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Confesiones de un docente universitario




Acabo de terminar mi última clase del semestre académico. Me siento realmente cansado, pero también satisfecho por haber dado lo mejor de mí a lo largo de estos meses y por haber aprendido algo más en cada interacción con mis estudiantes.


Ser docente universitario siempre ha sido un desafío, aunque quizá hoy lo sea de una manera distinta. Cada 11 de julio, cuando en el Perú celebramos el Día del Docente Universitario, aparecen los saludos, los reconocimientos y las palabras de gratitud. Se recuerda, con toda razón, la importancia de los maestros en la formación de las nuevas generaciones y el papel que cumple la educación en la transformación de las personas y del país.


Recibimos esas palabras con gratitud. Sin embargo, quienes enseñamos sabemos que detrás de cada felicitación existe una tarea mucho más silenciosa. Ser docente no consiste únicamente en ingresar a un aula, desarrollar un tema y cumplir con los objetivos establecidos en un sílabo. Tampoco consiste solamente en preparar una presentación atractiva, corregir trabajos o colocar calificaciones. La docencia sucede, muchas veces, en lugares que no aparecen en ninguna programación académica.


Sucede cuando un estudiante se queda unos minutos después de clase porque necesita compartirte un problema que no siempre vas a poder resolver. Sucede cuando alguien comienza a dudar de su propia capacidad y espera que lo ayudes a recuperar su propia confianza. Sucede cuando una frase que dijiste le hizo recordar una realidad personal no enfrentada. A veces los profesores no somos plenamente conscientes de esa responsabilidad. Podemos olvidar una clase que dictamos, una conversación breve o una recomendación ofrecida en un pasillo. El estudiante, en cambio, puede recordarla durante toda su vida.


Vivimos un tiempo marcado por una extraordinaria transformación tecnológica. La inteligencia artificial, por ejemplo, puede producir en segundos una presentación impecable, resumir un libro, explicar una teoría, responder preguntas y organizar contenidos con una eficiencia que hasta hace poco parecía imposible. Y lo va a hacer mucho mejor de lo que nosotros podamos hacerlo. Es probable que muchas de las tareas que hoy realizamos los docentes sean automatizadas o reemplazadas. Podrá presentar información de manera más ordenada, encontrar miles de referencias y adaptar una explicación al ritmo de cada estudiante. Y lo podrá hacer sin estresarse, sin perder la paciencia y a cualquier hora del día, ninguna tecnología y a un costo cada vez menor.


¿Seguirá siendo necesario el profesor?


Es por eso que debemos preguntarnos: ¿seguirá siendo necesaria la labor del docente? Creo que la respuesta depende de lo que entendamos por enseñar. Cuando la enseñanza se reduce a transmitir información, es muy probable que la tecnología pueda reemplazar buena parte de nuestra labor. Pero educar nunca ha sido simplemente compartir información. Paulo Freire lo dijo de una manera que continúa interpelándonos: “Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción”.


Educar significa abrir posibilidades, despertar preguntas, acompañar búsquedas, ayudar a abrir las puertas que el estudiante tiene cerradas. También significa compartir algo que ninguna tecnología puede darnos: la experiencia de una vida. Es decirles que es probable que se equivoquen en la vida, pero que de ahí van a sacar sus mejores lecciones.


Los estudiantes podrán encontrar conocimientos nuevos de muchas maneras, pero lo que todavía necesitan encontrar en nosotros es criterio para distinguir, serenidad para decidir, fortaleza para levantarse después de un error y humanidad para comprender que detrás de cada profesión existe siempre una persona. Una máquina puede analizar las palabras de una persona, pero no puede reemplazar por completo la presencia de alguien que escucha con atención, que comprende un silencio o que percibe que detrás de una dificultad académica existe miedo, cansancio o desánimo.


Por eso, el vínculo entre maestro y discípulo sigue siendo esencial y es uno de los vínculos más antiguos de la humanidad. Antes de que existieran universidades, libros o pantallas, alguien enseñó a otro ser humano a encender el fuego, reconocer un peligro, cuidar una herida o maravillarse contemplando el cielo. Y, sobre todo, le enseñó a formular preguntas que, muchas veces, se convierten en el origen de nuevos conocimientos. Allí está una de las claves de nuestro progreso: el conocimiento que se transmite y se comparte. 


George Steiner dedicó un hermoso libro a las relaciones entre maestros y discípulos. En él recuerda que toda auténtica enseñanza implica confianza, influencia y también una enorme responsabilidad. El maestro no entrega únicamente conocimientos: deja algo de sí mismo en quien aprende. Y quien aprende, muchas veces sin proponérselo, también transforma a quien enseña.


Una pregunta al terminar la clase


Hace unos días, mientras terminaba una clase, un estudiante me hizo una pregunta inesperada:

—Profesor, ¿a usted le gusta lo que hace?

Me quedé mirándolo por unos segundos, pensando en una respuesta que quizá parecía sencilla, pero que me obligó a reflexionar.

—Sí —le respondí—. ¿Por qué me lo preguntas?

Entonces añadió:

—¿Y qué espera de nosotros?

Su pregunta me hizo pensar nuevamente y le dije con sinceridad: 

—Espero que sean mejores que yo.


Después de pronunciar esas palabras comprendí, una vez más, por qué me gusta enseñar. No enseñamos para que nuestros estudiantes repitan nuestras ideas, sigan exactamente nuestros pasos o se conviertan en una copia de nosotros mismos. Enseñamos con la esperanza de que puedan llegar más lejos. Esperamos que aprendan de nuestros aciertos, pero también que eviten nuestros errores; que formulen las incómodas preguntas que nosotros no nos atrevimos a plantear y encuentren respuestas que nuestra generación todavía desconoce. Quizá esa sea una de las formas más profundas de la vocación docente: trabajar para que algún día nuestros estudiantes lleguen a donde nosotros no llegamos, pero recuerden algo de lo que compartimos con ellos.


En tiempos de inteligencia artificial, el maestro no debería competir con las máquinas. Sería una competencia innecesaria y probablemente perdida. Nuestro desafío es recordar aquello que ninguna tecnología puede sustituir por completo: mirar a un estudiante como una persona única, creer en sus posibilidades, acompañar sus incertidumbres y ofrecerle una experiencia humana desde la cual pueda construir su propio camino. 


Y tal vez esa sea también nuestra mayor esperanza: que, muchos años después de abandonar nuestras aulas, nuestros estudiantes no recuerden únicamente lo que les enseñamos, sino también las personas en las que los ayudamos a convertirse.


Referencias bibliográficas


Freire, P. (2004). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Paz e Terra.

Steiner, G. (2004). Lecciones de los maestros. Siruela.

UNESCO. (2021). Reimaginar juntos nuestros futuros: Un nuevo contrato social para la educación. Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

 


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