La desconfianza
- Alonso Núñez del Prado Simons
- hace 23 horas
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Los peruanos no confiamos unos en los otros. Todo lo contrario: desconfiamos. La cultura criolla, la de la pendejada nos lleva a que estemos siempre previendo que no nos estafen, engañen o incluso que nos tomen el pelo.
He podido comprobar que nuestro país se caracteriza por ser uno de los más desconfiados en el mundo. Esto abarca las relaciones interpersonales como las institucionales. Me atrevería a afirmar que la segunda es consecuencia de la primera. Como es de esperar esta desconfianza tiene efectos en la convivencia, la economía y la gobernabilidad.
No soy el primero en hacer notar que todos los escándalos de corrupción han incrementado este problema y afectan la vida política. La mayor parte de peruanos no confía en la clase política y hay una permanente sensación ilegitimidad y de no sentirse representados por las decisiones del Congreso y los actos de gobierno. Además, esto ha servido para que se cuestionen las elecciones y la facción que pierde alega el fraude. Para el colmo de males, el sistema judicial debe ser de los menos confiables en la región y también en el mundo. La sensación de que todo está tomado por la corrupción es generalizada.
La proporción de peruanos que ha respondido positivamente a la pregunta de si se puede confiar en la mayoría de las personas es ridícula (1/20). Resulta de esto un desgaste mayúsculo que tiene entre otros efectos económicos. Se invierte en averiguar sobre las personas que recién se conoce. Y el crédito sufre de modo directo. Una suposición generalizada es que no nos van a pagar, nos van a engañar o estafar. Por ejemplo, las aseguradoras han pretendido sostener una legislación elaborada pensando en el tramposo y no en la buena fe. Prefieren tener todas las armas para atrapar al estafador, aunque el porcentaje de fraude sea más bien pequeño. No tiene sentido legislar pensando en la mala fe. Debe hacerse presuponiendo la buena conducta. Por supuesto castigando severamente a quien lo intente.
El problema de la desconfianza alcanza también al sector empresarial que no ha podido librarse del estigma. En consecuencia, los errores de la empresa o de sus ejecutivos solo sirven para confirmar y magnificar la desconfianza. Lo que lleva a que los empresarios tengan reticencia a manifestarse públicamente. Así evitan futuras acusaciones.
Por supuesto, hay diferencias entre los diferentes sectores. Algunos se han atrevido más que otros. Recientemente el sector minero ha empezado una cruzada contra la minería ilegal y diversos líderes han empezado a opinar en los medios. Sin embargo, hace la sensación de ser una reacción interesada y que no parece tener mayores posibilidades de éxito. La importancia económica de la minería informal e ilegal hace necesario un enfoque diferente. No creo que la represión sea el camino. De alguna manera, se parece mucho al problema del narcotráfico y la forma que se ha enfrentado a este, incluso a nivel internacional, hace evidente una guerra perdida de antemano.
Para el colmo de males, la polarización ha incrementado el problema. Hoy día, nadie le cree al otro bando. Los considera mentirosos e interesados en deformar la verdad. Las fake news (noticias falsas) han resultado ser un medio eficaz en medio de las mutuas acusaciones. Las ideas del adversario son deformadas y ridiculizadas para luego atacarlas y hacerlas trizas. Lo increíble es que han terminado por creer que tienen razón. El incremento del fundamentalismo en los últimos tiempos ha resultado en que hay verdades evidentes e indiscutibles. No en las ciencias puras, sino en la política.
En un tren en Alemania, camino a Dinamarca, una profesora que se dirigía a sustentar su tesis doctoral en ciencias sociales me dijo que la polarización era un invento de la extrema derecha. Primero me sorprendió su afirmación, pero mientras más lo pienso me voy convenciendo que tiene mucho de cierto, aunque en nuestro país la extrema izquierda se subió al carro al integrarse al ‘Pacto corrupto’ que nos ha gobernado desde que vacaron a Castillo porque intentó un golpe de estado.
Por supuesto, la pregunta que se cae de madura es: ¿cuál es la solución? Y me temo que no tiene respuesta en el corto plazo. Nos va a tomar un largo período, quizá generaciones revertir este problema. Tenemos que empezar por la educación, familiar y escolar y de allí ir escalando hasta las instituciones y la política.





