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El nuevo imperialismo contra la democracia




El 3 de enero de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha inaugurado una nueva era imperialista y colonialista de su país cuando ordenó el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, acusados de “narcoterrorismo”. Esta operación militar prepotente, realizada sin la autorización ni del Congreso estadounidense, ni de la ONU, dejó en la más grande estupefacción a los latinoamericanos y a los ciudadanos del mundo que defienden los principios demócratas.


Trump preparaba esta maniobra contraria al derecho internacional desde su campaña electoral en 2024, fundada en el lema de extrema derecha y ultranacionalista: Make America Great Again (MAGA). De manera explícita, Trump considera su país debe retomar la “doctrina Monroe” de 1823 y controlar todo el hemisferio americano, ambicionando que Canadá se convierta en el 51° Estado, que Groenlandia sea comprada o conquistada, y que América Latina se convierta en una zona bajo control estadounidense. Además, pretende que Estados Unidos intervenga en todos los conflictos del planeta y que acapare los recursos naturales necesarios para afirmar su “grandeza”. Son proyectos imperialistas y neocolonialistas que marginan la democracia y el ordenamiento mundial que prevale desde 1945.  


En esta nota explico, desde la antropología política, este proceso que está convirtiendo a una de las democracias más importantes en el mundo en una dictadura con métodos autoritarios y fascistas de extrema violencia. Las implicaciones de este acontecer son muy graves. El imperialismo europeo que nació en el siglo XIX, en el marco de la expansión capitalista y la construcción de Estados-naciones, retorna en el siglo XXI en otras zonas del mundo, en el seno de tres potencias militares que se desarrollaron después de la Segunda Guerra mundial: Rusia, China y Estados Unidos.


El continente europeo, que luego de dos guerras mundiales que causaron millones de muertos había reforzado sus valores de paz, de democracia y de defensa del planeta, se encuentra en posición delicada. Por ello se ve en la urgencia de remilitarizarse ante la amenaza del régimen ruso de Vladimir Putin y del abandono de la alianza militar de Estados Unidos bajo el régimen de Trump. El viejo adagio romano “si vis pacem, para bellum” [si quieres la paz prepárate a la guerra] reafirma su validez. El resultado positivo de las amenazas imperialistas es que la Unión Europea está acelerando la construcción de su unidad política y se prepara a crear una fuerza militar exclusivamente europea.


En este contexto dramático de aceleración de la Historia, los países latinoamericanos se encuentran en situación muy frágil pues, no teniendo Estados-naciones estables, ni sistemas democráticos sólidos, ni fuerza militar unificada, deben escoger entre la oposición valerosa y digna a todo intento de injerencia imperialista, o el sometimiento al nuevo imperio estadounidense postmoderno.


El retorno del imperialismo: China, Rusia y Estados Unidos


Debemos explicitar, en primer lugar, el significado del imperialismo moderno. De acuerdo con Hannah Arendt[1], “el imperialismo nació cuando la clase dirigente que detenía los instrumentos de producción capitalista se insurge contra las limitaciones nacionalistas impuestas a su expansión económica. Es por necesidad económica que la burguesía se ha tornado hacia la política: en efecto, si la burguesía se negaba a renunciar al sistema capitalista —cuya primera ley implica un crecimiento económico constante—, era necesario imponer esta ley a sus gobiernos locales y hacer reconocer la expansión como el objetivo final de la política extranjera[2].” (Arendt 1982 [1951]: 16).


Las colonizaciones europeas de los siglos XVI-XIX, así como los imperios de la Antigüedad y del Medioevo tenían otras bases económicas, políticas, sociales, y no deben ser confundidas con la era imperialista moderna. En efecto, Arendt (1982: 23) precisa que la característica central del imperialismo es mantener separadas las instituciones nacionales [las potencias] de la administración colonial en los territorios sometidos, aunque conserven el poder de ejercer un control directo sobre ella. Esto se opone, por ejemplo, al colonialismo español y portugués en las Américas que imponía la ley de las monarquías en sus colonias a través de sus funcionarios. La distancia jerárquica y “racial” entre los administradores y los súbditos colonizados fue siempre muy clara, hasta que emergieron los sentimientos nacionales y las colonias lucharon por liberarse del yugo español.


El imperialismo nace en el momento histórico de construcción de Estados-naciones modernos, en el siglo XIX, cuando se hizo evidente que “una de las funciones permanentes y las más importantes del Estado nación iba a ser la expansión del poder.” (Arendt 1982: 32). Y ese poder será asumido plenamente por los “agentes de la violencia”, los militares, que fueron los primeros en proclamar que “el poder es la esencia de toda estructura política.” Desde entonces, la violencia y el poder se convirtieron en el objetivo consciente de las políticas imperialistas. En fin, “el imperialismo debe ser comprendido como la primera fase de la dominación política de la burguesía [que organiza el capitalismo y su expansión] más que el estadio final del capitalismo.” (Arendt 1982: 35).


La era imperialista se consideraba terminada en la última década del siglo XX; sin embargo, un nuevo imperialismo se desarrolla desde inicios del presente siglo en el planeta. Uno de los mejores analistas del fin de los imperios es el historiador británico Eric Hobsbawm[3], que pensaba que el siglo XX se dividió en tres periodos: la era de la guerra mundial, con Alemania en el centro del conflicto (de 1914 a 1945); la era de la confrontación entre superpotencias (de 1945 a 1989), y la era del fin del sistema tradicional de potencias mundiales. Desde 1989, fecha de la caída del Muro de Berlín, — que marcó el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la liberación de los países dominados en Europa central y oriental—, los Estados-naciones dominan en el mundo. No obstante, Hobsbawm (2008: 82-85) reconocía que esa situación se acompañaba de una inestabilidad global a nivel internacional y nacional; los conflictos fueron intensos desde el final de la llamada Guerra Fría, con guerras civiles, genocidios y masacres espantosos. Quizá por ello aparecieron marcas de nostalgia por la era imperialista, exagerando el principal “beneficio” de los imperios sobre los sujetos: la instauración de la ley y el orden totalitario en los territorios avasallados.


Según Hobsbawm, la memoria colectica ha conservado una idea tangible: el sentimiento que si los imperios han podido conquistar el mundo es porque pertenecían a una “civilización superior” desde el punto de vista moral y “racial”. Aunque después de la experiencia de Alemania nazi, la idea de la superioridad racial haya sido eliminada —al menos abiertamente—, se continúa reivindicando la “superioridad moral” del Occidente. En ese marco, Hobsbawm (2008: 88) enuncia que “hay pocas perspectivas de un retorno al mundo imperial del pasado, y menos de una hegemonía imperial global”, por ejemplo “de Estados Unidos, tan grande como pueda ser su poderío militar. La edad de los imperios está muerta. Debemos encontrar otra manera de organizar el mundo globalizado del siglo XXI[4].”


No obstante, si Hobsbawm ha aportado mucho a la comprensión de la historia de los Estados y naciones modernos, no ha podido vislumbrar la vitalidad de los imperios que han seguido existiendo y que se han transformado desde 1989. Postulo en efecto la hipótesis que los imperios basados en el poderío militar nunca dejaron de existir en las ideologías de ciertos dirigentes, se mantuvieron en letargo. Sin embargo, los imperialismos contemporáneos ya no son europeos, conciernen Estados que han adquirido un gran poderío militar y económico desde el siglo XX, se trata de dos repúblicas comunistas con un largo pasado monárquico, China y Rusia, y de Estados Unidos que, siendo un país demócrata, se está transformando con el régimen de Trump en una dictadura ultraviolenta y con estrategias fascistas, que buscan imponer un régimen totalitario, populista y nacionalista —como hizo Mussolini en Italia en 1922—, en nombre de un “ideal colectivo”. El proceso ha comenzado hace varios años según los países, veamos los detalles.


En China[5], los cambios empezaron con Deng Xiaoping (1904-1997), lideró el Partido Comunista entre 1978 y 1990. Desde su llegada al poder, lanzó una campaña de corrección de los errores de la revolución cultural (1966-1976), que provocó la muerte de millones de chinos, y luego transformó la economía del país a través de la apertura al capitalismo, al extremo opuesto de la economía planificada y colectivista de la era de Mao Zedong. La apertura al mundo se acompaña de la estrategia de influencia en los países vecinos y los del Tercer Mundo, sobre todo África y América Latina.


El proceso de retorno al imperialismo se afianzó con Xi Jinping (n. 1953) que preside el país desde 2013, desplegando una política agresiva sobre Taiwán y reprimiendo las minorías étnicas, en particular los Uigures. Desde ese periodo, China se ha convertido en el primer inversionista en África y América Latina, sobre todo en infraestructura, y socio indispensable en la economía de esos dos continentes, y socio importante en el resto del mundo. Los planes imperialistas de Trump no lograrán que China abandone América Latina.


En Rusia[6], luego de la apertura a la democracia instaurada por Mikael Gorbachov (1931-2022) entre 1985 et 1991, los países controlados por la URSS en Europa central y Oriental se autonomizaron y crearon Estados-naciones; la mayoría anunció su voluntad de integrarse a la Unión Europea y a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), creada después de 1945 y liderada por Estados Unidos. En 1999, Vladimir Putin (n. 1952), exagente del KGB (Servicio de inteligencia de la URSS), se ha instalado en el poder, sucediendo a Boris Eltsine, en un marco político supuestamente “democrático”.


En 2018, Putin hizo votar un referéndum que lo autoriza a mantenerse en el poder hasta 2036. Se trata pues de un régimen totalitario y dictatorial que se funda ideológicamente sobre el retorno a la época imperial de la Gran Rusia soviética. En 1999, la intervención de la OTAN en Yugoslavia fue percibida como una agresión contra Rusia, y se elaboró una nueva doctrina militar similar a la doctrina estadounidense; es decir la utilización de armas nucleares y el reforzamiento del aparato militar sin tener en cuenta a los occidentales. Después del atentado del 11 de septiembre en Estados Unidos (organizado por Al-Qaeda), los dos países se acercaron para luchar contra el terrorismo, y Rusia participó en la mediación de las guerras de Israel contra Palestina, en Corea del Norte y en Irán.


En 2005, Putin declaró que la desintegración de la URSS ha sido la más grande catástrofe geopolítica del siglo XX, explicitando su ideal de recuperar la grandeza del imperio ruso. Los objetivos expansionistas fueron muy claros. En 2014, Putin ordenó la anexión de Crimea, un territorio ucraniano; luego envió tropas para apoyar al régimen dictatorial de Bachar al-Assad en Siria; finalmente, en febrero de 2022 inició el ataque a Ucrania que, según su retórica falsa, “pertenece a Rusia desde siempre”. Bajo la presidencia de Volodomir Zelenski, Ucrania sigue luchando contra el agresor ruso. El 17 de marzo de 2023, la Corte Penal Internacional ha emitido una orden de captura contra Putin por crímenes de guerra en Ucrania. Además, Rusia apoya el grupo de mercenarios Wagner, creado en 2014, que defiende los intereses del gobierno ruso; interviene en Ucrania, y en varios países africanos (Mali, Sudan, Madagascar, Mozambique). En fin, Rusia mantiene excelentes relaciones con China, Venezuela, Cuba, Nicaragua y Vietnam.


En Estados Unidos el imperialismo se afirma desde la Segunda Guerra mundial; su fuerza militar fue esencial para el triunfo de los países aliados de Europa que luchaban contra el fascismo de Alemania nazi, y desde entonces, se afirmaron como los garantes de la paz y de la seguridad en Europa occidental —Europa oriental estaba bajo el dominio de la URSS. De ese periodo data también la influencia política, económica y cultural en América Latina, que se consideraba el “patio trasero” de Estados Unidos. Por muchas décadas, los valores democráticos y la influencia global sobre el mundo han sido prioritarios en Estados Unidos, donde se eligió a un presidente del Partido Demócrata, de origen africano, Barack Obama (n. 1961) que gobernó el país entre 2009 y 2017.


Fue una época de grandes cambios a todo nivel, sobre todo ideológico pues los estadounidenses de origen africano, latinoamericano y de cualquier otro país del Tercer Mundo, pudieron sentirse mejor representados. Obama introdujo reformas sociales para mejorar la salud, la educación y los derechos de las minorías étnicas. Estas políticas reformistas favorecieron el crecimiento de la ideología de extrema derecha, que consideraba que los “privilegios de los blancos” estaban en peligro bajo gobiernos demócratas y que era urgente retomar los valores defendidos por los Republicanos.


En 2017, Donald Trump, el candidato republicano más populista y extremista, ganó las elecciones y luego del gobierno de Biden, bastante mediocre, fue reelecto en 2024. Este empresario multimillonario es una figura extravagante, narcisista, autoritaria, prepotente y megalómana, que defiende las ideas populistas de la peor especie [racistas, machistas, anárquicas] con el aval del Partido Republicano, y de más del 50% de electores que creen que la prepotencia y la brutalidad son los mejores modos de gobernar con tantos “peligros” existentes en el país: la migración en crecimiento, el aumento del peso demográfico de las minorías étnicas “no-blancas”, y el alza del costo de la vida. Trump prometió ocuparse del país de forma prioritaria, mejorar el empleo y alejarse de los asuntos mundiales, sin embargo, mostró rápidamente sus verdaderos objetivos, totalmente opuestos, en el marco del principio “America First”. En abril de 2025, lanzó una guerra comercial aumentando los aranceles a todos los países que exportan sus productos a Estados Unidos para “proteger la industria”, pero luego impuso tasas arbitrarias muy altas para obtener concesiones comerciales y políticas (Rusia, Canadá, Brasil, etc.) (Le Monde, 7 de enero, Fattori, Papin, Simonnet[7]).


Al interior del país Trump está imponiendo un control dictatorial y fascista de las instituciones del Estado: justicia, educación, policía y ataca también la prensa libre. Ha expuesto estos temas y su megalomanía en una entrevista reciente, del 8 de enero, al New York Times[8]. Para afirmar su estrategia dictatorial, Trump ha ampliado la fuerza policial ICE (Immigration and Customs Enforcement[9]), que se asemeja en sus métodos brutales a las milicias fascistas de Mussolini [camici nere, camisas negras]. Los agentes reclutados, con poca o ninguna experiencia, usan máscaras faciales y se encargan de capturar y expulsar con violencia extrema a los “inmigrantes ilegales”, en su gran mayoría latinoamericanos, ilegales y residentes.


El despliegue de ICE en muchas ciudades acusadas de estar “mal administradas” porque sus autoridades son del Partido Demócrata (Los Ángeles, Chicago, Portland, New York, Minneapolis) causan mucha aprehensión y temor entre los ciudadanos que se organizan a la manera de nuestros ronderos durante la guerra interna que azotó nuestro país (grupos de vigilancia en las calles, defensa de los agredidos). El asesinato de una mujer de 37 años, Renee Good, en Minneapolis ha provocado una ola de indignación en todo el país, es una evidencia fehaciente de los extremos a los que ya se ha llegado en un país demócrata que utiliza una milicia armada que no respeta la vida de los ciudadanos.


La espiral de violencia atizada por el régimen de Trump puede alcanzar niveles incontrolables y peligrosos en Estados Unidos, donde se denuncia con manifestaciones considerables las derivas del régimen de ultraderecha. Algunos analistas sostienen que Trump lleva a cabo esas acciones para obtener “buenos resultados” en su lucha contra la migración ilegal y el narcotráfico, lo cual le permitiría ganar las elecciones intermedias de noviembre de 2026. Sin embargo, las manifestaciones que agitan Estados Unidos para oponerse a la brutalidad de la policía anti-migración (ICE) tienden a indicar lo contrario, lo más probable es que Trump pierda. De cualquier modo, la reconstrucción de las instituciones y de la administración por los Demócratas llevará muchos años.


La injerencia de Trump en Venezuela: entre la dictadura de Maduro y el control estadounidense


Trump ha expuesto claramente su política exterior en su Estrategia de seguridad nacional[10] publicada el 5 de diciembre de 2025, siempre en el marco del lema Make America great again (MAGA), que declara “proteger el país de las invasiones” y anticipa “el desvanecimiento de la civilización europea”. En efecto, Trump critica Europa por sus políticas migratorias, por la “censura de la libertad de expresión”, la represión de la oposición política, y la “pérdida de identidades nacionales”. Las leyes que protegen a las personas, que sancionan los discursos y las prácticas de extrema derecha, que regulan el acceso a los recursos y a los datos de internet, así como la apertura a la multiculturalidad son consideradas “peligrosas” por el régimen de Trump. Los valores de libertad democrática en el marco de las leyes son en efecto opuestas a los valores dictatoriales y fascistas que defiende el régimen de Trump.


Desde hace un año, el gobierno de Trump practica una injerencia constante en los asuntos internos de países en guerra (Ucrania/Rusia, de Palestina/Israel), tomando siempre el partido del país agresor. Apoya a Ucrania, pero pretende que abandone territorios en beneficio de Rusia. Trump ha logrado un cese del fuego en Gaza en diciembre, pero tolera que los ataques a la población civil de Gaza, que sobrevive en situación inhumana, continúen bajo el régimen ultraviolento de Benjamín Netanyahu.


Los objetivos expansionistas e imperialistas en las Américas se han expuesto en el documento publicado por la administración de Trump en diciembre, que afirma el retorno de la “doctrina Monroe” de 1823, que alegaba que las Américas pertenecen a Estados Unidos. Trump ha agregado un “corolario”: el retorno de la preeminencia estadounidense en todo el hemisferio occidental. En ese marco, amenaza con anexar Canadá y Groenlandia, controlar el canal de Panamá, intervenir en México y Cuba, y otros países de producción de la cocaína —ha citado Colombia, pero el Perú y Bolivia son también productores.


El hostigamiento a Venezuela empezó a partir del mes de agosto de 2025, cuando Trump ordenó el despliegue de al menos 8 navíos de guerra en el mar Caribe; en septiembre empezaron los ataques a barcos que “transportaban droga”. Hasta el 31 de diciembre hubo 34 ataques que causaron la muerte de 115 personas. El Alto comisario de derechos humanos de la ONU declaró tener índices solidos de ejecuciones extrajudiciales. El 10 de diciembre los militares estadounidenses capturaron el petrolero Skipper que transportaba 1,8 millones de barriles de petróleo con destino a Cuba, e imponen un bloqueo marítimo contra los petroleros venezolanos. En la noche del 2-3 de enero de 2026 empezó la operación “Absolute Resolve”. La operación ha causado alrededor de 70 muertos y 90 heridos según fuentes venezolanas (Le Monde, 7 de enero de 2026[11]).


La injerencia de los Estados Unidos en América Latina data del siglo XIX, con objetivos de control y pillaje de recursos de nuestro sub-continente, y con el apoyo de las élites en el poder. Los gobiernos estadounidenses se han considerado siempre superiores a nosotros en civilización y en “raza”. Sabemos que han intentado destruir la revolución cubana, y que desde entonces tratan de luchar para demoler el “comunismo” latinoamericano. Han organizado la caída de gobiernos civiles y militares de izquierda, el caso de Chile fue el más brutal, y han apoyado dictaduras militares de derecha (Chile, Argentina, Brasil). En el Perú derribaron al general Velasco, gran reformista considerado “comunista”, para reemplazarlo por el general Morales Bermúdez, conservador y servil, en 1975. No obstante, no fueron de gran ayuda cuando Sendero Luminoso inició su guerra contra el Estado y la sociedad en 1980.


Luego de haber abandonado el subcontinente durante varias décadas, el 3 de enero, Trump decidió llevar a cabo una operación militar en el suelo venezolano para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, coorganizadora de la corrupción y del narcotráfico en Venezuela[12]. Muchos han aplaudido esa operación militar contraria al derecho internacional, aduciendo que se trataba de un dictador, que había que “liberar” Venezuela. Por mi parte, considero que sólo con un bajo nivel de cultura política puede se puede justificar una operación militar ilegal e inmoral. Por ello, todos los políticos que están tomando esa posición, entre ellos el presidente interino José Jerí, demuestran no solo su falta de inteligencia política, sino también su sumisión ante el poder del más fuerte.


Desde el 3 de enero, Venezuela ya está bajo control estadounidense, aunque ello no implique un cambio de régimen, Maduro ha sido traicionado por los suyos, que se mantienen en el poder con el apoyo de Trump (Le Monde, 7 de enero, Fattori, Papin, Simonnet). Trump justifica su operación militar de captura de Maduro y de su esposa aduciendo que ellos, y los dirigentes de Venezuela son responsables del tráfico de cocaína que exportan a los Estados Unidos desde hace 25 años. La acusación es falsa, el objetivo central de la captura es controlar Venezuela, someter a los dirigentes chavistas que organizan la corrupción alrededor de la explotación de petróleo (aun cuando sea muy reducida), e imponer un régimen político dictatorial sometido a la voluntad de Trump. Ya lo logró.


Contrariamente a las esperanzas de los venezolanos y a la diáspora en el mundo, no habrá elecciones, ni democracia a corto plazo, pues el acuerdo entre Trump y los disidentes chavistas implica que ellos se queden en el poder y acepten la injerencia de Trump en su país. En efecto, para organizar esta captura inédita en el mundo, Trump se puso de acuerdo con el ministro del Interior venezolano, Diosdado Cabello, y con otros altos dirigentes venezolanos (Reuters, 17 de enero[13]). El triunvirato que gobierna Venezuela está compuesto de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, su hermano Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, y Diosdado Cabello.



Jorge Rodríguez, presidente del parlamento, su hermana Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, ministro del Interior (Reuters, 17 de enero de 2026).
Jorge Rodríguez, presidente del parlamento, su hermana Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello, ministro del Interior (Reuters, 17 de enero de 2026).

Muchos analistas plantean que la captura de Maduro y la injerencia en Venezuela tienen como objetivo central el petróleo, lo cual es acertado, aunque difícil de concretizar. El 3 de enero, Trump anunció que las compañías estadounidenses iban a invertir millones de dólares para explotar el petróleo y hacer ganar mucho dinero a su país. Venezuela detiene las reservas más importantes de petróleo del mundo, mucho más que Arabia Saudita e Irán. Lo que se sabe menos es que la explotación ha caído dramáticamente desde 2010 (Le Monde, 7 de enero de 2026[14]). La situación petrolera ha empeorado pues desde la llegada de Maduro, decenas de miles de trabajadores calificados han huido del país. Actualmente se estima que más de 8 millones de venezolanos han emigrado de su país [sobre un total de cerca de 29 millones], la mayoría (6,7 millones) en América Latina y el Caribe, en Colombia los migrantes son 2,8 millones, en el Perú son 1,7 millones y en Estados Unidos son 1,2 millones (The United Nations Refugee Agency). La empresa nacional de petróleo está en bancarrota. Se produce menos del 1% de la oferta mundial (900,000 barriles por día). Las reservas del Orinoco son muy pesadas y la extracción necesita técnicas complejas y muy costosas. Por lo tanto, las empresas saben que los riesgos y las ganancias no son buenas, porque además el precio del petróleo es bajo actualmente (51€ el barril), y se estima que el precio seguirá bajando pues hay un exceso de oferta (Le Monde, 4 de enero de 2026[15]).


El 9 de enero, Trump invitó a todas las empresas petroleras a la Casa Blanca para ofrecerles el petróleo venezolano en bandeja de plata pues proyecta controlar toda la producción venezolana. Sin embargo, la respuesta de los empresarios fue clara: invertir en Venezuela presenta demasiados riesgos, dos empresas han sido expropiadas, las infraestructuras se han deteriorado y necesitan enormes inversiones, sobre todo para explotar el oro negro del Orinoco, muy pesado y viscoso, que necesita un refinamiento carísimo. En otras palabras, no habrá mayor explotación petrolera a corto plazo (Le Monde, 10 de enero de 2026[16]).

Notemos también que en ningún momento se habló de la oposición venezolana a la que se trata con desprecio.


Si el retorno de la democracia interesara a Trump debió propiciar la repatriación desde Madrid del presidente electo, Edmundo Gonzáles Urrutia, pero ni siquiera lo ha nombrado. Además, la oponente de extrema derecha María Corina Machado —aliada de Jair Bolsonaro, de Javier Milei, de José Antonio Kast, de Netanyahu y del partido español Vox— ha sido aislada por Trump del proceso de cambio en su país, pero ello no le ha impedido regalarle su medalla del Premio Nobel de la Paz, en una clara muestra de patética subordinación.



Trump recibe en regalo la medalla del Premio Nobel de la Paz de Corina Machado, un premio que es intransmisible según las normas del Comité de Oslo (Reuters, 16 de enero de 2026)
Trump recibe en regalo la medalla del Premio Nobel de la Paz de Corina Machado, un premio que es intransmisible según las normas del Comité de Oslo (Reuters, 16 de enero de 2026)

Reflexiones finales


• Atravesamos una nueva era imperialista dirigida por las nuevas potencias militares del mundo, los ex países comunistas y totalitarios Rusia, China, y Estados Unidos bajo el régimen dictatorial, fascista y populista de Trump. El proceso de retorno al expansionismo sostenido por la fuerza militar implica que el ideal imperialista —en países no europeos— no ha desaparecido, se ha transformado marginando los valores de democracia y de respeto de las reglas internacionales de protección de las personas y de los Estados-naciones. Estos valores están siendo atacados frontalmente por Rusia y por Estados Unidos, mientras China mantiene su voluntad de expansión comercial en el mundo.


• Después de 1945, el imperialismo pudo ser arrinconado por el rol de las organizaciones internacionales que defendían los ideales de paz, de defensa de los derechos humanos y el desarrollo durable para toda la humanidad. Pero la memoria colectiva es muy corta, ante los límites del orden democrático —siempre un horizonte utópico— y los efectos nocivos de la mundialización aparecen mayorías que consideran que sería mejor un gobierno que controla el orden social sin los debates y los conflictos sociales que acompañan siempre la democracia. Este proceso se explicita en la marginación actual de la ONU y de todas las organizaciones que defienden la paz, la justicia y la igualdad social.


• Trump ha desmantelado las instituciones y el orden democrático en su país, donde ha desplegado una milicia fascista que ataca a sus conciudadanos y a los migrantes con extrema violencia. En América Latina los tiempos se anuncian también muy duros bajo el régimen de Trump. La ambición expansionista y el saqueo de los recursos naturales de Trump no se detendrá en Venezuela. Se tiene que optar por la defensa de la dignidad nacional y humana o por la subordinación al primer dictador de nuestro continente. Actualmente, solo se oponen los gobiernos de Brasil, de Colombia y de México.


• El régimen chavista de Venezuela sigue en pie. Trump ha logrado imponer su voluntad y ha conseguido que los dirigentes chavistas traicionen a Maduro y se plieguen a su control directo. En realidad, a Trump y a los populistas republicanos que lo apoyan lo único que les interesa es controlar el orden político venezolano para saquear el petróleo, aunque ello sea imposible a corto plazo.


• En fin, Trump sigue pretendiendo comprar Groenlandia u ocuparla por la fuerza y enfrenta una oposición política fuerte de parte de los groenlandeses y de la Unión Europea que defiende ese territorio autónomo danés. Una invasión militar marcaría el fin de la alianza entre Estados Unidos y los 32 Estados que forman la OTAN. Esta nueva fase histórica disruptiva de retorno del imperialismo de antiguas potencias y de Estados Unidos tiene consecuencias directas sobre nuestro presente y sobre el futuro de las nuevas generaciones que ya viven en medio del caos político y el cambio climático irreversible del planeta. Esperemos que una resistencia organizada que defienda los valores de paz y de democracia se afirme a corto plazo, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo.

 


[1] Arendt, Imperialism. Version francesa L’impérialism, 1982.

[2] Traducción libre del francés.

[3] Hobsbawm, Globalisation, Democracy and Terrorism, 2007. Version francesa: L’Empire, la démocratie, le terrorismo. Réflexions sur le XXIe siècle, 2008: 24.

[4] Traducción libre del francés.

[9] ICE fue creada en 2003 en el marco de la lucha contra el terrorismo luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Desde el retorno de Trump al poder, sus funciones se han ampliado, sus efectivos han doblado hasta superar los 20,000 agentes. En 2025 detuvieron a más de 69,000 personas, y 30 han fallecido en prisión.

[10] Estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, diciembre de 2025, https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf

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