempre en esa dirección? Porque el Sol no calienta toda la Tierra por igual. Cerca del ecuador el suelo y el mar reciben mucho más calor, por lo que el aire se calienta, se vuelve más ligero y asciende. Ese aire que sube deja un espacio que debe ser ocupado por aire proveniente de otras regiones, donde la temperatura es menor. Así comienza un movimiento continuo de grandes masas de aire.
Además, la Tierra está girando constantemente sobre su eje. Ese giro hace que los vientos no viajen en línea recta, sino que se desvíen. Como resultado, en el océano Pacífico terminan soplando de manera persistente desde América hacia Asia.
Lo más importante es recordar que los vientos alisios no aparecen de vez en cuando: están presentes durante casi todo el año y cumplen una función fundamental. Gracias a ellos, las aguas superficiales del océano también son empujadas hacia el oeste. Ese movimiento será la pieza clave para entender cómo se origina el fenómeno de El Niño.
Cómo esos vientos enfrían el mar peruano
A primera vista podría parecer imposible que el viento sea capaz de mover un océano. Sin embargo, cuando una corriente de aire sopla con la misma dirección durante meses sobre una superficie inmensa, termina empujando lentamente el agua superficial.
Eso es exactamente lo que ocurre en el Pacífico. Los alisios desplazan continuamente la capa superior de agua caliente hacia el oeste, donde se acumula frente a Indonesia y Australia. Allí el nivel del mar llega incluso a ser varias decenas de centímetros más alto que frente a las costas sudamericanas.
Al desplazarse esa enorme cantidad de agua, frente al Perú queda un espacio que debe ser ocupado. La naturaleza no deja vacíos. Entonces asciende agua desde profundidades que pueden superar los doscientos metros. Ese proceso recibe el nombre de afloramiento.
El agua que emerge desde el fondo es muy distinta a la superficial. Nunca ha recibido directamente el calor del Sol, por lo que es mucho más fría. Además, durante años ha acumulado minerales como nitratos y fosfatos, nutrientes indispensables para el crecimiento del fitoplancton, pequeños organismos microscópicos que constituyen la base de la cadena alimenticia marina.
Gracias a ese afloramiento, el mar peruano es uno de los más ricos del mundo. Millones de anchovetas encuentran alimento abundante y, detrás de ellas, prosperan aves guaneras, lobos marinos, delfines y muchas otras especies. No exageran los especialistas cuando afirman que la extraordinaria productividad pesquera del Perú depende, en buena medida, de que el agua fría siga ascendiendo desde las profundidades.
Entonces, ¿qué ocurre durante El Niño?
El fenómeno de El Niño comienza cuando ese equilibrio entre el océano y la atmósfera empieza a romperse.
Por razones que forman parte de un ciclo natural conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), los vientos alisios comienzan a debilitarse. En algunos episodios incluso llegan a invertirse temporalmente en determinadas zonas del Pacífico.
Al perder fuerza, dejan de empujar el agua caliente hacia el oeste con la misma intensidad. Como consecuencia, la enorme masa de agua tibia que normalmente permanece acumulada frente a Indonesia empieza a desplazarse nuevamente hacia el este, es decir, hacia las costas de Sudamérica.
Puede imaginarse como una bañera llena de agua. Si durante mucho tiempo se empuja el agua hacia un extremo, el nivel sube allí y baja en el lado opuesto. Cuando deja de ejercerse esa fuerza, el agua busca recuperar el equilibrio y vuelve a repartirse. En el océano ocurre algo parecido, aunque a una escala gigantesca.
Cuando esa agua caliente llega frente al Perú, dificulta el ascenso de las aguas frías profundas. Como el afloramiento disminuye, también lo hacen los nutrientes disponibles para el fitoplancton. Toda la cadena alimenticia marina comienza entonces a alterarse.
Al mismo tiempo, el océano más cálido evapora mucha más agua. Ese vapor asciende hacia la atmósfera, forma nubes y aumenta considerablemente la probabilidad de lluvias, especialmente sobre la costa norte peruana, una región que normalmente recibe precipitaciones escasas debido precisamente a la influencia del mar frío.
¿Por qué se llama “El Niño”?
El origen del nombre no nació en laboratorios ni en centros de investigación, sino entre pescadores del norte peruano hace varios siglos. Quienes trabajaban en las costas de Piura y Tumbes observaban que hacia fines de diciembre, cerca de la Navidad, el mar se calentaba ligeramente y comenzaban a aparecer peces distintos a los habituales.
Ese calentamiento temporal coincidía con la celebración del nacimiento de Jesús, el Niño Jesús, por lo que empezaron a llamar a esas aguas cálidas “la corriente del Niño”. Con el tiempo, el nombre terminó utilizándose para describir episodios mucho más grandes y complejos de calentamiento oceánico.
Décadas después, la comunidad científica internacional adoptó oficialmente el término “El Niño” para referirse a este fenómeno climático. Es curioso que un proceso capaz de alterar el clima mundial conserve hasta hoy un nombre nacido de la observación cotidiana de pescadores peruanos.
El Niño no aparece de un día para otro
Uno de los errores más comunes es imaginar El Niño como un evento súbito, casi como una tormenta que llega inesperadamente. En realidad, se desarrolla lentamente y puede tardar varios meses en consolidarse.
Los científicos monitorean permanentemente la temperatura del océano, la intensidad de los vientos alisios, la presión atmosférica y otros indicadores repartidos por todo el Pacífico. Cuando esos indicadores empiezan a mostrar anomalías persistentes, se considera que el sistema océano-atmósfera está entrando en una fase cálida.
Aquí es importante entender algo fundamental: El Niño no es solamente agua caliente. Si el mar frente al Perú se calentara unos días debido a una ola de calor marina, eso no bastaría para hablar de El Niño. Lo que define realmente el fenómeno es la interacción entre el océano y la atmósfera.
El debilitamiento de los vientos alisios permite que el agua caliente avance hacia Sudamérica. A su vez, esa agua cálida modifica la atmósfera, genera más evaporación y altera los patrones de lluvia y presión atmosférica. Luego esos cambios atmosféricos pueden debilitar aún más los alisios, reforzando el calentamiento del mar. Es una especie de retroalimentación mutua.
Por eso los especialistas hablan de un sistema “acoplado” entre océano y atmósfera. Ambos se influyen constantemente.
¿Por qué llueve tanto durante El Niño?
La explicación tiene que ver con la energía. El agua caliente evapora más fácilmente que el agua fría. Cuando la superficie del mar aumenta varios grados su temperatura, enormes cantidades de vapor de agua ascienden hacia la atmósfera. Ese vapor funciona como combustible para la formación de nubes y tormentas.
En condiciones normales, la costa peruana es relativamente seca porque el mar frío limita la evaporación. Esa es una de las razones por las que Lima, pese a estar junto al océano, tiene un clima desértico y recibe muy pocas lluvias durante el año.
Pero durante El Niño ocurre lo contrario. El océano se convierte en una gran fuente de humedad. El aire cálido y húmedo asciende continuamente, se enfría en las capas altas de la atmósfera y el vapor termina condensándose en forma de lluvia.
En la costa norte peruana, donde normalmente las precipitaciones son escasas, esa alteración puede provocar lluvias extraordinarias. Los ríos aumentan rápidamente su caudal y quebradas que permanecieron secas durante años vuelven a activarse en cuestión de horas.
El problema es que muchas ciudades no están preparadas para recibir tal cantidad de agua. Cuando el suelo pierde capacidad de absorción y los cauces colapsan, aparecen inundaciones y huaicos.
¿Por qué desaparece la anchoveta?
Las consecuencias de El Niño no se limitan a las lluvias. También transforman profundamente el ecosistema marino.
La anchoveta peruana depende del agua fría y rica en nutrientes. Cuando el mar se calienta y disminuye el afloramiento, la cantidad de alimento disponible también se reduce. Como resultado, los cardúmenes migran buscando condiciones más favorables.
Algunas anchovetas se desplazan hacia el sur, donde el agua permanece relativamente más fría. Otras descienden a mayores profundidades. Para la industria pesquera eso representa un problema enorme porque los peces dejan de concentrarse en las zonas habituales de captura.
Al mismo tiempo, especies tropicales que normalmente viven mucho más al norte comienzan a aparecer frente a las costas peruanas. Durante eventos intensos de El Niño se han registrado peces como pericos, atunes e incluso especies propias de aguas tropicales ecuatoriales.
Todo el ecosistema cambia temporalmente. Las aves marinas encuentran menos alimento, algunas especies reducen su reproducción y la cadena alimenticia entera se reorganiza.
Por eso El Niño tiene un impacto económico tan fuerte en el Perú. La pesca no es solo una actividad extractiva: involucra empleo, exportaciones, producción de harina de pescado y múltiples industrias relacionadas.
La diferencia entre El Niño Costero y El Niño global
En los últimos años los peruanos han escuchado mucho una expresión específica: “El Niño Costero”. Aunque ambos fenómenos están relacionados, no son exactamente lo mismo.
El Niño clásico o global ocurre cuando el calentamiento se extiende por una gran parte del Pacífico ecuatorial central y oriental. Sus efectos pueden sentirse en distintas regiones del planeta. Mientras en Sudamérica provoca lluvias intensas, en otras zonas puede causar sequías, incendios forestales o alteraciones en los patrones de huracanes.
El Niño Costero, en cambio, se concentra principalmente frente a las costas de Perú y Ecuador. El calentamiento ocurre cerca del litoral sudamericano, aunque el Pacífico central no necesariamente presente anomalías igual de fuertes.
Eso fue lo que ocurrió en 2017. Aquel año el Perú sufrió lluvias devastadoras e inundaciones históricas, pero el fenómeno no tuvo la magnitud global de los grandes Niños de 1982-83 o 1997-98. La diferencia es importante porque los impactos pueden variar bastante dependiendo de dónde se concentre el calentamiento del océano.
Los grandes Niños que marcaron al Perú
Aunque El Niño es un fenómeno recurrente, algunos episodios han sido particularmente destructivos.
El evento de 1982-83 fue uno de los más intensos del siglo XX. Las lluvias causaron enormes pérdidas en infraestructura, agricultura y vivienda. Muchas ciudades del norte quedaron parcialmente destruidas y la economía peruana sufrió severamente.
Sin embargo, el episodio más recordado suele ser el de 1997-98. En aquel entonces las temperaturas del océano alcanzaron niveles extraordinarios y las lluvias golpearon especialmente a Piura, Tumbes, Lambayeque y La Libertad. Carreteras, puentes y sistemas de agua colapsaron en numerosas zonas del país.
Más recientemente, en 2017, el llamado Niño Costero provocó desastres importantes pese a no tratarse de un Niño global extraordinario. Ese episodio mostró que incluso un calentamiento relativamente localizado puede tener efectos devastadores si coincide con regiones vulnerables y una infraestructura deficiente.
Cada uno de esos eventos dejó además una enseñanza incómoda: el Perú suele reaccionar tarde. Muchas veces las alertas científicas existen con meses de anticipación, pero las obras de prevención avanzan lentamente o simplemente no se ejecutan.
¿Puede predecirse El Niño?
Hasta hace algunas décadas, los científicos solo podían advertir que El Niño ya había comenzado. Era como intentar pronosticar una tormenta cuando la lluvia ya estaba cayendo. Hoy la situación es muy distinta. Gracias a satélites, boyas oceánicas, barcos de investigación y modelos matemáticos cada vez más sofisticados, es posible detectar con varios meses de anticipación las condiciones que favorecen el desarrollo del fenómeno.
Eso no significa que pueda predecirse con absoluta precisión. El océano y la atmósfera forman un sistema extraordinariamente complejo, donde interactúan miles de variables al mismo tiempo. Una pequeña variación en la intensidad de los vientos, en la temperatura del agua o en la presión atmosférica puede modificar la evolución del fenómeno. Por eso los organismos científicos no hablan de certezas, sino de probabilidades.
Es frecuente escuchar que existe un 60 %, un 70 % o un 80 % de posibilidades de que ocurra un evento de El Niño. Esos porcentajes no reflejan dudas de los especialistas, sino la naturaleza misma del fenómeno. La ciencia climática trabaja con escenarios probables porque sería imposible predecir con exactitud el comportamiento de un sistema tan dinámico como el océano Pacífico.
En el caso del Perú, el seguimiento está a cargo de la Comisión Multisectorial encargada del Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN), integrada por instituciones como el Senamhi, el Instituto del Mar del Perú (Imarpe), la Autoridad Nacional del Agua, el Instituto Geofísico del Perú y otras entidades especializadas. Cada quince días, aproximadamente, la comisión analiza la información disponible y publica un comunicado con la evaluación más reciente de las condiciones oceánicas y atmosféricas.
¿Qué está ocurriendo este año en el Perú?
La situación actual merece especial atención porque no se trata de un simple calentamiento pasajero del mar. Según el último análisis del ENFEN, el Perú atraviesa un episodio de Alerta de El Niño Costero, un nivel que se mantiene debido a la persistencia de condiciones anómalas tanto en el océano como en la atmósfera.
Los especialistas estiman que el Niño Costero, iniciado en marzo de 2026, podría prolongarse hasta el verano de 2027. Además, consideran que entre junio y septiembre existe una mayor probabilidad de que alcance una intensidad fuerte, antes de disminuir gradualmente hacia fines de año. Paralelamente, los modelos climáticos indican que también se desarrollará un evento de El Niño en el Pacífico ecuatorial central, el cual podría fortalecerse entre noviembre y diciembre.
A primera vista esto podría parecer alarmante, pero conviene interpretar correctamente esos pronósticos. Que exista un evento fuerte en el océano no significa que desde ahora vayan a producirse lluvias torrenciales en toda la costa peruana. El invierno tiene características climáticas distintas al verano y, durante los próximos meses, el ENFEN prevé que las precipitaciones en la costa se mantengan, en general, dentro de los valores normales para la estación, aunque no descarta episodios de lluvias ligeras, especialmente en la costa norte. Lo que sí se espera es que las temperaturas del aire permanezcan por encima de lo habitual debido al calentamiento del mar.
La mayor preocupación está puesta en la siguiente temporada de lluvias, que se desarrolla entre septiembre de 2026 y abril de 2027. Si el calentamiento del océano persiste hasta entonces, aumentará el riesgo de precipitaciones intensas, desbordes de ríos y activación de quebradas en las regiones más vulnerables del país. Precisamente por ello, el ENFEN ha recomendado a las autoridades nacionales, regionales y locales acelerar las medidas de prevención y preparación antes del inicio del próximo verano.
No todo el Perú sufrirá los mismos efectos
Otro error frecuente consiste en pensar que El Niño afecta de la misma manera a todo el territorio nacional. En realidad, sus impactos cambian según la región.
La costa norte suele ser la zona más expuesta porque allí el calentamiento del mar incrementa considerablemente la humedad disponible para formar lluvias. Regiones como Tumbes, Piura, Lambayeque y, en algunos episodios, La Libertad suelen concentrar las precipitaciones más intensas y, por tanto, enfrentan un mayor riesgo de inundaciones y huaicos.
En la costa central los efectos pueden ser más variables. En algunos eventos predominan temperaturas más altas de lo normal y episodios de lluvia poco habituales, mientras que en otros los cambios son menos notorios.
La sierra tampoco responde de manera uniforme. Algunas cuencas pueden registrar precipitaciones superiores al promedio, mientras que otras experimentan déficits de lluvia. En la Amazonía, dependiendo de la intensidad y localización del fenómeno, también pueden producirse alteraciones importantes en los caudales de los ríos.
Es decir, hablar de "los efectos de El Niño" como si fueran iguales para todo el país resulta impreciso. Cada episodio tiene características propias y sus consecuencias dependen tanto de la intensidad del calentamiento como de la región donde este se concentra.
La prevención sigue siendo el mayor desafío
Cada gran episodio de El Niño deja una lección que el Perú parece aprender solo por un tiempo. Después de las inundaciones llegan los anuncios de reconstrucción, las promesas de nuevas defensas ribereñas, la limpieza de quebradas y los planes para reducir la vulnerabilidad. Sin embargo, conforme pasan los años y el peligro parece alejarse, muchas de esas obras se retrasan o quedan inconclusas.
La experiencia demuestra que el fenómeno de El Niño no puede evitarse. Es un proceso natural que seguirá ocurriendo mientras exista la interacción entre el océano Pacífico y la atmósfera terrestre. Lo que sí puede reducirse son sus consecuencias mediante una adecuada planificación urbana, infraestructura resistente, sistemas de alerta temprana y una gestión del territorio que evite construir viviendas e instalaciones críticas en zonas de alto riesgo.
En otras palabras, el desastre no lo produce únicamente la naturaleza. Muchas veces surge cuando un fenómeno natural encuentra ciudades mal planificadas, cauces invadidos, quebradas ocupadas y obras de prevención insuficientes. Esa es quizá la diferencia más importante entre un evento climático y una catástrofe: el primero no puede impedirse, pero la magnitud del segundo depende, en gran medida, de las decisiones que toma la sociedad mucho antes de que lleguen las lluvias.










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