Poesía de Nilton Santiago
- Elma Murrugarra

- hace 1 día
- 6 Min. de lectura

El equipaje del Ángel
Hay algo de estrellas isotónicas en el corazón de las amas de casa. Hay algo de Tim Burton en la mirada de los perros lazarillos y hay algo de tu corazón en las gasolineras de mi corazón, creo que esa es la ecuación perfecta del amor salvavidas para entrar en el mar y salir por debajo de tu cama.
Incineradas las palabras, incinerado el contenido de las palabras mejor dicho, vuelven los significados a tener sentido entre tus labios, vuelve la partitura del silencio al pico del ave de la melancolía y finalmente vuelve el ave de la melancolía al viejo bestiario de los animales solubles. Nos gustamos tanto que nos hacemos la vida imposible. Sacamos a pasear a la correa y dejamos al perro en casa, nos limpiamos la soledad con un pañuelo desechable y compramos billetes para el atardecer que cada día se proyecta desde la comisura de tu boca. Debería ser ilegal que tus minifaldas saquen a pasear a tus piernas cuando aún no nos hemos recuperado de ver cómo te tomas el café mientras te fumas la soledad del mundo. No hay analogía posible entre una ballena en una pecera y mi corazón en una lágrima de manatí pero no está el agua para peces llorones ni mucho menos yo para creer que esta es la última vez que te veo invitarle copas a otro. Así que anda con cuidado, que mi buen humor es sólo edulcorante.
Una vez, en Madrid, nos bebimos hasta el agua del florero con el hijo del panadero y una docena de sonrisas se llovieron sobre el compromiso civil de los pájaros con los ornitólogos, otra vez, en Lima, vi caer la nieve del telar del sastre de los meteoritos sobre los párpados de una sueca con la que pase la noche vendiendo miel a las abejas y ayer una declarada comunista (Sophia "la Lechuza") me tendió una trampa: me dijo que cerrara los ojos y vería llover detrás de sus ojos y de pronto me vi cara a cara con el ángel fumador tocando, con su violín de terciopelo, el himno del sindicato para la liberación de las rosas ¿que por qué te cuento todo esto? Yo lo que me pregunto es por qué dosificas tu buen humor y descongelas tus palabras en el microondas cada vez que llueven ranas en la localidad húngara de Ràkòczifalva. Ya sé que me lo has dicho, nuestro amor es un malentendido y quieres que te firme los papeles para dejar de enrollarnos.
Aquí los tienes: este poema va en el equipaje del ángel que te susurrará al oído que no le doy permiso a tu corazón para olvidarme.
También la soledad es un misterio estropeado
En mi barrio, que no está en Europa, crece un árbol tan grande
como debe ser la espina dorsal del ángel petrificado
del que siempre evito hablar.
A veces, al salir de casa, lo veo seguirme,
como veo al divino ojo de Duchamp entre las largas piernas
de las turistas
(ellas pasan haciendo ruido como un manojo de llaves,
haciendo fotos al esqueleto de aquella vieja iglesia
que no se terminará antes de que termine el mundo).
Sé que es él, siempre el mismo gesto al salir del metro,
como la sonrisa de un pez,
los mismos fantasmas
como la misma guerra de guerrillas perdida de antemano
todo Sendero Luminoso acampando en Hyde Park
haciendo picnic.
He aprendido, amigos míos, a ver a través del ojo de la
cerradura,
a girar las costillas como gira la cabeza de un búho,
a hablar conmigo mismo de lo que no se debería hablar.
Estas cosas tienes que aprenderlas en una ciudad europea,
además de a reciclar correctamente,
—el corazón, por cierto,
entre los restos orgánicos de la noche—
a pegarte a la derecha en las escaleras eléctricas del metro,
a decir buenos días con la sonrisa de un oso hormiguero,
mientras te bebes el mismo café / en el mismo bar / en la
misma mesa
que aún llora en el aserradero
y donde cada día diseccionamos nuestros sueños,
(como si fuesen los recuerdos de un ex toxicómano
muerto de una enfermedad desconocida para los pobres)
no está de más ducharse o comer o hacer el amor con la
televisión prendida
o estar pendiente al tiempo que hará en la mano de Dios
que también es la nuestra mientras liamos un cigarrillo.
Luego, por la tarde, hay que volver a abrir el periódico
(las bolsas europeas se van al garete)
para enterarte de que la soledad es un bien preciado
y que varios pelícanos han muerto en la imaginación de los
delfines
de mi lejana patria,
que es como una gran pecera en un centro comercial.
Al final, a llegar a casa (que no está en Europa)
y descongelarse la cena
podemos elegir entre reír o llorar un manojo de estrellas
utópicas,
da igual,
lo importante es que no te vean,
sino tan solo como aquel ángel petrificado que no quieres ver,
porque lo conoces demasiado, porque eres tú.
La hermeneutica del caracol
Me juego una semilla de girasol
a que nadie sabía que las ovejas no beben agua en movimiento
o que, de promedio, una persona tiene más de 1460 sueños
al año
eso sí, sabemos que algunos búhos seducen a los árboles
para llevarse de paseo la sonrisa de los suicidas
o, simplemente, para beber las lágrimas que Baruch
Spinoza abandonó
cuando se enteró de que sus filosofadas sobre la "sustancia
divina infinita"
(que para él era la realidad o Dios) eran un cuento chino.
Es cierto, la vida se parece demasiado a un montaje de Brecht
y muchas veces la soledad nos pilla los dedos
aunque vayamos de monjes zen o de fumadores de albahaca
dímelo tú, que pasas frio en mi corazón
y te niegas a salir de casa sin un extintor para besos de alto
voltaje.
(Un extintor puede que sea tan inocente como un cuchillo
de madera
que regresa al bosque para atentar contra los aserraderos).
Siguiendo esta misma lógica, ahora pienso que el océano
que tienes bajo tu cama
tiene los modales de un gato, es decir, cuando le da la gana
escupe botellas con mensajes de amor como si fueran una
bola de pelo.
Sería un crimen decir que para algunos filósotos presocráticos
las veinteañeras están llenas de buenas intenciones
o que las mariposas filosóficas son la solución para olvidar a
Wagner,
es verdad, como ellos, también hay astrónomos que no
saben llevar una bicicleta
y confunden fácilmente estar enamorados
con tener ganas de comerse uno de los hoyuelos de tus mejillas
pero qué demonios, a todos nuestra primera novia nos dejó
el corazón hecho añicos
y todos en mi país creímos que la lucha armada no se nos
iría de las manos.
Bien sabes que no hace falta secuestrar la conciencia de un
oficinista
para darte cuenta de que a este mundo le falta un tornillo:
es sociológicamente admisible saquear un banco o engañar
a un querubín
con comida para aves a cambio de entrar al cielo,
pero si denuncias a un político que ha ganado la lotería 20
veces en un año
probablemente tendrás que empacar tus lágrimas y tirarlas
por el retrete
no obstante no os hagáis los despistados,
escribid con una pluma de vuestra espalda,
salid a la calle sin abrir las alas
y veréis que tampoco vosotros sois los que creías.
Poemas del libro: El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014)
Nilton Santiago (Lima, 1979). Ha publicado los poemarios: El libro de los espejos (Premio Copé de Plata de Poesía, 2003), La oscuridad de los gatos era nuestra oscurida (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012), El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014), Las musas se han ido de copas (XV Premio Casa de América de Poesía, Visor Libros, 2015), La historia universal del etcétera (Premio Internacional de Poesía Vicente Huidobro, 2019), Miel para la boca del asno (Premio Emilio Alarcos de Poesía, 2022) y Vocación de náufragos (Premio de Poesía Ciudad de Valencia “Juan Gil Albert”, Visor Libros, 2024.










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