top of page

El bosque y no los árboles. El Perú: aproximaciones histórico-políticas

hace 24 horas
8 min de lectura



Por muchas razones, me resulta especialmente grato este nuevo libro de Alonso Núñez del Prado. Una de ellas, aunque no la principal, es la amistad que nos une desde hace años. Nos conocimos muy jóvenes y volvimos a encontrarnos en la PUCP, cuando yo estudiaba filosofía y Alonso cursaba filosofía y literatura, sin dejar de ejercer la abogacía. Esa amplitud de intereses da cuenta de una curiosidad intelectual que se expresa también en este volumen.


Al margen de la estima que siento por su autor, hay dos aspectos del libro que considero centrales: el proyecto intelectual que lo anima y la posición política que asume.


El título es preciso: El bosque y no los árboles. En efecto, el Perú, y últimamente el mundo, pasa de una crisis política y social a otra, con una velocidad tal, que todavía no hemos terminado de entender y procesar la última cuando la nueva ya nos está asaltando. Tanto es así que debemos hablar de “permacrisis”: una que se ha vuelto crónica y cuya complejidad no nos deja entrever salidas realistas. En circunstancias como esta, es más fácil concentrarse en los detalles y no ver el esquema mayor. Es decir, tendemos a focalizarnos en el último aprieto (y debemos hacerlo rápidamente, antes que la reflexión que intentemos se torne obsoleta) para tratar de entenderlo.


Explicar un fenómeno es, fundamentalmente, conocer sus causas y las maneras como este fenómeno está conectado con otros; estos pueden no estar conectados causalmente entre sí, pero podrían ser efectos dispares de las mismas causas y, por tanto, eventos concurrentes. Por ejemplo, podríamos tratar de explicar una crisis política en particular, conociendo sus causas, pero si también analizamos otra crisis (por ejemplo, económica o social) que acontece de manera paralela y que comparte algunas causas con la anterior, diremos que es una crisis concurrente cuya comprensión nos ayudaría a entender también la primera, en cuyo caso analizarlas de manera asociada nos resultaría de utilidad porque iluminaría a ambas. Hay crisis que se superponen, que convergen, que luego divergen y que, en última instancia, son parte de un mismo proceso histórico que tiene muchas aristas. 





Uno de los objetivos de libro de Alonso es, pues, armar las piezas de un rompecabezas para ver el panorama en su conjunto, rompiendo con la tendencia –sobre todo de algunos medios de comunicación masivos– de iluminar solo la pieza del rompecabezas que resulta más impactante, dejando en el misterio las causas que lo produjo. 


Todo evento tiene causas, nada es incausado; no hay vacíos causales en el universo, ni natural ni social. Se puede describir un evento sin considerar su contexto ni sus causas, pero eso no permitirá entenderlo. Veámoslo con un ejemplo concreto. El actual ministro de educación ha dicho que en adelante los currículos escolares solo enseñarán hechos, no ideologías. En primer lugar, los hechos solo se entienden al interior de una interpretación, que presupone una ideología. Una ideología es un conjunto articulado de ideas, por lo cual todos tenemos una ideología y no podríamos no tenerla.


La palabra, “ideología” nació en el contexto de la revolución francesa, propuesta por el filósofo Antoine Destutt de Tracy, con el sentido de una ciencia de las ideas. Después significó una estructura de ideas. Solo con Marx y Engels “ideología” significó un sistema de creencias que tiene la función de justificar relaciones de dominación, distorsionando la realidad. Así, la paradoja es que, quienes quieren extirpar las ideologías, usan esta expresión en su sentido marxista, incluso si no lo saben. Es decir, son marxistas, pero ya se olvidaron de que lo son o quizá nunca lo supieron. Más aún, una de las críticas –válidas, creo yo– contra el marxismo es que terminó convirtiéndose en una ideología precisamente en el sentido marxista. Así pues, además de todas estas penosas paradojas, nuestro ministro de educación es precisamente el representante de quien mira las hojas, ni siquiera los árboles y menos aún el bosque. 


Esa actitud es cuestionada por el libro de Alonso, que busca la matriz subyacente a acontecimientos y crisis que, si los vemos aisladamente, no los entenderemos nunca. Por eso, después de una introductoria visión general encontramos una sucesión de capítulos que tienen ilación cronológica pero que, más que eso, comparten una estructura subyacente. Es esa búsqueda lo que más me ha interesado del libro. Pero, ¿cuál es ella? No es una sola línea temática sino varias, pero todas tienen que ver con el rol del Estado en una sociedad que, hasta el siglo XIX, prácticamente no lo tenía. 


El gran esfuerzo de los peruanos, titánico por momentos, ha sido construir un Estado a partir de dos grupos de ruinas superpuestas: aquellas que dejaron los diversos imperios y señoríos prehispánicos y el vacío que dejó el poder virreinal cuando logramos nuestra independencia. Desde entonces y en adelante, casi sin interrupciones, la historia del Perú ha sido el encadenamiento de enfrentamientos –sea militares, políticos o simbólicos– de pequeños caudillos, por el logro de ventajas y objetivos mezquinos.


En muchos casos era la minucia lo que los movía, dado que este territorio al que llamamos “Perú” era –y en alguna medida sigue siendo– un archipiélago de naciones, lenguas e identidades superpuestas, que no logra todavía integrar sus engranajes para que funcionen fluida y eficazmente. Así pues, si hay algo que atraviesa nuestra historia republicana es la competencia de caudillos menores por llegar al poder. En el mejor de los casos, para pasar a la historia; en el peor, para beneficiarse del poder obtenido, sin considerar que su responsabilidad era construir un Estado: pequeño pero eficiente y presente. 


No es arbitrario que el libro de Alonso comience con el fujimorismo, que en gran medida fue un parteaguas en el Perú. Alberto Fujimori fue el caudillo por antonomasia, tanto así que dejó una serie de mitos en herencia, literalmente, si tomamos en consideración el actual gobierno. El oncenio de Fujimori padre tuvo luces y sombras. Sería mezquino no reconocerle algunas virtudes, pero sería ciego no ver la multitud de sus defectos. Uno de ellos, que a su vez explica muchas de las crisis y de los problemas que seguimos arrastrando, fue la pulverización de los partidos políticos y la desinstitucionalización que vino con ellos. Es imposible no recordar que su carta de presentación fue siempre la del político no tradicional, es decir, el que no tenía partido. Tanto así, que en las diversas elecciones en las que participaron sus movimientos, porque no eran partidos, tenían nombres diferentes. Cambio 90 no fue un partido sino una asociación de emergencia y el nombre mismo indica que era lo coyuntural dentro de la coyuntura. Poner a un movimiento político el nombre de Cambio 90, para participar en las elecciones de 1990, muestra que su mirada de más largo plazo se reducía a un puñado de años. Se trató de un gobierno de salvación nacional, algo que logró con el plan de gobierno económico de Mario Vargas Llosa y la derrota del terrorismo con un muy buen equipo de agentes de inteligencia que, en cierto momento, decidieron actuar por su propia cuenta, ante el temor de que los niveles más altos del poder los boicoteen por razones de cálculo político.


Todos conocemos que esta historia tiene muchos más detalles, algunos incluso escabrosos, pero lo importante es que, desde 1992, la estructura político-partidaria del Perú nunca pudo recuperarse. Después de 34 años, los partidos políticos aparecen y desaparecen como luciérnagas en la noche, dejándonos caudillos que a veces no duran sino meses o incluso semanas.  


No por ser un diagnóstico repetido es menos verdadero que la estructura del acceso al gobierno del Estado depende de la solidez, la formación intelectual, la democracia interna, la honestidad y la lealtad de los partidos políticos. Lo contrario de esto es el caudillismo. Si los caudillos, además, son mediocres, tenemos la receta del desastre. Un país sin partidos corre el riesgo de sumirse en la anarquía, y ese es el riesgo que todos vemos con realista temor en el horizonte. Así, entonces, la primera reflexión que me suscita el libro de Alonso tiene que ver con su preocupación por un Estado desarticulado, ineficiente y capturado por sucesivas hordas de bárbaros.  


Hay una segunda reflexión que deseo plantear, más personal y alejada de lo anterior. Alonso y yo coincidimos en algo importante: ambos nos consideramos, creo, ubicados en el centro del espectro político. Lo conozco lo suficiente como para saber que en los tiempos en que se esperaba que toda persona culta y con sensibilidad social fuese de izquierda, ni Alonso ni yo lo éramos. Y que ahora que la derecha se presenta, incluso a nivel global, como la panacea para todos los males, no nos reconocemos de derecha. En los años setenta y ochenta había un fundamentalismo de izquierda, ahora hay un fundamentalismo de derecha.


Alonso tiene la virtud de no ser un fundamentalista en ningún sentido, ni en este tema ni en otros. Si hubiera que poner un nombre a su posición política diría que se encuentra en lo que se denomina “centro radical”, posición que yo también abrazaría. Esta expresión fue acuñada por distintos politólogos (se dice que Renata Adler fue la primera) para describir a una posición que es suficientemente flexible como para moverse en el continuo político según las necesidades y características de una sociedad, y de acuerdo con las circunstancias internacionales. Así, por ejemplo, en el terreno económico uno podría estar más hacia la centroderecha, pero en la dimensión social y la defensa de los derechos humanos, hacia la centroizquierda. A eso alude la expresión “centro”, no a una equidistancia. Lo de “radical” tiene que ver con la tesis de que es necesario reformar, o por lo menos revisar y corregir, las instituciones desde sus raíces. Tanto Alonso como yo creemos en el libre mercado como regulador de la economía, pero también en el rol subsidiario del Estado, no solo para corregir las distorsiones que puede crear el mercado abandonado a su suerte sino, también, para llegar a los rincones del país donde no existe la institucionalidad. 


En el Perú setentero a un centrista se le llamaría “pequeñoburgués aliado del Imperio”. Hoy se le consideraría un caviar. Lo característico de la persona de centro es que la izquierda lo acusa de ser de derecha y la derecha lo denigra por ser de izquierda. Y ambas posiciones lo consideran tibio por no tomar posición, como si solo hubiera dos posiciones en el tablero y el centro no fuera también una posición. Ese ese maniqueísmo el que ha polarizado políticamente al Perú de las últimas décadas; un maniqueísmo que beneficia a los extremos, porque la ultraizquierda solo puede existir gracias al temor que genera la ultraderecha, y lo misma pasa con la ultraderecha, que sobrevive por el terror a la ultraizquierda. No es gratuito que ambos extremos caviaricen al centro, que, en realidad, es su peor enemigo.   


Los extremos suelen ser fundamentalistas. Esta expresión viene de la idea de que hay verdades fundamentales que no admiten discusión, crítica ni cuestionamiento. Hay, por supuesto, fundamentalistas en todo orden de cosas y, en general, son quienes tienen menos flexibilidad cognitiva. Todos creemos que nuestras creencias son verdaderas y que nuestros valores son los correctos, no hacerlo sería contradictorio. Pero lo que nos preserva de sucumbir al fundamentalismo es el “falibilismo”, la tesis de que, aunque creo que mis creencias son verdaderas y mis valores correctos, yo podría estar equivocado, de manera que estoy abierto a dialogar con quien tenga creencias distintas a las mías, pues estoy seguro que algo podré aprender y que quizá mi interlocutor también lo haga. 

 

Así pues, mi sensación es que si un fundamentalista de derecha lee el libro de Alonso va a considerarlo un caviar y hasta esté tentado de sacar su motosierra. Pero si un fundamentalista de izquierda lo lee verá en él a un representante clásico de la derecha, y quizá le tiente armar una pequeña molotov. La motosierra y la molotov son en realidad lo mismo, y los fundamentalistas de derecha y de izquierda tienen, en el fondo, la misma personalidad, por lo que es frecuente que oscilen de un extremo a otro. De hecho, eso hemos observado en el Perú de los últimos años. 


Alonso tiene pensamiento crítico y, sin duda, esa es una de las virtudes más importantes del libro. Su libro reflexiona con libertad y no está atado a ideas de manual o panfleto, que son los nutrientes de quienes se encuentran en los extremos. Por eso, el libro que hoy se presenta es un buen candidato para colaborar en hacer que la violencia ideológica que atraviesa nuestro país se transforme en un fértil intercambio de ideas. 


Comentarios


Noticias

bottom of page