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¿Hasta cuándo juntos? La balcanización afectiva del Perú




La desintegración de la República Federal Socialista de Yugoslavia a inicios de la década de 1990 suele recordarse, con cierta ligereza y fatalismo, como el corolario ineludible de "odios ancestrales"; un polvorín de resentimientos étnicos y religiosos que, tras el fin de la Guerra Fría y la muerte de Tito, simplemente detonó por combustión espontánea.


Sin embargo, la sociología histórica y la ciencia política contemporánea nos advierten sobre el peligro de estas explicaciones esencialistas. Susan Woodward (1995), en su lúcido análisis sobre la tragedia balcánica, demuestra que el colapso yugoslavo no fue producto de pasiones atávicas inmanejables, sino la consecuencia directa del desmantelamiento de las instituciones estatales, precipitado por crisis de deuda, programas de ajuste estructural y el quiebre del pacto distributivo entre las repúblicas. Fue en el vacío de poder dejado por un Estado fallido donde las élites políticas, urgidas por relegitimarse, instrumentalizaron la identidad y exacerbaron los nacionalismos.


Por su parte, el sociólogo Michael Mann (2005) aporta una dimensión aún más inquietante: la violencia extrema no es patrimonio exclusivo de tiranías, sino que a menudo es el "lado oscuro" de los propios procesos de democratización. Cuando la política moderna define el "gobierno del pueblo" (el demos) en términos de identidad étnica o cultural (el ethnos), las diferencias se politizan peligrosamente. Las mayorías se sienten amenazadas por las minorías y viceversa, transformando los conflictos de intereses en luchas por la supervivencia identitaria.


Frente a este complejo espejo balcánico, surge una interrogante acuciante para nuestra realidad nacional: ¿Por cuánto tiempo podemos seguir juntas las diversas comunidades peruanas si perseguimos proyectos de país tan disímiles, y a menudo excluyentes? El Perú contemporáneo no enfrenta una división territorial basada en repúblicas étnicas formalmente constituidas, pero sufre de una peligrosa "balcanización afectiva". Las instituciones del Estado unitario exhiben síntomas crónicos de vaciamiento y falta de representación, mientras que las fracturas históricas comienzan a operar como las principales fuerzas de movilización política, tensando los ya frágiles hilos de la convivencia.


Repensar los antifujimorismos desde la fractura 


Para calibrar la profundidad de esta balcanización afectiva, es imperativo diseccionar el fenómeno político que ha servido de catalizador de la polarización en las últimas décadas. Tradicionalmente, el antifujimorismo se ha entendido desde una matriz que podríamos llamar "ideológica republicana". Este primer antifujimorismo focaliza su crítica en la autocracia del decenio de 1990, en el desmantelamiento del Estado de derecho, la cleptocracia sistémica y la violación a los derechos humanos. Es, en esencia, un rechazo cívico sostenido principalmente por sectores progresistas, la academia y las clases medias urbanas preocupadas por la ortodoxia democrática.


Sin embargo, a la sombra de este bloque, ha cristalizado un segundo antifujimorismo, mucho más profundo, extendido y difícil de codificar: el antifujimorismo "contracultural". En vastas zonas del sur andino y en las periferias regionales, el fujimorismo ha dejado de ser evaluado por su desempeño dictatorial pasado para convertirse en el significante de un agravio estructural continuo. En esta dimensión contracultural, el fujimorismo es sinónimo de Lima; representa el establishment, la oligarquía contemporánea y la persistencia de un modelo de dominación histórico.


Esta identificación mítica encierra, no obstante, una profunda paradoja sociológica. Lima no es una metrópoli aristocrática de perfiles europeos puros; es hoy una inmensa y caótica ciudad-estado híbrida, chicha, labrada por el esfuerzo de sucesivas oleadas de migrantes andinos, amazónicos y nor costeños. Carece de una homogeneidad o abolengo definido. Pero, a pesar de su abrumadora demografía popular y provinciana, Lima sigue operando estructural y políticamente como el centro neurálgico que concentra y monopoliza el poder económico y la toma de decisiones. Funciona como una maquinaria extractiva frente a sus regiones. Como resultado, una parte significativa del Perú experimenta a Lima como una "condena"; un centro asfixiante que les impide explorar, definir y financiar su propio proyecto de desarrollo local. De ahí que este anti-fujimorismo posee un fuerte componente antilimeño, pues la capital se convierte, en aquel imaginario, en una experiencia de dominación que hay desaparecer. 


Esta fractura, sin embargo, transita en ambas direcciones. Los sectores dominantes y emergentes de la capital, insertados en dinámicas económicas globalizadas y cosmopolitas, experimentan con frecuencia a ese "otro" Perú regional como un lastre. Desde la óptica del proyecto emprendedor y modernizador limeño, las constantes demandas provincianas —canalizadas a través de paros, toma de carreteras o discursos radicales antisistema— son codificadas como un obstáculo atávico, un "peso muerto" que ancla a la nación en la pobreza y la informalidad.


Amin Maalouf (1998) advierte sobre las trampas de esta mutua hostilidad cuando señala que "es nuestra mirada la que muchas veces encierra a los demás en sus pertenencias más limitadas, y es también nuestra mirada la que puede liberarlos" (p. 23). En el Perú, las miradas cruzadas han dejado de liberar para empezar a atrincherar. Las regiones asumen una identidad de resistencia militante frente al desprecio del centro, mientras Lima se parapeta en una identidad de "civilización" cercada por el supuesto atraso de la periferia.


La Confederación Perú-Boliviana: El fantasma de la integración frustrada


Esta tensión entre un centro avasallador y una periferia resentida no es un accidente reciente, sino una característica constitutiva del modelo republicano peruano. Es imposible reflexionar sobre los actuales dilemas de la integración nacional sin invocar la memoria del Mariscal Andrés de Santa Cruz y su proyecto de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839). Este esfuerzo político no debe ser descartado como la mera megalomanía de un caudillo decimonónico; representó, por el contrario, el intento más orgánico y serio por dotar al espacio surandino de una articulación estatal que reflejara sus profundos vínculos históricos, comerciales y culturales, heredados desde el Tawantinsuyo y el Virreinato.


El diseño de Santa Cruz proponía un modelo de equilibrio descentralizado. Un Estado confederado que contrapesaba el poder de la élite costeña y limeña (organizada en el Estado Nor-Peruano) con el dinamismo y la autonomía del sur andino (Estado Sur-Peruano) y de Bolivia. El hundimiento de la Confederación —perpetrado por el intervencionismo militar chileno con el apoyo entusiasta de las élites limeñas y del norte peruano— no fue solo una derrota militar; fue la clausura violenta de una arquitectura institucional alternativa.


Al fracasar el proyecto confederado, se consolidó la imposición hegemónica de un modelo unitario, centralista y costeño sobre el resto de la vasta e intrincada geografía andina y amazónica. Recordar a Santa Cruz es reconocer que la forma actual del Estado peruano no es un destino ineludible ni la única forma posible de convivencia, sino el resultado de una imposición histórica de un proyecto sobre otro. La derrota de la Confederación inauguró un ciclo de frustración y recelo en el sur frente a un poder central que percibe, hasta el día de hoy, como ajeno, expropiador y subyugante.


¿Hacia un escenario yugoslavo?


Al observar la consolidación de estos dos bloques afectivos irreconciliables —el cosmopolitismo centralista versus la resistencia identitaria regional— debemos preguntarnos, con la seriedad que demanda el momento, si es posible que el Perú derive hacia un escenario de disolución a mediano plazo.


Ciertamente, el Perú no posee los atributos formales de la antigua Yugoslavia: no está dividido en repúblicas con constituciones propias, fronteras internas rígidas o lenguas y religiones absolutas que faciliten una secesión legal rápida. Sin embargo, las precondiciones estructurales y sociológicas para el colapso —aquellas advertidas por Woodward y Mann— están alarmantemente presentes.


Como señala Mann (2005), la democratización en sociedades desiguales puede tener un "lado oscuro" cuando la movilización política se fractura a lo largo de líneas de identidad profunda, haciendo que la convivencia se vuelva insoportable. En el Perú, las instituciones representativas tradicionales han colapsado; los partidos políticos han devenido en franquicias mercantiles sin anclaje social. Al mismo tiempo, la escandalosa desigualdad material y la polarización afectiva han creado dos ciudadanías que habitan un mismo espacio geográfico, pero mundos emocionales y materiales opuestos.


En este contexto, la advertencia de Edward Said (2001) sobre la creación discursiva de enemigos absolutos cobra una vigencia perturbadora. Said criticaba la tendencia, tan común en tiempos de crisis, de empaquetar realidades humanas complejas en bloques civilizatorios antagónicos —el "Nosotros" contra "Ellos"—, etiquetas que demagogos y oportunistas utilizan para movilizar las pasiones más oscuras. En el Perú, estamos adoptando esta gramática de la exclusión con una facilidad pasmosa. Cuando desde Lima se estigmatiza o "terruquea" sistemáticamente el malestar regional, despojando de legitimidad democrática a sus demandas; y cuando desde las regiones se deshumaniza al limeño como un mero corrupto ajeno al país "verdadero", se está preparando el terreno psicológico para la fractura. La militarización del lenguaje y la exclusión simbólica son siempre el preludio silencioso de la violencia física.


Si el Estado continúa degradando su capacidad de ser el árbitro justo y el proveedor de bienestar, el desenlace no sería probablemente una guerra balcánica clásica con ejércitos regulares y fronteras demarcadas. El escenario sería el de una implosión asimétrica y caótica. Un progresivo desmembramiento interno caracterizado por la multiplicación de zonas de soberanía difusa o nula, donde comunidades, poderes locales, o economías ilegales asuman el control de facto sobre los territorios y sus recursos, desconociendo, en la práctica, el pacto social y la autoridad de Lima. Sería la balcanización ejecutada desde la anomia y el agotamiento.


Nadie en su sano juicio anhela una guerra civil o el colapso de la nación. Sin embargo, la historia nos demuestra que las sociedades no se desintegran únicamente por el deseo explícito de destruirse; a menudo se quiebran porque la convivencia dentro del marco institucional vigente se vuelve simplemente insufrible y carente de sentido para una masa crítica de sus ciudadanos.


El pacto ineludible


Llegamos así a la encrucijada existencial de nuestra república. ¿Hasta cuándo podemos seguir juntos bajo estas condiciones? La respuesta no está en la inercia, sino en nuestra audacia para rediseñar radicalmente el pacto de convivencia. El mito de una república unitaria, gestionada y pensada exclusivamente desde Lima se ha agotado; asfixia el potencial de las regiones y somete a la propia capital a presiones ingobernables.


Es urgente debatir, sin dogmatismos ni falsos patriotismos, si el Perú está listo para transitar hacia un modelo federal moderno o, como mínimo, hacia un Estado fuertemente descentralizado que otorgue verdaderas autonomías fiscales, administrativas y políticas a sus regiones. El federalismo, históricamente demonizado en el país por el miedo paranoico a la fragmentación territorial, podría ser, paradójicamente, la única herramienta institucional capaz de salvar la unidad nacional y prevenir la "balcanización afectiva". Permitiría que los Andes, la Amazonía y la Costa exploren sus propios modelos de bienestar y construyan su modernidad sin el tutelaje constante de un centro que no los comprende.


Si nos negamos a esta reinvención; si las élites económicas y políticas persisten en atrincherarse en un statu quo que trata a las mayorías regionales como un lastre prescindible, y si las regiones se encierran en un resentimiento estéril sin formular propuestas institucionales viables, la balcanización afectiva terminará materializándose en una balcanización fratricida. Podríamos desaparecer no necesariamente a través de una fractura legal, sino diluyéndonos en un territorio fragmentado y anómico, donde el nombre "Perú" sea apenas el recordatorio nostálgico de un país que no tuvo el coraje de integrarse cuando aún era tiempo. Las naciones no son entes eternos forjados en bronce; son plebiscitos cotidianos que solo sobreviven mientras sus ciudadanos encuentren en ellas un espacio donde la esperanza compartida sea más fuerte que los agravios heredados.


Referencias


Calic, M.-J. (2019). A History of Yugoslavia. Purdue University Press.

Maalouf, A. (1998). Identidades asesinas (F. Villaverde, Trad.). Alianza Editorial.

Mann, M. (2005). The Dark Side of Democracy: Explaining Ethnic Cleansing. Cambridge University Press.

Said, E. W. (2001, 22 de octubre). The Clash of Ignorance. The Nation. https://www.thenation.com/article/archive/clash-ignorance/

Woodward, S. L. (1995). Balkan Tragedy: Chaos and Dissolution after the Cold War. Brookings Institution Press.


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