Manuela Sáenz y la Luna de Paita: una mujer contra el olvido

Manuela Sáenz llega a la novela de Eduardo González Viaña con todo lo que fascina y desborda de su figura: mujer de armas tomar en una época de revoluciones, conspiradora, espía, coronela, compañera de Bolívar y protagonista de una vida que desborda cualquier papel secundario en la historia de la independencia. Manuela Sáenz y la Luna de Paita toma esa existencia y la convierte en el centro de una narración de gran aliento, poblada por personajes históricos, mujeres esclavizadas y libres, combatientes y viajeros que atraviesan distintas épocas de la historia americana. Manuela está en el centro, pero alrededor de ella González Viaña levanta un mundo entero.
La estructura en fases lunares (luna nueva, cuarto creciente, luna llena, gibosa menguante...) le da a ese mundo una respiración cíclica, acorde con uno de los grandes temas del libro: la memoria como fuerza que se pierde, se recupera y regresa transformada. El relato avanza y retrocede en el tiempo —de la batalla de Junín en 1824 a Paita en 1836, y de vuelta a la infancia quiteña de 1797—, mientras cada fase lunar viene acompañada de un subtítulo temático (“Simón Rodríguez desciende de un barco”, “Garibaldi pone pie en tierra”, “Melville parece haber bajado de la Luna”) que marca el tono y abre una nueva entrada en la narración.
Esta novela se inscribe en una línea particularmente reconocible de la obra de Eduardo González Viaña: la recuperación literaria de figuras que forman parte de la memoria peruana y latinoamericana. Desde Vallejo en los infiernos hasta El largo camino de Castilla, ¡Kutimuy, Garcilaso! y Kachkaniraqmi, Arguedas, el escritor ha vuelto una y otra vez sobre personajes históricos y culturales para convertir sus vidas en materia narrativa. Manuela Sáenz llega ahora a ese universo con una particularidad: su historia pertenece simultáneamente a varios países y a uno de los momentos fundacionales de América Latina. El nuevo libro prolonga así una preocupación constante en González Viaña —hacer de la memoria histórica un territorio vivo de la literatura— y la proyecta sobre una mujer cuya dimensión política todavía reclama una lectura a su altura.
La coralidad
La vida de Manuela Sáenz aparece en la novela como una historia coral. Las voces de mujeres ocupan un lugar central y amplían el relato más allá de la gesta independentista y de su relación con Bolívar. Este vínculo, presente tanto en el ámbito amoroso como en el contrapunto epistolar de las cartas apócrifas o reconstruidas del Libertador, forma parte de un entramado mucho más amplio. Jonathás y Nathán tienen genealogías, voces y trayectorias propias, y su relación con Manuela se construye a partir de afectos, lealtades y distancias que nunca quedan reducidos a una relación de gratitud.
Hay, además, una decisión significativa en la manera en que el autor nombra a su protagonista. González Viaña prefiere “Manuela” allí donde la tradición ha impuesto tantas veces “Manuelita”, un diminutivo que puede parecer afectuoso pero que también contribuye a reducir la estatura histórica del personaje. Nombrarla Manuela devuelve a la mujer su condición adulta, política y combativa. Es una elección coherente con la novela que tenemos delante: la protagonista no aparece como personaje accesorio de Bolívar, sino como una mujer que piensa, decide, conspira, combate y asume las consecuencias de sus propias decisiones.
La historia de Ba Lunda, abuela africana de Jonathás, violada en una plantación de Cartagena y vengada mediante el levantamiento colectivo que el texto denomina “Kan”, concentra una de las formas más intensas de esa escritura. La narración adquiere allí una sobriedad y una dureza particulares. Algo semejante ocurre en el capítulo 13, dedicado a Nwaubani Ogogo Oriaku, el padre volador de Nathán, donde la experiencia de la trata esclavista adquiere una particularidad casi mítica sin perder la violencia de aquello que narra.
Esa complejidad alcanza uno de sus momentos más significativos en el capítulo 35, “Las mujeres conspiran”, cuando Nathán le dice a Jonathás: “Manuelita no es nuestra hermana. Manuelita es una blanca, y jamás será nuestra igual”. La frase introduce una distancia que atraviesa la relación entre los personajes y sitúa a Manuela dentro de las jerarquías sociales y raciales de su tiempo. La novela conserva esa tensión y evita convertir el vínculo entre la protagonista y sus esclavas en una fraternidad idealizada.
El tratamiento de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas a través de Teresa Túpac —la niña ciega, superviviente de la Caravana de la Muerte de 1783— extiende esa trama hacia una genealogía de resistencia indígena anterior a las guerras de independencia. Su encuentro con Manuela establece un vínculo entre ambas memorias sin necesidad de explicitarlo. La escena en que Teresa, sin palabras, le transmite con la mirada el suplicio del cacique descuartizado posee una notable contención y deja que la imagen concentre aquello que la narración podría haber desarrollado mediante el discurso.
En el plano de la prosa, la novela desarrolla un registro de marcado aliento telúrico, sostenido por anáforas, animismo y repeticiones deliberadas (“Recuerde, Manuela. Recuerde siempre... y otra vez los caballos”). Este ritmo narrativo alcanza especial fuerza en escenas como la carga de Junín, la decapitación de los jóvenes quiteños en 1810 y el terremoto de 1797, que coincide con el nacimiento de Manuela. A lo largo del relato, el fuego, la luna, los pájaros y las montañas reaparecen como un sistema de correspondencias ligado a la memoria y al paso del tiempo. La escritura encuentra momentos particularmente logrados en la descripción de la batalla de Junín, librada “solo a punta de sables y bayonetas”, así como en la muerte de Bolívar y la expulsión de Manuela de Colombia y Ecuador, donde la intensidad de la prosa acompaña el peso histórico de los acontecimientos y, al mismo tiempo, preserva su dimensión íntima.

El pacto con el lector: historia y fábula
Manuela Sáenz ocupa un lugar singular en la literatura histórica latinoamericana. A pesar de la dimensión de su vida y de la importancia que adquirió durante las guerras de independencia, la bibliografía dedicada específicamente a su vida está lejos de corresponder a su peso histórico.
La novela de Eduardo González Viaña se incorpora así a un conjunto selecto de obras que han buscado rescatarla de los márgenes de la historia bolivariana y darle una voz propia. En ese recorrido persiste una curiosa continuidad: la mujer que en su tiempo fue castigada por su participación política, por su independencia y por desafiar las convenciones sociales sigue cargando, en cierta medida, con aquella antigua condena. Su rebeldía, su defensa de la causa independentista y el lugar que ocupó en una sociedad que reservaba a las mujeres un papel subordinado explican tanto la fascinación que continúa despertando como las resistencias que su presencia ha provocado.
La novela permite además leer a Manuela desde el conflicto político que atravesó el proyecto bolivariano. Bolívar llegó a enfrentarse con las élites criollas que, una vez alcanzada la independencia, buscaban preservar sus privilegios y limitar el alcance de las transformaciones que la emancipación podía abrir. Manuela participa de esa misma tensión y la lleva todavía más lejos: su compromiso con la causa revolucionaria, su actividad política, su participación en conspiraciones y su intervención directa en los acontecimientos públicos adquieren una fuerza particular porque provienen de una mujer que se niega a aceptar el lugar subordinado que la sociedad le había reservado. En ella, la lucha por la independencia se cruza con otra batalla, más silenciosa pero igualmente profunda, por el derecho de una mujer a intervenir en la historia y decidir sobre su propio destino.
Conviven las cartas de Bolívar a Manuela, su ascenso a coronela avalado por Sucre tras Ayacucho y la correspondencia de Santander en la que pide que se la “degrade”, con los diálogos con el Apu, los dragones nacidos de huevos guardados en la oreja y las mariposas que anuncian la muerte de Bolívar en Pativilca.
Esa convivencia constituye una de las apuestas centrales del libro y lo vincula con una tradición americana en la que la historia, la leyenda y lo maravilloso pueden compartir un mismo espacio narrativo. Hay ecos de García Márquez en el tono, aunque aquí la imaginación fantástica permanece estrechamente ligada a personajes y acontecimientos históricos. El capítulo inicial establece desde el comienzo esa relación entre ambos mundos: la cabalgata hacia la muerte en Junín, atravesada por la presencia del Apu y su “Así sea”, fija las coordenadas de lectura de la novela.
A partir de allí, el libro alterna registros con una libertad que amplía sus posibilidades narrativas. Algunos capítulos se internan en episodios de conspiración, guerra e intriga política —como los dedicados a Aqualongo en Quito, a las guerrillas de Cangallo o a la imprenta subversiva de Sánchez Carrión camino a Huamachuco— y adquieren una textura cercana a la crónica histórica. Otros recuperan plenamente el carácter fabuloso y mítico que recorre la novela. Esta movilidad hace que cada capítulo tenga su propia temperatura narrativa y lleva al lector a desplazarse entre distintas formas de entender el pasado. Los títulos cumplen aquí una función importante: además de nombrar los episodios, ofrecen señales sobre el tono y el universo al que está a punto de entrar cada relato.
La convivencia de historia y fábula configura una de las características más singulares del libro. La documentación aporta densidad y anclaje histórico; la imaginación abre otras formas de acercarse a personajes y acontecimientos cuya memoria ha llegado hasta nosotros cargada de leyendas, silencios y versiones. En esa zona de encuentro se construye buena parte de la personalidad narrativa de la novela.
En conjunto, estamos ante una obra narrativa de considerable aliento, escrita con oído y sostenida por una investigación histórica notable, visible tanto en los detalles del Batallón Numancia como en el trabajo con la correspondencia entre Bolívar y Santander en torno al ascenso de Manuela. Su principal virtud está en devolverle espesor histórico y literario a una mujer que el imaginario ha reducido con frecuencia a la amante heroica del Libertador. Aquí Manuela es sujeto político por derecho propio: espía, conspiradora, coronela y, al mismo tiempo, una mujer atravesada por las contradicciones de una sociedad que proclamaba la libertad mientras preservaba formas profundas de dominación.
Quizá por eso la figura de Manuela me resulte particularmente cercana. Su presencia y la simbología que la rodea me han acompañado desde hace muchos años, hasta el punto de que escogí su nombre para mi hija, con la intención inicial de llamarla Manuelita en la vida cotidiana. Al final quedó simplemente Manu. Después de leer la novela de González Viaña, sospecho que quizá hasta eso fue una forma involuntaria de hacerle justicia a la protagonista.
González Viaña convierte el conocimiento histórico en materia literaria y encuentra una voz propia para volver sobre una mujer cuya presencia todavía desborda las versiones más conocidas de su vida. Su Manuela está hecha de política, guerra, afectos, contradicciones, memoria y rebeldía. La novela apuesta por recuperar toda esa riqueza y, al hacerlo, vuelve a poner en circulación a una mujer que todavía tiene mucho que decir sobre la libertad y sobre el lugar de las mujeres en la historia.










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