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Lecciones aprendidas: volver a reconocernos


Las elecciones han terminado, pero no ha terminado aquello que nos han revelado. El Perú ha vuelto a mirarse al espejo y la imagen sigue siendo incómoda: un país con heridas abiertas, con regiones que se sienten postergadas y con ciudadanos que, muchas veces, convierten el voto ajeno en una prueba de ignorancia, amenaza o resentimiento.


La primera lección es sencilla, aunque difícil de asumir: necesitamos reconciliarnos. No hablo de una reconciliación ingenua, sentimental o superficial. Hablo de una reconciliación adulta, capaz de mirar la realidad sin negar sus fracturas. No se trata de repetir que unos son los culpables y otros los salvadores. Esa división moral, tan cómoda como peligrosa, solo confirma prejuicios. Cuando la política se reduce a una guerra de buenos contra malos, dejamos de discutir proyectos y empezamos a fabricar enemigos.


Basta revisar el mapa electoral, los comentarios en redes sociales, los chats familiares o las conversaciones cotidianas. Durante semanas, el país pareció atrapado en una escena conocida: denuncias de fraude que cambiaban de dirección según avanzaban los resultados, desconfianza institucional, insultos cruzados y una ansiedad colectiva que no encontraba cauce. La legítima exigencia de transparencia electoral no puede confundirse con la irresponsabilidad de incendiar la confianza pública sin pruebas suficientes. En una democracia frágil, la sospecha permanente termina siendo una forma de autodemolición.


La segunda lección duele más: seguimos jerarquizando ciudadanos. Cada cinco años reaparece la tentación de clasificar votos, rostros, regiones y acentos. Algunos comentarios llegaron incluso a sugerir que el voto debería valer distinto según el grado de instrucción, como si la democracia fuera propiedad privada de unos pocos. Orwell lo expresó con una ironía que aún incomoda: “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros” (Orwell, 1945). En el Perú, esa frase deja de ser sátira cuando algunos creen que la ciudadanía plena depende del lugar donde naciste, del colegio al que fuiste o del color de tu piel.


Por eso resulta pertinente la advertencia de Ricardo Falla sobre la “balcanización afectiva” del Perú. No estamos necesariamente ante una fractura territorial, sino ante una ruptura emocional, simbólica y política que vuelve cada vez más difícil reconocernos como parte de una misma comunidad. Lima mira a las regiones como problema; algunas regiones miran a Lima como condena. Unos hablan de atraso; otros, de abandono. En medio de esa incomprensión, el país pierde su capacidad de imaginar un nosotros.


La tercera lección es que no basta ganar una elección. Gobernar un país fracturado exige mucho más que mayoría, cálculo político o control parlamentario. El gobierno que asumirá el 28 de julio tiene una oportunidad enorme y una responsabilidad histórica: no humillar a quienes no votaron por él, no gobernar desde la revancha y no reducir las demandas regionales a un ruido incómodo. Respetar los derechos humanos, fortalecer las instituciones, escuchar a las regiones en las que recibió menos apoyo y atender las urgencias de salud, educación, seguridad ciudadana y economía no son gestos decorativos; son condiciones mínimas para reconstruir confianza.


César Vallejo escribió que “hay, hermanos, muchísimo que hacer” (Vallejo, 1939). Esa frase vuelve hoy con una fuerza ética particular. Hay mucho por hacer porque el país no se cura solo, porque la pobreza no desaparece con discursos, porque la educación no mejora con promesas y porque la salud pública no puede quedarse en la sala de espera.


¿Hay luz en esta realidad oscura? Creo que sí. El Perú, con todos sus dolores, siempre ha mostrado una fuerza profunda para levantarse. Pero esa fuerza no puede seguir descansando únicamente en el sacrificio silencioso de la gente. Necesitamos consensos, humildad y grandeza de espíritu. Necesitamos mirar el rostro sufriente del otro y aceptar que su dolor también nos pertenece. ¿No queremos acaso un país donde la prosperidad sea compartida, donde los hospitales funcionen, donde la educación abra puertas reales y donde la política sirva y busque el bien común?


Tal vez la gran tarea sea volver a construir una idea de nación: una comunidad que reconoce su pasado, sufre honestamente su presente y se atreve a proyectar un futuro común. Suena utópico, sí. Pero más peligroso que soñar es resignarnos a vivir juntos sin reconocernos. El Perú no necesita más desprecio ni más división. Necesitamos volver a mirarnos con justicia y esperanza para reconocernos nuevamente.


Reseñas bibliográficas


Vallejo, C. (1939). “Los nueve monstruos”. En Poemas humanos. París: edición póstuma.


Orwell, G. (1945). Animal Farm. Londres: Secker & Warburg.


Falla Carrillo, R. (2026). “¿Hasta cuándo juntos? La balcanización afectiva del Perú”. El Salmón.


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