Elma mueve los hilos de la tradición poética peruana
- Marcelo Báez

- hace 21 horas
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La memoria hila (Lima, Ediciones Copé, 2025) no es un título que sea una metáfora decorativa. Es una declaración de estructura planificada de su autora, Elma Murrugarra Pinedo (Lima, 1974), quien tejió los 13 textos (6 prosas poéticas y 7 poemas) siguiendo la lógica de los textiles andinos: juntando fibras heterogéneas, tensando los hilos hasta que sostengan un peso, dejando que la figura emerja del entrelazado.
La arquitectura del libro es muy clara: cada sección lleva el nombre de una técnica de torcido —torzal simple, torzal de pares continuos, torzal con flecos— y dentro de cada una los poemas se relacionan con el arte de hilar: «El oro», «La vicuña», «Las trenzas», «La urdimbre». No hay aquí un gesto folclórico ni una nostalgia decorativa por lo precolombino. Lo que hay es una decisión formal que asombra hasta al lector más ducho de poesía: la estructura del libro imita el proceso que tan bien describe, emulando los tratados de textilería prehispánica, sumergiéndonos en una ontología del hacer a través de un recorrido por seis estaciones de rigor técnico y simbólico.
La memoria hila establece una genealogía. Los epígrafes que encabezan los poemas anudan a 13 poetas peruanos cuyas obras, en distintos momentos del siglo XX, tocaron el hilo, la aguja, el tejido o el nudo como imagen o como metáfora. Están César Vallejo —«Tejo; de haber hilado, héme tejiendo»— y Emilio Adolfo Westphalen —«No hay un hilo para separarlos»—, dos de los ejes sobre los que se articula buena parte de la poesía peruana contemporánea. Está César Moro, el surrealista que escribió en francés pero cuya sensorialidad pertenece al Perú; Jorge Eduardo Eielson, cuya obra plástica y poética convirtió el nudo quipu en símbolo mayor de identidad y escritura; y Gamaliel Churata (seudónimo de Arturo Pablo Peralta Miranda), el indigenista puneño que pensó la voz andina como tejido de culturas. Están también Juan Gonzalo Rose, Carlos Germán Belli y Luis Hernández, tres voces de la generación del 50 y del 60 que desde registros distintos —el compromiso político, el neobarroco, la rareza hermética— confirman que la imagen textil no pertenece a ninguna escuela sino a una sensibilidad compartida.
Carlos Oquendo de Amat, autor del célebre poemario-rollo 5 metros de poemas, aparece con un verso sobre árboles que rompen sus amarras, anticipando la tensión entre sujeción y vuelo que recorre el libro. José María Eguren, Enrique Verástegui, Sebastián Salazar Bondy y Mario Florián completan el arco: desde el modernismo delicado de Eguren hasta la densidad visionaria de Verástegui, pasando por el compromiso urbano de Salazar Bondy y el lirismo andino de Florián. Que Murrugarra haya elegido a estos trece —y no a otros— dice mucho sobre cómo entiende la tradición: no como linaje (lino) sino como tejido (texto), donde los hilos se cruzan sin jerarquía de generaciones ni de regiones. Al citar el tejido como imagen central en la obra de estos autores —desde el nudo de Eielson hasta los árboles sin amarras de Oquendo de Amat—, la autora propone que la textilería poética es el verdadero canon de la literatura peruana.
El viaje comienza con el torzal con decoración geométrica, donde se establece lo perenne mediante el brillo del oro y la dureza de las piedras, configurando el orden ancestral que sostiene el peso del tiempo; seguidamente, el poemario se interna en el torzal con tramado oculto, una instancia donde el misterio del oráculo y la figura de la madre revelan que la herencia es ese hilo invisible que, aunque no se vea a simple vista, es el que realmente sostiene la tela existencial.
La progresión continúa hacia el torzal de pares continuos, una sección que explora la dualidad y el diálogo entre lo vegetal y lo animal a través de la suavidad del algodón y la finura de la vicuña. Esta armonía se rompe y expande en el torzal con flecos, donde la poesía fluye desde elementos domésticos como la achira y las trenzas hacia un anhelo de trascendencia en el poema «Para volar»: «Sin miedo abrir los brazos/ Retener el aire en el pecho/ Suspender el peso del cuerpo/ Que el alma eximida sea trama/ Y uno urdimbre sujeta al telar».
Al llegar al torzal de pares alternos, con epígrafes de Verástegui y Salazar Bondy, la obra alcanza su punto de mayor introspección, planteando una dialéctica necesaria entre la urdimbre («el hilo rojo las iniciales de su frazada») y la trama («en el nombre del padre se levanta muy temprano para nunca llegar primera a la fábrica textil») que representan el pasado horizontal que la poeta cruza con su vida vertical.
Finalmente, este libro (ganador de Premio Copé de Oro 2023 de la XXI Bienal de Poesía) se cierra con el torzal simple, reduciendo toda la complejidad del cosmos al minimalismo del poema «La aguja», esa herramienta afilada que actúa como la pluma de la autora para atravesar el silencio y unir, de una vez por todas, los fragmentos dispersos de la realidad. Es la sección del libro en el que aparece el verso que da título al poemario. El libro se cierra con estos versos que exudan peruanidad: «Corazones de tierra/ Cargados al hombro/ En telares de algodón/ o de vicuña/ Finísimos/ Anudados como quipus/ que cuentan la historia/ Cual hilo de oro/ que pasa por el ojo de la aguja/ Y nos regresa al Perú/ Siempre».
Esa doble tensión —costa y sierra, materia y espíritu, alegría y dolor— encuentra en la estructura su correlato visible. Los poemas de la sección «Torzal con decoración geométrica» trabajan sobre el oro y las piedras, materiales de civilización y también de despojo; los de «Torzal con flecos» incorporan la achira, los atados, las trenzas, y cierran con el poema «Para volar»: es un arco que va de lo doméstico a lo celeste siguiendo la misma fibra. En «Torzal de pares alternos», la urdimbre y la trama no son solo términos técnicos del tejido, leídos en secuencia, sino que sugieren adicionalmente la dialéctica entre lo que sostiene y lo que cruza, entre memoria y presente.
En el apéndice del libro la autora firma una reivindicación arqueológica que vale leer estrictamente como gesto poético. Murrugarra recuerda que en Huaca Prieta, hace 7.800 años, se elaboraron los primeros textiles de algodón del mundo, y que hace 6.000 años los peruanos los tiñeron de azul por primera vez. Su conclusión es que la poesía en el Perú empezó a escribirse en los tejidos, la afirmación tiene una fuerza que va más allá de la anécdota cultural: es una propuesta de canon, una manera de decir que la literatura peruana es más amplia que el alfabeto que la transcribe.
En la dedicatoria y en el apéndice de la obra palpita la biografía familiar. En el discurso de aceptación del Premio Copé, la escritora confiesa que su madre, Juanita Pinedo, a quien está dedicado este breve libro, le recitaba poemas sobre la planta de algodón; de ese gesto germina una poética que va carmenando y cruzando sutilmente los recuerdos individuales y colectivos de la autora.
El jurado del premio Copé acertó al destacar la capacidad de la poeta peruana para «anudar lo concreto y lo inmaterial», fundiendo el verso y la prosa poética en una trama donde las resonancias costeñas y andinas no compiten, sino que se integran. El veredicto también destacó que la combinación de ambos registros dentro de una misma trama —sin que ninguno anule al otro— es coherente con la poética que la autora ha articulado a lo largo de sus cuatro poemarios anteriores: Juegos (2002), La función de las parcas (2004), Al sur en Caral (2006) y Cuentos de domingo (2009), el hilo ha sido siempre el mismo aunque cambie el torzal. En el poemario que estamos terminando de reseñar, esa búsqueda encuentra su bordado poético más consciente de su proceso creativo. En lo personal, me intriga saber qué hilos fueron descartados del telar final.
Estamos ante un libro que exige ser leído con los dedos, sintiendo la rugosidad de una historia colectiva que se va desenmarañando e hilando con sapiencia. La memoria hila es, en última instancia, la confirmación de que la poesía peruana es un tejido infinito donde la memoria, al igual que la fibra, solo sobrevive si alguien aprende a entrelazarla. Y nadie urde e hila los versos como lo ha hecho Elma.










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