"Corazón, fe y acero": cuarenta años de Highlander (1986)

«Desde los albores del tiempo hemos existido... moviéndonos silenciosamente a través de los siglos. Viviendo muchas vidas secretas, luchando por llegar al momento de la reunión, cuando los pocos que queden lucharán hasta el final. Nadie jamás supo que estábamos entre vosotros... hasta ahora».
Juan Sánchez-Villalobos Ramírez.
¿Qué significaría llevar una vida inmortal? Cuando pensamos seriamente en la idea de ser inmortales bajo las condiciones del mundo —es decir, poblar la Tierra para siempre, ser inmunes a los efectos del tiempo y a las dolencias del cuerpo, permanecer invulnerables ante la irrupción de la violencia, entre otras posibilidades—, imaginamos las enormes ventajas que esa forma de vida nos reportaría.
Podríamos acumular conocimientos y sabiduría, amasar fortunas y reírnos de los temores más básicos que acechan a cada ser humano. Nos cuesta, en cambio, identificar sus desventajas y reconocer las dificultades que implicaría, por ejemplo, echar raíces en una comunidad, desarrollar vínculos cercanos con otras personas o estar expuestos a la incomprensión de seres humanos movidos por la desconfianza o la superstición.
La literatura, el mito y la cultura popular han explorado con frecuencia el tema en términos de una tentación, como ocurre con el ingenioso Odiseo y la divina oferta de Calipso. Sin embargo, pocas veces se han detenido a reflexionar sobre los conflictos y pesares que podría depararnos el hecho de quedar al margen de la muerte.
Una película de los años ochenta aborda este asunto polémico con cierta frescura y tonalidades épicas. Highlander (1986) es, sin lugar a dudas, mi película favorita. La vi en 1990, a través de la televisión (me parece que nunca llegó a exhibirse en las salas de cine de Lima). Recuerdo la fascinación que me provocaban las escenas que alternaban entre las tierras altas de Escocia durante el final de la Edad Media y el Nueva York de finales del siglo XX.
La historia de Highlander calzaba a la perfección con el entusiasmo de mi adolescencia por la mitología antigua, el folclore céltico, los cuentos de hadas y las novelas de caballería. Encontré en ella el relato de un héroe trágico que atraviesa los siglos, pierde a sus seres amados y lucha por preservar su humanidad. La película dio lugar a una franquicia —secuelas, series, entre otras producciones—, pero la única que valió la pena fue esta entrega, con una trama autoconclusiva, dirigida por Russell Mulcahy y protagonizada por Christopher Lambert, Sean Connery, Clancy Brown y Roxanne Hart.
La idea original fue escrita por Gregory Widen, un alumno de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) que planteó esta historia como su tesis de grado, inspirado en una visita a la Torre de Londres. Se preguntó entonces qué pasaría por la mente de una persona capaz de vivir múltiples vidas, ser testigo de innumerables guerras y sobrevivir a las conspiraciones políticas propias de épocas turbulentas.
Russell Nash (Christopher Lambert) es un conocido anticuario de la calle Hudson. Es un hombre silencioso y reservado, célebre por las piezas antiguas que conserva en su negocio con un esmero y una eficacia fuera de lo común. Nadie sabe que, en realidad, es un guerrero nacido en Glenfinnan, a orillas del lago Shiel, en 1518. Ha ocultado su verdadera identidad durante siglos. Murió en batalla a los dieciocho años y fue expulsado de su clan, acusado de brujería, porque misteriosamente volvió a la vida unos minutos después de su muerte. Desde entonces, Connor MacLeod —su verdadero nombre— ha deambulado por el mundo sin morir ni envejecer un solo día.
Años más tarde, Connor recibe en su nuevo hogar en Glencoe la visita de otro inmortal, Juan Sánchez Villalobos-Ramírez (Sean Connery), jefe de metalurgia de la Corona española. Ramírez le explica las reglas de la inmortalidad y le advierte que llegará el día en que, al quedar solo unos pocos, los inmortales sentirán el impulso irrefrenable de enfrentarse entre sí. Al decapitar a otros de su condición, absorberán la energía vital de sus rivales. Cuando llegue el momento apocalíptico del encuentro, «solo puede haber uno»: ese es el precepto supremo que rige a esta misteriosa especie de guerreros.
Únicamente el suelo sagrado —cualquier templo o terreno consagrado al cultivo del espíritu— puede protegerlos de aquella confrontación inexorable. Según el relato de Ramírez, el último inmortal que quede en pie recibirá el Premio: la posibilidad de establecer un vínculo místico, una suerte de sintonía espiritual, con todos los seres vivos de la Tierra y, llegado el momento, alcanzar la muerte misma.
El español enseña a Connor los secretos del arte de la espada, que él mismo ha aprendido en diversos lugares de Europa y Oriente. Ha viajado hasta las Tierras Altas escocesas para prepararlo para combatir al Kurgan (Clancy Brown), el temible antagonista de esta historia. Se trata de un guerrero formidable y salvaje, proveniente de las estepas de Rusia, un asesino sediento de sangre, implacable y feroz tanto con los mortales como con los inmortales. Si el Kurgan consiguiera el Premio, la humanidad estaría condenada a sufrir una «eterna oscuridad» y la Tierra quedaría sumida en milenios de esclavitud.
El Kurgan parece hecho para librar esta guerra, mientras que el joven guerrero celta solo aspira a llevar una vida normal, echar raíces y forjar una comunidad. MacLeod debe atravesar los siglos viendo morir a las personas que ama y sintiéndose obligado por el propio cosmos a enfrentarse con otros inmortales en lugares lejanos y desconocidos. En este sentido, el guerrero de las montañas comienza a vivir la inmortalidad como una pesada carga, como una verdadera maldición.
La magistral banda sonora de Michael Kamen y las canciones de Queen, reunidas en el álbum A Kind of Magic (1986), que compila las contribuciones del grupo a la película, brindan un poderoso trasfondo sonoro a este relato.
Con el correr de los años, el rumor del combate conduce a los inmortales hasta las frías y vaporosas noches de Nueva York. Connor y el Kurgan deberán afrontar un duelo decisivo para conquistar el Premio. La afilada katana que heredó de su mentor será su aliada silenciosa en esta confrontación final.
La historia juega brillantemente con el tránsito de una época a otra, como si los personajes llevaran consigo todas las etapas de su existencia. En una de las escenas mejor logradas de la película, Connor, ya en los años ochenta, entra en la sala principal de su departamento neoyorquino y se sienta. Está rodeado de objetos que ha conservado a lo largo de casi quinientos años: armaduras, estandartes de batalla, copas y utensilios de plata. De pronto, siente que un ruido metálico hiere sus oídos. Cierra los ojos. El sonido de un martillo que golpea el metal remueve su alma. Es el mismo ruido que él provoca al golpear el yunque en las montañas de Glencoe, allá por 1541. A su lado está Heather, la mujer de la que se enamoró tras su destierro.
Los recuerdos se le presentan como sensaciones actuales. En su mente y en su corazón, los tiempos más remotos permanecen vívidamente presentes, tanto en el furor de la batalla como en la placidez del descanso. Connor lleva casi quinientos años a cuestas. Le pesan. Las súbitas analepsis (flashbacks) que aparecen en el filme nos lo recuerdan una y otra vez. Esa sería la extraña condición de los inmortales.
Highlander es una película difícil de clasificar. Tiene elementos de la épica propia de la tradición de «espada y brujería» y, a la vez, de la fantasía histórica. Es, por supuesto, un filme de aventuras. Pero hay algo más: una profundidad existencial que se asoma entre situaciones cinematográficas concebidas, en principio, para el impacto comercial.
Su rasgo principal, a mi juicio, es la atmósfera oscura y romántica —en el sentido estricto del término, no en el coloquial— que acompaña cada una de sus escenas. Se trata de narrar la historia de un hombre que no es vulnerable al paso del tiempo y que, sin embargo, desea envejecer y morir como las personas que irrumpen en su vida. Connor aspira a establecer una relación profunda con quienes lo rodean, pero carece de la vulnerabilidad que define la existencia de los demás. Para él, derrotar al mal es la llave que le permitirá abrazar la finitud; al mismo tiempo, no puede permitir que prevalezca el poder del bárbaro al que combate.
Empuñar la espada japonesa contra el Kurgan representa la defensa del derecho de los mortales a vivir y, al mismo tiempo, expresa el legado de todos los inmortales que quedaron en el camino. Al final, como advirtió Ramírez, «solo puede quedar uno». La historia mítica de Connor MacLeod nos recuerda que la belleza de la existencia, con sus complejos nudos y desafíos, poco tiene que ver con la aspiración humana a alcanzar la eternidad bajo las toscas condiciones de la Tierra.











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