𝐄𝐥 𝐣𝐮𝐞𝐠𝐨 𝐝𝐞 𝐯𝐨𝐭𝐚𝐫: 𝐥𝐨𝐬 𝐣𝐮𝐠𝐚𝐝𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐚𝐧, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐥𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐠𝐥𝐚𝐬 𝐬𝐢𝐠𝐮𝐞𝐧 𝐬𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐚𝐬 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐚𝐬
- Walter Villanueva
- hace 19 horas
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Cada cinco años millones de ciudadanos participan en uno de los rituales más importantes de la "democracia": las elecciones. Escuchan propuestas, observan debates, comparan candidatos y finalmente emiten su voto convencidos de que están decidiendo el futuro de su país.
Y, en cierto sentido, es verdad. Pero hay una pregunta que rara vez aparece en las campañas electorales: ¿quién decidió las reglas bajo las cuales todos estamos obligados a elegir?
La serie El Juego del Calamar ayuda a entender el problema. Los participantes creen que compiten libremente y que su destino depende de sus propias decisiones. Sin embargo, las reglas fueron establecidas mucho antes de que ingresaran al juego. Los organizadores no participan en las pruebas. No necesitan hacerlo. Ellos diseñaron el tablero.
Algo parecido parece ocurrir en la política contemporánea. Cuando observamos una elección vemos candidatos enfrentados, partidos rivales y propuestas distintas. Sin embargo, después de varias décadas de procesos electorales en América Latina, una pregunta sigue vigente: ¿por qué candidatos aparentemente tan diferentes terminan aplicando políticas sorprendentemente parecidas cuando llegan al poder?
La explicación habitual es que se vuelven más pragmáticos o más realistas. Pero existe otra posibilidad. Quizá el problema no esté en los jugadores, sino en las reglas del juego. Hace décadas, algunos economistas y matemáticos desarrollaron una disciplina conocida como teoría de juegos. Su objetivo era comprender cómo actúan las personas cuando sus decisiones dependen de las decisiones de otros.
Uno de sus hallazgos más interesantes fue descubrir que, en determinadas circunstancias, los participantes terminan adaptándose a las reglas existentes incluso sin ponerse de acuerdo entre ellos. Nadie necesita coordinar una conspiración. Cada actor actúa según sus propios intereses y, aun así, el sistema se mantiene estable.
Pensemos en una elección presidencial. Los empresarios buscan proteger sus inversiones. Los grandes medios buscan mantener sus audiencias y sus ingresos publicitarios. Los bancos buscan estabilidad financiera. Los organismos internacionales buscan preservar determinadas reglas económicas. Los partidos buscan ser considerados opciones viables. Los candidatos quieren ganar.
Todos persiguen objetivos distintos. Sin embargo, las decisiones que toman suelen empujar en una misma dirección: evitar cambios que puedan alterar profundamente el funcionamiento del sistema.
No hace falta una reunión secreta. Los incentivos hacen el trabajo. Por eso muchas veces observamos que los candidatos comienzan sus campañas con discursos de cambio profundo y terminan moderando sus propuestas conforme se acercan al poder. Y no es porque hayan engañado a sus electores.
Sucede que existen límites que no aparecen escritos en ninguna ley electoral. Un candidato puede proponer reformas importantes. Puede cuestionar determinados privilegios. Puede prometer cambios significativos. Pero cuando esas propuestas afectan intereses económicos poderosos, comienzan a aparecer obstáculos de todo tipo.
Se dice que las medidas son inviables. Se advierte sobre posibles crisis económicas. Se anuncian fugas de capitales. Se cuestiona la capacidad técnica del candidato. Se multiplican las campañas de desprestigio: “terrorista”, “comunista” son los más mentados. Poco a poco, el mensaje se vuelve evidente: algunas propuestas son aceptables; otras no.
Y ahí es donde entran los medios de comunicación. Hace años, el lingüista y analista político Noam Chomsky planteó una idea provocadora: la influencia más eficaz no consiste en decirle a la gente qué pensar, sino en decidir sobre qué temas pensar.
Los medios no solo informan. También seleccionan. Deciden qué temas ocupan las portadas, qué declaraciones generan escándalo, qué candidatos reciben cobertura favorable y cuáles son presentados como peligrosos, irresponsables o inviables.
Hoy esa función ya no pertenece únicamente a la televisión o a los periódicos. Las redes sociales han incorporado nuevos actores: influencers, comentaristas políticos, creadores de contenido y algoritmos capaces de amplificar ciertos mensajes mientras otros desaparecen entre miles de publicaciones.
Así se va construyendo lo que solemos llamar sentido común. Lo que parece razonable. Lo que parece posible. Lo que parece inevitable. Hace casi un siglo, el pensador italiano Antonio Gramsci observó que el poder no se sostiene únicamente mediante la fuerza. También necesita consenso. Necesita que la mayoría de las personas considere naturales determinadas reglas, incluso cuando nunca participaron en su elaboración. Quizá por eso muchas discusiones electorales giran alrededor de quién administrará el sistema, pero muy pocas se preguntan quién diseñó ese sistema o quién se beneficia de su funcionamiento.
Desde esta perspectiva, las elecciones no son una simple farsa. Los resultados importan. Las políticas públicas tienen consecuencias reales. No es lo mismo un gobierno que otro. Pero también es cierto que existen decisiones fundamentales que rara vez llegan a ser discutidas en profundidad.
Y aquí aparece la pregunta más incómoda de todas. Si las reglas condicionan tanto el resultado, ¿tiene sentido seguir votando? La respuesta no es tan sencilla (o tal vez, sí). El verdadero desafío parece estar en otra parte. Antes de transformar cualquier sistema es necesario comprender cómo funciona. Antes de cambiar las reglas hay que reconocer que existen.
Ahí reside, quizás, el único punto de fuga que el sistema no puede clausurar completamente: la conciencia crítica. En El Juego del Calamar, el personaje que logra sobrevivir no es el más fuerte ni el más despiadado. Es el que, en un momento decisivo, comprende que las reglas del juego fueron diseñadas para que todos pierdan, salvo quienes las diseñaron. Esa comprensión no lo salva automáticamente —el tablero sigue ahí, con toda su violencia estructural— pero le devuelve algo que el juego intentó arrebatarle desde el principio: la capacidad de ver con claridad lo que está ocurriendo.
Sufragar, en este sistema, es participar en un juego cuyas apuestas son reales pero cuyo resultado estructural está predeterminado. Comprenderlo no es una razón para la parálisis: es la condición mínima para imaginar, algún día, un juego distinto.











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