El elefante en la pantalla

Conectados, distraídos y menos libres
Australia decidió hacer algo que muchas sociedades todavía evitan: reconocer que las redes sociales no son productos inocentes cuando sus usuarios son menores de edad. Desde el 10 de diciembre de 2025, las plataformas comprendidas por su legislación deben adoptar medidas razonables para impedir que los menores de 16 años creen o mantengan cuentas. La disposición no sanciona a los menores ni a sus familias: responsabiliza a las empresas. Australia no ha resuelto el problema, pero ha dado un primer paso frente a un asunto que otras sociedades ya no podrán seguir postergando.
El tema es incómodo porque las redes sociales son una de las creaciones más poderosas de nuestro tiempo. Han ampliado el acceso al conocimiento, acortado distancias y hecho posibles redes de solidaridad antes inimaginables. Negar estos beneficios sería tan absurdo como demonizar la imprenta porque también difundió mentiras. Pero reconocer su utilidad no obliga a cerrar los ojos ante sus graves peligros. Ese es el elefante en la sala: percibimos sus efectos, pero actuamos como si todavía tuviéramos la situación bajo control.
El verdadero problema aparece cuando preguntamos qué mecanismos utilizan estas plataformas para conseguir que las usemos cada vez más. No buscan solamente que nos comuniquemos o encontremos información. Su modelo de negocio las impulsa a prolongar nuestra permanencia y a convertir la atención sostenida, incluso compulsiva, en rentabilidad. Nuestra atención se ha vuelto su mercancía más preciada. Ya en 1971, el economista y premio Nobel Herbert Simon advirtió que la abundancia de información produce inevitablemente una escasez de aquello que la información consume: la atención. Medio siglo después, esa intuición se ha transformado en un modelo de negocio.
Nada de esto ocurre por casualidad. El desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones, los «me gusta» y las recomendaciones personalizadas no son simples adornos tecnológicos. Han sido diseñados para evitar un momento natural de cierre. Un libro termina, una película acaba y una conversación se despide. Al concluir, se abre la posibilidad de hacer una pausa y reflexionar sobre lo vivido. La red, en cambio, no concede esa pausa: siempre hay una imagen más, una noticia más, un dato más, una indignación más. En febrero de 2026, la Comisión Europea consideró preliminarmente que el diseño adictivo de TikTok infringía la Ley de Servicios Digitales. Entre los elementos cuestionados mencionó precisamente el desplazamiento infinito, la reproducción automática, las notificaciones y su sistema altamente personalizado de recomendaciones.
Los menores son particularmente vulnerables porque su autorregulación todavía está madurando y la aprobación de sus pares posee una fuerza decisiva. Conviene hablar con rigor: no todo uso produce necesariamente daño ni todos los adolescentes reaccionan igual. Pero tampoco existe base para declarar seguras estas plataformas. El informe del Cirujano General de los Estados Unidos señala que los adolescentes pasan, en promedio, 3,5 horas diarias en redes y que superar las tres horas se asocia con el doble de riesgo de problemas de salud mental, incluidos síntomas de ansiedad y depresión. En 2025, Pew Research Center encontró que el 21 % de los adolescentes estadounidenses utilizaba TikTok «casi constantemente». Una actividad deja de ser una simple distracción cuando ocupa silenciosamente una parte sustancial de la vida.
A menudo se dice que cada video provoca una pequeña "descarga de dopamina". La frase es atractiva, pero insuficiente. El problema no es que la dopamina sea mala en sí misma, sino que las plataformas explotan nuestros mecanismos de expectativa, recompensa y validación. Cada movimiento del dedo encierra una promesa: quizá el siguiente video nos divierta, nos sorprenda o confirme lo que ya creemos. Cada "me gusta" ofrece, además, una pequeña señal de aprobación. La recompensa no aparece siempre y, precisamente por eso, seguimos buscándola. La palabra decisiva no es dopamina, sino diseño. No estamos ante una sucesión inocente de contenidos, sino ante una arquitectura pensada para que resulte difícil detenerse. Y ese diseño no es neutral.
Los adultos tampoco somos inmunes. La soledad, el cansancio, la ansiedad o la necesidad de reconocimiento reducen nuestra capacidad de resistencia. Las redes pueden acompañar, pero también encerrarnos en circuitos donde solo escuchamos aquello que confirma nuestros temores, prejuicios o deseos. Surge así una paradoja inquietante: nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, nunca había sido tan sencillo quedar recluidos dentro de una realidad fabricada a nuestra medida.
Si este modelo ya era problemático cuando los algoritmos se limitaban a seleccionar contenidos, la inteligencia artificial introduce una dificultad adicional: ahora también puede producirlos de manera casi ilimitada. Textos, imágenes, voces y videos pueden multiplicarse a bajo costo y con creciente verosimilitud. Integrada en plataformas cuyo negocio depende de mantenernos atentos, esa capacidad vuelve casi inagotable el contenido persuasivo. El peligro ya no consiste únicamente en perder tiempo, sino en perder el criterio para distinguir lo verdadero de lo fabricado y acostumbrarnos a recibir respuestas sin atravesar el esfuerzo intelectual que forma el juicio propio.
La regulación se vuelve necesaria, aunque siga siendo insuficiente. La experiencia australiana ya muestra avances, pero también dificultades de cumplimiento. Además, verificar la edad sin invadir la privacidad y evitar que los menores migren hacia espacios menos seguros serán desafíos considerables. Reconocerlos no invalida el principio decisivo: la protección de los menores no puede recaer exclusivamente sobre las familias mientras las empresas perfeccionan sistemas destinados a vencer su voluntad. También necesitamos escuelas que expliquen cómo operan los algoritmos, familias que establezcan límites y ciudadanos que exijan transparencia. Apagar las notificaciones o recuperar espacios sin teléfono puede parecer poca cosa. Pero los grandes cambios culturales comienzan con decisiones pequeñas.
Lo que está en juego no es solamente nuestro tiempo libre, sino una facultad profundamente humana: la capacidad de tomar distancia, interrumpir el impulso, contemplar la realidad y juzgarla. Las redes quieren nuestra atención porque saben cuánto vale. Si renunciamos a protegerla, no estaremos entregando unos minutos de distracción. Estaremos cediendo, poco a poco y casi sin darnos cuenta, una parte de nuestra libertad para pensar. Australia ha dado un primer paso. Ahora corresponde preguntarnos si nosotros seguiremos contemplando el problema desde la pantalla. Ese es el elefante que, aun teniéndolo frente a nosotros, preferimos no ver.
Fuentes consultadas
American Psychological Association. (2023). Health advisory on social media use in adolescence. https://www.apa.org/topics/social-media-internet/health-advisory-adolescent-social-media-use
Australian Government, eSafety Commissioner. (2026). Social media age restrictions. https://www.esafety.gov.au/about-us/industry-regulation/social-media-age-restrictions
European Commission. (2026, 6 de febrero). Commission preliminarily finds TikTok’s addictive design in breach of the Digital Services Act. https://digital-strategy.ec.europa.eu/en/news/commission-preliminarily-finds-tiktoks-addictive-design-breach-digital-services-act
Faverio, M., & Sidoti, O. (2025, 9 de diciembre). Teens, social media and AI chatbots 2025. Pew Research Center. https://www.pewresearch.org/internet/2025/12/09/teens-social-media-and-ai-chatbots-2025/
Hughes, C. (2024, 23 de febrero). Critical thinking and generative artificial intelligence. UNESCO International Bureau of Education. https://www.ibe.unesco.org/en/articles/critical-thinking-and-generative-artificial-intelligence
Office of the Surgeon General. (2023). Social media and youth mental health: The U.S. Surgeon General’s advisory. U.S. Department of Health and Human Services. https://www.hhs.gov/surgeongeneral/reports-and-publications/youth-mental-health/social-media/index.html
Simon, H. A. (1971). Designing organizations for an information-rich world. En M. Greenberger (Ed.), Computers, communications, and the public interest (pp. 37–72). Johns Hopkins Press. https://digitalcollections.library.cmu.edu/node/45427











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