Veinte años después, siete mujeres revisan en escena lo que quedó de las ganas de cambiarlo todo

“Queríamos cambiarlo todo”, creación colectiva de Tránsito dirigida por Paloma Carpio Valdeavellano, recorre 25 años de historia peruana desde la memoria de sus integrantes.
Tránsito nació en 2005, por iniciativa de un grupo de recién egresadas de Artes Escénicas de la PUCP que quería continuar el legado de la creación colectiva en el teatro peruano. Veinte años después, el colectivo celebra su aniversario con una obra que vuelve sobre ese mismo tiempo: qué le pasó al país y qué les pasó a ellas mientras tanto. Jimena Ballén, Natalia Consiglieri, Chía Mantilla, Coralí Ormeño, Tania Pezo, Laura Santa Cruz y Katiuska Valencia comparten el escenario, bajo la dirección de Paloma Carpio.
En dos décadas, las integrantes han atravesado encuentros y desencuentros, cambios personales, pérdidas y nuevas etapas de la vida. Mirar el recorrido completo les permite reconocer cuánto han cambiado sin perder de vista aquello que las reunió. La obra propone ese ejercicio de memoria: volver sobre las jóvenes que fueron, sus ideales y sus expectativas, para preguntarse qué permanece de aquellas ganas de transformar el país.
Un país en transición
El cuarto de siglo que revisa la obra empieza poco después de la caída del régimen de Alberto Fujimori, en noviembre de 2000, y del gobierno de transición de Valentín Paniagua. La primavera democrática despertó expectativas de reconstrucción institucional, justicia y participación ciudadana, pero duró poco y pronto dio paso a una profunda desilusión. En 2003, el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación puso cifras y nombres a la violencia de las décadas anteriores. Mientras la economía crecía bajo los gobiernos de Toledo, García y Humala, persistían las desigualdades y los conflictos sociales, como mostró la masacre de Bagua en 2009. El crecimiento económico no se tradujo en las transformaciones políticas y sociales que muchos habían esperado tras el fin de la dictadura.
La última década tuvo otro ritmo. La renuncia de Pedro Pablo Kuczynski en 2018, la disolución del Congreso en septiembre de 2019, la vacancia de Martín Vizcarra y las marchas de noviembre de 2020, en las que murieron dos jóvenes, y el intento de Pedro Castillo de cerrar el Congreso en diciembre de 2022 marcaron un período de inestabilidad casi permanente. A ello se sumó el nefasto gobierno de Dina Boluarte, marcado por la represión y las decenas de muertes durante las protestas. Uno de los momentos más jocosos de la obra llega cuando recrean la escena en que Boluarte les canta "El gato ron ron" a un grupo de niños, un episodio que quedó como una imagen absurda de aquellos años.
La historia política se cruza con la trayectoria del colectivo. Tania Pezo y Déborah G. Seminario explican que Tránsito surgió cuando el país salía de una dictadura y parecía dispuesto a imaginarse de nuevo. Sus integrantes creían que el teatro podía transformar la realidad y que la creación colectiva era una forma de preguntarse qué estaba pasando en el Perú y qué podían hacer ellas frente a ello.
Veinte años después, el país ha cambiado, aunque no necesariamente en la dirección que imaginaron. La esperanza convive con las derrotas y la incertidumbre, mientras las integrantes vuelven sobre las luchas que marcaron su formación. Laura Santa Cruz y Natalia Consiglieri, por su parte, reivindican el legado de la generación de sus padres y madres, que conquistó derechos y exigió memoria y verdad frente a la violencia y el racismo. Ellas heredaron sus sueños, pero también se hicieron cargo de sus propias luchas. Su reflexión cobra relevancia en un contexto de negacionismo y de intentos de borrar esas memorias y conquistas.
Siete trayectorias, una historia compartida
La obra no cuenta esa historia desde afuera. Las vivencias de las integrantes son el punto de partida del montaje, que combina testimonios, recuerdos, canciones y situaciones de humor para ponerlas en diálogo con los acontecimientos del país. En veinte años, las siete pasaron de ser egresadas con ganas de transformar el teatro a ser mujeres adultas con otros cuerpos, otras preocupaciones y experiencias marcadas por los amores, los viajes, las pérdidas, los duelos y los cambios de rumbo.
El recorrido no ha sido lineal. Cada una ha seguido su propio camino, pero el grupo ha encontrado la manera de continuar creando. Para las integrantes del colectivo, una de las claves de esa permanencia está en el cuidado y en la transformación de los vínculos. Sostener un colectivo implica aprender a escucharse y respetarse incluso cuando existen diferencias o las vidas individuales toman direcciones distintas.
Esa apuesta adquiere un sentido particular en una sociedad que privilegia el individualismo y la productividad. Tránsito reivindica la posibilidad de crear desde las experiencias reales de sus integrantes, con sus vulnerabilidades, contradicciones y necesidades. La creación colectiva no exige que todas piensen igual ni que permanezcan idénticas a las jóvenes que fundaron el grupo.
Las integrantes tampoco idealizan el paso del tiempo. La producción advierte que el espectáculo contiene referencias a distintas formas de violencia, duelo y otras experiencias que pueden resultar sensibles. La memoria incluye tanto las celebraciones como aquello que ha sido difícil atravesar.
El cuerpo y el país
La perimenopausia ofrece una imagen para leer lo que sucede en escena. Es el período de transición hacia la menopausia, que suele comenzar entre mediados y finales de los 40 años. Durante esa etapa, las fluctuaciones hormonales pueden provocar ciclos menstruales irregulares, sofocos, trastornos del sueño y cambios de ánimo. Su duración varía de una mujer a otra y puede extenderse durante varios años. ¿Perú se encuentra en esa etapa? Es una de las preguntas eje de la puesta en escena.
Es un proceso sin un ritmo uniforme ni una fecha de término que pueda anticiparse con precisión. La comparación permite pensar en estos 25 años de transición política, con ciclos institucionales que se aceleran, se frenan y vuelven sobre problemas que parecían superados. No se trata de equiparar un proceso biológico con la historia política, sino de encontrar una imagen para hablar del tiempo, de las transformaciones y de la incertidumbre.
Las integrantes reconocen que ya no son las jóvenes que fueron. Han cambiado sus cuerpos, sus preocupaciones y sus maneras de entender el mundo, pero persisten el juego, la irreverencia y la voluntad de crear juntas. En sus reflexiones sobre el aniversario, Coralí Ormeño, Jimena Ballén y Chía Mantilla plantean que seguir creyendo en los mismos principios no significa permanecer iguales, sino encontrar nuevas maneras de sostenerlos.
La amistad y el teatro aparecen así como espacios de apoyo y creación, pero también como una forma de mantener viva la esperanza. Persistir no significa ignorar las batallas perdidas ni fingir que se consiguió cambiarlo todo. Significa volver a encontrarse, revisar lo vivido y preguntarse qué es posible hacer desde el presente.
Una celebración con memoria
El propio colectivo describe el montaje como una fiesta, un "rito histórico e histérico". El público ríe, canta y hace cuentas junto a ellas. La celebración no oculta las pérdidas ni las frustraciones: las incorpora a una historia común que sigue abierta.
El colectivo plantea que la voluntad de cambiar el mundo continúa vigente, aunque ahora se expresa también en gestos concretos: subir a un escenario, mirarse, discutir, recordar, reírse y volver a imaginar juntas. La revolución no aparece únicamente como una gran transformación futura, sino como una práctica que se construye en la vida compartida, en la amistad y en la creación artística.
Datos de las últimas funciones
Teatro Ricardo Blume, jirón Huiracocha 2160, Jesús María. Miércoles 28 y jueves 29 de octubre, a las 8:00 p. m. Entradas: S/ 45 general y S/ 30 estudiantes, en Ticketmaster.











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