top of page

Cómo Montesinos digitaba a Carlos Álvarez desde la salita del SIN



En una reunión celebrada el 12 de junio de 1999, Vladimiro Montesinos —el poderoso asesor del SIN durante el gobierno de Alberto Fujimori— dejó al descubierto, con una naturalidad que hoy resulta perturbadora, el nivel de control que ejercía sobre los medios de comunicación. Entre los nombres que mencionó con total familiaridad apareció el de Carlos Álvarez, entonces uno de los rostros más visibles de la televisión estatal. Su rol, al menos en ese momento, no se definía en un estudio de grabación, sino en una sala de reuniones del Servicio de Inteligencia Nacional.


La conversación, registrada en los llamados vladivideos y posteriormente transcrita por el Congreso de la República, reúne a tres personajes: el propio Montesinos, Luis Bedoya de Vivanco —candidato a la alcaldía de Miraflores por el Partido Popular Cristiano— y Tomás Gonzales Reátegui. El objetivo era claro: coordinar el respaldo del aparato estatal a la candidatura de Bedoya frente a sus principales rivales, entre ellos Fernando Andrade, hermano del entonces alcalde de Lima Alberto Andrade, y Jaime Salinas.


La orden sobre Álvarez


En un tramo decisivo de la reunión, cuando se afinaba la estrategia para los últimos días de campaña, Montesinos expuso lo que tenía previsto para Canal 7, el canal del Estado. No lo planteó como posibilidad, sino como una decisión ya tomada:


“Ahora, lo que sí voy a hacer yo con el Canal 7 es que Tulio Loza y Álvarez lo empiecen a ridiculizar. Estamos poniendo ‘el flaco y el gordo’. Ésa es la chapa ahora, ‘el flaco y el gordo’. ‘No —dice— yo no sé nada, es mi hermano’. Ésa es la chapa. ‘Y en lo de Larcomar yo no sé nada, es mi hermano’. Entonces ahí viene la sátira política.”


La referencia era directa. Montesinos instruía a Carlos Álvarez y a Tulio Loza para que, desde sus espacios humorísticos, construyeran una caricatura de Fernando Andrade. La burla no era improvisada: tenía un concepto definido, un apodo y un guion basado en una frase que Andrade había usado públicamente para deslindar responsabilidades sobre la gestión municipal de su hermano.


El humor, en ese contexto, dejaba de ser espontáneo y pasaba a formar parte de una estrategia electoral.


Lo que sigue en la transcripción completa el cuadro. Luis Bedoya de Vivanco no expresa sorpresa ni reparo. Su respuesta se mueve en otro registro: “Yo soy amigo de los dos. A Tulio lo ayudé mucho con el Cholíbiris y Álvarez me mostró mucho aprecio”. La frase no cuestiona el mecanismo; lo asume como parte del terreno en el que se juega la campaña.


Un operativo mediático completo


La utilización del humor era solo una pieza dentro de una operación más amplia. A lo largo de la reunión, Montesinos detalla un plan de medios que abarca prácticamente todo el sistema televisivo de la época. Habla de coordinaciones con Canal 4, Canal 5 y otros medios, de cobertura favorable y de ataques dirigidos contra los adversarios.


Canal 7 ocuparía un lugar particular. Al ser una señal estatal, no debía aparecer como abiertamente alineada con un candidato, pero sí podía ser utilizada para intervenir de forma menos evidente a través de la sátira.


El plan no terminaba ahí. Montesinos ofrece entregar a Bedoya una base de datos completa de los votantes de Miraflores, con nombres y direcciones, para facilitar una campaña directa. También menciona el uso de internet —todavía incipiente en el Perú de entonces— como herramienta para enviar mensajes personalizados.


A esto se suma la producción de propaganda anónima. Volantes sin firma que circularían para golpear a los rivales sin dejar rastro sobre su origen. Todo estaba previsto.


El enemigo y la justificación


En paralelo, Montesinos construye un discurso que busca darle sentido a la operación. Presenta al Perú como un aliado estratégico de Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, y sugiere que cualquier cambio político podría poner en riesgo esa posición. Desde esa lógica, candidatos como Andrade o Castañeda son descritos como inadecuados o peligrosos para la estabilidad.


Esa justificación convive, sin tensión aparente, con la mecánica concreta de la campaña: control de medios, manipulación de contenidos, uso de recursos estatales y coordinación directa de ataques.


Álvarez dentro del sistema


La mención a Carlos Álvarez adquiere así un significado preciso. No aparece como una referencia lateral, sino como parte de un engranaje que el propio Montesinos activa. El comediante es incorporado explícitamente a una estrategia que busca influir en la percepción pública de un candidato a través de la ridiculización sostenida.


Durante esos años, Álvarez era una de las figuras más influyentes del humor televisivo en el país. Sus imitaciones tenían alcance masivo y capacidad de instalar imágenes duraderas en la audiencia. Ese alcance es precisamente lo que el documento muestra que el poder buscaba utilizar.


La transcripción del 12 de junio de 1999 no deja espacio para interpretaciones amplias. Registra un momento concreto en el que el aparato de inteligencia del Estado define no solo qué se debía informar, sino también de qué debía reírse el público.


La reunión terminó con satisfacción entre los participantes. “Ha sido productiva la reunión”, dijo Montesinos. “Muy productiva”, respondió Bedoya antes de retirarse.


Lo que el documento revela es que, en ese contexto, la risa también formaba parte de la operación.

Comentarios


Noticias

bottom of page