Hacia un experimento neofascista
- Ricardo Falla Carrillo

- hace 5 minutos
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¿Asistimos hoy al retorno de los viejos autoritarismos o nos enfrentamos a un inédito experimento neofascista que fusiona el fundamentalismo dogmático con el poder de los oligopolios tecnológicos? El presente ensayo examina cómo esta deriva neorreaccionaria desmantela los consensos republicanos, instrumentaliza la fe contra la secularización emancipadora y fractura la convivencia democrática mediante la polarización. Ante este escenario tecnofeudal que amenaza el proyecto ilustrado de la modernidad, se vuelve imperativo reconstruir una alianza estratégica entre el liberalismo político y el socialismo democrático en defensa común de la razón crítica.
La pertinencia de este diagnóstico se hace evidente en el Perú de hoy, donde el ejercicio del poder ha quedado en manos de una coalición de extrema derecha que sintoniza con el neorreaccionarismo transnacional. De ahí la necesidad de mantener una atención vigilante sobre el debate público, desentrañando con las categorías y conceptos fundamentales que pretenden reconfigurar nuestra realidad.
El déficit conceptual ante la complejidad del presente
Interpretar las mutaciones políticas del siglo XXI con las categorías heredadas de la modernidad tardía constituye uno de los mayores desafíos para las ciencias sociales y la historia intelectual contemporánea. Nos encontramos ante una suerte de orfandad terminológica; un persistente déficit conceptual que revela nuestra incapacidad para hallar un término unívoco que englobe, con suficiente rigor epistémico, la abigarrada complejidad de los fenómenos que hoy observamos.
Conceptos como "populismo de derecha", "derecha radical alternativa" (alt-right), "democracia iliberal" o incluso "autoritarismo competitivo" resultan a todas luces insuficientes, cuando no equívocos. Ninguno de ellos logra aprehender la singularidad de una deriva que no solo impugna los procedimientos de la democracia liberal, sino que aspira a reconfigurar la base misma de la civilización occidental.
La dificultad radica en que el fenómeno actual no se presenta como una corriente ideológica homogénea, sino como una amalgama de pulsiones aparentemente contradictorias que desafían las taxonomías políticas tradicionales. ¿Cómo explicar la coexistencia, en un mismo espacio de enunciación, de un fervor de mercado casi místico y una nostalgia teocrática premoderna? ¿De qué manera dialogan el individualismo radical y el gregarismo tribal de las redes sociales? Ante este escenario, la tentación de recurrir al significante "fascismo" es comprensible, pero exige una precisión quirúrgica para evitar el anacronismo y la banalización.
No estamos ante una simple repetición del pasado, sino ante un experimento inédito: una configuración reactiva que instrumentaliza las herramientas de la hipermodernidad tecnológica para clausurar el proyecto emancipador de la Ilustración. El presente texto se propone desentrañar esta compleja trama, analizando sus alianzas, sus divergencias con el pasado, sus rupturas epistemológicas y la urgencia de articular una respuesta civilizatoria desde las canteras del pensamiento crítico moderno.
Del fascismo histórico al neofascismo del siglo XXI
Para evitar el riesgo del anacronismo —que suele empobrecer el debate contemporáneo al reducirlo a una repetición mecánica de viejas consignas—, resulta preciso trazar una frontera conceptual nítida entre el fascismo histórico del período de entreguerras y el neofascismo que emerge en el siglo XXI. Aunque ambos comparten una matriz autoritaria, el desprecio por la alteridad y la clausura del pluralismo, sus soportes materiales, sus lógicas de poder y sus horizontes de sentido difieren de manera sustancial.
El fascismo histórico fue, en esencia, un hijo de la modernidad sólida y de la sociedad industrial de masas. Se estructuró bajo la premisa de la "estatolatría": la absorción total de la sociedad civil por parte de un Estado hipertrofiado, centralizado y jerárquico. El régimen de entreguerras requería de la movilización física y disciplinada de los cuerpos en el espacio público, el encuadramiento paramilitar y la planificación económica corporativista de base nacional-autárquica. Su horizonte utópico era el resurgimiento de una comunidad orgánica mítica, cohesionada por la tierra y la sangre, donde el individuo se disolvía por completo en la voluntad del líder y la gloria del aparato estatal.
El neofascismo del siglo XXI, en cambio, opera bajo las dinámicas líquidas y desterritorializadas de la globalización y el capitalismo de plataformas. Lejos de buscar la sacralización del Estado, este nuevo fenómeno promueve su desmantelamiento regulatorio y su debilitamiento institucional. El neofascismo contemporáneo no es estatista; es privatizador. Su alianza con el libertarismo económico radical persigue la reducción de lo público a su mínima expresión punitiva, despejando el camino para que las grandes corporaciones y los algoritmos tecnológicos asuman la soberanía de facto sobre la vida social.
Asimismo, la captura de la subjetividad ya no se realiza mediante la marcha militar o la censura estatal directa, sino a través de lo que podríamos definir como una psicopolítica digital. En lugar de cohesionar a las masas en una identidad colectiva homogénea, el neofascismo contemporáneo explota la atomización del individuo en las redes sociales. Utiliza la segmentación algorítmica de la atención para canalizar el resentimiento, la precariedad y el miedo hacia burbujas de indignación moral. Mientras el fascismo clásico militarizaba la sociedad para marchar hacia un destino histórico común, el neofascismo actual balcaniza el espacio público, convirtiendo la plaza del debate ciudadano en un archipiélago de trincheras identitarias hiperconectadas pero incomunicadas entre sí.
La deriva neofascista y su alianza con el poder corporativo
Comprendida esta metamorfosis conceptual, es posible analizar la base material y estructural de este nuevo dispositivo de poder. El fenómeno político que hoy presenciamos trasciende con creces la mera defensa del nacionalismo xenófobo o el chovinismo excluyente. Se perfila, de manera mucho más inquietante, como un experimento neofascista global de nuevo cuño, caracterizado por una alianza inédita y aparentemente paradojal: la confluencia entre el fundamentalismo religioso de carácter neoconservador, una militante antimodernidad cultural y un libertarismo económico de corte radical y anarcoliberal.
Bajo el velo puritano de una enconada "guerra cultural" —diseñada para movilizar las pasiones y los resentimientos de amplias capas de la población—, estas corrientes operan como el soporte ideológico idóneo para proyectos neorreactivistas de matriz tecnofeudal. Esta dinámica es impulsada por magnates tecnológicos y corporativos de Silicon Valley y otros centros financieros globales, quienes ven en la soberanía democrática un obstáculo intolerable para la expansión de sus monopolios de datos e infraestructuras digitales. Al debilitar la autoridad regulatoria del Estado nación bajo la consigna de la "libertad absoluta", se pavimenta el camino para sustituir la deliberación pública y la ley por el control algorítmico y corporativo de la existencia social.
En América Latina, esta deriva adquiere ribetes de una gravedad particular. La región se ha convertido en un laboratorio idóneo para la imposición de esta agenda neorreactivaria. Aquí, la debilidad histórica de las instituciones republicanas y la persistencia de profundas brechas de desigualdad facilitan la penetración de discursos que prometen orden, prosperidad inmediata y la restauración de una supuesta "moralidad perdida".
A través de la instrumentalización de plataformas digitales y el financiamiento de laboratorios de ideas (think tanks) ultraconservadores, se busca consolidar un modelo de control total sobre la región. Este modelo no requiere necesariamente de los tanques en las calles de las dictaduras del siglo XX; le basta con la colonización del sentido común, la erosión de la justicia independiente y la subordinación de la economía nacional a los intereses extractivos de grandes corporaciones tecnológicas y financieras. Se trata de una recolonización ideológica que busca convertir a los ciudadanos en usuarios dóciles y despolitizados de un feudo digital global.
Destruir la Ilustración: el retorno a la minoría de edad
Esta alianza tecnofeudal y corporativa requiere, no obstante, de un correlato superestructural y educativo que neutralice la resistencia intelectual de la ciudadanía. El neofascismo contemporáneo, en perfecta continuidad con sus antecedentes históricos, asume una postura radicalmente antimoderna y antiilustrada que busca de manera sistemática impugnar los fundamentos del pensamiento crítico. En el núcleo de su proyecto político yace la convicción de que la liberación del espíritu humano, propiciada por el ejercicio de la crítica racional, constituye una amenaza directa e intolerable para el mantenimiento de las hegemonías económicas, políticas y confesionales. Bajo esta premisa, la racionalidad ilustrada es percibida como un agente disolvente de las jerarquías tradicionales. De ahí que el neofascismo observe con profunda sospecha y hostilidad sistemática todas aquellas políticas públicas orientadas a garantizar y fomentar el acceso a una educación universal de calidad.
Al restringir las herramientas cognitivas necesarias para el cuestionamiento de las estructuras de dominación, estas corrientes buscan clausurar la posibilidad de una ciudadanía plenamente emancipada, prefiriendo en su lugar la consolidación de masas dóciles y subordinadas al arbitrio de los nuevos señores feudales de la era tecnológica.
Este repliegue reaccionario se debe a que el neofascismo comprende con lucidez que la modernidad ilustrada socava de raíz los mecanismos de manipulación social que sostienen su arquitectura de poder. Sabe que un sujeto crítico es inmune a la domesticación operada por el consumismo de mercado desenfrenado, a las retóricas demagógicas de las políticas autoritarias y a los dogmas de una religiosidad de trinchera que instrumentaliza la fe.
Por ello, el objetivo final de esta ofensiva cultural es forzar una involución civilizatoria que devuelva a la humanidad a un estadio de minoría de edad autoculpable, clausurando el horizonte de autonomía que definió el célebre imperativo kantiano del sapere aude. Al adormecer la audacia de pensar por cuenta propia, el neofascismo aspira a reinstaurar una época de verdades absolutas y obediencias ciegas, donde el individuo renuncie voluntariamente a su soberanía intelectual a cambio de una falsa promesa de seguridad y pertenencia tribal en un mundo fragmentado.
El eclipse de la razón pública: dogmatismo y quiebra del pacto republicano
La clausura del sapere aude y el repliegue inducido hacia la minoría de edad tienen un impacto directo en el ecosistema democrático, traduciéndose en una profunda erosión de los consensos epistémicos y políticos que sostienen a las repúblicas modernas. La república, entendida no como un frío andamiaje procedimental, sino como un espacio de deliberación compartida, se fundamenta en un acuerdo histórico fundamental: la separación de la verdad teológica de la legitimidad política.
Este pacto de neutralidad, consagrado tras las sangrientas guerras de religión de los siglos XVI y XVII, estableció que la coexistencia pacífica solo es posible si las leyes del Estado se justifican mediante razones que todos los ciudadanos, independientemente de sus creencias particulares, puedan comprender y discutir de manera racional.
El resurgimiento de corrientes de matriz teocrática y dogmática representa una ruptura directa con este principio de la "razón pública". Al pretender fundamentar el diseño de las políticas estatales y la restricción de derechos ciudadanos sobre dogmas de fe indiscutibles o interpretaciones literalistas de textos sagrados, estas posturas caen en un irracionalismo político que niega sistemáticamente el principio de realidad.
El dogma, por su propia naturaleza epistémica, es impermeable a la evidencia empírica, al matiz y al cuestionamiento científico. Cuando las políticas de salud pública, educación o derechos civiles se subordinan a un mandato metafísico absoluto, la deliberación democrática queda anulada.
El efecto más destructivo de este repliegue dogmático es la transformación de la naturaleza del conflicto político. En una república democrática, el adversario es un interlocutor legítimo con el que se discrepa sobre la gestión del bien común, lo que permite la negociación, el compromiso y el consenso. Bajo la lógica del dogmatismo de trinchera, en cambio, el adversario político es despojado de su legitimidad racional y convertido en un "enemigo moral" o un "herético" que atenta contra el orden natural o divino.
Con el mal absoluto no se dialoga ni se llega a acuerdos; se le combate y se le excluye de la comunidad política. Esta deriva no solo destruye los mecanismos de representación y debate parlamentario, sino que erosiona la confianza interpersonal básica que hace posible la cohesión social, arrastrando a la polis hacia una suerte de guerra civil fría de baja intensidad, pero de alta toxicidad institucional.
La secularización como maduración histórica: el contraejemplo teológico de Harvey Cox
Frente a esta quiebra del consenso republicano y el repliegue teocrático que hoy presenciamos, la propia historia de las ideas ofrece valiosas herramientas de resistencia dentro del campo de la teología. Frente a la actual nostalgia reactiva por un orden teocrático premoderno, el pensamiento vanguardista de los años sesenta —con el teólogo estadounidense Harvey Cox a la cabeza— ofrece una clave de lectura fundamental para comprender que el destino de la fe no se juega en la reconquista del poder estatal, sino en su capacidad para dialogar con la autonomía del mundo.
En su célebre obra La ciudad secular (1965), fuertemente influido por la intuición de Dietrich Bonhoeffer sobre un "mundo que ha llegado a la mayoría de edad", Cox propuso una tesis revolucionaria: la secularización no es el enemigo mortal del judeocristianismo, sino su consecuencia histórica y su auténtica maduración. Desde esta perspectiva, la secularización se desmitifica: deja de ser vista como una patología de la modernidad o una conspiración secularista, para revelarse como un proceso liberador que hunde sus raíces en el propio relato bíblico de la creación y el éxodo. Al "desencantar" la naturaleza y desacralizar las estructuras del poder político, la tradición judeocristiana liberó al ser humano de las tutelas míticas y de los ordenamientos metafísicos rígidos que justificaban la inmovilidad social y la sumisión teocrática.
De este modo, la secularización representa la transición hacia un estadio donde la humanidad asume con plena adultez, autonomía y responsabilidad la conducción de la historia. El progreso social, la ciencia y la política se desprenden de los ropajes del dogma para convertirse en tareas estrictamente humanas, sujetas a la deliberación, el ensayo y el error. Lejos de extinguir la dimensión de la fe, la secularización la purifica, despojándola de su función coercitiva y de su rol como andamiaje ideológico del poder de turno. El creyente ya no busca refugiarse en una cristiandad defensiva o en un enclave de certezas absolutas; por el contrario, se integra a la plaza pública plural como un ciudadano más, comprometido con la justicia y el bienestar común desde la persuasión ética y no desde la imposición legislativa.
El contraste con el panorama contemporáneo es tan nítido como desolador. Mientras que aquella teología de la secularización abría las puertas a un humanismo de la responsabilidad, las corrientes que sustentan al neofascismo del siglo XXI operan en un sentido inverso: buscan re-encantar el aparato estatal con una moralidad rígida y excluyente, instrumentalizando el sentimiento religioso para legitimar el repliegue autoritario. Lo que hoy se presenta bajo la pretensión de conducir al mundo hacia un estadio "postsecular" no es un diálogo fecundo entre razón y fe, sino una regresión de carácter infantilizador. Se trata del retorno a una teología política de la sospecha y el repliegue, que prefiere la seguridad del dogma coercitivo a la intemperie creadora de la libertad humana y el progreso histórico.
La trinchera de la modernidad: el imperativo de una coalición republicana frente a la regresión
La recuperación de la madurez histórica propuesta por la modernidad ilustrada se vuelve, entonces, el sustento ético y político para enfrentar un experimento reaccionario cuya sostenibilidad electoral reside en la administración sistemática del miedo. La llamada "guerra cultural" no constituye un debate intelectual genuino, sino una estrategia asimétrica de captura de la atención pública. Al caricaturizar al adversario y transformarlo en un enemigo ético absoluto, estas fuerzas logran vaciar de contenido el debate público, reemplazando la discusión de propuestas estructurales —como la desigualdad rampante, la precariedad laboral o el cambio climático— por una agitación emotiva constante. Esta polarización induce un estado de parálisis institucional donde la deliberación y el pacto republicano, esenciales para procesar los disensos de forma pacífica, resultan inviables.
Ante esta regresión multidimensional, que amenaza con erosionar los cimientos de la convivencia democrática y los consensos civilizatorios construidos desde la posguerra, la respuesta no puede ser la fragmentación ni el repliegue melancólico. El proyecto de la modernidad y los valores emancipadores de la Ilustración —la primacía de la razón, el carácter inalienable de los derechos humanos, la laicidad del Estado y la soberanía del ciudadano frente a cualquier forma de absolutismo sea este político, religioso o corporativo— demandan una defensa activa y coordinada.
Esta urgencia histórica exige la articulación de un frente común que supere las tradicionales desconfianzas doctrinarias. Se hace imperativo un reencuentro estratégico entre las fuerzas del liberalismo político y el socialismo democrático. Históricamente, las distancias entre ambas corrientes han facilitado, en no pocas ocasiones, el ascenso de aventuras autoritarias. Hoy, sin embargo, la preservación del marco mínimo que hace posible la discrepancia política es lo que se encuentra bajo asedio.
El liberalismo político debe aportar su indeclinable defensa de las garantías constitucionales, la separación de poderes, el Estado de derecho y la protección del individuo frente a la arbitrariedad del poder. El socialismo democrático debe contribuir con su insistencia histórica en que la libertad formal es vacía sin las condiciones materiales que permitan su ejercicio real, promoviendo la justicia distributiva, los derechos sociales y la equidad económica como el mejor antídoto frente al resentimiento social que alimenta a las alternativas reaccionarias.
Reunir estas dos sensibilidades republicanas no implica renunciar a sus debates legítimos sobre el modelo económico o la extensión del Estado, sino reconocer que ambos proyectos comparten un mismo suelo nutricio: la fe en el progreso histórico, la defensa de la autonomía humana frente al dogma secular o religioso, y el compromiso con una sociedad de ciudadanos libres e iguales. En la hora actual, la defensa de la modernidad ilustrada no es un conservadurismo intelectual, sino la verdadera posición de vanguardia. Ante el horizonte de un tecnofeudalismo confesional que pretende reducirnos a la condición de siervos digitales, la reactivación de la razón crítica y la defensa de la república se presentan como el único camino transitable hacia un futuro verdaderamente humano










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