El paraíso en la otra esquina

A pesar de mis reticencias políticas con Mario Vargas Llosa (1936-2025), leí hace poco y a buen tren su recomendable novela que lleva el título de este texto. Quedé gratamente satisfecho con esta lectura que me acompañó algunos días con sus noches, debido, sobre todo, a la reconstrucción de épocas, al trabajo de intercalar planos y voces narrativas diversos y a la lograda confluencia entre la azarosa vida política y personal de Flora Tristán (1803-1844), reconocida activista e intelectual francesa, autora del emblemático libro Peregrinaciones de una paria, y la aventura permanente de su nieto, el célebre pintor francés Paul Gauguin (1848-1903).
No es fácil todo lo anterior, entre otras razones porque corresponde situarse, como autor, en lugares y tiempos distantes como la Europa y el Perú de la segunda mitad del siglo XIX, y además en las colonias francesas como la Polinesia de aquellos años. Esta novela tiene, junto con lo mencionado, una serie de temas actuales, que suelen propiciar debates encendidos e incluso extremos antagonismos políticos y culturales. Entre otros, por ejemplo, las cuestiones en torno al género, los derechos de la mujer, la crítica mordaz al matrimonio y la familia como tradicionales panaceas (“esa jaula con barrotes” p. 58); y también la recusación de la Europa ilustrada en tanto auténtica cuna de progreso, democracia y libertad humanistas. Y siempre en relación con las vidas transitadas por Flora y Paul, respectivamente.
En sus 22 capítulos y casi 500 páginas, donde, de modo intercalado, se van vinculando los tránsitos dramáticos y agónicos de ambos protagonistas, Vargas Llosa vuelve sobre algunos temas centrales y característicos de su literatura y demuestra, una vez más, su genio para erigir una estructura narrativa ágil y detallada que, de diverso modo, va cautivando la atención de quienes lo leen.
Es, sin duda, una de las mejores novelas de este fértil (y, claro, disciplinado) autor hispano-arequipeño, a quien recordaba por anteriores libros como Los cachorros, La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor, entre otros títulos. Estos me remontan a mi etapa universitaria, cuando empecé a frecuentar y disfrutar más de la literatura latinoamericana contemporánea en sus diferentes géneros.
Tuve, también, ocasión de presenciar algunas de sus obras en versiones teatrales y cinematográficas que, en general, no me decepcionaron.
En El paraíso…, hay, además de lo expresado, un vasto elenco de personajes disímiles —como «La Mariscala», empoderada cusqueña y esposa del presidente peruano, el mariscal Gamarra, así como Van Gogh, también apodado «el holandés loco», por solo citar a dos— que contribuyen, con sus acciones y diálogos, al perfil rebelde y socialmente centrífugo de los protagonistas, quienes, cada uno a su modo, batallan por una vida mejor, acorde con sus irrenunciables objetivos éticos y vitales.
Así, Flora Tristán batallará por un mundo socialista (se le atribuye la sentencia del Manifiesto Comunista, «Proletarios de todos los países, uníos») y pospatriarcal («la única manera de emancipar a la mujer y conseguir para ella la igualdad con el hombre era hermanando su lucha con la de los obreros, las otras víctimas, los otros explotados, la inmensa mayoría de la humanidad», p. 402), mientras que Paul Gauguin dejará bien detrás de sí el París decimonónico, así como a su familia y amistades, para recalar en la colonia francesa de las islas polinesias, Tahití en particular: «En esta imagen había vigor, una fortaleza espiritual que provenía de la inocencia y la libertad con que veía el mundo un primitivo no aherrojado por las orejeras de la cultura occidental» (p. 81).
En ambos casos, se trata de sujetos utopistas que entregan sus intensas y atípicas vidas para conquistar en la tierra sus anhelos más caros y auténticos.
La reconstrucción literaria de un país criollo y de una Arequipa con mentalidad colonial («Aunque, en teoría, seamos ya República, la Colonia está vivita y coleando en el Perú», p. 262), merced a la genealogía paterno-familiar de Flora, así como la inagotable sensualidad que nutre la aventura mundana y artística de Paul, son parte de aquel atractivo novelesco in crescendo: fruto, sin duda, de una múltiple y acuciosa investigación (marca de fábrica vargasllosiana) que no extravía el humor ni escatima la toma de posición por los desheredados de la tierra.
Al respecto, mis capítulos predilectos son el X, donde hay una semblanza y alegoría del poema «Nevermore», de E. A. Poe; el XI, donde se recrea una Arequipa en plena atmósfera bélica por la emancipación criolla; y el XIX, que inicia así: «A ratos, Flora comparaba su viaje por el sur de Francia con el de Virgilio y Dante en el infierno, porque siempre había en su itinerario una ciudad más sucia, fea y cobarde que las anteriores» (p. 393).
A estas alturas, debo confesar mi perplejidad cuando me topaba con pasajes por demás populares e incluso anticapitalistas y, al mismo tiempo, me venía a la memoria aquel Vargas Llosa defensor de los bancos privados, de abusivas potencias imperialistas, fallido candidato presidencial por un capitalismo a ultranza y cómplice del Estado peruano y sus fuerzas represivas vía el cuestionado «Informe Uchuraccay» (por no mencionar ya su trasnochado keikismo hacia el fin de sus días).
Leyendo esta magnífica y cromática novela —no solo por la agudeza con que describe los cuadros de Gauguin, sino también por la diversidad de situaciones y personalidades que interactúan con Flora Tristán—, no dejaba de interrogarme sobre aquel trajinado debate, esa dicotomía entre «ser un notable escritor y artista» y tener una cuestionable biografía anclada en las vicisitudes de una realidad concreta y temporal.
En fin, que cada quien saque sus propias conclusiones de lo que aquí reseño y comento, pero, por cierto, que lo haga luego de leer esta novela, cuyo metafórico y poético título se debe no solo a un juego infantil del admirable nieto de la relevante luchadora social y precursora feminista, sino también al poliédrico prisma narrativo que he procurado sintetizar y expresar en estas rápidas líneas.
Pasajes novelescos
“Aunque desde jovencita y por todos los medios a su alcance, Flora había tratado de llenar las deficiencias de su formación, siempre le abrumaba la idea de ser una inculta, ignorante, cuando aparecía una persona tan sabia, de francés tan bien hablado, como el obispo de Dijon. Sin embargo, no salió abatida del palacio episcopal. Más bien, estimulada. No podía dejar de pensar, luego de oírlo, en lo grata que sería la vida cuando, gracias a la gran revolución pacífica que estaba poniendo en marcha, todos los niños del mundo recibirían en los Palacios Obreros una educación tan esmerada como la que debió tener monseñor Francois-Victor Rivet” (p. 62).
“El 3 de julio de 1895 Paul subió en Marsella al barco ‘The Australian’, agotado pero contento. Las últimas semanas había vivido angustiado, temiendo una muerte súbita. No quería que sus restos se pudrieran en Europa, sino en Polinesia, su tierra de adopción. Por lo menos en eso coincidías con las locuras internacionalistas de la abuela Flora, Koke. Dónde se nacía era un accidente; la verdadera patria uno la elegía, con su cuerpo y su alma. Tú habías elegido Tahití. Morirías como salvaje en esa tierra de salvajes. Ese pensamiento le quitaba un gran peso de encima. ¿No te importaba no ver más a tus hijos, ni a los amigos, Paul? ¿A Daniel, al buen Schuff, a los discípulos últimos de Pont-Aven, a los Molard? Bah, no te importaba lo más mínimo” (p. 151).
*Para Viviana Barrios Guzmán, gestora cultural, autora en ciernes e investigadora sanmarquina, quien me motivó a leer esta novela y escribir un comentario/











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