El bosque y no los árboles

“Hay momentos en la vida en que vale la pena detenerse a mirar si lo que estamos viendo son los árboles o el bosque. Con frecuencia ocurre que lo que vemos y analizamos son solo algunas partes, y no el problema que tenemos que resolver”.
Así comienza el libro de Alonso Núñez del Prado, quien dice de sí mismo que es “como buen idealista, soñador y buscador de utopías”. Pero, para ello, se precisa también un espíritu crítico y cuestionador que se despliega a lo largo de todo el texto. Se critica y cuestiona, sí, pero para tratar de lograr acuerdos y consensos.
Me gusta la “mezcla”, la combinación que hay en el libro entre cuestiones políticas inmediatas y problemas de fondo que nos está costando mucho cambiar. Como dice el subtítulo: historia y política. Tenemos artículos desde el año 2000 y, a veces, cuesta ver cuán poco hemos avanzado en algunos aspectos e, incluso, cuánto hemos retrocedido en otros. Algunos problemas se reiteran siempre, de manera diferente o similar. Esto complica un poco la presentación de este texto. Así, parecería que estamos retrocediendo en ámbitos como la institucionalidad, la independencia de poderes, los poderes fácticos y muchos otros. Y no se diga en términos de racismo o corrupción, de los que trata de manera más sistemática en las últimas partes del libro. “La verdad entonces es que nuestra democracia, al igual que las de muchos países, es falsa”, dice en un texto de 2019. Pero también hay muchos asuntos coyunturales.
Hay una sugerente crítica a nuestra realidad que no es coyuntural: “Como herencia virreinal nuestro país –y especialmente Lima– es cortesano, y cada persona ocupa un lugar en el orden jerárquico social. Somos una sociedad estamental” (p. 143). “Es de lamentar”, dice Alonso en el año 2020, “que los congresistas no se hayan dado cuenta, como también olvidan que no son reyes sin corona, sino funcionarios públicos pagados con nuestros impuestos y que están a nuestro servicio”. Y siguen siendo realidades “duras” en nuestro país. “Va siendo hora”, sugiere, “de que dejemos atrás todas estas costumbres propias de sociedades jerárquicas y empecemos a tratarnos como iguales, recordando que el presidente, sus ministros, el Congreso, los jueces, etc. están a nuestro servicio y se deben a todos los peruanos”. “Si para algo ha servido la pandemia, es para demostrarnos que nuestro Estado no funciona” (texto 26).
“Va siendo hora de que dejemos atrás todas estas costumbres propias de sociedades jerárquicas y empecemos a tratarnos como iguales, recordando que el presidente, sus ministros, el Congreso, los jueces, etc., están a nuestro servicio y se deben a todos los peruanos”, porque nosotros les pagamos y, además, porque ese es su deber.
“Tenemos que poner fin a la pobreza y a las abismales diferencias que atraviesan nuestra sociedad, a los niveles paupérrimos en que viven muchos de los habitantes de nuestro Perú. Tengo la impresión de que a estas alturas esta es una verdad de Perogrullo”. Pero creo que, con razón, tiene justificadas reservas frente a la idea de dejarlo todo en manos del mercado.
Así, señala: “En la primera potencia mundial, el liberalismo es solo predicado hacia fuera. Cuando se trata de su mercado interno, el proteccionismo puede llegar a límites inimaginables”. Y esto lo vemos claramente ahora con Trump. Es duro comprobar la persistencia de los problemas que el autor señala como inherentes a nuestro país. Es casi deprimente. Persistimos en ignorar o en pretender cambiar, ahora en nombre de la ciencia frente a la ideología, por ejemplo, el Informe de la CVR o la lectura respecto de Sendero Luminoso.
En efecto, si no corregimos los problemas estructurales —y eso pasa por una inversión mucho mayor que la actual en salud y educación, en especial para las clases con menos ingresos, además de programas de apoyo de diversa índole—, volveremos a tener violencia. Alonso pone especial énfasis en la importancia de la educación, algo que los resultados de PISA 2025 vuelven a poner en evidencia de manera dramática para nuestro país. Educar, como bien señala Alonso, es formar, no informar. En estos tiempos de IA, parecemos tender cada vez más a confundir información con formación. Salud y educación son temas que nunca deberíamos dejar de lado. El desmantelamiento de la SUNEDU, por ejemplo, lo seguiremos lamentando —y, sobre todo, lo lamentarán nuestros y nuestras estudiantes universitarias— durante mucho tiempo.
Y sobre el Poder Legislativo de nuestro país: “Nuestro Congreso es un pequeño retrato del Perú. En ese sentido, cumple a cabalidad su papel de representación. Allí podemos vernos como país en todas sus miserias”. Ufff.
Comparto su idea de la importancia de la sociedad civil, de la ciudadanía activa de la que habla Adela Cortina y que Alonso cita. Es, además, otro tema que se reitera en muchos de los textos. Incluso, además de escribir en diversos medios, que ya es una forma, y muy importante, de participación, formó parte de la iniciativa del “Observatorio de Cumplimiento de Planes de Gobierno”, que, según comenta, no tuvo mayor cobertura en los medios y por la cual fueron calificados de “románticos”. En esta iniciativa, por cierto, también colaboró PPK. A esta experiencia vuelve a aludir en el capítulo X del libro.
“Insisto, los cambios se hacen desde abajo”. Los gobernantes recurren regularmente a la improvisación y al populismo, cuando “podrían recurrir a la legitimación que significa la aprobación de un plan que fue aprobado por el voto mayoritario de los electores”. Los medios de comunicación, por cierto, también son objeto de reiteradas críticas en diversos artículos.
Hemos vivido en un país con una clase dirigente que ha gobernado durante mucho tiempo con una ideología virreinal y que, por decir lo menos, ha padecido de miopía histórica. Y la sigue padeciendo en temas como las AFP.
Lo interesante, como lo señalo en el párrafo de la portada, es que también hay propuestas. “Una vez elegidos, la interrelación con las bases casi no ha existido. Necesitamos construirla. Algunas de las formas podrían ser: un sistema federal, efectivamente descentralizado, que aterroriza a los limeños; la renovación del Congreso por tercios; la profesionalización de la función pública; la división real de poderes. Pero en realidad necesitamos muchas más. Los municipios, los gremios de todas clases y los propios medios deben jugar importantes roles”. Y las propuestas se repiten a lo largo del libro, como cuando, en la tercera parte, dedicada a Humala, nos recuerda lo que le pidió en su último año de gobierno (p. 109). Una constante en estas propuestas: educación, salud y corrupción (p. 111).
También en sus reflexiones sobre el gobierno de Vizcarra se enumeran algunas sugerencias puntuales relativas a estos temas, así como a la infraestructura y al servicio civil. Están también los aportes —once, para ser puntuales— que hizo llegar a la Comisión de Alto Nivel para la Reforma Política, liderada por Fernando Tuesta.
En efecto, propone cambios en la ley de partidos, así como una reforma política y electoral, entre otros. “La reforma política es indispensable, pero por desgracia ‘tenemos al gato de despensero’: los políticos prefieren que las cosas sigan como hasta ahora. Y en estos casos, el único camino es la presión de la sociedad civil”.
También hay un lamentable vaticinio: “Regresar a las dos cámaras (senadores y diputados), tal como funcionaban en la Constitución de 1979, no es ninguna solución y hasta puede resultar siendo un problema”, lo que está efectivamente sucediendo ahora.
Se muestra algo optimista en torno al tema de la informalidad. “En pocas palabras, la informalidad tiene origen en un fenómeno social derivado de un Estado fallido que no encontró manera de atender a su propia población más vulnerable, habiendo sido ese mismo Estado el que causó la migración”. “Más bien deberíamos ‘venderles’ la conveniencia de formalizarse”. “Aunque los informales no paguen impuestos y sean un problema —que sin duda se irá solucionando con el tiempo, sobre todo si desburocratizamos el proceso de formalización (...)—”, dice en un artículo titulado “El problema de ‘Papá Gobierno’”. Sin embargo, nos hemos enterado hace poco de que hoy la minería informal está exportando más que la formal. Problema antiguo que, sin embargo, en el contexto actual se ha profundizado.
Estoy de acuerdo con él en lo que respecta al “insulto” caviar. En épocas de Fujimori nos decían “los cívicos”, que era realmente un elogio. “Aunque pretendió, originalmente, ser un adjetivo descalificador o, por lo menos, un apelativo despectivo, el término ‘caviar’ ha terminado por ser, finalmente, un piropo o halago, aunque haya varios que difícilmente estarán dispuestos a reconocerlo”. Yo también digo: “caviar, sí, a mucha honra” (texto 22).
“La derecha que siempre ha gobernado el Perú —a pesar de que pierde algunas elecciones...”. También esta es una constante en el libro (texto 32).
Discute el tema de la Asamblea Constituyente: “Reitero que no estoy de acuerdo en convocar a una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución. Por lo menos no en el corto plazo. Creo que en todo caso tenemos que pensar en reformarla”. El problema es que la han reformado sin hacerlo explícito. Como de “contrabando”.
“Las verdaderas democracias —si es que existen— son producto de muchos años de maduración y sinsabores” (texto II.2). Me gusta esa distancia que nunca llega a ser cínica, pero sí irónica y realista.
Sus críticas a Fujimori las comparto en gran medida, entre ellas la de la destrucción de la institucionalidad del país, a la que me parece que hemos regresado, así como la idea de que fue bueno traerlo al país y juzgarlo. “Este fallo debería significar el fin —ojalá así sea— de una etapa en la que los exgobernantes no eran jamás juzgados y, con frecuencia, podían esconderse en lugares alejados de donde pudiera alcanzarlos la justicia, gozando de sus fortunas mal habidas”. El problema es que casi todos nuestros expresidentes están o han estado presos. (Por cierto, esta cita es de un texto de 2007). Pero es verdad que “Parece, gracias a Dios, que empezamos a darnos cuenta de que los de cuello blanco, los líderes y presidentes, merecen mayor castigo” (II.5).
No estoy segura de que quien en realidad mandaba fuera Montesinos, como afirma Alonso (II.6): “Montesinos dueño de la situación y a Fujimori tratando de aparecer como jefe de Estado”. Si es verdad que Montesinos le resolvió, por ejemplo, el problema de la nacionalidad, entre otros asuntos legales, no lo sé...
Sin embargo, el autor también señala: “Por otro lado, resulta hasta graciosa la tesis que sostiene que lo malo de los gobiernos de Fujimori fue ocasionado por Montesinos y que debió deshacerse de él, como sostiene Keiko. La verdad es que Fujimori jamás hubiera podido gobernar sin su asesor” (II.11).
Todo esto es el resultado del desarrollo de una concepción del mundo y de la vida en la que importan los resultados y no cómo se obtienen. Nunca se han puesto a pensar que los otros pueden tener razón”. Este es un punto muy interesante, que se discute hoy en la hermenéutica contemporánea. La famosa frase del gran filósofo Hans-Georg Gadamer dice: “Tenemos que aprender a no tener razón”, algo que justamente comentaba esta semana con mis alumnos y alumnas.
“Considero que una de las cosas más importantes que he aprendido es que nadie es dueño de la verdad y que hay que respetar las otras posiciones, aunque uno pueda creer estar en lo cierto”, dice el autor. También entre las propuestas que hace para encarar la polarización que vivimos están el diálogo con quienes piensan distinto, la búsqueda de consensos, no sentirnos dueños de la verdad e ir más allá del racismo, entre otras.
Como señala en el texto II.6, Keiko perdió por muchas razones, y entre ellas incluye las elecciones de 2021. Las cosas son muy distintas hoy, cuando nos gobierna su hija, que está reivindicando muchas de las acciones y actuaciones de su padre, de quien aparentemente —cuando se peleó con su hermano, por ejemplo— habría tomado distancia.
Desgraciadamente, no se cumple, por ahora, la apuesta positiva de nuestro autor cuando dice: “La situación actual de descalabro moral y político en algo se parece al final del fujimorismo. En ese entonces tampoco ‘se veía la luz al otro lado del túnel’ y de pronto tuvimos un amanecer democrático. Ojalá que esto esté ad portas de algo similar”. Lamentablemente, no fue ni es el caso.
¿Existe “la tentación del autoritarismo” en nuestro país? Tengo algunas discrepancias con su evaluación del gobierno de Ollanta Humala. Creo que hubo interesantes reformas institucionales, como la creación del MIDIS, y algunas iniciativas muy valiosas, como Pensión 65, Beca 18, entre otras. No sé si, con todo lo que vino después, estemos —o esté yo, tal vez— idealizando ese último gobierno más o menos funcional y democrático, con todas las objeciones que le hicimos y le podemos hacer. “Mucha gente, entre la que me incluyo —dice Alonso—, tenía temor de que buscara perennizarse en el poder al estilo chavista”.
En cuanto al gobierno de PPK: “Era muy complicado que PPK pudiera resolver los conflictos sociales. No tenía un partido y es un tecnócrata”. PPK se convirtió en presidente de milagro. No era una persona con encanto, con llegada al pueblo. “Ese gobierno tenía una visión demasiado economicista de sus funciones”.
“Durante las campañas electorales de 2011 y 2016, defendí con denuedo a Pedro Pablo Kuczynski (PPK), considerándolo el más preparado de los candidatos para ocupar la más alta magistratura de la nación, pero el indulto demostró que estaba equivocado y que, bajo la apariencia de empresario y funcionario público eficiente, había un adorador del becerro de oro, un individuo deseoso de hacer negocios sin importarle mucho el cómo”.
Sobre el indulto a Fujimori: “Nos resultó evidente que no era un indulto humanitario, sino más bien el pago del favor de haber salvado a PPK de la vacancia”. Este indulto lo pone al nivel de “Toledo, García y Humala, lo que ya es mucho teniendo en cuenta la calaña de estos últimos”. No sé si generalizaría tanto, la verdad.
Hablando de Vizcarra, se nos señala algo con lo que estoy de acuerdo: “Es verdad que la disolución de un Congreso es siempre lamentable, pero considero que, aunque cerca del límite, la que hizo Vizcarra fue constitucional”.
La elección de Castillo revivió todos los racismos y clasismos que nos han caracterizado históricamente, con el lema —entre otros— “nos quieren robar el país”, título de un artículo. A raíz de la elección de Castillo, las reacciones racistas, clasistas, etc., mostraron, en efecto, que seguimos mirando los árboles y no el bosque.
Sobre Dina: “Me pareció bien que en un país machista como el nuestro por fin fuera una mujer”. Pero, digo, solo fue para peor... para las mujeres. Jamás estuvo en la agenda de la primera mujer presidenta algún tema relacionado con las mujeres. Ni siquiera la honestidad. Todo lo contrario, diría yo. Ella fue una muestra, como creo que también lo es Keiko, de que no basta ser mujer para poner en agenda los problemas que nos aquejan como mujeres. Ninguna defiende la ESI ni pone en la agenda el tema de la violencia contra las mujeres. Sin embargo, como dice el autor, hay que seguir dando la batalla “dentro de nuestra miserable democracia”, que merece ese calificativo, lamentablemente.
“Para mí, que ganara Keiko era tan malo como que fuera Castillo”, a propósito de las elecciones de 2021. Ya ganó mi querido Alonso. “El fujimorismo está de regreso”. ¿Y ahora? En el libro impreso hay un texto de este año. Quieres, optimistamente, creer que estabas equivocado en tu negativa apreciación de dicha candidatura. Aprecio tu optimismo. Pero, hasta hoy, no encuentro razones para ello.
Quedan tareas pendientes y urgentes frente a los problemas de fondo de nuestro país, en términos políticos y sociales: una real descentralización; la lucha contra el racismo, que, como señala, hace que aún vivamos en tiempos coloniales; la lucha contra la ya mencionada corrupción, a la que contribuimos cuando pagamos una “coimita” a un policía o a un conserje en el Poder Judicial “cuando es necesario” (sic), o recurrimos al uso de influencias. Y una interesante reflexión sobre el “cuarto poder”, los medios y la libertad de expresión, que termina con una interesante discusión sobre la Encuesta de Poder, que solo muestra el poder de los políticos.
Como observaciones, en el breve capítulo dedicado al “Período electoral durante el gobierno de Francisco Sagasti”, no hay ninguna mención al papel de este y de su gabinete, que fue importante para las vacunas y para la transición. Echo de menos algunas menciones al tema de la desigualdad y la violencia contra las mujeres, es decir, a los asuntos de género.
Pero es muy poco lo que echo de menos y mucho lo que aprecio.










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