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Argentina versus España: la colonia que se independizó y la metrópoli que nunca resolvió su propia desigualdad




España levantó la Copa del Mundo el domingo 19 de julio de 2026 al derrotar 1-0 a Argentina en la prórroga, con un gol de Ferran Torres a los 106 minutos. Sin embargo, la final también volvió a poner frente a frente dos historias profundamente entrelazadas: la de un país saqueado durante tres siglos por la corona española, hoy administrando su propio ajuste neoliberal, y la de la antigua metrópoli, que perdió su imperio hace más de dos siglos, pero nunca terminó de resolver las profundas desigualdades en el reparto de su propia riqueza.


Una final histórica


Argentina y España protagonizaron la primera final mundialista entre ambas selecciones en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. La Albiceleste llegó como campeona vigente, tras remontar a Inglaterra en las semifinales con goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez, ambos asistidos por Lionel Messi, quien disputó su tercera final mundialista. España, en cambio, arribó al encuentro como el equipo más sólido del torneo: había recibido apenas un gol en todo el Mundial y venía de derrotar 2-0 a Francia.


La final confirmó esa tendencia. España fue claramente superior desde el inicio, monopolizó el balón, presionó alto y obligó a Argentina a replegarse durante buena parte del encuentro. La selección sudamericana apenas consiguió inquietar el arco rival y encontró en Emiliano Martínez a su principal figura, evitando la derrota en varias ocasiones. Sin embargo, el dominio español terminó encontrando recompensa en la prórroga, cuando Ferran Torres marcó el 1-0 definitivo a los 106 minutos y selló el segundo título mundial para la Roja.


Curiosamente, ambos países debían enfrentarse antes en la Finalissima entre los campeones de Europa y América, partido que finalmente nunca llegó a disputarse. El destino terminó reuniéndolos en el escenario más grande del fútbol. Pero detrás del relato deportivo hay una historia mucho más antigua y bastante más dura que cualquier estadística de Messi o Lamine Yamal.


España cobró en plata y nunca saldó la cuenta


El Reino Unido sigue cosechando hoy los beneficios de un imperio que en gran medida se sostiene todavía por vías financieras. España, en cambio, perdió el suyo hace más de dos siglos. Eso no la exime de su responsabilidad histórica. Durante casi trescientos años, la corona española sostuvo en el territorio que hoy es Argentina un sistema de encomienda —trabajo forzado indígena bajo la excusa de la evangelización— e integró esa región a la ruta de la plata que salía del Potosí virreinal, financiando con ese metal buena parte del ascenso español como potencia europea.


Mientras tanto, las poblaciones originarias de la zona fueron diezmadas por la violencia de la conquista, el trabajo forzado y las enfermedades traídas desde Europa. El Virreinato del Río de la Plata, creado recién en 1776 como reacción tardía a la competencia de otras potencias coloniales, llegó después de dos siglos y medio de explotación colonial que ya trataba a los habitantes originarios como mano de obra desechable.


Ese pasivo histórico España nunca lo ha saldado en serio. No existe una política de reparación comparable a los debates —todavía tímidos— que otros países europeos empezaron a tener sobre su propio pasado colonial. Lo que sí existe hoy es una España que exporta hacia América Latina, incluida Argentina, capital financiero e inmobiliario: bancos como Santander y BBVA figuran entre los actores financieros más grandes de la región. Y puertas adentro, el propio modelo turístico español reproduce una dinámica de despojo que sus ciudadanos empiezan a sufrir en carne propia.


La turistificación sacó del mercado de alquiler residencial más de 60.000 viviendas en apenas dos años, según el Banco de España, mientras el déficit habitacional del país se estima entre 450.000 y 600.000 unidades y la vivienda pública apenas representa el 1,5% del parque residencial —frente al 9% de la media europea—. En Baleares, la proporción de turistas extranjeros por residente llega a 9,2, casi diez veces la media europea, y el sector hostelero concentra el 10% de todas las horas trabajadas del país a cambio de apenas el 5% del valor añadido bruto. Mucho trabajo, poca riqueza repartida: el mismo patrón de siempre, aplicado ahora a costa de sus propios inquilinos, expulsados de sus barrios.


La derecha española, mientras tanto, avanza usando ese malestar social como combustible político en lugar de como problema a resolver. Durante 2026, el Partido Popular renovó y amplió sus pactos de gobierno con Vox en Andalucía, Castilla y León, Aragón y Extremadura, cediendo a la ultraderecha lo que esta llama su principal triunfo ideológico: la llamada "prioridad nacional", una serie de medidas que prohíben la llegada de más menores extranjeros no acompañados a esos territorios y ordenan la expulsión de quienes ya se encuentran allí.


Es la misma derecha que, a nivel nacional, ha convertido la judicialización de la política —causas abiertas contra el entorno de Pedro Sánchez— en su principal ariete opositor, mientras acumula sus propios casos de corrupción sin que eso frene su ascenso en las encuestas: según sondeos recientes, el PP rondaría el 32% de intención de voto y Vox el 17,5%, una combinación que le alcanzaría para gobernar con mayoría absoluta si las elecciones fueran hoy. Entre el ajuste colonial que nunca se reconoció y una derecha que criminaliza a la infancia migrante para ganar votos, España no tiene mucho que enseñarle al mundo sobre justicia social, más allá del discurso.


Argentina sigue pagando la misma deuda, doscientos años después


Argentina se independizó de España en 1816. Doscientos años más tarde sigue atrapada en el lugar estructural que el colonialismo le asignó desde el siglo XVI: proveedora de materias primas para economías centrales, sujeta a los ciclos de deuda y ajuste que imponen los mercados financieros internacionales. El gobierno de Javier Milei es la versión más reciente y más extrema de esa dependencia. Con el ajuste fiscal más severo de la historia económica argentina reciente, logró bajar la inflación de picos de 200-211% a comienzos de su gestión hasta rondar el 32-33% en 2026, cifra que el gobierno exhibe como éxito propio mientras calla que ese logro se construyó sobre un recorte brutal del gasto público, no sobre ninguna transformación productiva real del país.


La cifra de pobreza que Milei más repite —28,2% según el INDEC en el segundo semestre de 2025— ya está en retroceso: mediciones privadas más recientes muestran un repunte hasta 30-32% entre abril y mayo de 2026, arrastrado por el rebrote inflacionario y una economía que perdió impulso apenas se agotó el efecto inicial del ajuste. El 30 de abril, trabajadores del sector cárnico marcharon hacia la Plaza de Mayo contra la reforma laboral del gobierno, en vísperas del Día del Trabajador. Fue la respuesta más elemental frente a un modelo que exige sacrificio de quienes menos tienen para sostener la estabilidad cambiaria que piden los acreedores externos.


El propio FMI aprobó en enero de 2026 un nuevo programa de 20.000 millones de dólares para sostener el esquema de Milei, la misma lógica de condicionalidad externa que ha mantenido a Argentina —y a buena parte de América Latina— atada a la disciplina fiscal impuesta desde afuera. Y mientras la pobreza vuelve a subir, el gobierno arrastra un escándalo de corrupción que salpica a su jefe de Gabinete y vocero, Manuel Adorni, bajo investigación judicial. La casta que Milei juró combatir apareció, con otro nombre, dentro de su propio gabinete.


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España construyó buena parte de su riqueza histórica sobre la extracción colonial de plata y trabajo forzado en territorio argentino, y hasta hoy no ha saldado ese pasivo de manera seria. Puertas adentro reproduce una lógica de despojo parecida —turistificación, especulación inmobiliaria, un modelo económico que trabaja mucho y reparte poco— que ahora expulsa a sus propios ciudadanos de sus barrios, mientras su derecha crece pactando con la ultraderecha medidas que persiguen a la infancia migrante en lugar de atender la desigualdad que dice combatir.


Argentina, doscientos años después de independizarse formalmente, sigue en el mismo lugar que el colonialismo le asignó: proveedora de materias primas y tomadora de deuda externa, hoy bajo un gobierno que aplica con entusiasmo libertario el mismo ajuste ortodoxo que el capital financiero internacional siempre exige a los países periféricos, con pobreza que ya volvió a subir y corrupción reapareciendo en su propio gabinete. La antigua metrópoli nunca terminó de pagar lo que debe.


La excolonia sigue pagando, generación tras generación, la factura de haber sido colonizada, y su respuesta actual profundiza ese ciclo en lugar de romperlo: ahora la deuda es con el FMI y los mercados financieros globales, no con la corona española, pero la lógica de fondo —extraer valor de los de siempre para sostener a los de siempre— es la misma.

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